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Cultura

18 noviembre, 2022

De palabras y silencios: breve relato sobre mis días en la biblioteca

¿Quién dijo que una biblioteca es un espacio condenado al pasado? En estas líneas, una periodista de Sophia comparte sus pensamientos y emociones al resguardo de ese lugar único donde los libros regalan momentos sagrados.


La Biblioteca Popular de Pinamar, donde la autora de esta nota pasa sus días en busca de nuevas historias.

Por Clementina Escalona Ronderos. Fotos: Lola Marmo

Se suele pensar que ya nadie pasa tiempo en las bibliotecas, que son un monumento de la antigüedad y que no van a sobrevivir mucho más ante la nueva era digital. Pero por fortuna para mí (y para muchos) siguen en pie y con las puertas abiertas.

A varios de mis amigos les sorprende, o incluso les causa gracia, que me haya asociado a la biblioteca local. “Debés ser la única”, dicen, o se ríen ante mi preferencia por estar buscando nuevos títulos en vez de hacer cualquier otra cosa. A mí eso no me importa. Aquella casita con aspecto de cabaña es de mis lugares favoritos en el mundo: me alegra —y me reconforta—, saber que adentro hay un universo entero a disposición.

Una ventana con vistas al universo infinito que suelen regalarnos los libros de una biblioteca.

En este momento, escribo sentada en una de las mesas de la biblioteca. Enfrente mío, un padre toma café mientras su hijo de siete años lee una historieta de Gaturro y la hija de doce elige novelas de suspenso para llevar. 

Por lo que veo, distingo a grosso modo dos clases de público. Está por un lado el grupo de las personas mayores de cincuenta años, asiduos lectores, conocedores del mundo de las letras. Me encanta escucharlos cuando piden o devuelven libros. Son como reseñas en vivo y en directo, lo cual es genial, porque puedo percibir en la voz la emoción cuando dicen que un libro les encantó, o la decepción cuando admiten que no, que no lo pudieron terminar, que a duras penas lograron pasar los primeros capítulos. El otro grupo consiste en jóvenes preadolescentes y adolescentes. Les gustan más bien las sagas, y devuelven el primer tomo mientras piden el segundo y preguntan por el tercero. Suelen leer en grupos: dos o tres amigas o amigos, leyendo casi sin hablarse, cada uno en su historia. Un compartir en silencio. 

La biblioteca también tiene un espacio donde se realizan muestras de arte y exposiciones de fotos.

Aunque siempre voy sola, la biblioteca es para mí un lugar de interacción. Es donde me encuentro y converso con Julio, con Simone, con George, con Virginie. Dialogamos sin vernos nunca la cara; me enojo sin que se enteren, los adoro sin que lo sepan. 

Me gusta conocer sus ideas y formas de pensar para cuestionar mi propio punto de vista. Es partiendo de sus interpretaciones que reviso las mías: las acomodo, las ajusto, las pulo. Al irme, camino de vuelta a casa bajo ese halo reflexivo que me dejan las palabras.

Cuando pasan varios días en que no visito la biblioteca, la extraño. Extraño el silencio y la sensación de bienestar que me da al entrar. Extraño estar rodeada de lomos de distintos colores, la sorpresa ante los nuevos ejemplares que aparecen en los estantes de “Novedades” y la curiosidad de ver si seguiré o no el consejo de algún lector desconocido al elegir una “Sugerencia”. 

El espacio de las novedades y el de las sugerencias, los favoritos de Clementina a la hora de iniciar el viaje.

Es entonces cuando vuelvo, y vuelvo también a respirar; porque así como hay lugares que ahogan y asfixian, están los que permiten que nos llenemos de aire, desempolvemos la mente y volemos un poco más allá. Uno de esos lugares es, para mí, la biblioteca.

Cuando Mari no está, también la extraño. No tengo a quien expresarle la irritación que me produjeron las cinco carillas describiendo los pies de Fumiko en Cuentos de amor, ni con quién discutir algunos de los finales de los cuentos de Mariana Enríquez (¿son muy abruptos, o soy yo que me quedo con ganas de más?). 

Aunque en teoría la biblioteca cierra entre la una y las tres, Mari me deja quedarme. Cierra la puerta de entrada con llave, apaga algunas luces y cada una se dedica a lo suyo: ella ordena, acomoda, anota; yo leo, escribo, pienso. A esa hora ya no tengo agua caliente para el mate y Mari, siempre bien predispuesta, me hace el inmenso favor de rellenar el termo. 

Mari es la bibliotecaria. Y es también cómplice de mis búsquedas más personales: cuando sabe que quiero interiorizarme en el periodismo narrativo, me deja reservados Teoría de la gravedad y Frutos extraños, de la periodista argentina Leila Guerriero. Cuando le cuento en forma de anécdota sobre una gran amiga de mi vida, promete apartarme, para que lea durante el verano, la saga de libros de Elena Ferrante, Dos amigas. Creo que a Mari le pasa como a mí, que nos enamoramos de los autores, o más bien nos enamoramos de sus formas de decir la vida, de contarla. También me encariño profundamente con algunos personajes que llegan para transformarme.

Barrer el piso pasó de ser un incordio a una hermosa oportunidad de meditación en movimiento luego de conocer a Pepo Barrendero. Y Momo, desde su inocente y sabia mirada de niña, me mostró el verdadero valor del tiempo. Fue gracias al coraje de Bastian Balthazar Bux que pude conectar con mi propio coraje para lanzarme a vivir la vida entre dunas de arenas de colores. El amor en los tiempos del cólera me ayudó a comprender un poco mejor el amor —y las rarezas, vicisitudes y momentos mágicos que conlleva, todos juntos y en extraña coherencia—, como también lo hicieron Horacio y La Maga, en esas fascinantes páginas que iba salteando de adelante hacia atrás y luego al medio. Rayuela me regaló, a su vez, mis inicios en el jazz, y hay libros como Mil soles espléndidos, que me abrieron los ojos ante temáticas devastadoras que jamás hubiese podido imaginar, ampliando así mi sentido de empatía y humanismo.

También es un espacio donde se realizan talleres y cursos, como por ejemplo de idiomas. Además hay un sector exclusivo para niños.

Para mí, leer un libro es hacerse un regalo: la lectura difumina las fronteras de lo imposible y amplía el horizonte de la imaginación. Es un acto de comunión donde personajes y lectores nos acompañamos en un extraño juego de espejismos y realidades, para identificarnos y reafirmarnos en la lectura, en la historia que no termina bien, en esa parte desgarradora que es tan real, en ese párrafo donde sucede el primer beso. Leer es una forma de agregar nuevos tonos a la paleta de colores de la vida interior. 

“Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres”, decía el poeta Heinrich Heine. Y es que los libros (y, por consecuencia, las bibliotecas) son museos vivientes de los registros de la esencia humana. En nuestro país, hubo una masiva quema de libros en el año 1980 (fecha que me asusta un poco, ya que no fue hace tanto). La quema más reciente de una biblioteca fue en 2013, en el país de Mali. 

Destruir libros es destruirnos a nosotros mismos.  

El patio interior, donde se pueden leer al aire libre (y a la sombra) los grandes títulos de la literatura.

Por suerte, hay artistas como Marta Minujín quien en 1983 presentó la instalación “El Partenón de los libros”, una enorme réplica del monumento ateniense, armado con más de 68.000 libros donados, ejemplares que en algún momento de la historia fueron prohibidos. O la instalación artística realizada en 2016 en Toronto, Canadá, donde una calle se convirtió por una noche en un río de libros para regalar a cualquiera que pasara. 

Por suerte está Mari, con su sonrisa y amor por las palabras.

Por suerte están los autores, y los hermosos, atrofiados y excéntricos personajes que nos presentan.

Por suerte están los libros.

Por suerte, las bibliotecas.

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ETIQUETAS arte cultura espiritualidad literatura sociedad

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