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El asombro en el mes de la mujer

Convencido de que los varones deben entregarse a la tarea de integrar lo femenino que también habita en ellos, el periodista y escritor Sergio Sinay nos regala una invitación a celebrar la boda alquímica que pondrá fin a la guerra de los géneros.

Por Sergio Sinay

La novela se titula Dinero, es una de las principales obras de la literatura inglesa del siglo veinte, se publicó en 1984 y retrata sin piedad, con ironía feroz y con filosa lucidez el materialismo, el hedonismo, la precariedad y fugacidad de los lazos humanos en la sociedad contemporánea. Su autor es Martin Amis (1949-2023), escritor británico cuya producción incluye, entre novelas y ensayos, una treintena de libros siempre apasionantes, ante los cuales, por diferentes motivos, es imposible permanecer indiferente. El protagonista de Dinero es John Self (que traducido sería algo así como Juan Yo o Juan Sí Mismo), un director de cine publicitario cuya vida transcurre entre Londres y Nueva York, escenarios en los que despliega todo su machismo, su adicción a la pornografía, al alcohol, a los autos, al dinero y demuestra su incapacidad de amar, de comprometerse, de sentir empatía y no sólo temor y desprecio a lo femenino, como muestra en las relaciones que establece con las mujeres que aparecen en la trama.

En un raro y aislado momento de introspección, que surge como un rayo de luz en la oscuridad tras varias decepciones y fracasos del protagonista, Self (la novela es una especie de larga confesión de él) dice: “Las mujeres son muy diferentes de nosotros, los tipos, tan diferentes como los franceses. Por ejemplo, las mujeres se inclinan hacia uno y otro lado mientras conducen, y se ríen más que nada por amistad, y toman las bebidas calientes con las dos manos y se abrazan a sí mismas cuando tienen frío y detestan los deportes y dicen Madre mía mucho más a menudo que nosotros, y creen en sí mismas y te echan la culpa por las cosas que les haces en sus sueños y son teóricas de las conspiraciones y los dictadores benévolos, pero pese a todo eso son terrícolas como nosotros, bastante parecidas a nosotros en el fondo. Las mujeres son muy civilizadas. Forman el sexo amable. Puede que te hagan pasar horriblemente mal en casa, pero nunca te hacen pasar mal afuera. Es frecuente que las mujeres obliguen a los hombres a reconocer su lado femenino. Antes yo pensaba que eso era cosa de maricas, pero ahora no estoy tan seguro. Quizás es eso lo que me está pasando: cada vez soy más mujer”.

¡Viva la diferencia!

Amis se vale de un personaje patético e insobornablemente machista para producir una de las más bellas, cálidas, amorosas y empáticas aproximaciones a lo femenino esencial que he leído en la ficción contemporánea. Y lo hace a través de un varón que es portador incurable del virus del machismo. Allí reside la genialidad del escritor, pero allí, también, permanece inalterable el desafío más importante que se nos plantea a los varones en la gran tarea pendiente de la especie humana: el encuentro, la boda del alma femenina con el espíritu masculino. Es decir, de lo esencial que reside en cada de una de ellas y cada uno de nosotros. Algo sutil, eterno y poderoso que está muy por encima de la agotadora y estéril guerra de los sexos, de la empecinada y empobrecedora batalla ideológica y fundamentalista por imponer a un género sobre otro o a nuevos géneros sobre todos.

Los géneros son productos culturales, no están impuestos en la tabla de ninguna ley, ni natural ni social. Obedecerlos o rechazarlos tiene que ver con modelos mentales y no con necesidades del alma o del espíritu. Nacemos con características sexuales diferentes. Eso es lo inalterable. Qué bueno que sea así. Qué monótono, gris y pobre sería que fuéramos todos clonados sobre un patrón biológico único e indiscutible. Sin embargo, la guerra de los géneros (que disfraza muchos de sus rasgos más tóxicos bajo la máscara del pensamiento correcto), con la pretensión de la igualdad, conduce inexorablemente hacia la intolerancia y la descalificación. Mucho de esa guerra apunta sólo a que la tortilla se de vuelta, que la parte de abajo quede arriba y viceversa, pero que siga siendo una tortilla de enfrentamientos y desconocimiento.

La epifanía de John Self

La tarea que nos aguarda es la de alcanzar la equidad, algo diferente, más rico y trascedente que la tan meneada igualdad. No se trata de que todos/as seamos iguales. Se trata de aceptarnos y celebrarnos diferentes y merecedores de los mismos derechos y oportunidades, del mismo respeto, de la misma comprensión. Algo difícil de obtener cuando, en nombre de una igualdad confusa, se encumbran el resentimiento, la culpa, la rabia y la venganza. No se necesitan grandes discursos, grandes movilizaciones, grandes propuestas, leyes y proyectos, aunque algo de esto ayude. Pasa por otro lado, por una apertura de las mentes y los corazones (mentes, corazones, sentimientos y emociones no tienen sexo, son atributos humanos) para asomarse al misterio del otro o de la otra, para maravillarse ante él, para aprender a convivir con ese misterio sin confundirlo con conspiración ni con secreto, y para amar nutriéndose mutuamente de su presencia. Algo posible incluso para John Self, quien jamás había leído un libro ni asistido a una ópera ni había sido cuidado con amor hasta que una mujer lo hizo. En eso que Self descubre con asombro en las mujeres alguien podría ver la sombra de un estereotipo, pero pienso que, en esos detalles cotidianos y tan al alcance del ojo, se oye, en cambio, el eco de los arquetipos. Esos moldes espirituales profundos y eternos que nos habitan a varones y mujeres y que, cuando no son explorados y reconocidos nos mantienen apartados y enfrentados más allá de las apariencias.

Mucho se hablará en estos días, en este mes, del 8M y de la mujer. Será motivo de marketing para el comercio y de discursos huecos para batallas políticas e ideológicas. No cesarán los femicidios. No hasta que almas y espíritus se encuentren y se amen. Falta mucho para eso. Ojalá al final de este mes falten 31 días menos. Y más varones hayamos experimentado la epifanía de John Self.

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"La mente que se abre a una nueva idea jamás volverá al tamaño original". 

Albert Einstein