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Sociedad

16 noviembre, 2022

Desobediencia civil, el poder de defender la república

¿Qué pueden hacer los ciudadanos cuando la ley se vuelve injusta? ¿Existe alguna manera de cuestionarla en una democracia? La "desobediencia civil", una idea trabajada por Hannah Arendt, guarda una potencia silenciosa para defender el orden democrático.


¿Cuál es la vigencia de la desobediencia civil para la sociedad y los sistemas políticos actuales? (Foto: Twitter @yamilsantoro)

Por Luciana Tixi

A mediados de 2020, luego de todo un semestre sin clases a causa del confinamiento por el Covid 19, y sin una respuesta clara por parte de las autoridades políticas acerca de cuándo se retomaría la presencialidad en las escuelas, algunos padres se juntaron para reclamar un plan concreto para la vuelta a clases. Padres organizados, así se llamó el colectivo que cuestionó los decretos presidenciales y llamó a la movilización de una manera pacífica. Lo que los alentaba era la convicción de que no estaba bien que los chicos y chicas se quedaran sin algo fundamental como la escuela durante tanto tiempo. Es cierto que fueron pocos los cambios reales provocados por este movimiento, pero las autoridades tomaron nota sobre la importancia que los ciudadanos le daban a la educación de sus hijos.

Este es, quizás, uno de los más claros ejemplos recientes de desobediencia civil, donde un grupo de personas se asocia cuestionando una política o una decisión que considera injusta y que vulnera los principios que sostienen la legitimidad de la autoridad. 

La doctora en Ciencias Políticas y profesora de filosofía Elisa Goyenechea. (Foto: Laboratorio de Comunicación y Medios – UCA).

Conversatorio sobre la desobediencia civil

Semanas atrás, la asociación civil Cultura Democrática organizó una conferencia en la Universidad Católica Argentina de la que participaron Elisa Goyenechea y Elisa Carrió. El título fue: “Conversatorio: la desobediencia civil en la crisis de la república de Hannah Arendt”. Una ocasión para hablar de esta pensadora tan relevante para nuestro tiempo y rescatar un concepto “prometedor” para pensar lo político y el orden democrático actual. 

Al comienzo de la charla Elisa Goyenechea, que es doctora en Ciencias Políticas y profesora de filosofía, comentó que Hannah Arendt siempre se negó a definir sus textos como filosóficos, y prefirió catalogarlos como de “teoría política”. Estudiosa de la obra de Hannah Arendt, Goyenechea explicó que una de las características más llamativas de Arendt fue que siempre se resistió a ser asimilada a una corriente de pensamiento y esquivó con éxito las categorías que buscaron imponerle

“La desobediencia civil es un concepto llamativo desde lo político. El desobediente civil no es un objetor de conciencia, no es un individuo aislado que viola la ley porque moralmente no está de acuerdo. El desobediente civil se mueve colectivamente, forma parte de un grupo. Y aunque desde el punto de vista legal esté violando la ley, no es un criminal, porque no actúa a escondidas. Todo lo contrario, quiere ser visto, quiere que su accionar sea público”, señaló Elisa Goyenechea. 

Hannah Arendt se interesó por muchos temas, pero la política fue el centro de su pensamiento. Vivió de cerca las atrocidades cometidas por el régimen Nazi, lo que acrecentó su interés por pensar lo político, de dar con conceptos que pudieran explicar lo que estaba pasando. ¿Cómo pensar la política por fuera de la tradición filosófica? Elisa Carrió, también especialista en el trabajo de esta pensadora, aseguró durante la charla que Arendt se preguntaba constantemente cómo hacer para mantener a salvo el “tronco” que sostiene la república, es decir, las constituciones. 

Elisa Carrió junto a Elisa Goyenechea durante el conversatorio organizado por la UCA (Foto: Laboratorio de Comunicación y Medios – UCA).

“Es importante, para entender el potencial que tiene este concepto, comprender que el desobediente civil no es violento. A diferencia del revolucionario violento, que quiere cambiar el mundo y voltear el sistema, el desobediente civil no quiere derrocarlo, él quiere conservar el orden, quiere volver a instaurar el status quo, volver al funcionamiento sano habitual de la democracia”

A la idea de desobediencia civil, que ya había sido formulada por otros pensadores con algunas diferencias –podemos encontrar conceptos parecidos en el siglo XVI en Etienne de La Boétie o en el siglo XIX en Henry Thoreau–, Arendt la empezó a trabajar a fines de los sesenta, al observar las manifestaciones y los movimientos en contra de la guerra de Vietnam. Una guerra a sus ojos injusta e ilegítima, que carecía del apoyo de la sociedad. El ensayo sobre la desobediencia civil escrito por Arendt, y originalmente presentado en una conferencia, se publicó en el libro La crisis de la república, en 1972. 

“Es importante, para entender el potencial que tiene este concepto, comprender que el desobediente civil no es violento. A diferencia del revolucionario violento, que quiere cambiar el mundo y voltear el sistema, el desobediente civil no quiere derrocarlo, él quiere conservar el orden, quiere volver a instaurar el status quo, volver al funcionamiento sano habitual de la democracia”, continuó Goyenechea. 

En un auditorio completo la convocatoria fue a reflexionar de la mano del pensamiento de la filósofa Hannah Arendt (Foto: Laboratorio de Comunicación y Medios – UCA).

“Muchas veces se tildó a Hannah Arendt de conservadora, a raíz de este concepto, porque justamente ella lo que quiere es que se respete la constitución, el acuerdo fundacional”, puntualizó Goyenechea acerca de aquello en lo que Arendt estaba pensando: el peligro de la tiranía de las mayorías. ¿Cómo hacer para limitar el poder de las mayorías cuando las leyes, actitudes o políticas públicas se alejan de lo previsto por la constitución o violan los principios que sostienen el sistema? En ese caso, las minorías pueden recurrir a la desobediencia civil, decía Arendt, no para provocar un cambio real e inmediato, sino para llamar la atención sobre el avasallamiento que se está produciendo. 

La desobediencia civil no se traduce en transformaciones efectivas que vuelven a equilibran el poder. “El poder de la desobediencia civil es potencial, no es efectivo, si no que se mide por lo que podría ser. Para Arendt el peso de una opinión es proporcional al número de asociados. Así, la desobediencia civil tiene un potencial de poder, porque no sabe en qué puede terminar». 

La desobediencia civil guarda todo su potencial en su principio asociativo, en ese juntarse espontáneo de los ciudadanos que deciden cuestionar abiertamente unas leyes que, aunque estén apoyadas por las mayorías, les resultan injustas porque atacan el motivo fundamental de la asociación que permite la vida entre muchos. En un país como el nuestro, en el que la asociación solidaria y espontánea a veces es débil, en el que no tenemos una tradición robusta de agruparnos en pos de una opinión, remarcar la potencia de este concepto para conservar la salud de la democracia puede ser imperante. 

Hannah Arendt, la filósofa que con su legado transformó el pensamiento del siglo XX reflexionando sobre el horror de los totalitarismos.

Sobre Hannah Arendt

Hannah Arendt nació en 1906, en Alemania, en el seno de una familia judía. Criada por su madre en un ambiente liberal, Hannah se inclinó desde chica por la filosofía. En 1924 ingresó en la universidad donde fue alumna de Martin Heidegger –con quien mantuvo una relación amorosa a pesar de ser diecisiete años más joven–, de Edmund Husserl y de Karl Jaspers. En esos años se interesó por la cuestión de la mujer, pero contempló el feminismo desde lejos. Para ella, eran cuestionables estos movimientos que no lograban conformar un partido político que pudiera transformar la realidad. 

En 1937 el gobierno nacionalsocialista le quitó la nacionalidad alemana por sus defensa de los judíos y se convirtió en apátrida. Cuatro años después logró emigrar a Estados Unidos con su segundo marido. Rápidamente aprendió inglés, y consiguió trabajo en una revista desde donde siguió publicando artículos sobre la situación de los judíos y los apátridas como ella. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Hannah Arendt volvió a Alemania para corroborar el horror que ya había previsto. Esas visitas a su país natal le permitieron escribir los textos más agudos del siglo XX sobre el totalitarismo.

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