Sophia - Despliega el Alma

Reflexiones

2 diciembre, 2019

El año termina, el tiempo continúa

Cuando comienza el mes de diciembre tomamos dimensión de una certeza: otro ciclo ha llegado a su fin. Entonces nos preguntamos cómo queremos recibir el nuevo año y cuáles serán las acciones que llevaremos adelante para encontrar la trascendencia, a pesar de nuestra finitud.


Por Sergio Sinay

Último mes del año. Último año de la década. El tiempo pasa. “¡Cómo pasa el tiempo!”, dicen muchas personas con un leve dejo de angustia. Pero el tiempo ni pasa ni deja de pasar. Quizás ni siquiera exista tal como lo pensamos y lo sentimos. Se trata de una institución social, dice el filósofo alemán Rüdiger Safranski en su bello ensayo titulado precisamente Tiempo. Algo que hemos creado los humanos para ordenar los acontecimientos, para ubicar las cosas, para tener una perspectiva sobre nuestra vida.

El tiempo está íntimamente ligado a nuestra conciencia de finitud. Hace su entrada de manera innegable e inclemente en cuanto advertimos que somos mortales, que no estaremos para siempre. Y esas palabras (finitud, siempre) nos ponen cara a cara con el tiempo. Hemos intentado resolver su presencia tratando de atraparlo. Lo hemos envasado entonces en relojes, calendarios, agendas. Lo hemos fragmentado en años, meses, días, horas, minutos, segundos.

Decimos que no hay que perderlo. ¿Pero cómo se podría perder lo que no se puede atrapar? Hablamos de ahorrar tiempo. ¿Pero en dónde guardaríamos esos ahorros? ¿Cómo contabilizarlos? De hecho, el tiempo no está en donde creemos detectarlo. Relojes y calendarios son meras apariencias.

Incluso no existen desde siempre.

El primero del que se tiene información es un reloj de sol creado por los egipcios mil años antes de Cristo. Se cree que los menhires, esos monumentos típicos de la Isla de Pascua, y que también los hay en Tafí del Valle (Tucumán), cumplían aun antes la función de marcar las horas según se desplazaba su sombra con el movimiento del sol. Todavía el ser humano no se había divorciado de la Naturaleza, como hoy, ni había intentado domarla o someterla, un vano y patético empeño que suele arrojar resultados peligrosos.

Antes de eso, no había mayor preocupación por atrapar y reglamentar el tiempo. Simplemente se observaba la repetición de fenómenos naturales, como las estaciones, los ciclos de lluvia y sequía, los movimientos de los astros. Solo en el siglo XIV se empezaron a construir relojes mecánicos, primero de rueda y, trescientos años después aparecieron los de péndulo, a los que seguirían modelos cada vez más complejos y sofisticados hasta llegar al reloj pulsera, hoy amenazado de extinción por el teléfono celular.

“Decimos que no hay que perderlo. ¿Pero cómo se podría perder lo que no se puede atrapar? Hablamos de ahorrar tiempo. ¿Pero en dónde guardaríamos esos ahorros? ¿Cómo contabilizarlos? De hecho, el tiempo no está en donde creemos detectarlo. Relojes y calendarios son meras apariencias. Incluso no existen desde siempre”.

Pero para que un instrumento exista debe haber algo a lo cual aplicarlo. En el caso de las herramientas de medición del tiempo, tiene que haber acontecimientos. Si nada ocurre, la noción de tiempo desaparece. Tiene que acontecer algo, decía Aristóteles en la antigua Grecia, cuna del pensamiento occidental, para que se pueda hablar de tiempo. “El tiempo es eso, decía, lo que cambia entre un antes y un después”.

Quizás por eso, señala con inspiración poética el físico italiano Carlo Rovelli, uno de los más importantes estudiosos de este fenómeno en la ciencia contemporánea, “lo habitamos como los peces habitan el agua. Nuestro ser es ser en el tiempo. Su arrullo nos alimenta, nos abre al mundo, nos turba, nos asusta, nos mece”. Su libro El orden del tiempo es una obra apasionante, en la que filosofía, física cuántica y poesía se dan cita para estudiar la que acaso sea la más insondable experiencia humana.

Retomando la idea de Aristóteles, Ravelli dice allí que el mundo está hecho de acontecimientos y no de cosas. Las cosas son estáticas y, puesto que somos tiempo, ellas nos resultan en cierto modo ajenas, extrañas. Los acontecimientos, en cambio, ocurren y se desvanecen, pasan a formar parte de la memoria o del olvido. Y nos permiten percibir el tiempo. Así, cuando termina el año, estamos asistiendo a una visión panorámica de ese fluir. De alguna manera, se puede decir que el final de un año es un punto de inflexión en nuestro fluir. Han acontecido días en nuestras vidas, 365 días. Se abren las puertas a los próximos 365.

Tiempo, nuestro gran tesoro

En su estudio del tiempo Carlo Ravelli remite a la historia de Job, el personaje bíblico sometido a las más terribles pruebas divinas. Es azotado por enfermedades, por la muerte de su ganado, por el rechazo de su mujer, por la pobreza y por el peor dolor que puede sufrir un ser humano, como es la muerte de sus hijos. Job en ningún momento declina en su fidelidad a Dios y obtiene como recompensa la restitución ampliada de todo lo que perdió. Solo sus hijos no resucitan, aunque él será padre de diez nuevos hijos. Job vive todas las vidas imaginables en una y solo muere, dice bellamente Ravelli, “cuando está colmado de días”. El científico italiano acota de inmediato que acaso el sentirse “colmado de días” sea la más hermosa manera de cerrar “este breve círculo que es la vida”.

Dentro de ese círculo hay otros más breves, que se llaman años. Y quizás, mientras el tiempo mantiene su misterio, que se resiste a ser revelado o reducido a fórmulas y explicaciones racionales, también sea un loable propósito cerrar el círculo de cada año, de cada mes, de cada semana, habiéndolo colmado de días. Esto significa, habiendo estado abierto a los acontecimientos, participando de ellos, dado que son los que marcan huellas en el tiempo.

El dios del tiempo –acota Needelman– se ríe de nuestros pequeños relojes y calendarios. ¿Qué puede ser más doloroso que tratar de manipular la mayor fuerza que existe en el universo con nuestras mentes nerviosas, nuestros corazones ansiosos y nuestros cuerpos torturados?”.

En definitiva, como bien explica a su vez Rüdiger Safranski, cuando hablamos del tiempo, cuando pensamos en él, solo podemos referirnos a sus efectos. A lo que trae, a lo que se lleva, a lo que deja, a lo que transforma, a lo que nos hace. Pero nunca podremos decir concretamente qué es.

Una y otra vez repetiremos con San Agustín su célebre conclusión: “Sé lo que es el tiempo, pero cuando tengo que explicarlo, ya no lo sé”. Lo que llamamos tiempo es una abstracción que no puede ser captada por los sentidos, explica el filósofo estadounidense Jacob Needleman en El tiempo y el alma. Y toda pregunta que se formule acerca de él es un interrogante acerca del sentido de la vida.

No sabemos qué es el tiempo, pero comprendemos que estamos hechos de tiempo.

Decimos que “pasa”, pero no es el tiempo el que pasa, sino nosotros los que pasamos por él. El tiempo no fluye. Es. Somos nosotros quienes aparecemos, nos transformamos y desaparecemos en su seno. “El dios del tiempo –acota Needelman– se ríe de nuestros pequeños relojes y calendarios. ¿Qué puede ser más doloroso que tratar de manipular la mayor fuerza que existe en el universo con nuestras mentes nerviosas, nuestros corazones ansiosos y nuestros cuerpos torturados?”. Sin embargo, este filósofo nos invita a escuchar lo que él llama un mensaje del cosmos, según el cual, aunque somos mortales y nuestro tiempo es finito, cada uno tiene dentro de sí lo que puede trascender el tiempo. Es decir, lo que nos permitirá dejar una huella en la infinitud.

Encontrar ese potencial y manifestarlo es un hermoso propósito en estos días finales del año, cuando el tiempo está presente como nunca en nuestro horizonte.

Fotos: Pexels.

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