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Artes

7 septiembre, 2020

El alma en las manos: “La cerámica es mi mejor terapeuta”

La ceramista Cecilia Nigro descubrió a través del trabajo con arcilla que su mundo interior podía hablar un lenguaje nuevo y sorprendente capaz de ayudarla a sanar. Crónica de un viaje de autoconocimiento y transformación.


A través de las manos la artista Cecilia
Su primera serie de flores 3D para aplicar como murales sobre la pared coincidió con un momento de florecimiento personal.

Por Florencia Rodríguez Petersen

De a poco fui construyendo mi mundo alrededor de la cerámica”, dice Cecilia Nigro. Pero mientras avanza la charla queda claro que la cerámica fue construyendo su mundo de artista. Porque lo es, aunque ella prefiera no usar esa palabra y, en cambio, presentarse como comunicadora, mentora, y ceramista. Se topó con la arcilla por casualidad en 2003, un año después de empezar a trabajar en el Hotel Alvear en el área de comunicación y relaciones públicas.

Como siempre, hay un derecho y un revés aun en las cosas que uno más ama.Estaba medio chiflada. Necesitaba sacar la cabeza de la locura hotelera”, recuerda Cecilia que, por ese entonces, empezaba una carrera a la que define como “vertiginosa” y que no solo implicaba muchas horas de trabajo sino también una alta exposición. “Entré a un tallercito que vi en Palermo y me cambió la percepción de las cosas”. Su tono de voz se modifica al instante. Se percibe el enamoramiento que, lejos de desvancerse, se fortaleció con el paso de los años. “Me copé, como en esos primeros amores que no sabés cómo es que se dan. De pronto estaba ahí, levantando en el torno una pieza grande. Y cada vez que iba a clase me transportaba”, recuerda.

En su taller de trabajo Cecilia se deja llevar por sus creaciones. A la derecha, algunos de sus cuencos de barro.

El amor por la tierra, escrito en la memoria

Su “distracción” pasó a ocupar cada vez más espacio.Mi marido me regaló un torno para un cumpleaños, me compré herramientas y después algo más”, cuenta al pasar. Así fue armando un rincón para el ocio en su casa. Jura que nunca había tenido relación con la arcilla. Pero, nuevamente, la vida la sorprendió. 

Un día, muchos años después, me di cuenta de que mi infancia había estado un poco marcada por la cerámica porque mi abuela paterna, Isabel (Porota), que era modista de alta costura y siempre estaba con entregas muy al filo de la hora, por lo que se estresaba y se deprimía, iba a un taller municipal de cerámica”, relata. Y agrega: “He ido con ella. Pero nunca lo registré porque no era su profesión sino algo que hacía en sus ratos de ocio y, de hecho, en casa siempre había figuras de cerámica escultóricas, porque ella tenía una mano increíble. Tengo dos lámparas que siguen acá y me fascinan. La cerámica fue su lugar de escape”, comenta Nigro. 

Muchos años más tarde y nuevamente sin pensarlo, la abuela Porota volvería a ser clave en la relación de Cecilia con la cerámica. “El año pasado, un día me desperté como con un mensaje del cielo y pensé que ya era hora de armar mi taller. Hacía unos años que se había muerto mi abuela, la ceramista, y con un puchito de un departamento que ella tenía y que vendimos, hice un cerramiento en un sector de mi casa”. No se dio cuenta del giro del destino hasta que dio sus primeras clases en ese espacio, donde hoy funciona su taller. Fue una alumna quien marcó la coincidencia. O, más bien, la señal.

Cecilia junto a su abuela Porota. Mucho tiempo después de enamorarse de la cerámica se dio cuenta de que esa también era la actividad preferida de ella. 

El desafío de aceptar que no se puede controlar todo

No lo dice abiertamente, pero en su relación con la arcilla hay algo mágico. “Cuando me metía en la masa era un amor de esos que atraviesan y del cual no se puede salir”, afirma y encuentra la manera de significar ese vínculo: “La cerámica me enfrentó a un montón de desafíos que tenían que ver con ir despacio, encontrar procesos, pausas y esperas. Esa ansiedad que yo tenía no correspondía con los tiempos de la cerámica y todavía me pasa hoy que los tiempos del material no tienen que ver con las ganas o el estado de ánimo de uno, todo sigue su proceso”. 

Aunque ahora está más acostumbrada a esperar, reconoce que la desesperaba cruzarse con materiales que necesitaban tiempo para pasar al siguiente paso. “Y tal vez en el medio se rompía en el horno”, ríe haciendo alusión a algo que repetirá más tarde: es imposible controlarlo todo. “El material tiene un tiempo y una lógica propios”.

Eso también impactó en sus expectativas. La cerámica tiene dos cocciones. La primera, que se llama bizcocho, y la segunda es el esmaltado. Recién ves el resultado cuando sale del horno y ahí se da una especie de alquimia. Lo que pasa en el horno es algo totalmente aleatorio: puede ser maravilloso… o desastroso”, comparte. A 17 años de haber horneado sus primeras piezas, se la escucha segura cuando afirma: “Aprendí que el defecto de las piezas es el efecto, no un error per se, sino que podía ser algo muy maravilloso y único. Fue un camino de aprendizaje y de valoración de otras cosas que en ese momento no valoraba”, reflexiona. 

Un sinfín de piezas que no salieron como esperaba le enseñaron el efecto de la humedad, del aire, del sol, del calor y del frío en este material que apareció en su vida por casualidad y ya es parte de su identidad.

Usar las manos para sanar 

Hay un montón de enseñanzas y paralelismos”, sentencia Cecilia y recuerda su primera “serie artística” formada por flores semicirculares para utilizar como murales en 3D. “Tenía una agencia de comunicación y nos separamos en un proceso bastante difícil. Cuando empecé el camino sola, comencé una serie llamada Mundos florales. Yo sentía el florecimiento de un volver a nacer”, relata. 

Pero la vida también tiene momentos de sombra, de dolor, de desesperación. Y casi sin darse cuenta, estos también encontraron su expresión en la masa. “Las series hablan de lo que me pasa a mí. Son un poco la síntesis del recorrido que vengo haciendo. La cerámica es un lenguaje a través del cual hablo”, comparte Cecilia y asegura que cada obra empieza por poner las manos en la masa, porque “cuando la cabeza intenta controlar todo, termina llevándote a la frustración: si quiero dirigir la mente para contar algo, se me rompe todo. En cambio, los mejores proyectos me salieron cuando lo que hacía me encontró”.

En 2014, luego de años de buscar por todos los medios concretar su sueño de ser mamá, presentó Mil hijos en el MALBA. Un año más tarde nació su hiia Vera. 

Una serie que se gestó en el dolor y dio paso a la vida

Todavía se emociona cuando habla de Mil hijos, la serie que expuso en el MALBA. “Venía de una búsqueda muy larga para quedar embarazada y no sucedía. Estuve como siete años en un proceso con muchos tratamientos. Era muy frustrante, lo cuento ahora y todavía me cuesta… y en ese tiempo me salió una serie en la que hacía objetos que eran como óvulos atravesados por pinches y tenían agujeros por los que salían plantas”, describe. Aunque lo cuenta de un tirón, reconoce que cada cosa fue llevando a la otra y recién al final se dio cuenta de todo. 

Empecé a trabajar en la forma. Después le puse pinches, me pareció lindo y le puse más. Más tarde agujereé la pieza y dije ‘¡Qué lindo, de acá puede salir algo!’. Presenté la serie en octubre de 2014 y en septiembre de 2015 nació mi hija, Vera. No estaba ni embarazada cuando la hice”, dice. Emociona escuchar el relato de cómo la vida se abrió paso y ella tiene la certeza de que la cerámica la ayudó a sanar.

Con barro colorado de Salta decidió concentrarse más en la tierra que en las ideas y así surgió una línea de lámparas. 

Cerámica para ordenar emociones 

La arcilla también le marca el paso. Su anteúltima serie (la última está en proceso ahora mismo) comenzó con un “fracaso”. Tenía un barro colorado que le habían traído de Salta y comenzó a moldearlo en el torno. “Hacía cuencos que guardaba, que no se secaban. Empecé a apilarlos. Se convirtieron en estructuras de lámpara. Hice cuatro y cuando fueron al horno se empezaron a romper en la base. Lo hablé en terapia y la respuesta fue: ‘¿No estarás teniendo mucho peso en tu cabeza?‘”. Al repetir las palabras de su terapeuta remarca que el planteo era evidente. “Justamente en ese momento había en mí mucho runrún mental. Empecé a modificar las piezas, a trabajar el barro y el proceso mismo me llevó a hacer unas lámparas que me encantaron y terminé poniendo el foco arriba del objeto”.

A la serie, hoy expuesta en el atelier de Carina Michelli, le puso de nombre Foco en la tierra. “Yo necesitaba poner foco en el material, salir de mi cabeza

Luego de esa serie, pasaron meses antes de que Cecilia volviera a la cerámica. Una caída la mantuvo inmovilizada por un par de meses y la cuarentena impactó en su estado de ánimo y la mantuvo alejada del taller. Pero hace unas semanas retornó a su rinconcito vital. “Fui al taller cuando me sentí un poco mejor y para distraerme, literalmente, empecé a hacer pelotitas. El contacto con la masa pone a la mente en pausa, es como una meditación. Por eso hacía lo que más tiempo me dejaba en contacto con la masa”, cuenta. Y enseguida relata cómo esas partes comenzaron a unirse en estructuras más grandes

“De repente me pareció que eran nudos. Estoy terminando la serie Emociones en pandemia. Ira, enojo, tristeza; son procesos fuertes. También hay alegría. Nunca había hecho esas formas y me doy cuenta de que hablan de un proceso que necesitaba salir. Para mí el arte te salva. Es algo que descubro cada vez más, señala. 

El taller es un espacio luminoso en el que cada uno, con las manos en la masa, puede encontrar su luz y su propia forma de brillar. 

Conectar con el proceso

Comenzó a dar talleres casi por casualidad: una amiga la motivó para que hiciera un workshop, y después otro. Los alumnos querían clases regulares y una cosa llevó a la otra. Creo que me salió porque no lo vi como un fin. En la medida en que uno conecta con el proceso, pasan cosas que pueden ser maravillosas”, asegura. Mientras ese espacio de creación se afianzaba, comenzó a gestarse algo nuevo. 

Cada vez se sumaba más gente a pedirme ayuda en sus proyectos y me di cuenta de que había un mundo enorme que no estaba explorado: el de la marca personal. No la del emprendedor en general, sino más bien la de una persona que hace su marca y comunica. Es la forma en la que siempre me gustó trabajar. Entonces pensé de qué manera podía ayudar a las personas”, cuenta sobre cómo surgieron sus mentorías.  

Lo que trabajo mucho con la gente que quiere dar este paso es ayudarla a encontrar su propia voz”, señala y agrega que, para eso, es fundamental “mirar hacia adentro y encontrar qué te diferencia. Yo lo encontré en la cerámica. Para mí es meterme en el taller y hacer, hacer, hacer. Lo mejor que te puede pasar es encontrarte haciendo”, sostiene

Hoy, a 17 años de sus primera piezas, se anima incluso a ir más allá cuando concluye: “La cerámica es mi mejor terapeuta. Me enseña mucho de mí: la ansiedad, la cabeza, el apuro, el buscar resultados… Siempre termina fallando en algún momento del proceso y eso me sirve para quererme un poco más”.

Tristeza, dolor, enojo… las emociones de la pandemia que la artista eligió retratar en su vuelta al taller, a través de figuras grandes e intrincadas. 

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