26 de marzo de 2025
Mariana Alexander (67) es una mujer de tiempos lentos. “Una enemiga del apuro”, se autodefine. Ese ritmo le permite detener su caminar para levantar una piedra y ver qué hay debajo. Habla de “descubrir”, a diferencia de simplemente “ver”. Y una piedra, como una ola, como la arena, como una montaña, como un iceberg, encierran para ella un universo de formas geométricas y matices capaces de conmoverla y de hacerla disparar el obturador.
La naturaleza, en sus múltiples manifestaciones, es el imán que orienta su brújula. Fotógrafa argentina, nacida en Buenos Aires en 1958, Mana (así la llaman sus allegados), tiene una frase de cabecera que leyó en algún lado que no recuerda, pero que hizo suya porque la define y la resume: “Nature is my church” (La naturaleza es mi iglesia).

Cráter del volcán Stútur, Landmannalaugar, Islandia.
Hoy sobrevuela tierras indómitas para sacar fotos de naturaleza abstracta desde el aire, pero su aventura empezó sin una cámara, hace tiempo, en una quinta de 30 hectáreas que sus abuelos maternos tenían en las afueras de Buenos Aires. Allí pasaba muchos días a la semana, en contacto con árboles frutales, caballos y animales de granja. A la vuelta del colegio religioso y bilingüe al que asistía en la zona norte del Gran Buenos Aires todo era libertad, aire libre y vitalidad: “Ya en la tranquera me sacaba la túnica, saltaba arriba de mi petiso y partía al galope”, recuerda. En las tardes sofocantes de calor bonaerense, cuando sólo se oían las palomas y los adultos la obligaban a dormir la siesta, ella escapaba por la ventana de la habitación y trepaba a las inmensas higueras a comer frutas. “Siempre descalza, siempre con la menor ropa posible”, recuerda.
“Ahí me conecté con la naturaleza de una forma tan potente y poderosa que era donde yo mejor me sentía. Era mi Disney. Después apareció la cámara, que fue la herramienta que me permitió tomar imágenes de los entornos especiales que iba buscando, porque de alguna manera, nunca pude acceder a otras temáticas que no fueran la naturaleza, aunque lo haya intentado”.

Mariana Alexander, tomando fotos en el campo de lava con musgo de Eldhraun, Islandia. (Foto: Ingrid Weyland).
Durante su infancia y juventud, Mana nutrió la mirada artística cerca de su madre pintora. También, con viajes a distintos destinos culturales del mundo, una tradición en su familia. Aún recuerda entre risas el día que en Italia su mamá pasó más de 50 minutos hablándole frente al David de Miguel Ángel: en aquel entonces, habitada por la urgencia de sus 16 años, todo lo que quería era salir corriendo de allí. Esa noche, peleadas, Mana y su mamá cenaron en el mismo restaurante, cada una en una mesa distinta. Ya adulta, agradece esas largas cátedras y las atesora como grandes lecciones.
Más tarde, y en un tiempo en que el oficio de fotógrafo tenía unos pocos representantes, Mana Alexander se formó con algunos de los grandes. Los argentinos Aldo Sessa y Sara Facio fueron algunos de sus maestros a lo largo de una carrera que comenzó el día en que, a sus 20 años, le regalaron un equipo fotográfico analógico y ella corrió hasta el zoológico de la Ciudad de Buenos Aires para hacer sus primeras tomas. Al revelar los negativos, descubrió que a través de la cámara había podido extraer algo maravilloso sin incorporar el contexto. Eso la cautivó. “Y nunca más paré”, recuerda. Con los años, se siguió formando con otros profesionales consagrados, entre ellos, el estadounidense Steve McCurry.

Sistema de fiordos Scoresbysund, Groenlandia.
Madre de dos hijas y abuela de cinco nietos, después de intentar sin éxito incursionar en otras temáticas que no fueran la naturaleza, Mana se entregó al llamado de lo salvaje. Durante diez años, ella misma era quien organizaba viajes fotográficos a destinos naturales para quienes querían practicar el oficio. Actualmente viaja a distintos sitios y, desde arriba de avionetas, con sólo algunos gestos que hace con las manos, indica al piloto que haga un vuelo rasante, que gire a los lados, que se acerque más, que se mantenga unos segundos allí, sobre un río de lava o en el filo de una roca.
Islandia, Tierra del Fuego, Nueva Zelanda, los polos: los territorios que sobrevuela son siempre inhóspitos, marcados por la intensidad del viento o los días sin oscuridad, por las bajas temperaturas y, sobre todo, por la soledad. Son vastedades inmensas donde el ser humano es un extraño, escenarios infinitos donde la naturaleza es extrema y muestra su costado más violento. Mariana asegura que jamás siente miedo en esos espacios, que en cambio la ciudad le resulta hostil y amenazante.

Arriba y abajo: Playa de los diamantes, junto al lago glaciar de Jökulsárlón, Islandia.

“He hecho viajes de fotografía a lugares bastante recónditos, me subí a un velero en la costa este de Groenlandia con seis fotógrafos que nunca había visto en mi vida durante dos semanas, en un barquito pesquero de 15 metros de madera, construido en el año 1800 en Noruega”, evoca. En esa expedición pasó diez días comiendo pescado sacado del mar en el momento, nunca se bañó y dormía vestida, con 24 horas de luz. Si se sentía cansada, bajaba de cubierta a dormir un rato, hasta que alguien al grito de “¡Ballenas!” la despertaba y ella daba el salto para subir de nuevo a cubierta.
Sus hijas y amigas ya no se extrañan de que conduzca en medio de una tormenta de nieve en Islandia o que navegue las heladas aguas antárticas. “Lo que siento en estos entornos es que la naturaleza me abraza, no me suelta la mano. Cuando yo estoy en estos lugares totalmente aislados de todo, me siento cuidada y mis emociones, todas a flor de piel”.

Detalle de un cauce de río desde el aire, en la costa sur de Islandia.
Durante el año 2023 organizó una muestra en su propia casa, eso le dio la posibilidad de pasar largos ratos de charlas con el público, algo bien distinto a la clásica vernissage. Ni ella ni las visitas estaban urgidas por los tiempos de una sala y la experiencia fue más allá de un brindis con champagne. A veces desayunaban, a veces almorzaban y otras merendaban. La muestra se llamó Sobre la piel de la Tierra. Su obra también estuvo expuesta en Buenos Aires Photo y en Photo London, en el Palais de Glace y en el Hotel Sofitel. Viaja a ferias y exposiciones para ver qué hacen otros y así ampliar la mirada. Estudia literatura y camina. También trabaja en su segundo libro fotográfico, que estará dedicado a sus nietos. Al primero, Patagonia, se lo dedicó a sus hijas con una frase de Goethe: “Sólo hay dos legados durables que podemos dejarle a nuestros hijos, raíces y alas”. Raíces y alas.

Detalle de ladera de montaña, Tierras Altas, Islandia central.

Montañas del desierto desde arriba, al amanecer, Damaraland, Namibia.
Foto de apertura: Ingrid Weyland.
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Que maravillosas fotografias…puro deleite al observarlas.. Gracias x compartirlas..