Sophia - Despliega el Alma

Sabiduría

5 mayo, 2020

El coronavirus y un mensaje urgente

La analista junguiana inglesa Anne Baring nos comparte sus reflexiones acerca de la pandemia que sacude al mundo y explica por qué debemos rescatar el arquetipo femenino para integrarlo nuevamente a nuestra vida, de la mano de un verdadero despertar individual y colectivo.


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La Gioconda, de Leonardo Da Vinci, en tiempos de cuarentena (Foto: Pexels).

Por Anne Baring. Traducción: Virginia Noto.

¿Cuál es el mensaje de este virus que está afectando a las personas en todos los países del planeta? Creo que es un llamado urgente a darnos cuenta de la pequeña ventana de oportunidad que tenemos para cambiar nuestro curso antes de que sea demasiado tarde. Estamos en un punto de inflexión entre dos diferentes tipos de existencia: una en la que continuamos consumiendo los recursos del planeta de manera acrítica y la otra en la que vivimos dentro de los límites ecológicos determinados por el cambio climático. Esto implica un cambio en todos los ámbitos de la vida: la política, la economía, el concepto mismo de lo que significa ser plenamente humano.

No podemos continuar en el mismo camino, pensando únicamente en las necesidades de nuestra especie, encerrados en una fantasía darwiniana de competencia y lucha por la supervivencia; encerrados en una cosmología que nos dice que vivimos en un universo muerto sin propósito ni sentido, que la consciencia comienza y termina en la función física del cerebro. Debemos recuperar la noción consciente de que vivimos en un planeta sagrado y somos parte de su vida, algo que hemos sabido desde hace mucho tiempo pero que hemos olvidado.

Anne Baring es psicoanalista junguiana, fue miembro de la International Association for Analytical Psychology. Coescribió valiosos libros: con A. Harvey The Mystic Vision y The Divine Feminine (La visión Mística y La Divinidad Femenina); con Jules Cashford The Myth of the Goddess; Evolution of an Image (El mito de la Diosa. Evolución de una imagen, Ediciones Siruela, 2005). Y luego de 20 años de investigación publicó su más reciente obra, The Dream of the Cosmos: A Quest for the Soul (El sueño del Cosmos: una búsqueda del Alma), donde intenta responder las preguntas esenciales de la vida: ¿quiénes somos y por qué estamos aquí, en este planeta?

Debemos volver a alinearnos con el Cosmos.

El virus es tanto una advertencia como un síntoma del sufrimiento del planeta mismo, cuya vida se encuentra amenazada por nuestras crecientes cifras, la adicción al poder, el crecimiento insostenible y el consumo fuera de control. Nos lleva a un descenso chamánico hacia el inframundo de pérdida, aflicción, depresión y muerte; y tal vez a un ascenso hacia una humanidad consciente que sabe que su vida y su bienestar no pueden ser separados de la vida y el bienestar del planeta.

Este tiempo de cuarentena planetaria me recuerda al cuento de hadas La Bella Durmiente, en el que la princesa y toda su corte están bajo el hechizo de una mujer anciana sentada en la torre del castillo. ¿Quién es esta mujer anciana sino la Naturaleza misma, sufriendo por la devastación que le hemos infligido hasta un punto tal que a duras penas puede respirar? ¿Cuál es el seto de espinas sino aquellos hábitos del comportamiento, creencias redundantes, que se interponen entre nosotros y el rescate de la Bella Durmiente, el principio femenino olvidado –la Naturaleza misma– que espera al Príncipe, quién podría volver a ubicarla en su lugar legítimo en nuestra consciencia? Y ¿qué mejor manera de detener ese patrón inconsciente al que llamamos progreso que aquella en la que la Naturaleza hechiza a toda la humanidad para que, al menos brevemente, no podamos polucionar su aire con nuestros aviones, talar sus bosques o contaminar sus océanos con los residuos plásticos de nuestras vidas?

Desde el punto de vista del planeta, nosotros somos el virus que ha estado atacando su vida.

El sentido más profundo de este cuento de hadas podría abrir un camino a través del seto de espinas creado por siglos de patrones inconscientes de comportamiento y reactivar la corte adormecida de la humanidad. Podría tener el poder de despertar nuestra alma y suscitar en nosotros un amor por nuestro hogar planetario y una capacidad más profunda para relacionarnos. ♦

Podés leer y ver la charla de Anne Baring con Sophia haciendo clic acá.

El mito de la Cenicienta, un camino al alma

Semanas atrás tuvimos el enorme gusto de entrevistar a Anne Baring, una mujer sabia que, frente a la dura realidad de esta pandemia, nos habla de la importancia de recuperar los antiguos mitos de la humanidad para comprender mejor el sentido de aquello que hoy nos toca atravesar. Por eso te compartimos un capítulo completo de su libro El mito de la Diosa. Evolución de una imagen (Ediciones Siruela, 2005, 2012), para que a través de su lectura puedas reflexionar acerca de qué tienen para decirte los cuentos de hadas sobre el despertar del alma, una viaje que deja atrás los valores mundanos en pos de alcanzar una consciencia profunda de la mano de la sabiduría.

Cinderella, un clásico de clásicos, reversionado por Diseney en 2015.

La Cenicienta

La historia de la Cenicienta comienza con la imagen de Sophia. Los cuentos de hadas hablan con la sabiduría inmemorial del alma para llamar la atención sobre lo que la tradición cultural consciente ha perdido o denigrado. Relatan la historia de lo que le ha sucedido a la dimensión que falta y de lo que todavía debe ocurrir para que se restaure el equilibrio de la iconografía arquetípica. En esta historia perviven tantos elementos de culturas anteriores que es imposible decir cuándo y dónde se originaron. Una cosa es indudable: la universalidad y la duración de su atractivo demuestra su importancia para el alma. La Cenicienta relata la historia de un único motivo que hallamos desde en la mitología de la cultura de la diosa hasta en los misterios del mundo pagano, como también en la literatura sapiencial del judaísmo. Podemos seguir su rastro a través del gnosticismo y del misticismo cristiano hasta la alquimia, las leyendas del grial y los cuentos de hadas predilectos. Los místicos de las religiones judía, cristiana e islámica lo alimentaron. Es la historia del nacimiento del alma al mundo manifiesto, su pérdida de todo recuerdo de su lugar de origen, su búsqueda de una comprensión de sí misma y su relación con la fuente o mundo divino del que ha emanado y al que, cuando alcanza el conocimiento absoluto de quién es, se le permite regresar.

¿Quién es el hada madrina, sino la propia Sophia, la sabiduría divina, el Espíritu santo –madre, fuente y vientre– la luz y la inteligencia que constituyen el fundamento mismo del alma? ¿Quién si no podría presidir, como madrina, la búsqueda de comprensión intuitiva, iluminación y unión por parte de su hija? Respondiendo a la petición de ayuda de la Cenicienta, da comienzo a la labor de transformación, haciendo posible su encuentro con el príncipe y conduciéndola a la boda real pasados los tres días lunares de prueba u oscuridad. El cuento de la Cenicienta relata la historia de la transfiguración del alma: de ser una esclava llorosa y manchada de hollín pasa a convertirse en novia radiante.

Existen numerosas interpretaciones posibles del cuento de la Cenicienta; sin embargo, en los primeros años del siglo XX, Harold Bayley fue el primero en concebirlo como la historia del despertar del alma y en relacionarlo con el Cantar de los cantares y con otros mitos sumerios, egipcios y gnósticos. En su obra, The Lost Language of Symbolism, siguió las huellas de la transmisión histórica de muchas historias y símbolos diferentes, cuyo núcleo es la imagen de la luz escondida en las tinieblas, una luz que debía ser rescatada y restituída a su lugar legítimo. El autor era poseedor de un conocimiento profundo de la etimología de las palabras, y de un conocimiento igualmente profundo de las técnicas europeas de la elaboración del papel y de marcas de agua, los medios de transmisión de ideas gnósticas y alquímicas en una época de crueles persecuciones. A través de estos conocimientos, nos ofrece una imagen asombrosa de la relación entre la mitología y los cuentos de hadas que llegaron hasta diferentes centros de cultura europeos. Se habían recogido aproximadamente 345 versiones de la historia de la Cenicienta, que la Folklore Society publicó antes de que Bayley comenzase a escribir su obra. El autor recurrió a esa abundancia de material para demostrar la relación entre el cuento de hadas y mitos anteriores.

Con el paso de los siglos mucho se ha perdido; solo ahora, en este siglo, pueden recuperarse los fragmentos y volverse a unir de nuevo. Es posible que la conocida Cenicienta del cuento de hadas tenga, a primera vista, muy poco que ver con el mito griego de Perséfone pidiendo a gritos la ayuda de su madre, Deméter; es posible que a primera vista sea ajena al mito gnóstico de Sophia, la hija, que exiliada lejos de su madre, en la dimensión celestial, se lamenta. Tampoco se asocia de forma inmediata con la sulamita del Cantar de los cantares, ni con la Sekiná exiliada. Sin embargo, un cierto conocimiento de mitología sugiere que una relación entre ellas no puede ser fortuita. Los mitos más antiguos y la imagen del matrimonio sagrado, propia de la Edad de Bronce, se vislumbran en este relato y en el de la Bella Durmiente y Blancanieves, conectando al alma que sea receptiva a su carácter numinoso con estas raíces místicas.

Tanto el fuego como la luz y la luminosidad deslumbrante de la dimensión estelar son imágenes que se asociaron, a través de la eras, con el resplandor de la Sabiduría. Ésta, que es la fusión del amor y el conocimiento, o gnosis, expresa la unión entre el rey y la reina, las más altas cualidades femenina y masculina del alma. En el cuento de hadas toman forma humana en las figuras de la Cenicienta y el príncipe. El rasgo particular de la Cenicienta, esa entrega hacia cualquier cosa que se le pida que haga, se subraya en cada versión de la historia. El reconocimiento de la Cenicienta por parte del príncipe demuestra su capacidad de percepción intuitiva, como lo demuestra la tenacidad y resolución con la que emprende la búsqueda de su “verdadero” amor.

El motivo predominante en la historia de la Cenicienta es el de la transformación; el alquimista que preside la gran obra es la propia Sabiduría que, con un toque de su varita, transforma en caballos blancos como la nieve a unos ratones, en carruaje dorado (o de cristal) una calabaza, una rata en un cochero y, por supuesto, a la propia Cenicienta en la imagen misma de la belleza, adornada con vestidos que reflejan el resplandor de las estrellas, la luna y el sol.

Unas versiones de la Cenicienta subrayan más que otras lo arduo de la labor de transformación; así, por ejemplo, está aquel en que la madrina derrama una gran cantidad de semillas por el suelo para que la protagonista las separe en montones. Esta escena es idéntica a aquella en la que, en el relato de Eros y Psique, a esta última le es encomendada la misma labor por Venus, su hada madrina. A la Cenicienta la ayudan palomas y gorriones a separar las semillas; estas aves, que pertenecen a la diosa en Sumer y Egipto, también señalan al príncipe, en algunas versiones, que una novia falsa lleva el zapato destinado a la Cenicienta, cuando atraen la atención del príncipe sobre la sangre que mana de los pies heridos de las hermanas feas.

Los vestidos de la Cenicienta, su “manto de gloria”, son, según las descripciones, “azules como el cielo”, bordados con estrellas del firmamento, con rayos de luna, con rayos de sol, o están hechos de todas las flores del mundo. A veces aparece la metáfora marina, y su vestido es “del color del mar”, o “como las olas del mar, o “como el mar con peces que en él nadan” y “como el color del mar cubierto por peces dorados”. A veces, como Isis, está cubierta de un manto negro azabache; a veces su vestido brilla como el sol o el oro, cubierto de diamantes y perlas “de un resplandor indescriptible”, y que resuena con un repicar de campanas. En un relato, la Cenicienta “resuena como una campana mientras baja las escaleras”; recuerda al sistro de la diosa Isis, y también a las campanas que repicaron al acercarse la Sekiná. Pero también recuerda a la descripción del manto que llevaba el iniciado en el poema gnóstico titulado “Himno del manto de gloria”. “Oí el sonido de su música, que murmuraba mientras descendía”.

“¡Qué lindos se ven tus pies con sandalias, hija de príncipe!”, exclama el novio en el Cantar de los cantares (Ct 7,2). Las sandalias o zapatos de la Cenicienta son, según las descripciones, de cristal, de oro o de vidrio azul, o están bordados con perlas. No se habría reconocido a la Cenicienta sin su zapato de cristal, que solo podía caber en el pie de aquella cuya posición existencial se hubiese vuelto traslúcida a la luz de la sabiduría.

La madrina de la Cenicienta le señala que debe abandonar el palacio antes de medianoche, o arriesgarse a ser devuelta a su forma anterior. ¿Cuál podría ser el significado de esto? ¿Podría ser que la medianoche marca la intersección entre las dimensiones de la eternidad y del tiempo? El no conseguir mantener el equilibrio entre ambas es arriesgarse a quedar anclado en una de ellas, incapaz de relacionarse con o acordarse de la otra dimensión de la experiencia. Permanecer en el baile pasada la medianoche es olvidar los valores humanos y las relaciones humanas, perdiendo el contacto con la vida cotidiana. No pedir ir al baile es permanecer sometido a las limitaciones de una consciencia “caída” y fragmentada, sin acceso alguno a otro nivel de percepción.

La imagen del viaje del alma atraviesa como un hilo de oro una mitología y una literatura que abarcan cinco mil años. Primero aparece en Sumer, cuando Inanna, reino del cielo y la tierra, se despoja de cada una de las piezas de su indumentaria en cada una de las siete puertas en su camino al reino subterráneo de su hermana Ereshkigal. Vuelve a ponérselas al ascender a la luz, tras permanecer tres días “crucificada” en las tinieblas. Como Eva, el alma es expulsada del jardín del Edén y se va al exilio, como la Sekiná “viuda” y Sophia, la hija gnóstica. La Cenicienta del cuento de hadas personifica todas estas figuras míticas anteriores, que a su vez personifican el alma humana y el trance en el que se halla la “luz” oscurecida que no tiene conocimiento de sí misma. Como en los relatos de la Bella Durmiente y de Blancanieves, el alma se despierta cuando el príncipe la besa; como novio solar y consorte de la diosa lunar, en éste se personifica el principio divino de la vida.

¿Cuál es la relevancia de la historia de la Cenicienta en la nueva era que está despuntando? La ausencia de la imagen del matrimonio sagrado entre naturaleza y espíritu, diosa y dios, ha sido notoria en la tradición judeocristiana ortodoxa, y esto ha causado una profunda herida en el alma que debe todavía ser sanada. El cuento de hadas reestablece la imagen de unión entre los dos arquetipos primarios; ha sido su portador, por así decirlo, para nuestra cultura, hasta que llegase el momento en que la necesidad de dicha imagen pudiese volverse consciente. El reconocimiento, por parte de la consciencia humana, de la grave situación en que se encuentra el arquetipo femenino, va en aumento; abarca la imagen del sufrimiento del alma y la ignorancia de sí misma en la que ésta se ve sumida, y el sufrimiento de la tierra, de la naturaleza y del cuerpo físico que, separados del espíritu, también necesitan que se los rescate. La Cenicienta personifica estos tres aspectos del valor femenino, relegado durante tanto tiempo a la servidumbre. Aquellos que, durante siglos de persecución, sacrificaron a menudo sus vidas a la trasmisión de la tradición de la sabiduría, de forma que ésta no cayese en el olvido, desvaneciéndose, han preparado la “resurrección” del arquetipo femenino. Es posible que incluso uno de ellos –judeo, cristiano o musulmán– fuese el primero en imaginar este cuento de hadas, sirviéndose del depósito de mitos que heredó la tradición mística de las tres culturas de su pasado sumerio, babilónico y egipcio. Esta tradición enseñaba la inmanencia de lo divino en la naturaleza y en la naturaleza humana. Declaraba la necesidad de descubrir la presencia de la radiante esencia espiritual oculta en las infinitas formas de vida y en la oscuridad de la consciencia humana no reflexiva. Cada uno de ellos habría reconocido, como hizo Harold Bayley, que Cenicienta, “la refulgente, la resplandeciente, que, sentada entre las cenizas, mantiene el fuego encendido”, es “la personificación del Espíritu santo que habita, sin ser honrado, entre las brasas candentes de la divinidad del alma, latente y nunca totalmente extinguida”.     

“La Cenicienta”, capítulo completo del libro El mito de la Diosa. Evolución de una imagen (Ediciones Siruela), escrito por Anne Baring y Jules Cashford.       

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