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6 julio, 2009 | Por

El café adeudado


Cuántas veces nos encontramos casualmente con un amigo o un conocido, nos ponemos al día y nos prometemos un café que pocas veces llega.

La vida moderna tiene esas cosas… uno va caminando por la calle, se encuentra con un viejo amigo o amiga, alguien muy querido, pero que no ha visto en mucho tiempo. Lo abraza con genuina alegría, se impresiona por lo poco o mucho que los años han tallado su aspecto y, luego, comparte apuradamente lo que ha vivido en los últimos diez años: casamientos, separaciones, solterías, hijos (o no), trabajo bueno o no tanto, la salud, las altas y las bajas en las familia…

Tras el entusiasta intercambio, viene la despedida y, luego del beso final, se pronuncia la frase clásica para esta circunstancia: “Un día de estos nos encontramos y nos tomamos un café”. Después de ese adiós, se continúa con la caminata unos metros, hasta que llega la reflexión inexorable: “¿Cuándo podré tomar ese café? Trabajo todo el día y mis hijos y mi cónyuge claman por mi presencia los fines de semana. Imposible”. Es así como el café del caso pasa a ser una deuda, un imposible, y los años pasan hasta un nuevo encuentro, sea en la calle, en un supermercado, en una sala de espera o en alguna ruidosa reunión social.

Allí, de nuevo, se da el aggiornamiento recíproco, y las cosas siguen su curso hasta un nuevo encuentro, casualidad mediante.

Las agendas han tomado el poder. El reloj atrapó al tiempo y le quitó el café y la ronda de mate. Bueno, no exageremos. Al menos, digamos que la frase de Benjamin Franklin “Time is money”, tan cerca de la filosofía que liga la existencia a la producción de bienes que no son precisamente afectivos, se volvió un lema aguafiestas, si por fiesta vemos a la vida, los afectos y el discurrir de charlas que no siempre están ligadas a cuestiones muy específicas, pero que generan tramas de amistad. Por eso, aquello del café adeudado. Es una expresión de deseo, de un buen deseo. Como tal, merece ser rescatado y puesto sobre el tapete, no visto tan sólo como un elemento suntuario de nuestra vida.

Cuando, de alguna manera, nos las ingeniamos y logramos tomarnos ese café con quien compartimos afecto y, quizá, un pedazo de nuestra historia, en el fondo nos sentimos más personas y menos objetos de una mecánica que nos atrapa en el mar de la productividad. En verdad, “producimos” un poco de humanidad al compartir con un amigo, con alguien con quien podemos generar un momento significativo, por leve que éste sea.

En mi trabajo o en situaciones de la vida en general, muchas veces veo que lo que propicia la decisión de “parar la máquina” (es decir, “humanizarse”) para poder tomar el café del caso es algún tipo de golpe que la vida ofrezca. Un acelerado gerente que tiene el consabido infarto. Una mujer a quien le apareció un nodulito en una mama. Un despido, una ruptura matrimonial, un accidente de esos que hacen ver el túnel con luz en el fondo… llevan como corolario un despertar. Esto no significa salir del mundo que nos ha tocado, sino salir de la fantasía de ser robots híper eficientes en lo productivo-laboral, para encontrar, en la conversación sobre bueyes perdidos y en el tejido de los afectos, la fuente de las cosas que hacen que nos sintamos parte del mundo. Si no, seremos viajeros “colados” en ese mundo mientras nos apuramos para llegar vaya a saber dónde.

ETIQUETAS amistad apuro tiempo

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