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16 octubre, 2015 | Por

Diez reglas de oro para la vida maternal

No te pierdas esta guía que no sirve para mucho, pero te puede alivianar un poco el tránsito hasta convertirte en la Gran Madre Argentina que todas llevamos dentro. ¡Suerte y mandá postales al llegar!


1. Vas a tener que escuchar todo lo que el resto de las madres tiene para decirte.

Ni siquiera lo intentes: no vas a poder zafar de las mamis. Están por todas partes, agazapadas como esas bacterias que no vemos, pero cuyo efecto puede llegar a ser letal. Plazas, salidas del colegio, consultorios de pediatras, filas de bancos o de supermercados… Ellas siempre tienen algo para contarte que te hace sentir miserable. Sus bebés duermen, el tuyo no. Sus hijos comen de todo, los tuyos solo patitas y alimentos con grasas trans. Sus hijos son buenos alumnos, tus gurrumines son puro bardo y dispersión. A su entender, vos sos demasiado permisiva, o castradora, o como mínimo estás fuera de onda en temas de crianza. “Se te nota demasiado estresada. ¿Por qué no vas al psicólogo o al homeópata?”, pueden llegar incluso a decirte.

2. Pero nadie quiere escucharte hablar todo el día de tus hijos…

No. ¿Para qué alejar a los demás seres vivos de tu lado? Dejá esas preciosas fotos y videos que tenés guardados en el celu para que la vean sólo los parientes y los amigos más cercanos. Y hasta por ahí nomás. Porque incluso muchos de ellos pueden llegar a bostezar varias veces al oír tus anécdotas “graciosas” sobre cómo el chiquilín en cuestión comió tierra de la maceta y ni hablar de la cara de horror que podrían poner si les decís que, aparte, tenés todo registrado en un videito que dura quince minutos. Dale, el ser humano es un animal social, no te prives de ese beneficio.

3. Que no te confunda el marketing maternal: traer un hijo al mundo es maravilloso y a veces también un incentivo para querer escapar.

No te engañes ni dejes que lo haga el engranaje multicolor de la cultura materno-infantil, con sus muestras gratis de optimismo. Sí que es lindo tener hijitos, cómo no. Y claro que estás feliz de la vida y no cambiarías por nada tu situación actual. Pero… un martes a las doce y media de la noche, cuando esos chiquilines divinos a los que tanto amás no se duermen con ninguna técnica (¡y te preguntás por qué descartaste tan tempranamente los polémicos métodos del doctor Estivill!), saltando a tu alrededor como los caciques enfurecidos de una tribu caníbal, decí la verdad: ¿no te tomarías un avión a Toronto, o aunque sea un bondi a San Pedro? Ojo que la bicisenda también sirve a los efectos de salir rajando de la vida materna… al menos por un rato.

4. Ese bebé regordete y sonriente que solías ver en las publicidades de pañales, a veces no es el mismo que te toca en suerte.

No digo que eso tenga que pasar, porque nada más lejos de mí que querer ser un pájaro de mal agüero. Sin embargo, es mi deber cívico y moral contarte que tal vez puedas encontrarte frente a frente con otro tipo de bebé al volver de la sala de parto. Si te sirve de consuelo, mi hijo lloró alrededor de nueve meses a pulmón desplegado. Primero por los cólicos, después por la angustia del tercer, quinto y octavo mes (y del cuarto, sexto y séptimo). Tanto, que sentí que jactarme de su tranquilidad durante los primeros días de vida había sido un mal chiste de mi parte para con mi destino maternal. 

5. Nunca vas a dejar de preocuparte por tus hijos. ¡Nunca!

No, amiga, no es una maldición. Es una realidad. ¿O no estás llamando cada dos por tres a tu casa para ver cómo están cada vez que salís a cenar (que justo coincide con los años bisiestos) o cuando te retrasás dos segundos en el laburo o cuando el subte D se queda clavado en Callao por problemas técnicos? Y la preocupación es con garantía extendida: no importa qué edad tengan, cada cosa que les pasa te carcome el corazón. ¡Si incluso los defendés en tantas causas perdidas! Y esto vale también para esas tías, seres que de repente empiezan a interesarse por saber cómo les fue en el pediatra a los hijos de sus hermanos o de sus amigas. Hermosos gestos, claro que sí, pero de consistencia efímera: está confirmado clínicamente que eso será hasta que tengan hijos propios…

6. ¿Dormir? Sí, claro que vas a dormir algún día. Pero ya nunca será como antes…

Quizás no lo recuerdes ya, pero hubo un tiempo (que fue hermoso, como en la canción) en el que dormías como un lirón, si los lirones duermen lo que vos en aquella época de camas comodísimas: las de la soltería. Sin importar donde estuvieran, ni la marca del colchón, le pegabas derecho como nueve, diez horas sin parar. Nada más para decir al respecto. Salvo preguntarte: ¿No sabés dónde está la rueca que dejó knockout a la bella durmiente? Necesito posar ya mismo mi dedito en ese pinche…

7. Ser madre te da muchas certezas y te plantea algunas dudas.

Las certezas: amor incondicional, felicidad sin fin, disfrute pleno de la vida, hasta en su más mínima expresión. ¡Si hasta una invasión de hormigas en la cocina te parece genial, al ver la escena a través de la expresión de asombro y alegría con la que la observa tu hijo! Las dudas: ¿en qué estabas pensando cuando te embarcaste en un proyecto así sin contemplar la opción de llorar y revolear un par de repasadores por el aire cada tanto?

8. Tener un hijo te cambia la vida. ¿Y tener dos?

Yo no lo sé fehacientemente, pero me lo contaron quienes pasaron por este tipo de experiencia sin retorno. Incluso hay quienes aseguran que se trata de algo bello, aunque indescriptible. “Al segundo hijo te separás sí o sí”, me espantó alguien, ya ni recuerdo quién. Pero qué decirte: al fin y al cabo todos a mi alrededor reincidieron, tanto hermanas, como amigas y colegas. Algunas, hasta con el fabuloso (y aterrador) número de tres ¡y hasta cuatro! O sea que tan malo no debe ser, o por lo menos hay medicación para eso.

9. Tu mamá es una maravillosa postal de lo que podrías llegar a ser en algunos años.

Ella es un amor, se sabe. Y nadie en su sano juicio te pediría que la critiques acá, porque ése es un trabajo sumamente rentable que hay que dejarle a los terapeutas. Pero decime la verdad: ¿no te espanta tener la –al menos remota− posibilidad de ponerte tan intensa como tu madre con tus propios hijos? Sabelo: el mismo día en que les digas una de sus frases matadoras para hacerlos sentir culpables, listo, ¡estás frita!

10. Cualquier plan con tus hijos es mucho mejor si estás tranquila y de buen humor.

¿Para qué inventar un picnic en el Parque Pereyra Iraola si andás a pata, llueve y acaban de despedirte del trabajo? Tranquila, ya van a soplar vientos que te despeinen un poquito menos. Mientras tanto, una peli en casa es siempre un plan divino. ¡Si hasta está re bueno pintar con plasticola de color sobre hojas A4 o papeles de diario! Eso, claro, si estás dispuesta a resignar la integridad de la mesa y un poco de tu escasa cordura en el proceso. Pero no te hagas drama que, al final y con un buen líquido multiuso en tu poder, siempre sale el sol.

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