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El arte de estar presentes

Habitar el presente con los dolores y las alegrías como un bien preciado, para brindarse a los demás sin esperar nada a cambio. Así es Música para el Alma, una asociación civil que lleva su arte a espacios públicos como hospitales, hogares de ancianos y cárceles.

Jorge Bergero, impulsor de Música para el Alma, una ONG que acompaña a otros desde el arte.

Por Catalina Castro Almeyra. Fotos: Agustín Benencia, gentileza MPA.

La música en vivo es inasible, no está en ninguna parte y está en todas, se comparte y multiplica. Tiene la particularidad de ser un arte que se disfruta de a muchos en una polinización masiva de armonía, emoción, sorpresa e inmaterialidad. Una energía en movimiento que, sin pedir permiso, se abre paso hasta las fibras más íntimas del espíritu. Con un factor fundamental: alquimistas indispensables del sonido que ejecutan la nota eterna en cada performance. En este caso, en el hall central de algún hospital, en las habitaciones de los enfermos, en las salas de espera, en los espacios comunes de un hogar de ancianos o en el patio de una cárcel.

Esa es la manera en la que la asociación civil Música para el Alma está presente, lo que el violoncelista Jorge Bergero, acompañando a su pareja Eugenia Rubio en su camino de enfermedad, aprendió. O quizá recordó, porque ya de muy chico, su padre, un amante de la ópera, los instaba a él y a sus hermanos a llevar música a los niños hospitalizados en su Córdoba natal. A los ocho o nueve ingresó a la Escuela de Niños Cantores. Al finalizar sus estudios, Jorge al principio quería ser bioquímico, hasta que gracias a un profesor de su colegio se familiarizó con el violoncelo. «Si bien tiene melodías (la del chelo), es una función más de sostén, y me encontraba muy cómodo con lo que él tocaba, podía seguir fácilmente la escritura y me empezó a atraer más la idea de estar con la música”, comparte Jorge, que finalmente se mudó a Buenos Aires y entró al conservatorio.

Gracias a una invitación a tocar en una orquesta supo definitivamente lo que quería hacer: “Sentí la música siendo parte y eso me definió para siempre”. Entró a la orquesta juvenil de Radio Nacional y al poco tiempo hizo una prueba en la orquesta estable del Teatro Colón. Entró con 22 años, ahí la conoció a Eugenia. “Ella estaba contratada como flautista y después entró a la Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto. Ese fue su trabajo hasta que ya no pudo tocar más”.

Enferma de cáncer, iba perdiendo la salud, pero no la creatividad. “Estaba en una situación física terrible ¡y pintaba unos cuadros con una luz! Puse uno en la web con unos colores increíbles, su alma estaba en paz, a mí me transmitía esa paz, ese trabajo interno que había hecho siempre va a ser un ejemplo para mí y lo tengo presente cada día, en cada concierto”. Jorge la acompañaba a la Fundación Salud para su tratamiento casi todos los días. “Y surge esta idea de agradecer lo que estaban haciendo por nosotros y armar un concierto. En ese concierto todos empiezan a cantar y fue muy emocionante”.

Todos estos años de labor solidaria quedaron plasmados en las fotos de Agustín Benencia, que componen la edición del libro Música para el alma. Podés pedir tu ejemplar impreso o descargar la versión digital de manera gratuita desde este link: https://musicaparaelalma.org/libro/

Eugenia participaba mucho buscando canciones y actividades, recuerda Jorge, “no solo era una genia de la música, bailaba flamenco, era una pianista destacadísima. Cuando Eugenia fallece, seguimos un tiempo más, pero yo quería que esto lo reciba toda la gente, que sea en lugares públicos”. Y su legado siguió creciendo. El primer concierto se desarrolló en la escuela de educación especial para niños ciegos Santa Cecilia.     

Uno de los conciertos anuales de MPA, donde recaudan los fondos que se necesitan para hacerlo posible.

Dar es darse

Alejandro Lago toca el oboe. Empezó a los cuatro años a estudiar piano y a los diecisiete entró en la orquesta académica del Teatro Colón. Desde 2013 es parte de la orquesta estable. “Jorge Bergero es compañero mío. Él me convocó para un concierto. Tocamos en los halls principales y después vamos a las salas de internación. Al principio no me animaba. Hay una anécdota de una mujer que era bailarina clásica y ya no podía caminar, estaba postrada. Y cuando Jorge se puso a tocar El Cisne con el chelo, la mujer empezó a bailar con las manos, en la cama”, dice, mientras le brotan más anécdotas. “Pacientes, médicos, enfermeras, el personal administrativo, todos en el hospital, sea cual sea el trabajo que hagan, viven un momento increíble, y te lo agradecen”.

Su compromiso fue creciendo hasta que Jorge le ofreció también participar dentro de la organización. “Acá hacemos un poco todo: vamos, tocamos, organizamos, hacemos trámites. Tenemos voluntarios también, que no son músicos, que nos ayudan. Es todo muy a pulmón. Nosotros lo hacemos de manera solidaria y gratuita. Con lo que más recaudamos es con un concierto que hacemos una vez al año en el teatro El Globo. Siempre se llena, por suerte, y con eso sobrevivimos todo el año siguiente”.

Desde aquel primer concierto en la escuela Santa Cecilia, con un grupo de cuatro o cinco músicos, hoy Música para el Alma cuenta con más de dos mil quinientos en todo el país. “Además de tocar en los hospitales, nos juntamos con los músicos del lugar, los invitamos a tocar en nuestros conciertos y buscamos que ellos tomen la posta. Acá en Argentina ya recorrimos casi todas las provincias. Hicimos más de quinientos conciertos”. Además, la organización ha visitado varios países de Latinoamérica y el modelo se ha replicado en otros tantos en Europa.

Alejandro Lago en una de sus conmovedoras interpretaciones musicales en el hall de un hospital.

Llorar cantando

Soledad de la Rosa nació en Córdoba capital y estudió en la misma escuela musical que Jorge aunque, por la diferencia de edad, no compartieron aulas ni recreos. La trama de la vida cruzaría sus hilos varios años más tarde. “Me vine a los 18 a Buenos Aires a estudiar canto lírico en el Teatro Colón”. Entró a trabajar en varios coros, como el del Teatro Argentino de La Plata, y desde los 19 canta en el Coro Polifónico Nacional. A través de un compañero se enteró de la convocatoria de Música para el Alma y allí fue con su marido, cantante también. “Esto me abrió una puerta nueva donde podía acercarme con el canto a la gente de otra manera. Acá estás cara a cara, cuerpo a cuerpo. Y esas cosas son inigualables, me volvió a hacer comprender por qué cantaba. Encontré un remanso musical y personal”. Al igual que Alejandro Lago, su tímida entrada se transformó en profunda participación y compromiso.

Música para el Alma funciona con diversos formatos, explica Soledad. Están lo que ellos llaman «conciertos autogestionados», donde grupos ya conformados que tocan juntos y tienen su repertorio, organizan un concierto, van a tocar a una institución y Música para el Alma hace de nexo entre ambos. “Después tenemos el encuentro artístico para pequeños, que es un concierto con títeres, con canciones de todo tipo, donde se mezclan obras clásicas con algunas más populares”. Y hay música para acompañar donde, por grupos, van a las habitaciones. A Soledad se le llenan los ojos de lágrimas (y a mí también) cuando repasa lo que se genera con ese público espontáneo e inesperado. Recuerda haber terminado llorando y abrazada a una mujer luego de cantarle el Ave María al oído. En Chile, en un sanatorio especializado en oncología infantil, se animó a entrar a una habitación: “Vi una bebita que estaba sola, llorando, y le empecé a cantar una canción de cuna. La bebé se quedó tranquila, fue un momento sublime”.

Soledad de la Rosa, pura emoción, cantando amorosamente una canción de cuna para una bebita.

Al igual que la función de soporte del violoncelo, que tanto conmovió a Jorge, junto con los demás músicos, cantantes y voluntarios, él también sostiene este legado que, según explica, nace de una pérdida, pero también del amor. Hoy Jorge está casado con Carolina Gallo, una violinista que conoció gracias a un concierto de Música para el Alma en Bahía Blanca. Ella también había enviudado y tenía un hijo de tan solo un año y medio. Hace ya diez años que están juntos y comparten los conciertos de este gran proyecto. “A mí me genera mucha emoción llevarlo adelante. No es solo un espacio querido, es un modo de vida. Mi sueño es que cada persona que lleva adelante una actividad profesional se haga un tiempo para brindarla gratuitamente, sin pedir nada a cambio, para algún desconocido que está pasando por una situación difícil. Porque uno siempre puede ser el otro, la línea es muy delgada”. 

Música para el alma se mantiene gracias a la colaboración de sus donantes y a los conciertos anuales que realizan para recaudar fondos. Para más información ingresar en https://musicaparaelalma.org

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