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Vínculos

20 julio, 2022

Día del amigo: una urdimbre de arte y afecto

El sensible proyecto artístico de Mónica Canzio muestra a la amistad y a los vínculos de toda una vida como un maravilloso elemento para la creación y como una forma de permanencia a través del tiempo.


La artista Mónica Canzio junto a Carmen, su madre, una experta e inquieta costurera de 84 años.

Por Luz Martí

Conocí a Mónica Canzio en una de sus muestras de pintura. En una charla trivial mencionó el proyecto que estaba terminando: “El equilibrio de la Sra. Miyuki”. Me enamoré al instante del motivo de su idea. Pocas veces tenemos la oportunidad de saber, por boca del mismo artista, qué significa su obra, de dónde salió la inspiración y cómo transitó los caminos desconocidos para encontrar la forma y el soporte ideal con que plasmar las emociones que lo llevaron a conmoverse con un tema, que lo desvelaron y volvieron, recurrentes, a su cabeza en los momentos menos inesperados del día o de la noche, en especial durante la pandemia más dura.

El disparador de su proceso creativo fue la novela La oficina de estanques y jardines, del francés Didier Decoin, que relata las penurias de una mujer japonesa que, en el SXI, debe reemplazar a su marido, de quien acaba de enviudar, llevando al palacio del emperador los peces carpas con los que abastecían sus estanques. La novela es una historia poética y trágica a la manera japonesa.

Mónica Canzio es una mujer pequeña, sensible, empática y cálida que vibra con lo que relata y escucha al otro con atención mientras sus ojos verdes y chispeantes siguen lo que se le cuente. En la charla descubro que esa calidez ya habitaba su familia desde que su abuela, que tenía una fábrica de pantalones, cerraba los sábados a mediodía para dejar el taller a disposición de las jóvenes operarias y que ellas pudieran coserse ropa nueva para salir esa noche.

Mónica necesitaba expresar en su obra la emoción provocada por la historia de la Sra. Miyuki y eligió hacerlo a su manera: privilegiando los vínculos, atravesándola por el amor a su gente y a sus amigos.
En una parte de su historia, Miyuki llega sucia y raída a entregar los peces al palacio, y, a pesar de su aspecto, enamora al emperador. Entonces, él ordena que la vistan con un lujoso kimono para que participe en un concurso de perfumes.

Su casa taller, donde el proyecto de los doce kimonos comenzó a tomar vida poco a poco, retazo a retazo.

Una historia sobre el valor de la amistad

Los antiguos kimonos del período Heian estaban compuestos por una docena de sutiles kimonos superpuestos: ese dato detona la idea que toma forma en su cabeza y Mónica empieza a planificar su trabajo: cosería doce kimonos para exponerlos juntos. Doce prendas con las que honraría la vida de la Sra. Miyuki y que luego formarían parte de una instalación más compleja con cerámicas, esculturas y dibujos.

Para eso contó con la ayuda incondicional de Carmen, su madre de ochenta y cuatro años, experta en costura, inquieta y llena de iniciativa. El trabajo con la madre (volvieron a verse después de cuatro meses de aislamiento cuando empezó el proyecto) fue motivo de reencuentro y festejo: “No hay mejor costurera que mi mamá. Ella ama la moda, tiene total conciencia de la caída de una tela y es una experta en la confección. Trabajamos muy bien juntas, pero somos, a la vez, muy independientes”, dice. Para la confección no comprarían telas ni buscarían géneros adecuados para un kimono. Cada pieza se confeccionaría con restos de prendas de sus amigos, parientes y genta querida.

Empezó por mandar correos a galeristas, a compañeras de colegio, a amigos artistas, a críticos que colaboraron con su carrera, a familiares y a amigos de todos lados para que le enviasen alguna prenda que ya no usaran. La propuesta, llena de calidez, caía como una bendición en ese tiempo de incertidumbre y de distancias forzadas. El propósito, también: salvar una prenda querida y saberla convertida en arte representaba un acto de amor gratificante y reparador.

Todos se entusiasmaron con la propuesta y quisieron participar del proyecto sin pretender ser protagonistas. Algunos no pudieron mandarla ni acercársela en ese tiempo de restricciones de circulación y calles desiertas en el mundo entero, pero la dupla Carmen-Mónica, obstinada y llena de recursos y picardía, aprovechó algunos permisos de “grupo de riesgo”, organizó recorridas por distintos barrios.

Así fueron recogiendo las preciadas camisas, vestidos, trajes de novia o sabanitas de bebés que los elegidos iban reservándoles. “Esto guarda un significado tremendamente afectivo para mí. Las prendas que cada uno me entregaba me dieron la posibilidad de tener, al menos, encuentros breves con ellos en la puerta de cada casa, con la distancia impuesta por la situación. Encuentros furtivos y valiosos con amigos a los que no había visto hacía mucho tiempo que nos llenaron de alegría”, nos cuenta.

A través de los recortes que le entregaron sus amigos, Mónica diseñó prendas únicas llenas de sentido.

La pila de ropa aumentaba, prolijamente marcada con los nombres de sus dueños. Cada prenda tenía una historia conmovedora: una camisa de la abuela, el pantalón de trabajo de un escultor enviado por su viuda, el delantal de un amigo óptico con un autógrafo de Luis Alberto Spinetta, un pedazo de las velas con las que ella misma armó, con la ayuda de su padre, una escultura que simbolizaba un barco, el vestido de quince de su hija, el primer gorrito de su nieta y hasta la capellada de un zapato, de su amigo el escultor Omar Estela, que se demoró muchísimo en decidir qué pieza enviar porque necesitaba elegirla con todo cuidado.

Mónica y su madre cortaron rectángulos para que cada pedazo trajera un recuerdo y, mientras seguían recolectando otras, pensaban cómo armar los kimonos y qué telas emplearían en ellos. La idea iba tomando forma y el entusiasmo desatándose. No había horarios de trabajo. La casa taller se inundaba de historias conmovedoras, de amor de amigos y de una fuerza creadora sin igual. No cualquier retazo iría en cualquier kimono. La selección tenía que ver también con el afecto, con lo que en el corazón de la artista y de los «donantes» palpitaba en la misma frecuencia.

Así empezaron a tomar forma «el kimono de los pintores», «el de las familia», «el de las compañeras del colegio Ward», «el de los galeristas», y muchos más hasta completar los doce de la Sra. Miyuki, incluido un kimono blanco, «de novia», con partes de prendas de Nelly Perazzo, Nora Iniesta y amigas que donaron cosas como la mantilla blanca de su madre, fallecida cuando ella tenía siete años, sintiendo que, al pasar a formar parte de una obra de arte, su objeto querido lograría una especie de merecida inmortalidad, en vez de peligrar, con el tiempo, en el cajón de una cómoda.

Dos, de los doce kimonos de la serie, donde inmortalizó los valiosos trozos de tela de sus amistades.

Allí estaban, por fin, Mónica, con todos sus amigos juntos, rodeándola.

La obra con los doce kimonos fue premiada en 2021 en Salón Manuel Belgrano, y, si bien el angustioso viaje de la Sra. Miyuki funciona como una alegoría del proceso de pérdida y duelo, la cálida vuelta de tuerca de Mónica Canzio, lo convierte, esencialmente, en un mágico canto a la amistad.

Descubrí más sobre el hermoso proyecto de Mónica Canzio haciendo clic acá.

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