Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

11 marzo, 2020

¿Dónde encontrar la fuerza para seguir cuando todo está oscuro?

Levantarse, cuando el ánimo flaquea. Dar el salto para alcanzar la salida del pozo de la tristeza, la desesperanza y el ahogo. Aún cuando parece que ya nada tiene sentido, una puerta siempre se abre hacia la luz...


Por Virginia Bonard

¿Por qué? “Es la primera pregunta que nos hacíamos. ¿Por qué tenemos que pasar por tanto dolor, tanta angustia? Esa presión en el pecho, esas lágrimas interminables. Interminablemente dolorosas. No podía decir su nombre sin que se me anudara la garganta y nuevamente la pregunta: ¿por qué?  ¿Para qué esta prueba, Señor?”, dice Raúl Morales, papá de Sofía.

En la peor noche de mi vida, y todo lo que siguió, transité por las emociones y no por la razón. La desesperación, la angustia, el estupor, el dolor, la ira, se sucedían, se agolpaban, me penetraban. No sé por qué no gritaba más. Me caían lágrimas que cortaban, herían al deslizarse”, comparte José Iglesias, papá de Pedro.

Raúl Morales y José Iglesias tienen algo enorme en común, algo que les cambió la vida para siempre: perdieron a un hijo en el brutal incendio de Cromañón, el 30 de diciembre de 2004. En esa noche tan negra murieron 194 personas en la tragedia evitable más grande que vivió la Argentina. Ellos tocaron ese fondo oscuro de desesperanza, pérdida, dolor.

“Nos ayuda ser sinceros con nosotros mismos, ponerle nombre a todo lo que nos pasa. Lo primero que viene a la cabeza es ‘¿por qué?’. Por qué ocurrió, por qué estoy así, por qué no tengo ánimo. Buscar en el corazón, bucear, nos ayuda a comprender, a enfrentarlo y no esquivar, sino justamente lo contrario: dialogar con aquello que nos pasa”.

Había ira, ya que desde un comienzo tuve la certeza de los responsables.   Sabía que alguien me había quitado a mi hijo. Después supe que ese alguien eran muchos. No podía separar la muerte del que mató. No sé de dónde salieron las fuerzas. Aún en el peor momento, hubo algo que me conducía. Pedro, desde ya. La fe, también, que nunca flaqueó”, se sincera José.

Raúl logra explicar esas decisiones de los primeros momentos ante la muerte tan inesperada de su hija: “La lucha en busca de justicia fue el primer paso que dimos como familiares de víctimas, porque no podíamos ni queríamos que tantas muertes injustas y evitables quedaran tan solo como una nota periodística. Teníamos que investigar y buscar a los culpables. Esa fue la primera soga de donde nos tomamos para no caer al vacío: luchar, marchar, gritar, pedir justicia”.

Vislumbrar el camino

Para salir del dolor, hace falta empezar. “Nos ayuda ser sinceros con nosotros mismos, ponerle nombre a todo lo que nos pasa. Lo primero que viene a la cabeza es ‘¿por qué?’. Por qué ocurrió, por qué estoy así, por qué no tengo ánimo. Buscar en el corazón, bucear, nos ayuda a comprender, a enfrentarlo y no esquivar, sino justamente lo contrario: dialogar con aquello que nos pasa. Nuestras fuerzas son pequeñas, por eso lo bueno es buscar ayuda en otros: amigos, un médico, un psicólogo, un sacerdote; alguien que me escuche, que tenga una mirada más objetiva, que pueda iluminar mi relato, que lo mire desde afuera”, observa el sacerdote católico Oscar Fabré y destaca: “El dolor muchas veces anestesia nuestras habilidades, virtudes o talentos para enfrentarlo todo en la vida, no es bueno instalarnos en ese dolor”.

Claramente no fue el caso ni de Raúl ni de José. Ellos dieron pasos, aunque el alma tiraba para atrás, como decía Atahualpa Yupanqui.

En una tragedia pública donde la muerte fue pública, los dolores fueron públicos y los duelos también, hubo un alivio contenedor en los abrazos, las marchas, las oraciones interreligiosas y la presencia en los foros donde la causa Cromañón se ventilaba en sus múltiples dimensiones. Sin embargo, los familiares que soportaban las pérdidas en algún momento quedaban solos con su pena.

En la intimidad todo era más difícil. Porque no contábamos con el apoyo de los amigos, familiares y el de tantas personas de buena fe que se nos acercaron para darnos fuerzas para seguir. En ese momento a solas, florecían los recuerdos, los abrazos perdidos, la felicidad esfumada, la habitación vacía. Pero por nuestros hijos vivos, sobrinos y ahora nietos, teníamos que seguir. No podíamos dejar en el olvido tantas miradas y abrazos transmitiéndonos esa fuerza que no nos dejaba bajar los brazos. Y así aparecía la otra soga. La del acompañamiento y la comprensión”, revela Raúl con una ventana que se va abriendo a la esperanza. Había que seguir por los afectos que seguían vivos.

Desde los sueños y las señales

A los pocos días, un sueño fue el combustible: estaba con Pedro en un ascensor, de los antiguos. Me mostraba su agenda, contrariado por no haber podido terminar lo planeado. Pero estaba bien, en paz. Se despidió de mí con un abrazo y siguió subiendo. Me desperté llorando. Su confesor leyó el sueño como yo. ¿Cómo no tener fuerzas? ¡Y cuánto las necesitaba!”, cuenta José.

A Raúl le sucedieron cosas inexplicables: “Ese largo camino hacia la esperanza, hacia el equilibrio emocional fue acompañado por múltiples señales que nos indicaban que su compañía estaba cercana. A Sofía no la vi más, pero es tan fuerte su presencia en mi corazón que hasta aprendí a dialogar con ella, a caminar con ella de la mano, a reírme de sus sorpresivas apariciones ‘casuales’ al ver su nombre en un local, al escuchar sus canciones, al leer sus cartas. Al ver a esa niña en la plaza que se nos acercaba y tenía su mismo nombre. O ante la presencia de un arco iris, ese que apareció el día que su amado River Plate salió campeón. En innumerables sueños que me permitían abrazarla, besarla, estar a su lado”.

El padre Fabré resalta la importancia de recuperar el ánimo a la hora de andar el dolor: “También tiene que ver con el sentido que tenemos en la vida, con cómo le doy curso al amor, que es lo que impulsa a vivir, a entregarme por los demás, a hacer fecundos mi tarea y mi tiempo, mis espacios, mi vida entera”.

Tanto Raúl como José tomaron decisiones muy fuertes vinculadas a los roles que asumieron ante la tragedia y fueron encontrando un nuevo sentido a sus propias vidas. Trataban, con estilos distintos, de contagiar esa actitud a otras familias que sufrían el mismo duelo. La búsqueda de justicia fue un impulso muy intenso.

Sobre esa fuerza que fue llegando, relata José: “Ningún dirigente nacional puede eludir Cromañón de su historia. Ese concierto de vocaciones, intereses, ideologías, urdió el terrible entramado que se nos puso enfrente. Y debimos acometer. Domestiqué mi bronca y la racionalicé en actos. Y luego dejé de estar solo. Otros que, como yo, transitaban iguales pérdidas se acercaron. Y esa primera reunión y cercanía fue un bálsamo mutuo. Todo fue muy rápido, pero intenso, profundo y lacerante. Aquella primera reunión, a horas de la peor noche, fue un concierto de llantos, gritos y razones y también de planes y propósitos. A la distancia, fue algo mágico y alumbrador. Aprendimos a levantarnos y ayudarnos cuando caíamos. Podíamos llorar sin explicar. Mucho tiempo después, supimos volver a reír, también sin explicar”. 

La fe como una puerta

“Aquella primera reunión, a horas de la peor noche, fue un concierto de llantos, gritos y razones y también de planes y propósitos. A la distancia, fue algo mágico y alumbrador. Aprendimos a levantarnos y ayudarnos cuando caíamos. Podíamos llorar sin explicar. Mucho tiempo después, supimos volver a reír, también sin explicar”.

Abrirse a los demás, sincerarse, rodearse de afectos verdaderos. No “caretear”. Y la fortaleza que da la fe, una de esas sogas de las que habla Raúl: “Sentado en los bancos de la Catedral Metropolitana, mirando al Cristo crucificado y a la Virgen sosteniendo a su hijo asesinado, fuimos encontrando empatía con el Señor nuevamente. Sin dudarlo, digo que flaqueó la fe. Nació en muchos un enojo hacia Dios. Hasta que comprendimos que no era Él el culpable. No era su voluntad. Fue el hombre el que provocó todo. Fue el hombre el que sembró la codicia, la corrupción, la desidia, el que hizo que tantas almas se fueran, y tantos miles de familias tuvieran el peor final de año de sus vidas. Y los que quedaron, teniendo que afrontar la ridícula culpa que sentían por estar vivos”.

¿Por qué la fe? La fe que nos ayuda a mirar con profundidad el para qué, qué sentido tiene pasar por esto. Luego nos damos cuenta de que podemos salir de ese hundimiento, de ese pozo de desánimo, de que lo vivido tuvo un sentido, que fue para crecer: me ayudó a conocerme más y a ver que conviven en mí cosas que no me gustan de mí mismo, pero que las puedo mirar con una mirada distinta, con un deseo de aprendizaje”, indica el padre Fabré.

Estamos parados ante estas historias durísimas.

Ya pasaron 15 años, las familias siguen extrañando a sus hijos, hermanos, novias que fallecieron en el incendio pero ya hay un mar de vivencias que fueron completando sus vidas con nuevos renglones escritos desde el amor, la amistad, el deseo de superación. Conozco personalmente muchas de estas historias. Me conmueven con la fuerza de un terremoto de felicidad interior ver a algunos padres que en este tiempo se convirtieron en abuelos y recuperaron la alegría, las ganas de jugar, el impulso vital de soñar nuevos sueños para las nuevas generaciones; la capacidad de convocar y sentirse convocados a celebrar la vida aun sabiendo con claridad que algunos lugares en la mesa van a estar siempre vacíos.

Cuatro sogas

Raúl lo sintetiza en las cuatro sogas que le permitieron descender a la realidad con suavidad cada día: buscar justicia, el acompañamiento y la comprensión de los otros, la fe y la presencia en la ausencia.

José, en tanto, lo expresa de esta forma: “Nos hizo falta mucha fuerza y nos la brindaban nuestros hijos. También la fe de los que la conservábamos y la de los que la tenían enmascarada en un enojo con Dios. Salió de ese amor mutuo que nos brindábamos padres y familiares. Éramos una familia donde todo estaba dicho”.

La fe y la oración, tan íntima como comunitaria, nos dan esa confianza en la que podemos depositar el corazón, las heridas más profundas del alma, eso que no podemos resolver solos. Es el amor el que nos dinamiza, el que nos hace estar en movimiento, el que nos impulsa a buscar ayuda y nos hace dóciles a dejarnos ayudar por otros para reiniciar”, aporta el padre Oscar y que vuelve a poner en foco que cuando visualizamos “al otro” es cuando comienza la verdadera salida.

Y llega el día en que vamos dejando algunas “muletas” personales, esas que solo cada uno conoce, lejos de esas confusiones que nos encorsetan, y recuperamos espacios en los que logramos mimarnos un poco, sin lástimas ni autocompadecimientos innecesarios, dando lugar a un poco de alegría: disfrutar un rico mate, volver a hacer esa comida sabrosa, recuperar las ganas de juntarse con esas personas que nos hacen bien, leer un buen libro, caminar y recibir la tibieza del sol en la frente, practicar alguna actividad que nos renueve en el arte o el deporte.

“Es el amor el que nos dinamiza, el que nos hace estar en movimiento, el que nos impulsa a buscar ayuda y nos hace dóciles a dejarnos ayudar por otros para reiniciar”.

Y tantas otras opciones de búsqueda de la felicidad y el bienestar como lectores tenga este texto. Serán elecciones individuales que tendrán impacto directo en la maduración de aquello que tanto dolió, que no se entendió, que lastimó y que se pudo atravesar buscando y recibiendo ayudas. Y que, recién entonces, alguien podrá decir con honradez que logró elaborar.

Lo describe desde el alma el poeta Héctor Negro y nos despliega mucha verdad en sus versos: “Por qué caerse y entregar las alas. / Por qué rendirse y manotear las ruinas. / Si es el dolor, al fin, quien nos iguala. / Y la esperanza, quien nos ilumina”.

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

No está conectado a MailChimp. Deberá introducir una clave válida de la API de MailChimp.

Comentarios ()