30 de junio de 2026
Crecen con sus raíces aferradas a la tierra y se alzan al cielo, enormes, las copas verdes de los árboles. Uno al lado del otro, como si fuera un grupo de adolescentes inseparables, sus tonalidades de verde se entremezclan y recrean, con técnica puntillosa, la frondosidad de la selva. Sobre las ramas y en el suelo los animales caminan o descansan. Pájaros de plumas rojas, monos inquietos, mariposas, serpientes y zorros, conviven formando parte de una gran familia.
Así retrató el artista Mogaje Guihu —o Abel Rodríguez si tomamos su nombre en español— a la selva amazónica colombiana, su lugar de origen, durante más de treinta años. El árbol de la vida y la abundancia es la actual muestra que reúne varias de las obras del artista, fallecido en 2025, y que se presenta en el MALBA de miércoles a lunes de 12 a 20h.
La historia que Guihu plasma en sus obras es el relato de una tierra. Oriundo del Amazonas, Guihu creció como parte de la etnia nonuya, una pequeña comunidad que se vio enfrentada al dolor, la violencia y la tristeza. Los avances de las guerrillas, el narcotráfico y la explotación del caucho, llevaron al exterminio de la población. Por eso, a partir de sus cuarenta años, Guihu se mudó a Bogotá donde vivió el resto de su vida y donde empezó a dibujar.
Además de su nombre de origen —que significa «pluma de gavilán resplandeciente»— y de su nombre en español —que recibió a los ocho años, cuando obtuvo educación cristiana por una disposición del gobierno de instruir a toda la población en el idioma— también fue conocido como «el señor de las plantas» gracias a su profundo conocimiento de la flora autóctona y sus diferentes usos, tanto medicinales como para rituales sagrados.
Sus recuerdos son su obra, o su obra, sus recuerdos: mientras vivió en la capital de su país, plasmó en papel —usando acuarela, témpera, tinta y acrílico—, cientos de piezas basadas en lo que guardaba su memoria sobre la vida en la selva. Su trabajo incluye dibujos de clasificación botánica y homenajes a la yuca, por su riqueza como alimento, y al tabaco y a la coca, por ser parte puente de acceso a la conexión con los ancestros. Además, en muchos de los cuadros encontramos escritas las denominaciones de la flora y fauna tanto en su lengua local como aprendida. En una caligrafía sencilla, escribe «Meeni», «Jatyeme faibe» y «Kudi jamana» encima de las palabras «puerco», «colibrí» y «delfín rosado», respectivamente.
Detrás de esa radiografía amazónica de colores alegres, se revela también la cosmovisión de la etnia nonuya, que no contempla la jerarquía de humanos por sobre el mundo natural, y que considera que todos los seres —tanto visibles como invisibles— tienen espíritu y viven en constante interacción.
El árbol de la vida y de la abundancia no es solo una exposición de arte; es también un relato que nos invita a recuperar una forma de amar y valorar al planeta a través de la profunda comunión que nos regala la experiencia artística.

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