4 de mayo de 2026
En una de sus tantas caminatas por Nueva York, Paul Auster contó que podía pasar horas atravesando calles repletas de gente sin intercambiar una sola palabra con nadie. Rostros, cuerpos, movimientos, una coreografía urbana intensa y, al mismo tiempo, una sensación persistente de estar solo en medio de todos. Esa experiencia, tan cotidiana como reveladora, se convirtió en una de las claves de su mirada sobre el mundo contemporáneo.
El escritor estadounidense solía sostener que la soledad no era una excepción, sino una condición constitutiva de lo humano. No como encierro absoluto, sino como esa distancia inevitable que existe entre una persona y otra, incluso en los vínculos más cercanos. Nadie logra ser completamente comprendido, ni comprender del todo, argumentaba. Y, aun así, hay algo que empuja a buscar al semejante, a narrar, a tender puentes en medio de esa intemperie. Cuando escribió que “la soledad es el hecho más profundo de la condición humana”, Auster no hablaba de aislamiento, sino de una verdad molesta que convive con otra necesidad igual de profunda, la de pertenecer. En esa tensión, entre la imposibilidad de fusión total y el deseo de encuentro, emergen nuevas intrigas, porque nunca estuvimos tan conectados y, al mismo tiempo, tan lejos unos de otros.
La escena es conocida: agendas llenas, vínculos fragmentados, conversaciones interrumpidas por pantallas. La vida transcurre entre múltiples estímulos, pero con una sensación persistente de desconexión. Según un estudio de la Universidad de Harvard, más del 36% de las personas declara sentirse sola con frecuencia, incluso en contextos de interacción cotidiana. “La desconexión social no es solo una experiencia individual, es un fenómeno estructural de las sociedades modernas”, explicó el politólogo Robert Putnam, responsable de la investigación.
En este contexto, la idea de comunidad, ese entramado invisible que alguna vez sostuvo la vida compartida, comienza a resquebrajarse. Ya no se trata sólo de la pérdida de espacios tradicionales como el barrio o la familia ampliada, sino de una transformación más profunda en la forma en que nos vinculamos. “El ‘nosotros’ es la primera persona del plural que muestra el deseo de cada persona de incluir a otros en su proyecto personal”, explica la psicóloga Edith Vega, de Fundación Aiglé. Sin embargo, ese deseo hoy convive con una ambivalencia creciente. “A veces aparece la duda de si al acercarnos a otros vamos a diluirnos, si nuestras diferencias serán respetadas o si nuestras limitaciones serán aceptadas”, completa.
Esa incertidumbre no sólo habita en quien busca vincularse, también en quienes reciben. ¿Quién es el otro, qué quiere, cómo se integra a lo que ya existe? La confianza, que en otros tiempos se construía de manera más orgánica, hoy se vuelve una conquista frágil.
Desde la psicología, este fenómeno tiene raíces profundas. “La confianza es una capacidad que se desarrolla tempranamente, a partir de los vínculos de apego. Es aprender con quién cuento en la vida y con quién no”, explica Vega. Cuando esas bases se vuelven inestables o ambiguas, la relación con los otros se tiñe de cautela, de sospecha, de distancia. A esto se suma una cultura que ha puesto el acento en la autosuficiencia. El ideal de realización personal, necesario y valioso, fue desplazando lentamente la dimensión colectiva.
Según un informe de la Universidad de Michigan, los niveles de empatía en jóvenes han disminuido un 40% en las últimas décadas. “La cultura contemporánea fomenta el logro individual por encima del compromiso comunitario”, advierte la psicóloga Sara Konrath, autora principal del estudio.
La hiperconectividad, lejos de revertir esta tendencia, la complejiza. Las redes amplían las posibilidades de contacto, pero no garantizan profundidad. “Son competencias distintas que pueden desarrollarse en paralelo”, aclara Vega. En algunos casos, abren nuevas formas de encuentro. En otros, especialmente cuando existe vulnerabilidad previa, pueden acentuar la desconexión. Así, entre el deseo de pertenecer y el temor a perderse en el otro, entre la búsqueda de autonomía y la necesidad de vínculo, se configura una tensión silenciosa que atraviesa la vida cotidiana. El “nosotros” deja de ser un punto de partida y se convierte en una construcción incierta. Muchas veces sin darnos cuenta, empezamos a vivir más cerca del “yo” que de lo compartido.

Cuando el entramado comunitario se debilita, las consecuencias no siempre son evidentes a primera vista, pero se filtran en la vida cotidiana con una persistencia silenciosa. La sensación de no pertenecer, de no tener un lugar claro en el mundo compartido, impacta directamente en la construcción de la identidad. “El pertenecer es uno de los eslabones iniciales en el desarrollo humano, y su debilitamiento incide como un factor de riesgo”, advierte Vega.
Esa falta de anclaje se traduce muchas veces en emociones difíciles de nombrar, una incomodidad difusa, una especie de intemperie emocional. Según un estudio de la Universidad de Chicago de 2018, las personas que reportan bajos niveles de conexión social tienen un 29% más de probabilidades de experimentar ansiedad y un 32% más de presentar síntomas depresivos. “La soledad sostenida altera el estado de ánimo, pero también la forma en que interpretamos el mundo y a los demás”, relata el neurocientífico John Cacioppo, a cargo de la revisión.
En paralelo, se erosiona un valor esencial para la vida en común: la confianza. Sin ella, los vínculos se vuelven más frágiles, más transaccionales, menos disponibles para sostenerse en el tiempo. Esta fragilidad impacta en múltiples niveles, desde las relaciones personales hasta la vida institucional. Un informe realizado en 2021 por la Universidad de Oxford advierte que las sociedades con menor confianza interpersonal tienden a experimentar mayores niveles de polarización y menor cooperación social. “Cuando la confianza disminuye, las personas se repliegan sobre sí mismas y se debilita la capacidad de actuar colectivamente”, señala el sociólogo Diego Gambetta, uno de los investigadores que participó de ese documento.
Este repliegue también afecta la capacidad de empatizar. La dificultad para ponerse en el lugar del otro no surge de la indiferencia, sino muchas veces de la falta de experiencia en vínculos significativos. Sin espacios donde ejercitar la presencia, la escucha, el intercambio y la diferencia, el otro comienza a percibirse como ajeno, distante o incluso como una amenaza.
Las consecuencias alcanzan además a la vida pública. Cuando el sentido de comunidad se debilita, disminuye la participación, crece el descreimiento y se vuelve más difícil sostener valores compartidos. De acuerdo a datos de la Universidad de Princeton, la baja participación ciudadana está directamente asociada a una menor percepción de pertenencia social. “Las personas se involucran cuando sienten que forman parte de algo más grande que ellas mismas”, afirma la politóloga Katherine Levine Einstein, autora del estudio. En este escenario, fenómenos como la indiferencia o la tolerancia a prácticas poco transparentes encuentran terreno fértil. La ausencia de un “nosotros” debilita los mecanismos que sostienen la vida en común. Lo que se pierde, entonces, es una trama compartida que da sentido, orientación y sostén a la experiencia humana.

Frente a este escenario, la pregunta deja de ser “¿qué nos pasó?”, para volverse más íntima y desafiante: «¿qué estamos dispuestos a hacer con eso que nos pasa?». El “nosotros” no es una idea abstracta ni una consigna lejana, es una práctica cotidiana que se construye en gestos simples, sostenidos y, muchas veces, invisibles. Volver a lo compartido implica, en primer lugar, una decisión personal. “Cada persona puede revisar cuáles son sus temores para acercarse a otro, qué señales le permiten confiar y cuáles le indican que debe poner límites”, propone Vega. Ese ejercicio de autoconocimiento abre una puerta concreta: la de elegir cómo vincularnos en lugar de reaccionar desde automatismos o defensas.
La reconstrucción también requiere tiempo y paciencia. No se trata de grandes actos heroicos, sino de pequeñas acciones que, repetidas, van generando un entramado más sólido. Por ejemplo, proponerse metas alcanzables en el vínculo con otros: sostener la palabra dada y habilitar espacios de encuentro, son formas silenciosas de fortalecer la trama social. “Se trata de ir tejiendo una red de confianza posible y perdurable”, agrega Vega.
En esa dirección, la participación en espacios compartidos cobra un valor especial. «Experiencias como el voluntariado, los grupos comunitarios o las iniciativas barriales no sólo responden a necesidades concretas —indica Gambetta—. También generan algo menos visible y profundamente transformador: la experiencia de ser parte. En estos ámbitos, la escucha y la cooperación dejan de ser conceptos para convertirse en prácticas vividas».
Un estudio de la Universidad de British Columbia mostró que las personas que realizan acciones solidarias de manera regular reportan mayores niveles de bienestar y sentido de vida. “Ayudar a otros fortalece la percepción de propósito y amplía la sensación de conexión con el entorno”, explica la psicóloga social Elizabeth Dunn, autora principal de la investigación.
También hay una dimensión simbólica que no conviene perder de vista. «Cada vez que alguien escucha sin interrumpir, acompaña sin juzgar o se involucra en lo que le pasa a otro, está ampliando los límites de ese “nosotros” —afirma Konrath—. Son movimientos pequeños, pero tienen un efecto expansivo. Generan confianza, habilitan cercanía, abren posibilidades«.
Reconstruir la comunidad no depende únicamente de grandes transformaciones estructurales. Empieza en la vida cotidiana, en la forma en que miramos, en cómo respondemos, en la disposición a salir del propio centro para encontrarnos con otros. En ese gesto, sencillo y profundo a la vez, comienza a tomar forma una certeza distinta: que no estamos solos, que nunca lo estuvimos del todo, y que siempre existe la posibilidad de volver a encontrarnos para intercambiar unas palabras en esas calles repletas de personas en silencio.
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