Sophia - Despliega el Alma

Sociedad

6 noviembre, 2020

¿Distanciamiento social?

Hoy que en AMBA se decidió el fin del aislamiento social obligatorio, una reflexión acerca de la importancia de no perder de vista eso que ganamos al tomar distancia: acercarnos a los otros desde un nuevo lugar.


Por Martín Dal Farra

Algunas definiciones de esta pandemia 2020 merecen que las observemos con detenimiento antes de incorporarlas a ciegas. Entre ellas, la que más despierta mi atención es la de “distanciamiento social”. Nos hemos autoconvencido de que nuestra supervivencia dependerá de cuán disciplinadamente nos mantengamos a “más de 2 metros” del otro. Aunque no aparente ser una súper-vivencia, creo que sí puede llegar a serlo. Es de esas vivencias que nos darán acceso a una súper-versión de nosotros mismos si nos tomamos el tiempo necesario para des-ocultar y aprehender de las maravillas ocultas en ella.

El acto de sociabilizar, tal como lo conocíamos, cara a cara, se vio fuertemente reducido durante esta crisis y me pregunto si alguna vez llegará a recuperarse del todo o evolucionará en su forma y esencia. Ante este cambio súbito e inesperado, nuestras vidas se tiñeron de sensaciones de frustración y desasosiego. Emociones que sí vinieron a nuestro encuentro, aunque nos esforcemos por invalidarlas y aislarlas de nuestras vidas.

Con el correr de los meses nos adentramos en un mar de incertidumbres dejando en tierra firme eso que habíamos adoptado como “normalidad”. Normalidad que se hace cada vez más pequeña y confusa en un horizonte que se aleja y tiende a desaparecer a medida que avanzamos en nuestro viaje. Ante la aventura y lo desconocido nace el miedo y junto con él la polarización que nos integra: “huir” o “enfrentar”. Y antes de decidir que acción tomar, debemos recordarnos que fuimos nosotros mismos quienes decidimos embarcarnos en este proceso de transformación.

Comienza entonces un comportamiento dual, binario, que nos divide entre individuos ubicándonos a uno u otro lado de una especie de Grieta. Cada uno con su propia visión de vida y sistema de creencias en base a los cuales responderá ante un mismo fenómeno: la crisis o cambio abrupto por el que estamos eligiendo atravesar. Algunos concentran sus esfuerzos y pensamientos en cómo “recuperar” los hábitos perdidos; otros, agudizan su percepción para aprehender de lo que creo es un gran llamado a recuperar-nos tras identificar que, en esos mismos hábitos, nos hemos “perdido”.

Es entonces que surge la posibilidad de identificar y aprovechar lo que se oculta en la supuesta restricción del “distanciamiento social”. Fácilmente, podemos dejarnos llevar por la emocionalidad negativa de vivenciar esta experiencia como una pérdida sumada a un avasallamiento de nuestra libertad; dejamos de tener algo que teníamos y otro decidió esto por nosotros. Sin embargo, y desde mucho tiempo antes de lacrisis, gran parte de las experiencias que nos creíamos libres de elegir, probablemente también estaban regidas por un “otro”, (el otro en mí), que direccionaba nuestra -supuestamente propia- voluntad.

Para simplificarlo, nuestra vida pre-crisis también se enfrentaba, al igual que ahora, a la dualidad “deseo” / “adaptación”. Lo único que cambió fue la forma y la conciencia puesta en ello. Ahora, gracias a lo repentino y dramático del cambio, nos damos cuenta y resulta evidente que la adaptación compite contra el deseo. Antes, actuábamos de acuerdo con programaciones y automatismos tales, que aceptábamos sacrificar nuestros deseos sin siquiera notarlo.

Nuestro deseo de estar en contacto, de vincularnos, sigue estando vivo en cada uno de nosotros, y, en mi opinión, no solo no hay restricción alguna para satisfacerlo, sino que estamos ante una gran oportunidad para vivirlo con una plenitud y profundidad que ni siquiera podemos imaginar. Claro que, para ello, debemos vaciarnos de ciertas creencias y símbolos y resignificar completamente el acto de sociabilizar.

Construir una relación o vínculo puede parecer algo ligado al “encuentro”, ese momento en el que dos o más personas se aproximan físicamente en algún punto del espacio tridimensional que los rodea. Si se logra armonía, algo muy agradable ocurre durante esa cercanía física. Sin embargo, creo que no lo es “todo” a la hora de construir ese puente que nos une. La unión profunda, espiritual, trascendental o como quisiéramos nombrarla, ocurre en un plano sutil en donde se integra al otro en uno sin necesariamente tenerlo a la vista. ¿Cuántas veces hemos escuchado una canción, leído un libro o reflexionado sobre algún posteo en redes sociales y esto produjo tal resonancia en nosotros que decidimos integrar esos mensajes para transformar o expandir nuestras vidas? Probablemente no “conozcamos” a sus autores desde nuestra conceptualización tradicional de conocer que implicaría, al menos, haber tomado un café con ellos. Sin embargo, fueron ellos mismos quienes de alguna forma “virtual” lograron emitir un mensaje que recibimos, validamos e incorporamos a nuestro recorrido.

¿Acaso no es eso estar en pleno contacto y cercanía? ¿No es esa la forma más poderosa de conocerse o re-conocerse en unión con el otro?

Siento que esta nueva forma de acercarnos es uno de los aprendizajes más importantes que nos vino a regalar el auto-impuesto distanciamiento social. A la luz de los hechos, es fácil imaginar un futuro con personas más espaciadas físicamente. Entiendo el dolor que esto pueda generarnos ya que fuimos programados para asociar el amor a algo devenido de una experiencia sensorial, tangible. ¿Podemos amar a alguien al que nunca vimos, oímos o interactuamos sensorialmente de algún modo? Por eso también creo importante entender el rol que nos toca ocupar hoy en este proceso evolutivo hacia una mejor integración y convivencia.

Hoy nos integran dos partes: una que seguirá reclamando el placer que producen los encuentros físicos y otra, que comienza a despertar, y nos invita a experimentar el goce oculto en los encuentros sutiles. Me parece clave integrar ambas partes; podemos notar la tendencia actual a sobre-identificarnos con la primera y como esto nos produce menor o mayor grado de frustración. En el mismo sentido, puede ser “peligroso” sobre-identificarnos con la segunda. Encontrar un buen balance entre ambas pareciera ser lo más sano.

Durante este proceso de transformación, primero me vi afectado por la ansiedad: prácticamente todo estaba cambiando, simultáneamente, y sin previo aviso. Nuestros sistemas de creencias y paradigmas de algún modo chocaron, colapsaron, cuando más sólidos los creíamos. Quizás no advertimos, o negamos, que perdió energía la fuerza motriz que alguna vez los impulsó y hoy solo se sostenían, débilmente, por la inercia del hábito.

En algún momento interpreté que uno de estos cambios de paradigmas tenía que ver con la forma de relacionarnos. Y mientras más reflexionaba sobre esto más cedía la ansiedad y daba lugar a una sensación de unión y goce difícil de explicar y aún más difícil de entender dado el contexto de “distanciamiento social”. Es que a quienes ya conocía de “cerca” se acercaron de una forma más profunda y también nacieron relaciones con personas maravillosas a las que aún no “vi de cerca”. Por eso celebro este mágico acercamiento social que hoy nos ofrece la vida y nos invita a sentir, más desde el sentimiento que desde los sentidos, la presencia del otro en uno.

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