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9 mayo, 2008 | Por

El destino se talla paso a paso


¿Cuántas veces sentimos que nuestra vida está guiada por mandatos o deseos ajenos?

“Te quedarás a vestir santos”; “Siempre serás un amargo”; “Sos malo y, por eso, nadie te quiere”; “Sos tan buenita (y tontita) que nunca das un disgusto a nadie”; “El fútbol no es lo tuyo”… ¿Cuántas veces escuchamos este tipo de expresiones y cuántas veces vemos cómo son tomadas por ciertas, influyendo de manera superlativa en las conductas de quienes hacen suyos esos designios y marcándolas?

El problema aparece cuando los mandatos sentidos como si fueran oráculos nos complican la vida en vez de nutrirla; cuando en lugar de tomar las voces oraculares (en general, emanadas de nuestros padres o nuestro entorno familiar más cercano en los tiempos de la infancia) como referencia inicial que luego será re-creada, las tomamos como realidades irrefutables, al punto que, muchas veces, ni nos damos cuenta de que hay una voz supuestamente premonitoria que tiñe nuestras decisiones vitales. Un oráculo deja de serlo cuando queda atrás al no cumplirse, cuando es desechado a través de una decisión existencial, o cuando el “portador” de ese oráculo lo asume como propio, y lo que antes era una voz sentida como mandato fatalista pasa a ser parte del deseo y la identidad propios.

El ejemplo clásico es el del hijo del abogado que, desde chico, quería ser abogado. El asunto es que todos le decían “serás abogado como tu padre” a la vez que ese padre insistía con ansias en que su hijo debía ser quien heredara el estudio y continuara con la estirpe y la tradición. El chico quería ser abogado, pero también quería ser el dueño de esa decisión y sentirla desde sus entrañas. Le costó mucho darse cuenta de que sus estudios de abogacía eran producto de sus ganas y no del hecho de ser un apéndice de las voces oraculares que digitaban su destino.

Otro ejemplo válido remite al momento de la elección del nombre de una persona, instantes después del nacimiento. “Te llamarás María”, dijeron los padres, y se llamó María nomás. Con ese mandato que la marca de por vida, María puede sentar las bases para hacer de ese nombre (desde ahora, “su” nombre) un “buen nombre”. La libertad no está tanto en pelear contra el padre y la madre por el nombre ofrecido a modo de destino, sino por hacerlo propio y tallarlo a la medida de uno mismo, a fuerza de vivir la propia vida.

“Te vas a caer”, le dice la madre al chico que se sube al banco de manera intrépida. Nunca terminaremos de saber a ciencia cierta si el porrazo que se produjo inmediatamente después de ese decir fue una premonición de la mamá o es que el chico creyó en el aspecto oracular de ese decir y le hizo caso, dejándose llevar por la ley de gravedad hasta el choque contra el duro suelo. Como se ve, los oráculos no siempre apuntan a un futuro a largo plazo…

Hay muchas corrientes oraculares en la vida. Suelo aconsejar subirse a las que tienen al optimismo (el optimismo con sustancia, no el pueril y voluntarista) como fuente. Igual, los oráculos no son el destino, aunque pretenden serlo, por lo cual, en realidad, lo de los oráculos es todo un juego que debe ser bien jugado para no confundir las cosas. Cuando el oráculo genera miedo, hay que cambiar de oráculo. Cuando el oráculo genera descorazonamiento, también hay que cambiarlo . Con el tiempo, los oráculos dejan de ser útiles, dejan de ser bastón, y lo que somos y hacemos claramente surge de la vida misma y no del mero decir de un “otro” oracular. Pero eso no llega en seguida; es algo que se logra viviendo y generando experiencia que supla las palabras emanadas del discurso ajeno. El destino se talla paso a paso, y en su diseño está incluida la sorpresa. Somos más de lo que creemos ser y nos habitan posibilidades que superan con creces cualquier voz oracular. De allí que mientras suenan las voces acerca de nuestro destino, el poder estará, sin embargo, en las acciones que se forjan en el presente. Es allí donde se juega el verdadero partido de la vida, y allí no hay oráculo que valga; sólo la confianza y el corazón abierto a la experiencia…

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