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Sociedad

24 julio, 2023

Desarraigo: claves para atravesar una experiencia difícil y transformadora

Es una realidad en nuestro país: muchos argentinos eligen irse en busca de mejores condiciones de vida. Pero desarraigarse no es fácil y supone un duelo muchas veces silencioso para quienes dejan su tierra y para quienes ven partir. ¿Cómo alivianar el equipaje emocional de este proceso que mezcla ilusión, nostalgia y búsqueda de sentido?


Fotos: Pexels.

Por Clementina Escalona Ronderos y María Eugenia Sidoti

Desde hace meses, el Aeropuerto Internacional de Ezeiza vive en una permanente “hora pico” de pasajeros que despachan sus equipajes con rumbo a distintas partes del mundo. En su mayoría son jóvenes que viajan solos, pero también hay familias enteras que pronto subirán a aviones que cambiarán sus vidas para siempre. Empezarán de cero en un nuevo lugar. Dejarán seres queridos en la tierra que los vio nacer. Llevarán solo lo justo y necesario, y el resto quedará en el recuerdo o en alguna foto que podrán atesorar para volver a ella cuando la nostalgia se convierta en una carga demasiado pesada.  

Marilene Rodríguez Fernández es psicóloga, analista junguiana, Magister en Psicología Clínica Junguiana. Desde hace años acompaña a las personas que atraviesan procesos de desarraigo, para ayudarlas a vivir la partida como una puerta de embarque hacia nuevas formas de desplegarse. A la hora de elaborar la partida, para ella es fundamental abrazar la tristeza y abrirse a los nuevos matices que ofrecerán intercambios con personas y experiencias completamente nuevas. Con ella hablamos para reflexionar sobre esta realidad que, en nuestro país, mueve a más de 200 personas por día que emigran en busca de mejores oportunidades afuera.  

Nos encantaría conocer tu visión sobre esta experiencia tan desafiante y actual en nuestro país, que resulta dolorosa para quienes se van y también para quienes se quedan. 

Es verdad, tenemos una cantidad muy grande de expatriados, de personas que por diferentes razones deben dejar su tierra. Y creo que es fundamental considerar el por qué uno se va. Cuando el trabajo te lleva a otro país se sigue perteneciendo a un equipo, a una empresa y ese es un factor importante, porque brinda una red de protección, mantiene un grupo de pertenencia. Diferente es cuando uno se va por falta de oportunidades o porque no hay cómo mantenerse, sin saber qué va a pasar, sin ninguna seguridad de trabajo o de estudio. Esa es una elección mucho más triste, casi como un sacrificio en pos de algo que se supone que será mejor. Por eso, el gran tema es cómo hacer este cambio y de qué manera habitar la nueva tierra.

¿Qué es lo que ocurre durante ese proceso en el que hay un territorio nuevo y desconocido que hay que “conquistar”?

La posibilidad de cruzar una frontera, de estar en otro lugar y no ser local, activa internamente fuerzas que van a permitir adaptarse. Decimos que se activa el arquetipo del héroe, donde uno sale de su tierra para desarrollarse y ganar ese nuevo espacio, ese nuevo territorio. Una vez activado internamente, este arquetipo te va a dar un plus de energía para que puedas hacer el cruce. Toma un tiempo, pero en general las personas pueden adaptarse a una nueva tierra. El tema es que en este movimiento muchas veces no hay tiempo y tampoco espacio para el duelo de lo que uno deja atrás, que no es solo un lugar geográfico, sino que son partes propias también. 

O sea que a pesar de que uno lo hace con tanta ilusión, esperanzas y sueños por delante, hay un duelo que es necesario atravesar.

Claro, porque atrás queda una historia que no se puede integrar rápidamente en el nuevo territorio. Es un proceso de elaboración que uno necesita hacer y que supone confrontarse con lo que se eligió dejar, que tiene un espacio muy potente en tu vida, incluso en tu memoria sensorial. En la memoria implícita, decimos. Son los olores de nuestra tierra, las costumbres, la manera de hablar, el estilo de acercarse afectivamente, que siempre es muy propio. Y eso uno no lo saca nunca, te acompaña adonde vayas, y hay que integrarlo. 

«La posibilidad de cruzar una frontera, de estar en otro lugar y no ser local, activa internamente fuerzas que van a permitir adaptarse. Decimos que se activa el arquetipo del héroe, donde uno sale de su tierra para desarrollarse y ganar ese nuevo espacio, ese nuevo territorio. Una vez activado internamente, este arquetipo te va a dar un plus de energía para que puedas hacer el cruce. Toma un tiempo, pero en general las personas pueden adaptarse a una nueva tierra».

¿Es necesario abrirse a la idea de que, aunque supuestamente estemos ahí para mejor, podemos estar tristes y debemos habitar ese dolor?

Claro, hay que recordar que los duelos van a estar presentes y debe haber un espacio legítimo para ellos. Lo que quedó atrás no va a impedir la adaptación. La tristeza es parte del proceso. Y cuando uno trabaja con estas personas es importante transmitir que deben encontrar la manera que eso esté presente, legitimar la posibilidad del sentir, del llorar, de extrañar hace muy, muy bien. No es que te vas contento por el cambio y nunca más hay que pensar en la vida anterior. Algo se perdió y hay que darle valor a eso. 

¿Y qué pasa con los que quedan, los que tienen que despedir a ese ser querido que elige partir?

Estas personas también tienen que pasar por un proceso de duelo que es muy difícil, más difícil todavía para ellos porque no está la aventura de lo nuevo. Ellos no se van, no van en busca de nada, solamente pierden algo: a ese ser querido que se va. Entonces es un proceso complejo. Es cierto que ahora es mucho más fácil porque tenemos Internet, con tantas posibilidades de encuentros virtuales, que son fundamentales. Esas conexiones nos mantienen unidos a la gente y a la historia viva de nuestra tierra en nuestro día a día, por eso son tan importantes. 

La gran pérdida es la cotidianidad, la sensación de que ya no tenés más eso que te hace sentir cerquita del otro. Por eso también es importante tratar de mantenerlo.

Exacto, porque cuando uno se va, uno se siente no perteneciente a esta nueva realidad de un nuevo país. Uno es el extranjero, el extraño, y hay que considerar que esto es así, al menos al principio. Y sentir eso es difícil, porque uno se siente muy raro. Sin pares, muchas veces con diferentes modos de ver la vida, porque es otra cultura. Los que se van con una familia lo tienen un poco más fácil, porque está esa red de apoyo que es la propia familia. Pero si estás solo, es vital contar con la red de apoyo que está en tu tierra y también con otros de tu propio país que viven afuera. Estos grupos de argentinos que se juntan en distintas partes del mundo a hacer un asado, por poner un caso, brindan apoyo y un sentido de pertenencia que ayuda a mantener vigente la propia identidad. 

Estos grupos de personas que pasan por lo mismo, que sostienen y acompañan. también son importantes para los que se quedan, ¿verdad? 

Sin duda. La fuerza del grupo es fundamental, siempre. Es muy potente. Sirve para que uno se sienta contenido, para compartir una experiencia dolorosa con otros que también tienen la misma experiencia. Y esto nos da un anhelo, nos tranquiliza. Lo más peligroso cuando uno atraviesa estos procesos es aislarse, mantenerse solo en el dolor. Eso no es bueno, pero es algo que pasa con mucha frecuencia, porque es común que la persona elija mantenerse solitaria frente a eso que le pasa, muchas veces por vergüenza. 

¿Qué pasa con la persona que dice “ya está, me fui, corto con todo” y decide negar aquello que dejó?

Es lo más difícil, especialmente cuando uno se va muy frustrado con su país. Se ve mucho en personas que salieron de Venezuela, sobre todo en los relatos del primer momento luego de la partida. Esa salida es con mucha rabia, porque en otras circunstancias no se irían, entonces aparece el ¿por qué? Y esto genera muchas veces la necesidad o el deseo de olvidar, de no querer pensar. Son procesos que toman tiempo, porque el lugar de donde venimos tiene sobre nosotros más fuerza de lo que imaginamos: está en nuestra piel y es muy difícil sacarlo. 

Sabemos que el alma necesita un hogar. ¿Se puede construir uno nuevo lejos de casa?

Me gustaría citar a José Saramago, que es una persona que vivió en dos países, y es interesante lo que dice, leo la cita textual: “Vivimos en un lugar determinado, pero habitamos otros lugares. Yo vivo aquí, en Lisboa, cuando estoy aquí, y vivo en Lanzarote cuando estoy allí. Pero habitar, habitar, habito en aquello que sería —o es— la aldea. No se trata, sin embargo, de esta aldea, sino de la aldea de mi recuerdo”. Somos mucho más la tierra donde nacemos y donde fuimos criados, de lo que imaginamos. Ese lugar interno es un espacio de protección sin importar donde estés, si lográs conectar emocionalmente con él a través de la memoria: los olores, las imágenes, lo que te da paz… No importa donde sea, porque es un hogar interior, que se habita internamente. 

Para desarraigarse hace falta tener coraje, porque aparecen los miedos, el no saber si se va a poder sostener esa distancia… ¿Todos somos capaces de hacerlo?

No todos tienen la misma disposición o condición. Y hay algo que me parece muy importante destacar: para encontrar en uno mismo las herramientas para hacer este cruce, se necesita una disponibilidad para lidiar con las diferencias, que es algo de lo que se habla tanto hoy día. Celebrar las diferencias de zambullirse en otra cultura requiere aprender a lidiar con este otro diferente. Diferente, porque viene de otra tierra, de otra cultura, de otra historia. ¿Y cómo no tener un diálogo mínimamente dialéctico ahí? Lidiar con las diferencias presenta cierta dificultad y, para eso, hay que dejar de lado la rigidez.

¿Cómo abrirse a la experiencia para abrazar lo que nos traerá como escuela para la vida? 

El arquetipo del héroe nos da fuerza y coraje para hacer cosas que muchas veces en nuestra tierra no haríamos. Eso se ve mucho en los jóvenes, que salen de sus casas donde quizás los padres hacen todo y cuando están en otro país se ocupan de lo que jamás harían si no se hubieran desarraigado. Y lo hacen de verdad, con gusto. Sienten por fin la competencia de ganar este terreno nuevo, que es súper importante, una gran aventura, dejando atrás la comodidad. 

«Es un proceso de elaboración que uno necesita hacer y que supone confrontarse con lo que se eligió dejar, que tiene un espacio muy potente en tu vida, incluso en tu memoria sensorial. En la memoria implícita, decimos. Son los olores de nuestra tierra, las costumbres, la manera de hablar, el estilo de acercarse afectivamente, que siempre es muy propio. Y eso uno no lo saca nunca, te acompaña adonde vayas, y hay que integrarlo». 

El crecimiento es a todo nivel y sin duda resultará transformador. ¿Qué pasa si luego uno decide volver? 

Volver muchas veces puede ser más difícil que irse, porque uno se va con una idea de lo que deja. Pero mientras no estás, lo que dejaste también pasó por muchas transformaciones. Entonces volver significa que no vas a encontrar lo que dejaste, sino un universo transformado. Y habrá que hacer muchos ajustes, sobre todo en los vínculos: uno no vuelve igual y para los que se quedaron tal vez resulte difícil lidiar con ese nuevo ser, con ese otro diferente. También para los que volvemos es complejo lidiar con estas personas, aunque sean muy queridas. Será una nueva adaptación, no solo al grupo sino también al propio país. 

Hay algo trascendente en salir en busca de una libertad individual, de una libertad personal, no de actuar por rabia o enojo.

Creo que hay que pensar muy bien por qué irse, para que no sea huir sino salir en busca de un sentido mayor en la vida, Es decir, que partir tenga un para qué. ¿Qué me gustaría encontrar adonde voy? ¿Qué significa para mí esa aventura? Es saber que se trata de una elección en un momento puntual de mi vida y desde ahí intentar elegir. Es hacer que nuestra decisión no sea tan impulsiva, elaborar la elección de a qué país voy, para qué a ese lugar, cuál es el sentido de irme de mi tierra. Esas preguntas ayudan a adaptarse a la nueva experiencia. 

¿Cuál es la mejor manera de irnos, si existe una mejor que otras?

Uno puede irse físicamente en unas horas, pero internamente es distinto, el proceso llevará tiempo. Y la salida a eso siempre es creativa: se trata de desplegar nuevas formas de desenvolvimiento y de desarrollo para potenciar nuestras competencias.Y contar, también, con esta capacidad que llamamos resiliencia, que nos permite impulsar cambios en la vida, atravesando grandes adversidades. Lo importante es apoyarnos en otros y no estar solos jamás. Porque la nueva tierra nos abre a la ilusión, a la aventura y a una posibilidad de una expansión muy grande. Cuando el mundo se amplía, el giro que podemos experimentar en nuestra vida es increíble. 

Gabriela Bianchini (63). Dos de sus hijos viven en Europa.

«Nada puede compararse a un abrazo, a una risa compartida»

Soy mamá de tres hijos. Desde hace 6 años, dos de ellos están viviendo en Europa, en Lisboa y Amsterdam.
La distancia es enorme, como un peso gigante que se instaló en mi alma.
Y aparecen miles de sentimientos y emociones.
Yo soy mamá, elegí ser una mamá, es mi vocación, lo que me hace ser quien soy.
Ellos desplegaron sus alas, los tres, y volaron en busca de sus sueños.
Y soy feliz: los veo y me muero de orgullo…
Pero a la vez me siento afuera, como que no termino de pertenecer a sus realidades, como que de a ratos estoy lejos de sus cotidianidades.
Y este vacío, este sentir que estoy incompleta….
Muero de orgullo frente a sus logros, sus éxitos, escucho sus penas y tragos amargos… desde lejos.
La tecnología es maravillosa, nos acerca, nos mantiene en estrecho contacto, ¡¡¡pero no alcanza!!!
Nada puede compararse a un abrazo, a una risa compartida.
Y sigo transitando este camino de adaptarme a esta nueva realidad de ser familia a la distancia.

Milagros Mansilla (32) vive en Barcelona hace 8 años.

«Es complejo, pero hermosamente desafiante»

Estar afuera puede ser peligroso.
Podés irte fuera de vos o encontrarte en mil adentros.
Es complejo, pero hermosamente desafiante.
Estás acompañado, pero sentís fuerte la soledad.
Hablás solo.
Caminás por la calle distinto.
Agudizás los sentidos.
Pensás en qué te diría tal persona ante tal situación.
Se personaliza el miedo a perderte algo, pero aparece la felicidad de ganarle al miedo.
Hay una normalización de ciertos circuitos que pasan a ser conocidos.
Cuestionás los recuerdos: ¿de dónde salen? ¿Por qué me acuerdo así? ¿Me acordaré de cuando acá era allá? ¿Allá dónde?
Aventura, eso es.
La aventura del desarraigo.

Luján Larrosa (32) vive en Lisboa, Portugal hace 6 años

«No me quedó otra que encontrarme conmigo misma»

Decidí irme porque necesitaba abrirme, probar algo distinto, animarme y salir de la zona de confort. Sentí que el país me quedó chico y decidí viajar y probar suerte en otro país. Creo que tampoco lo pensé tanto, había una idea, una intuición, y fui por ahí, sin ponerle tanta cabeza.
Afuera encontré libertad, empezar de cero, permitirme ser realmente quien quiero ser. Al alejarme pude explorar nuevas facetas mías, animarme a más. Encontrar diversidad, conocer nuevas formas de vivir y ganarme la vida, elegir cómo vivir.
Vivir lejos fue la clave de todo. No me quedó otra que encontrarme conmigo misma. Y todo fue un desafío: el idioma, los nuevos hábitos, las nuevas costumbres. Y en cada desafío era ver cómo enfrentarlo, cómo avanzar.
La mayor dificultad fue hacer nuevos vínculos, reales, genuinos. A veces son más pasajeros, y más superficiales. Afianzarme como persona, como mujer.
Extraño la calidez argentina, la espontaneidad de los amigos y la familia, los asados de los domingos, el calor agobiante en verano, las medialunas, las empanadas, la pasión en la manera de vivir, los gritos, el ruido.
Por mucho tiempo sentí el peso de tomar la decisión de irme. Creo que de a poco me fui dando cuenta de que no tengo que sentirme culpable por ser feliz, no tengo que pedirle permiso a nadie, y el que me ve, el que me conoce, sabe cuán feliz soy viviendo acá. Pensar en mí y en mi felicidad fue lo mejor que me pudo pasar. Agarrar las riendas de mi vida y animarme a ser feliz siguiendo mi sueño.
Ser extranjero es una mochila, a veces más pesada, a veces más liviana, pero siempre voy a tener esta mochila. Aunque ya son años de vivir en Portugal, la etiqueta de extranjero no se va, y tampoco quiero que se vaya. Pero con trámites, burocracia, etc., se hace pesado, que no sea tu idioma, que sean costumbres tan diferentes, a veces te sentís mejor, te sentís solo, y es pesado.

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