Dejó los negocios, se lanzó al océano y regresó hacia sí mismo: “Hay que abordar los miedos” - Sophia Online

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Dejó los negocios, se lanzó al océano y regresó hacia sí mismo: “Hay que abordar los miedos”

Convencido de que quería darle a sus días un brillo que sentía habían perdido, el empresario Sebastián Letemendia se embarcó en un viaje transformador.

POR María Eugenia Sidoti

¿Qué ocurre cuando uno se aleja lo suficiente de tierra firme como para poder volver a mirar la vida desde un lugar nuevo? Sebastián Letemendia recién supo la respuesta cuando se atrevió a la aventura de navegar el Pacífico junto a su pareja, hijos y amigos que se fueron sumando, con la intención de emprender una aventura que planeaba algunos destinos, pero que finalmente lo llevó hacia un lugar que no tenía previsto visitar: el horizonte, tan vasto como desconocido, de su propio destino. 

Antes de soltar amarras, habitaba otro mundo. El de las decisiones, los proyectos y una vida construida, en buena medida, alrededor de coordenadas que parecían definirlo, pero que no siempre eran propias. “Durante 25 años estuve en el mundo de los negocios. Después de terminar un posgrado en Estados Unidos, creamos junto a dos socios una empresa de tecnología para la salud. Me gustó mucho esa etapa porque fui buscándole el lado lúdico, pero en un momento sentí que estaba perdiendo el interés”. 

Pronto, aquella vida le empezó a incomodar. La separación de quien había sido su esposa y la madre de sus hijos marcó el final de una etapa y, poco a poco, algo comenzó a moverse, a reclamar un espacio que hasta entonces había quedado en un segundo plano. “Cuando sentí que me estaba perdiendo a mí mismo decidí dar un paso al costado para lanzarme al proyecto del barco”, cuenta Letemendia en diálogo con Sophia. 

Luego de la experiencia de navegación publicó Pacífico, el libro en el que la travesía se convirtió en relatos e imágenes de un viaje que fue transformador. “Yo creo que el motor de todo fue el deseo de dejar la vida tal como la conocía”, reflexiona. Sin embargo, dejar sus antiguas rutinas atrás no significó negar lo vivido, sino animarse a interrumpir la continuidad para salir de los lugares conocidos sin buscar certezas. Fue entonces cuando apareció ante sus ojos el mar abierto. 

El mar como maestro

A poco de salir al océano, los estímulos habían bajado, o mejor dicho, cambiado. Ya no eran el apuro por las reuniones o el ruido del tráfico, las redes sociales y los portales de noticias. “Un viaje en la naturaleza te lleva a vivir el aquí y ahora, le ponés el cuerpo, estás en lo que hacés, no en otras cosas”. La tranquilidad, los paisajes y los itinerarios trazados sobre el agua comenzaron a guiar el ritmo de un recorrido que comenzó a fines de agosto de 2022.  

“Los espacios abiertos te acercan a dimensiones más grandes donde el ser humano no es la medida de las cosas. Navegando en un barco te aproximás a cuestiones trascendentes”, comparte Letemendia y asegura que esa vivencia le resultó reveladora en un sentido vital: significó un corte radical con su anterior manera de ver su mundo. “Me fui de una manera y no esperaba volver igual”, dice.   

En ese movimiento hacia afuera de atravesar las olas y soltar velas, fue encontrando también un camino interior que nunca antes había explorado de ese modo. Y aunque no sabía qué iba a encontrar al otro lado, tampoco le preocupaba saberlo. Quería estar abierto y tener la posibilidad de volver sin tener respuestas. Solo le alcanzaba con haberse animado a formular preguntas nuevas. 

En el mar, lejos de las formas conocidas de lo cotidiano, también encontró una manera más íntima de habitar su espiritualidad. Una fe de raíz católica que necesitaba salir a respirar, lejos de los dogmas y cerca del misterio, del asombro. “La experiencia me aproximó a una espiritualidad vinculada a la creación, sin tanta fanfarria, sin tanta tradición y con un poco menos de institucionalidad”, sostiene. 

Hubo encuentros inesperados que tuvieron que ver con esa búsqueda. Templos perdidos en lugares remotos, ceremonias, rituales, cantos. En las islas Marquesas, una iglesia en particular lo conmovió: era un espacio atravesado por la cultura del lugar, con esculturas de rasgos y formas que parecían haber encontrado un modo de hacer convivir la tradición cristiana con la identidad de aquella comunidad.

“Era una iglesia muy integrada a la gente, muy inserta en su antropología. Las esculturas tenían rasgos polinesios, las tallas también eran muy propias de ahí. Vimos una ceremonia muy linda, me sentí cómodo”, cuenta. Aunque quizá uno de los descubrimientos más profundos no tuvo que ver con ningún puerto, sino con reencontrarse con los anhelos de su propia alma. Por eso, antes de partir, decidió no anticipar el regreso: dejó abierto ese capítulo. “No quería irme sabiendo a qué iba a volver ni con expectativas con respecto al regreso”. 

Un gran cambio

Hubo algo que el recorrido ayudó a volver más nítido: su singularidad. Eso que permanece intacto cuando caen las capas con las que solemos presentarnos ante el mundo o que tomamos prestadas por un tiempo y, de pronto, ya no nos pertenecen. “Ahora tengo más claro aquello que me define y con lo que me encuentro cuando estoy desnudo frente al espejo. Cuando no tengo que darle una fachada a nadie, cuando no es mi ego el que está participando”.

Vivir cerca de aquello que uno es cuando deja de intentar parecer, fue un regalo que, sin saber, esperaba. Porque encontrarse con la propia singularidad puede significar aceptar que uno tiene la libertad de habitar el mundo fuera de los caminos trazados. “Si esa singularidad me posiciona como una excentricidad dentro del mundo ‘normal’, viviré consciente de eso, abrazando esa excentricidad”.

Eso es lo que hoy le da paz, alegría, bienestar. “Estoy contento de vivir desde ese lugar”, considera, pero hace una aclaración importante: encontrarse a sí mismo no significó retirarse del mundo, sino tomar la decisión de atravesarlo desde un registro diferente. “Por supuesto que esta sensación tiene muchísimo que ver con estar viviendo en pareja con Maggie. Porque andar solo, siendo un ermitaño, tampoco es la idea”, se ríe. 

También sus hijos, ahora más grandes, le permitieron descubrir otra manera de ser padre a través de una presencia menos ansiosa, menos pendiente de controlar, más confiada en el acontecer de la existencia. “Ya no hace falta que esté encima de ellos, respirándoles en la espalda para ver qué están haciendo. Puedo estar de otro modo”.

Después de atravesar el Pacífico, no volvió con fórmulas sobre cómo hay que vivir. Tampoco se convirtió en alguien completamente distinto. Su cambio fue sutil y a la vez profundo: aprendió a ver con ojos nuevos pero, sobre todo, a mirar de frente al temor. “Tenemos miedo a un montón de cosas. Eso nos inhibe de actuar, de seguir nuestros deseos. Por eso hay que abordar los miedos uno a uno. ¿Qué tan grave es? ¿Existe realmente? ¿O solo está en mi cabeza?”. 

Como Ulises, el protagonista de La Odisea, nadie regresa de un viaje semejante igual a como partió. Para Letemendia, el recorrido significó nacer a una mayor consciencia de aquello que quería conservar y, fundamentalmente, de lo que ya no necesitaba seguir sosteniendo de cara a cumplir 60 años. “La Odisea es un viaje espectacular. Pero el mío no buscó ser un relato épico”, concede con el recuerdo intacto de cómo aquel barco pequeño le regaló la sabiduría mansa de comprender un poco más. Así lo escribe en su libro: “Navegar a vela se parece mucho a vivir: enfrentar desafíos y aprovechar los vientos cuando soplan a favor”.    

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