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Salud

5 octubre, 2020 | Por

Diario de COVID: síntomas y emociones después del positivo

Una periodista de Sophia transitó la enfermedad de la que habla el mundo y, en este relato día por día, nos cuenta qué sintió, cuáles fueron sus miedos, qué cosas le dieron fuerza y cómo logró sanar.


Té de jengibre, limón, miel y aceite de coco, y una caja entera de pañuelos descartables.

Día 1

Toc-toc. ¿Quién es? El malestar llamó a mi cuerpo muy temprano, antes de las 6. Y enseguida dejó en claro que ya no me dejaría salir de la cama. Lo primero que pensé fue que había caminado demasiado el día anterior; suelo dar un paseo por el barrio desierto antes de cenar. Pero no solo me dolían las piernas, sino también las manos, los dedos, el pelo… Quien haya transitado a lo largo de su vida por tantos virus como yo, sabe de sobra que esa es la forma en que el huésped firma contrato de alquiler con su nuevo y provisorio hogar: recordándonos la existencia de músculos y huesos que ni sabíamos que estaban dentro nuestro.

¿Podía ser coronavirus? Yo sentía que era muy poco probable: había mantenido el confinamiento y todas las pautas sanitarias. Claro que cuando al volver del trabajo mi pareja me contó que le habían vendido un paquete de chicles “sin gusto”, no tuve más remedio que acercarle a la nariz el vinagre de manzana:

–Este vinagre debe estar vencido, no tiene olor a nada– se excusó aspirando con todas sus fuerzas, aunque sin suerte.

–Ay…– solo atiné a decir mientras alejaba el vinagre de mis fosas nasales, todavía receptivas a la alta intensidad de su aroma.  

Hacia el final del día 1 no había aún confirmación, pero los síntomas de ambos eran claros: cansancio feroz, escalofríos, tos, fiebre de 38.5, dolores varios –sobre todo en rodillas y nudillos– ausencia de gusto y olfato y la extraña emoción (y el susto) de ser parte de eso de lo que veníamos hablando desde hacía tantos meses.

Ante todo, había que mantener la calma. Teníamos comida en el freezer y series para ver. No estábamos en el grupo de riesgo y, si nos acompañaba la teníamos suerte, de tenerlo lo transitaríamos de manera leve.

Lo malo era que, para no contagiarlo, no podíamos abrazar ni besar a nuestro hijo.

Día 2

Después de la consulta médica online llegó el momento de la verdad: el hisopado. Teníamos que trasladarnos hasta el hospital y, aunque no queríamos siquiera pensar en la posibilidad, había un miedo insistente, volador: ¿quién se quedaría con el nene si mi pareja y yo terminábamos internados, por ejemplo?

A pesar de lo que pueda decir al respecto mi nariz, la aventura nasofaríngea del hisopo no fue para tanto. Más me dolía ver a esos médicos devenidos en astronautas extrayendo las muestras dentro de cubículos minados de carga viral. Ellos intentaban animarme. “Tenés todos los números del COVID, pero vas a estar muy bien”, dijo una médica de ojos cansados que sonreían (juro que sonreían) bajo antiparras transparentes. La buena noticia era que la saturación de oxígeno estaba bien y supe entonces que ese era un dato fundamental.

De vuelta a casa, miré el mundo a través de la ventanilla del auto y me pareció más hermoso y lejano que nunca: por varios días ya no podría tocarlo ni ser parte de él. El sol iluminaba las mesas de los bares repletas y la gente merendaba al aire libre en una bella –y acaso peligrosa– postal de la primavera en pandemia.

Llegué agotada y fui directo a la cama. La temperatura seguía alta, pero mi amigo el paracetamol me esperaba con su guiño de bienestar sobre la mesa de luz. Casi segura ya de mi diagnóstico, saludé en voz alta al nuevo virus y le pedí que por favor fuera bueno con nosotros. Esas cosas locas de la fiebre…

Día 3          

Cuando la confirmación llegó por fin vía mail, aunque anunciada, no dejó de tener su impacto: leer “COVID detectable” en un PDF (y tener un número de legajo archivado con seguimiento del Ministerio de Salud de la Nación) no es algo que le ocurra a uno todos los días. De hecho, todavía nos estábamos descubriendo mutuamente cuando el virus decidió que ya era tiempo de mostrarme todos sus artilugios infecciosos: me tapó la nariz, me quitó el olfato, el aliento, el gusto y el hambre, y me obligó a permanecer atontada, en posición fetal, en una especie de sopor que parecía no terminar nunca.

Si tenés síntomas o dudas acerca de la enfermedad por COVID, comunicate con tu médico de cabecera u obra social. También podés encontrar información sobre el tema y distintas formas de contacto en www.argentina.gob.ar/coronavirus y en www.buenosaires.gob.ar/coronavirus. También podés llamar al 120, que es un número gratuito al que se accede desde cualquier lugar del país y te atienden las 24 horas para realizar un seguimiento de tus síntomas.

De hecho, ahora que lo pienso, casi no tengo recuerdos del día 3.

Si bien los síntomas no eran “terribles”, no me parecía una gripe normal. Había algo sintético en el malestar, como de diseño: eran sensaciones muy extrañas. Y aunque intentaba ser paciente con el pequeño agresor, a esa altura replicándose sin descanso dentro de mí, sentí miedo por primera vez. ¿Podía complicarse? ¿Sería capaz de darme cuenta si el cuadro empeoraba? Recé.

Con el diagnóstico, di aviso a todos mis seres queridos. Fue emocionante recibir tantos mensajes de amor, preocupación y aliento. Es importante acompañar a quien padece porque es una experiencia tan solitaria sentirse mal… Por la noche, cuando mi hijo me dijo que le dolía la cabeza y comprobé que tenía también unas líneas de fiebre, por fin les di libertad de acción a mis lágrimas, hasta entonces contenidas. Su pediatra aseguró que solo serían síntomas leves. Por suerte tuvo razón.

–¿Me podés abrazar ahora, mami?– preguntó antes de dormirse, acurrucado y temblando.

–Sí, mi amor.

Día 4

Había decidido no mirar los informativos para evitar que me arrasaran la contabilidad de muertos y las malas noticias. Sin embargo, pensaba mucho en los demás enfermos, en sus familias. No había certezas. Tampoco demasiado para hacer. Solo podía esperar, reposar, tomar litros de agua, paracetamol y algún que otro té de jengible, limón y miel. Como también había leído que era bueno consumir aceite de coco, no dudé en crear con todos esos ingredientes lo que bauticé como el “tecito bomba”, un brebaje que fue trending topic en mis chats. Una de mis amigas se aventuró: “¡Ojo que hay una vacuna en potencia ahí, pasale la data al CONICET!”. Eso me dio un ataque de risa y las carcajadas me dolieron por todo el cuerpo.

A pesar de que no estaba “tan mal”, el día 4 fue –al menos para mí– el peor de todos. Recuerdo que era viernes y que no podía ni comer así que, tal si acabara de completar un cartón de bingo, pasado el mediodía me sumé un nuevo problema: una baja abrupta de presión. Me reanimó la voz de mi pareja desde el comedor: “¡Está listo el arroz!”. Blanco, con manteca y mucho queso; justo lo que necesitaba.

Síntomas: temperatura alta, tos, malestar, cansancio, ausencia de gusto y olfato.

Día 5

Según los médicos, el quinto (para algunos el séptimo) es un día bisagra y empieza la mejor o la peor parte de la infección. Tener esa información no fue un ejercicio mental grato: esa noche estuve intranquila y, por momentos, sentí que estaba yendo para atrás. Para poder descansar tuve que apelar a una gran técnica casera: cortar una cebolla en dos y ponerla al lado de la cama. El vaho que emana siempre me ayuda a dormir y a respirar mejor cuando tengo congestión y tos. ¡Y lo bueno fue que, al no tener olfato, no me importó que la habitación oliera a fugazzeta!

Al levantarme, fresca como una lechuga, sentí que al fin empezaba mi mejoría: no sentía dolor, no tenía fiebre y al ver el escobillón y las migas acumuladas durante días, no dudé en ponerme a barrer. Juro que hasta preparé un brownie de chocolate para la merienda.

Resultado: fui engañada por el intruso con su falsa promesa de mejoría y a la noche no me podía mover.

Virus 1 | Humana 0                                                                                        

Día 6

Me levanté rota. Quería llorar. Necesitaba curarme. No tenía caramelos. Era domingo. Llovía. Como todos los días, mi suegra trajo los víveres. Siempre la esperábamos ansiosos y al escuchar el ascensor abrirse y la bolsa dar contra la puerta, desde adentro gritábamos “¡Gracias, estamos bien!” y aplaudíamos.

Era un instante conmovedor.

Recibir esa bolsa de comida se convirtió por entonces en algo mágico y sorprendente. De ahí podía salir cualquier cosa, al igual que de una galera: tarta de jamón y queso, mandarinas, sandwiches, jugo de naranja, ñoquis, galletitas… Pero el día 6 no había nada rico ahí adentro. Además, poco importaba: me daba lo mismo un chocolate premium que una cucharada de jarabe de glucosa.

Mi hijo estaba bien. Mi pareja estaba bien. Eso era lo importante.

Pero yo me sentía más o menos: no sé si fue la humedad o qué, pero parecía que el aire no me alcanzaba.

Mi mamá insistía con que era vital que comprara un saturómetro (esos objetos que miden el oxígeno como si fueran un broche de dedo) para que, si terminaba hospitalizada, no llegara a la guardia “demasiado tarde”. Cualquier madre habría estado asustada.

Día 7

Un lunes primaveral. Empezaba una nueva semana y me di cuenta que hasta entonces no había podido, prácticamente, leer ni mirar con atención películas ni series: me dolían demasiado los ojos, la cabeza. Tampoco escuché música pero no era el oído, que aparentemente era uno de los pocos sentidos que me funcionaba bien. Era solo que no tenía ganas de nada. Ni siquiera de levantarme a jugar con mi hijo. Por eso, esos días le pedí a mi hermana que dejara a mi sobrino dosis extra de PlayStation para que lo acompañara online. En las leyes de mi malestar, todo estaba permitido.

Por la tarde, parecía que el cansancio jugaba tiro al blanco con mi cuerpo y le daba siempre. Dormía siestas de dos, tres horas. Me levantaba un rato, y volvía a la cama.

–¿Cómo estás?– preguntaba diariamente la médica asignada a mi seguimiento, por chat.

–Agotada– respondía yo.

–Es normal.

Días 8 y 9

Los junto para no quitarles tanto tiempo y porque, a grandes rasgos, fueron más o menos parecidos. Ya estaba mucho mejor, pero aún no lograba emanciparme de la cama ni de la congestión nasal. Tampoco podía darme el gusto de respirar hondo sin toser. El horizonte, sin embargo, era prometedor: sentía que había pasado la peor parte y que, a esa altura, era más difícil retroceder (o al menos eso quería creer). Tenía fe y una actitud optimista. Pero, de tanto en tanto, volvía a mi mente la idea de que no haber comprado el saturómetro a tiempo podría llevarme en cualquier momento al cadalso.

Esos días logré jugar un poco con mi hijo y sentarme con él para ayudarlo con la tarea. ¡Después de tantos días desconectado estaba muy atrasado en el colegio! De todos modos, poco importaba: habíamos decidido que nuestra gran lección de 2020 serían el amor y la supervivencia.

(Tema aparte: el gran tesoro de la enfermedad debe ser esa cierta sensación de impunidad que invade todas las áreas de la vida).

A la noche me hice una promesa: si me levantaba bien, al día siguiente comenzaría a trabajar. Necesitaba pensar en algo más que en la infección por COVID.

Día 10

Con más ganas de estar todavía en la cama que de retomar mis viejos ritmos, comencé a esbozar estas líneas. Necesitaba el envión que solo puede darme hacer esto que tanto me gusta hacer: escribir. Llevaba varios días sin fiebre y sin dolor, tenía que aprender a confiar en mi cuerpo nuevamente.

Así, inmersa en una pseudonormalidad que todavía me mantiene en aislamiento, pero que ya vislumbro como una puerta hacia la libertad, me despido con un objetivo claro: agradecer cada instante de bienestar. Y una vez afuera, lo primero que haré será ir corriendo al kiosco de la esquina para comprar caramelos.

No hay moraleja.

Solo un anhelo profundo: que termine esta pandemia.

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