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El arte como un ciclo de pérdida y recuperación

Dos artistas, una chilena y otra argentina, dejan ver en sus obras las distintas facetas de los ciclos vitales. Una de ellas muestra en el desarme el latido de la esperanza. La otra trabaja con restos de cosas ya desarmadas para darles un alma. Te invitamos a descubrirlas.

Por Lucía Vázquez Ger

En el libro Mujeres que corren con los lobos, la psicoanalista junguiana y poeta estadounidense, Clarissa Pinkola Estés, inspirada en el estudio previo sobre los lobos, y a través de cuentos, historias, y reflexiones, desarrolla el arquetipo de la Mujer Salvaje. Con este concepto se refiere, desde el punto de vista de la psicología arquetípica, al alma femenina, y más en concreto, al origen de lo femenino. “Es la fuerza Vida/Muerte/Vida, es la incubadora”, sostiene la psicoanalista en su texto. “Es la que gira como una inmensa rueda. Es la hacedora de ciclos. Es aquella por cuya búsqueda dejamos nuestro hogar. Es el hogar al que regresamos. Es la lodosa raíz de todas las mujeres. Es todas las cosas que nos inducen a seguir adelante cuando pensamos que estamos acabadas (…)”, continúa.

“La Loba”, el primer cuento de su libro, habla sobre una vieja conocida también como La Huesera, que vive escondida y a quien pocos han visto. Ella se dedica a recolectar huesos de lobos y a rearmar sus esqueletos. Una vez listos, canta una canción que devuelve el cuerpo y la vida a la criatura. Posteriormente, con la ayuda de algún rayo de sol o de luna, el lobo se transforma en una mujer que sale corriendo libremente. “Es un cuento de resurrección acerca de la conexión subterránea con la Mujer Salvaje. Nos promete que, si cantamos la canción, podremos conjurar los restos psíquicos del alma salvaje y devolverle su forma vital por medio de nuestro canto”, explica la autora. Más adelante en el texto, la autora aclara que el arquetipo que recrea a partir de algo que ha muerto, tiene siempre una doble faceta: la creación y la muerte y que la tarea consiste es “aprender a distinguir, entre todo lo que nos rodea y lo que llevamos dentro, qué tiene que vivir y qué tiene que morir. Nuestra misión es captar el momento más oportuno para ambas cosas; para dejar que muera lo que tiene que morir y dejar que viva lo que tiene que vivir”, aclara Clarissa. 

Hay dos artistas cuyas obras y trayectoria me recuerdan al arquetipo de la Mujer Salvaje de Pinkola, ya que ambas, a través de visualidades, materialidades y técnicas distintas y propias, abordan [entre otras] las temáticas de la pérdida y de la recuperación en los ciclos vitales, evocando la esencia de lo femenino. Y las dos participarán de la Bienalsur 2023. La muestra de Ángeles, titulada Entre-tejidos, se inauguró el pasado 13 de julio en el Museo de la Universidad Nacional de Tucumán y puede visitarse hasta el 15 de septiembre. La de Virginia, titulada Tiempo de espera, podrá verse entre el 28 de noviembre y el 25 de enero de 2024, en el Centro de Extensión Cultural Adolfo Lagos (CECAL), en la ciudad de Chillán, Chile.

Las dos artistas en plena tarea creativa, en una dinámica que pone el arte al servicio de la vida.

La pérdida y el desarme en la obra de Ángeles Jacobi

En la obra de Ángeles Jacobi (33), [artista visual argentina basada en Berlín], son recurrentes los bordados de gran tamaño presentados como instalaciones textiles que se deshacen. La lana de los tejidos está unida a husos motorizados que la mueven y desbordan. A medida que esto sucede, se rearma el ovillo. Llega un momento en que no queda más lana por desbordar, o que se corta el hilo, y se detiene el movimiento. El tejido inicial se transforma y aparece algo nuevo, materializándose algo que no existía en el comienzo del repertorio. 

“El armado y el desarmado son parte de la vida. La muerte también lo es. En mi arte busco mostrar que el desarmado da lugar a algo nuevo —sostiene Ángeles—. Me pasa seguido que siento que la persona de ayer ya murió y ahora es algo nuevo. Hay evolución y cambio constante. Este es un tema que siempre tuve adentro y me molestaba. Me pareció que la mejor forma de entenderlo y aceptarlo era llevarlo para afuera”, dice la artista. 

La obra instalativa de Ángeles se presenta a sí misma como la materialización de un concepto y un mensaje con poética propia. Su técnica es un verbo que se resuelve a sí mismo en cada obra que presenta. La artista va delineando con un trazo textil y coreográfico, metáforas sobre los procesos vitales, dejando entrever su sensación ante los ciclos de la vida, el paso del tiempo, la fragilidad ante la inevitabilidad de la muerte, la transformación, la creación y la condición humana, siempre atravesada por la fuerza de una vitalidad que tiene la capacidad de resurgir luego del desarme. En la obra de Ángeles, el desarme es prometedor, porque lo que se manifiesta luego de que ello suceda es siempre una creación.

Algunas de sus obras:

En Verde que te quiero verde, (Exhibición individual, Desbordando, Casa Estrugamou, Buenos Aires, Argentina, 2021), una tela color rosa fuerte desplegada desde la altura, se va desarmando en el tiempo. A medida que eso sucede, emerge un pasto verde como símbolo de vitalidad, crecimiento y resiliencia. Ante el desarme, la fuerza de la vida se impone y se abre un camino. El hincapié está puesto en lo que aparece cuando algo muere, y no tanto en el desarme en cuanto tal. “La interacción entre la tela rosa y el pasto verde resalta la belleza y complejidad de los procesos naturales y sirve de metáfora sobre la naturaleza cíclica de la vida y sobre la constante renovación y transformación de nuestro mundo”, explica la artista. 

En Las Parcas (Exhibición grupal, Slow Moves, Teufelsberg, Berlín, Alemania), hay tres lienzos bordados y un huso que gira y los desenreda. Cada lienzo representa a una parca, diosas romanas del destino, hilanderas que representaban el nacimiento, la vida y la muerte. “El doble aspecto de la vida se manifiesta: la necesidad del movimiento, del nacimiento a la muerte, revela la contingencia de los seres, y deja a su paso las huellas de lo que una vez fue”, dice la artista en su página. 

En Perpetuo retorno, (Open Studios, SVA, New York, USA, 2022), hay cuatro lienzos de tela con palabras bordadas. A medida que el motor las desarma, unas bolsas con tierra se abren y dejan salir esa tierra, simbolizando la fertilidad que se abre camino

En Too many things in between, but I am sure we will make it through, (Exhibición individual, “Sobre límites y fronteras”, Buenos Aires, Argentina, 2023 en Uno + Uno), los bordados adquieren un aspecto tridimensional con unas cintas colgantes amarillas y naranjas. Aquí, la artista suma la escultura a la instalación cinética, como nueva materialidad que conversa y en ocasiones se intersecta con los elementos textiles que caen desde la altura y se desarman paulatinamente. En este caso, las esculturas sobre el piso representan los obstáculos y los desafíos: la complejidad de la vida

We still have a long way home (otra obra parte de la misma exhibición, “Sobre límites y fronteras”, Buenos Aires, Argentina, 2023 en Uno + Uno), plantea una imagen laberíntica, como un mapa que se mueve y cambia, al mismo tiempo que el ovillo recupera su material. 

En redes: @angeles.jacobi

La recuperación, la conservación y la curación en la obra de Virginia Guilisasti

En la trayectoria de Virginia Guilisasti (43) [artista visual chilena nacida en Chillán], se observa un fuerte hilo conductor dado por la materialidad de las obras y por los procesos de creación. 

Si bien sus materiales siempre varían, tienen en común que suelen ser restos de cosas relacionadas al mundo del hogar, como papeles murales, latones, maderas o vidrios; objetos ahora desechados pero cargados de alguna historia, como si fueran testigos. “Elijo materiales que tengan que ver con mi historia y que sienta que me puedo hacer cargo de ese objeto botado. No trabajo con la basura, sino con el resto —cuenta la artista—. Cada obra tiene un tema específico que se conecta con el material que elijo”.

Como la Huesera de Pinkola, que junta huesos de lobos para darle nueva vida al animal, Virginia recolecta y conserva objetos que elige, y a través de su proceso creativo les devuelve vida, sentido y estética. Y los hace responsables de sostener el mensaje que comunica en cada obra. En ella todo se reinventa armoniosamente: lo desmoronado, lo desarmado, lo derrumbado, encuentra un nuevo lugar en el escenario de la vida. 

Al crear, Virginia genera un proceso de curación a nivel material. “Cuando agarro un pedazo de papel y le pego otro encima, hay una curación. Es como cuando tienes una herida y le pones un parche. Tiene que ver con que cada pedacito junto con otro van armando una estructura”, dice la artista. Pero este nivel curativo, se convierte en un proceso de sanación espiritual, a través de los rituales que cada proceso creativo conlleva. 

Los elementos que sostienen sus obras suelen estar a la vista: el pegamento, el alambre, o el gancho, indican en cada caso cómo la obra se sostiene a sí misma [o bien cómo no se sostiene y se derrumba, como en Pilar, donde el derrumbe forma parte de la obra misma, la constituye]. 

El equilibrio y el desequilibrio, como parte del proceso vital, adquieren visibilidad como temática en el trabajo de la artista. “Mis obras siempre están en equilibrio, pero a punto de caer. Si las empujas, se caen. Esto tiene que ver con la vulnerabilidad. Nosotros somos seres desequilibrados. Si miras mis trabajos de lejos se ven perfectos; pero si te acercás, están llenos de fallas” —dice, entablando una analogía con los seres humanos—. Estamos enteros quebrados, y enteros reconstruidos”. 

La temática del hogar que cobija y de lo femenino, también resuena. “Cuando fui mamá me di cuenta de que mi cuerpo era casa. Tus extremidades se transforman en objetos para sostener a otros —dice—. Siento que entre las mujeres podemos sostener un mundo”. 

Algunas de sus obras:

Carnes (Goethe Institut, Chile, 2005), es una instalación formada por cuerpos de gran tamaño armados de colillas de cigarrillos pegados sobre papel de diario, que cuelgan con ganchos bien visibles desde una altura. La artista recolectó estos restos de las rejillas de los metros de Santiago, y con su arte, esos objetos, que estaban consumidos y escondidos en los recovecos de la ciudad, revivieron y se transformaron en carne. 

En Comunión (MAC, Valdivia, Chile, 2005), velas derretidas conforman unos lienzos que cuelgan sobre la pared. En el piso hay muchas velas encendidas. Fue necesario que se consuman las velas a través de un ritual, para que otras las iluminen.

Soporte (2007) es una instalación con forma de cama en el dormitorio de la antigua casa donde tuvo lugar la exposición. Hilos con restos de basura colgando, emulan un colchón entre dos respaldos de arpillera encontrados en una demolición. “Todas las noches tú te acuestas cargada de energía, de las cosas que viviste, y te derramas en la cama. Esos restitos que colgué hablan del día a día. Iba caminando al taller desde mi casa y recolectaba los restos que encontraba”, dice la artista.

En Conservatorio (presentada en el Centro Juventud Providencia, en 2008), un tejido hecho con pedazos de papeles murales de casas desmoronadas de la calle Román Díaz, del barrio Providencia de Santiago, se despliega como un manto que conserva la estética de la arquitectura de una época de un barrio.

La obra Pilar (2009), es una estructura construida con escombros encontrados en demoliciones, pensada originalmente para continuar los restos de un pilar de la sala donde tendría lugar la exhibición. Las partes que forman la estructura se pegaron y se unieron en un principio con caramelo. Cuando el dulce estaba caliente, éste funcionaba como pegamento y era capaz de sostener la estructura. Pero luego, cuando se secó, dejó de funcionar como tal y la estructura se derrumbó. “Está todo en orden —pensó Virginia cuando se enteró que el pilar había caído—. Yo quería mostrar el pilar parado, pero los materiales se expresan por sus propios medios y no le puedes exigir al caramelo algo que no puede”. La temática de esta obra se relaciona con el levantamiento y el derrumbe de los propios pilares en la vida.  

En Alma (2015), copas rotas recolectadas en fiestas o salidas posan como protagonistas en una estantería. “En esa época tenía 36 años y puse 36 copas. Cada año se me quiebra una copa y yo la reconstruyo. Este trabajo tiene que ver con ese crecimiento espiritual que uno va teniendo año a año. Es una metáfora”. 

Dionisio (Compañía 1263 y Museo Nacional de Bellas Artes, 2017 y 2018), es una lámpara de lágrima construida con pedacitos de vidrios, que cuelga como un cuerpo brillante imponente de dos metros por tres y medio, e ilumina las paredes cubiertas con papeles murales de una sala redonda en una casona antigua. “Este salón llora una lámpara de lágrima”, pensó Virginia cuando entró para ver el espacio donde tendría lugar la muestra. 

“Lo lindo de ese trabajo es que al alejarte ves una lámpara muy elegante, y al acercarte, se ven llenas de puntas quebradas, de restos de materiales —explica Virginia—. Justo cuando hice la lámpara me quedé embarazada. Me acuerdo de la lámpara y me acuerdo del embarazo”, recuerda. La primera vez que se instaló en el techo de la casa, se desplomó al piso y el derrumbe quedó registrado en un video.

Prácticas de reparación (2017 – 2018) es un manto de dieciocho por tres metros y medios, armado con cientos paños pequeños de lana tejidos por mujeres del cerro Merced de Valparaíso. Como una imponente instalación textil, se despliega a lo largo de una sala como si fuera una cascada de colores que guarda un refugio cálido en su interior. Esta escenografía se crea como respuesta y manifestación de resiliencia luego del incendio ocurrido en la ciudad costera de Chile en 2014, por el cual muchas familias perdieron sus viviendas. 

Tras la catástrofe, un grupo de mujeres tejedoras que se quedaron sin hogar, se agruparon con el nombre Ave Fénix con el propósito de resurgir de esas cenizas. Virginia les propuso formar parte de un trabajo en conjunto que funcionaría como práctica de reparación. Para la primera instalación, las mujeres debían tejer imágenes de objetos perdidos durante la tragedia. “Al materializar la pena en una cosa, ella sale de ti. Es un trabajo mágico”, cuenta Guilisasti. Para la segunda, la consigna fue plasmar en los tejidos sus sueños o deseos. El resultado de este ritual individual y mancomunado es la obra misma: la expresión y materialización del deseo de vivir y de la fuerza vital de sus creadoras; un nuevo refugio, una esperanza.

La materialidad de esta obra [o los huesos que la artista recolecta, siguiendo el lenguaje de Pinkola], ya no son los restos de cosas desechadas, sino objetos creados por otros a través de un proceso sanador

Estos son algunos ejemplos de las obras en la trayectoria de una artista que, al crear, conjura el material: le devuelve el equilibrio, o encuentra la belleza en el desequilibrio. Una mano paciente guiada por una fuerte intuición, que busca, encuentra, conserva, reordena y cura, ubicando cada cosa en un lugar, a través de su creación. 

En redes: @virginiaguilisasti_arte

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