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Artes

7 febrero, 2024

De perros y gatos: historias de escritores y sus mascotas

Amantes de las mascotas somos muchos. Y algunos escritores decidieron volcar en palabras ese amor por sus compañeros felinos y perrunos. ¿Querés conocer sus historias?


Foto: Samson Katt. Fuente: Pexels

Por Clementina Escalona Ronderos

Los primeros días, no se animaba a tocar el pasto. Tampoco a dejarse acariciar. Se escondía abajo del auto, temblando. ¿Qué trajeron? pregunté. Parecía más una comadreja que un perro.
Sara —con “ese”, aclaró la antigua dueña, una mujer que trabajaba en una florería de barrio y que nunca se había encariñado con la perra—, llegó a mi familia hace casi diez años, cuando en un momento de profunda crisis personal, mi hermana decidió adoptar un perro. Yo no quería saber nada: ni de hacerme cargo, ni de encariñarme, ni de nada. Pero Sara llegó de todos modos, asustada y escurridiza, un día de lluvia.
Pensar hoy en la vida sin ella es inimaginable. Los saltos de alegría al verme llegar, el sonido de su respiración en mis noches de insomnio, la compañía durante las caminatas.
Sus patitas apenas torcidas, su mirada agradecida, su cariño. Sara, a quien según su antigua dueña, le gustaba mirar televisión, hoy corre por el jardín persiguiendo mariposas, mete el hocico en la huerta para sentir el perfume de las plantas aromáticas y se tira panza arriba para que la rasquen.

Cualquiera que tenga una mascota que ama puede entenderlo: se genera un espíritu de compañerismo y complicidad que es único. “Amo a los perros más que a las personas porque tenemos mucho que aprender de ellos”, dijo la escritora Isabel Allende, que acaba de publicar su primer libro para niños, inspirado en su perra Perla.

Mary Oliver y su perro Percy. Fuente: archivo personal de la autora

Muchos autores describieron y homenajearon a sus mascotas. La poeta estadounidense Mary Oliver, publicó en 2013 un libro completo de poemas titulado Dog Songs (“Canciones de perros”), dedicado a sus seis perros, Luke, Benjamin, Bear, Sammy, Ricky y Percy. Ella, amante de los “perros sin correa”, daba largos paseos por el bosque con ellos, los mimaba y los dejaba ser, abogada como era de la libertad. Sabía leer los gestos de cada uno y ser respetuosa con sus personalidades. Uno de sus poemas, “Escuela”, dice:

Eres como una pequeña cosa salvaje
que nunca fue a la escuela.
Siéntate, te digo, y tú saltas.
Ven, te ordeno, y tú vas galopando hacia la arena
en busca del pez muerto más cercano
con el que perfumar tu dulce cuello.
Es verano.
¿Cuántos veranos tiene un pequeño perro?

Corre, corre, Percy.
Esta es nuestra escuela.

La poeta victoriana Elizabeth Barrow, también dedicó sus versos a su perro Flush, un cocker spaniel dorado, que fue regalo de una amiga para animarla luego de la muerte de su hermano. En el poema, la autora describe la belleza del perro, resalta su lealtad e incondicionalidad y expresa la gratitud eterna para aquel amigo peludo que, en lugar de correr y cazar liebres como otros, decide quedarse a su lado, acompañando su tristeza. Uno de los versos del poema, dice así:

Pero de ti se dirá,
este perro velaba junto a una cama
día y noche sin descanso,
vigilando dentro de una habitación con cortinas,
donde ningún rayo de sol rompía la penumbra
que rodea a la enferma y triste.

Flush, el perro de Elizabeth Barret Browning. Fuente: Raptis Rare Books

Además de fiel y leal, Flush era un perro celoso. Mordió más de una vez al poeta y dramaturgo Robert Browning, amor prohibido y futuro marido de Elizabeth, cuando él la cortejaba. De todos modos, al mudarse a Italia, luego de casarse en secreto, se llevaron a Flush con ellos, y finalmente el perro se amigó con Barret. La historia de los tres la contó años más tarde Virginia Woolf en el libro “Flush. Una biografía.”

En el texto corto “Mi nuevo amor”, la escritora y cronista argentina Hebe Uhart, describe una nueva relación: habla de la sencillez, los hábitos regulares y los deseos simples de este amor. Habla de cómo comparten los aspectos más mundanos de la vida, y de la serenidad que le genera saberse amada por quien no le exige ni ser creativa, ni joven, ni interesante. Durante el relato, confiesa pequeños detalles de la intimidad cotidiana, como: “Podemos estar cada uno en su habitación, pensando en nuestras respectivas cosas sin necesidad de perturbar preguntando ‘¿qué estás haciendo?’”.
Solo hacia el final llegamos a conocer de quién nos habla Hebe: “Los únicos problemas vendrían a ser la dieta y una sola costumbre que no me gusta, porque es muy delicado en general: sólo come carne picada y se rasca las pulgas delante de la gente.”

Foto: Cottonbro Studio. Fuente: Pexels

Algunas historias de autores y sus mascotas son tan especiales, que se ganaron su lugar en la pantalla grande. En 2008, por ejemplo, se estrenó la película “Marley y yo”, que cuenta la vida de los Grogan, una pareja norteamericana que, en sus primeros meses de casados, deciden comprar un perro labrador retriever. Contra todo pronóstico, Marley no resulta ser un perro tranquilo y afable, sino una pesadilla de cuatro patas: travieso, hiperactivo y ansioso, el autor del libro original lo describe como una “bestia enloquecida” de “indómito espíritu” y “comportamiento frenéticamente salvaje.” El perro babea a personas y muebles, traga bollos de papel y juguetes, rompe puertas, caniles y alfombras, y en un restaurante al aire libre, llega a tirar varias de las mesas armadas.

Pero Marley es leal, compañero y amable; no hay en su corazón un ápice de maldad. En un momento del libro, Grogan describe la escena donde él y su mujer regresan a la casa una tarde, luego de enterarse de que perdieron a su primer bebé durante el embarazo:

“Hubiera apostado una semana de mi sueldo a que lo que estaba viendo no podía suceder jamás. Marley, nuestro perro escandaloso y puro nervio, tenía los hombros entre las rodillas de Jenny y la cabezota apoyada sobre su falda y, con la mirada dirigida hacia Jenny, gimoteaba dulcemente. La cola le colgaba inerte entre las patas; era la primera vez que no la veía menearse enloquecida cuando nos tocaba a alguno de los dos. Jenny le acarició la cabeza varias veces y luego, sin preámbulo alguno, hundió la cara en la espesa piel del cuello de Marley y empezó a sollozar. Eran unos sollozos fuertes, sin cortapisas, que le salían del alma. Así permanecieron los dos largo rato: Marley quieto como una estatua y ella abrazada a él, como si fuera un muñeco gigante.”

Escena de la película «Marley y yo». Fuente: Movie Stills DB.

A veces, solo a veces, pienso en el día en que Sara no esté. Su hocico está blanco, sus ojos empañados por una bruma que no se va. Imagino la sensación de vacío, de hueco, de “falta algo” que dejaría al partir.
Las mascotas nos acompañan en nuestro transitar, en una vida mucho más corta que la nuestra. Como escribió Mary Oliver: “Así es su excesivamente corta y galopante vida. Los perros mueren muy pronto (…) Casi es un fracaso de la voluntad, un fracaso del amor, dejarles envejecer, y todo lo que se siente”. Mantenerlos con nosotros, dice, es el único regalo que no nos podemos dar.
Pero acá estamos, Sara y yo, presentes y tan de paso, como diciéndonos «para mí, vos, sos lo mejor del mundo.» Y eso, ahora, lo es absolutamente todo.

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