Sophia - Despliega el Alma

Hijos

17 junio, 2020

“De oruga a mariposa”, una historia sobre la fertilidad, el dolor y el amor

En el Mes de la Fertilidad, un llamado a ver la imposibilidad de tener hijos biológicos con nuevos ojos, de la mano de un relato conmovedor. En su lucha para dejar el sufrimiento atrás, Laura se animó a abrir su corazón y así cumplió su gran sueño de convertirse en mamá de tres hijas.


La abogada y escritora Laura Costa comparte su historia de lucha con Sophia.

Por Laura Costa*

¿Qué fue lo que nos trajo hasta aquí?“, me preguntaba sentada junto a mi esposo en la sala de esperas de diferentes centros de fertilidad. Siempre preferí llamarla así, fertilidad y no infertilidad, por las connotaciones negativas y desgastantes que ya de por sí la palabra conlleva. Podría decir que fue a partir de los problemas de fertilidad que comencé a hacerme una serie de preguntas, gracias a las cuales hoy puedo estar compartiendo estas letras, este sentir.

Sentada en esas salas de espera entendí que formábamos parte del 18% de la población en edad de reproducirse que no podría hacerlo de forma natural. Tremendo golpe, cuando cumplimos con el manual del buen ciudadano y transitamos, paso a paso, cada mojón establecido: la carrera universitaria, el título, el matrimonio, la casa, el auto. Pero cuando fue el turno de los hijos, estos empezaron a esconderse en los vueltas innumerables que daba la cigüeña, que se negaba a pasar por casa en la forma en que el manual establecía.

El primer golpe fue muy duro: aceptar que los hijos no llegarían de forma natural, sino que tendríamos que recurrir a la ciencia, debiendo enfrentar el segundo golpe, que eran los altísimos costos de los tratamientos de fertilidad.

Una mañana de septiembre del año 2007, Internet me mostró que éramos cientos de miles en las mismas circunstancias y que en este bendito país había una organización llamada Sumate A Dar Vida, que recién se estaba gestando para pelear por nuestros derechos. No dudé en sumarme y esa lucha fue un bálsamo: todos transitábamos el mismo camino, las lágrimas y la bronca se dividían y al final del túnel siempre se mostraba una luz de esperanza.

Así transcurrimos dos años.

Algunos días el dolor cavaba profundo y se sentía precisamente en las entrañas. Era como una sombra que comía todo a su alrededor, un gran agujero negro, y costaba hasta levantarse de la cama para realizar las tareas más sencillas, como poner la pava y preparar el café del desayuno.

Lo bueno, lo mágico de todo esto, es que estaba evolucionando, pero en ese momento era tan densa la vibración del dolor, que no podía verlo. Ese descubrimiento se produjo luego, al transitar todas las etapas de la enfermedad. Si nos lo permitimos, ese viaje nos hace crecer como seres humanos.

Caer y levantarse

La primera etapa fue el dolor, la bronca, la impotencia. Luego vino la resignación y, más tarde, la aceptación. Para entonces ya dolía poco, o casi nada. Me preguntaba por qué a mí, por qué a nosotros. Allí fue cuando entendí que es a ese dolor adonde debemos recurrir para reinventarnos y que ese “reinventarnos” solo puede suceder desde una pregunta que nos pone de cara al futuro: “¿Para qué me ocurre esto a mí?”.

Ese fue el primer gran momento de iluminación: me mostraba que estaba aprendiendo, que padecer problemas de fertilidad sólo era un camino de aprendizaje para superar y descubrir así mi propósito. Y cuando digo “propósito” hablo de nuestra misión en la vida, del “para qué” hemos venido a este mundo. Las respuestas estaban en todas partes, solo que el dolor no me permitía ver las infinitas posibilidades que se abrían frente a mis ojos.

Y cuando digo “ojos”, me refiero a los ojos del alma.

Fue caer y levantarme, con cada tratamiento que fracasaba, con cada pareja que concebía un niño, con cada bebé que llegaba. Pero nos levantábamos cada vez, y así descubrimos que además éramos resilientes. Encontrar esa palabra fue mágico, porque finalmente había algo positivo: saber que tenía la capacidad, que había aprendido a adaptarme, a sobreponerme al dolor, a los problemas, a la adversidad misma y que eso, además, me fortalecía.

Renacer fortalecida, a pesar del dolor, me hizo descubrir la posibilidad de superar ese dolor y así encontrar no ya el, sino los propósitos para los cuales estoy en esta vida, que se renuevan día a día.

Para entonces ya tenía en mi haber el aprendizaje que me estaba dejando la enfermedad, la lucha por la Ley de fertilidad y el sueño incólume de formar una familia.

Fue así que un día de junio del año 2009, en un vuelo de una hora cuarenta y cinco minutos junto a un cliente, mi corazón dio un vuelco para siempre y nunca volví a ser la misma. Este buen hombre (mi cliente), desde su rol de papá del corazón me mostró como podía ser mi vida si me abría, si abría mi corazón para anidar y parir un hijo desde ese bendito lugar.

Un embarazo distinto

Así fue que, entre lágrimas, llamé a mi esposo por teléfono apenas aterricé en Buenos Aires, para decirle: “Amor, adoptemos”. Una frase que resultaba sumamente natural con un compañero que siempre, y por sobre todas las cosas, quiso ser padre. Eso allanó el camino.

En septiembre de ese año nos inscribimos en el Registro de Adopción de Tucumán, donde gente maravillosa nos orientó y guió para encarar y transitar ese embarazo distinto, donde comenzaba a gestarse nuestra primer hija, Victoria, que hoy tiene diez años.

Cuando el Universo se alinea y nosotros sabemos leer las señales, se producen los milagros. En nuestro caso, que quedamos en lista de espera en el Registro de Adopción el mismo día que nuestra hija nació. Es decir que la ruta para la llegada de Victoria ya estaba trazada en el camino de nuestro propósito y nosotros fuimos bendecidos con su llegada.

Solo se trató de abrir el corazón y mirar al cielo.

Victoria, Guadalupe y Catalina, las tres hijas que Laura concibió desde el dolor y el amor.

Felices con su llegada, seguimos trabajando por la Ley de fertilidad. Seguimos, porque estábamos agradecidos, porque no queríamos que nuestra hija sufriese lo que nosotros habíamos pasado. Ese fue otro momento de maravillosa iluminación, cuando descubrí que esa ley fue otro propósito para el cual transité este camino. Un propósito colectivo, que nos incluía a un común de seres hermanados por una misma lucha que dio sus frutos el 5 de Junio de 2013 con la sanción de la Ley 26862.

Luego nos embarazamos de nuevo –otro embarazo judicial, solíamos bromear– y en diciembre de ese 2013 se cumplió otro gran sueño: ser papás de las mellizas Guadalupe y Catalina, que llegaron para iluminar nuestra vida, la de nuestra familia y la de todo nuestro entorno.

Me maravillaba recibir mensajes de bendiciones y alabanzas porque la llegada de un hijo, de una hija, sin importar en qué vientre se gestó, siempre, siempre es algo extraordinario. Nuestras niñas son un faro extraordinario de luz que iluminan el camino de nuestros sueños, de nuestro futuro.

Un futuro que se abre pleno si nos detenemos a escuchar a nuestro corazón.

Ante una situación dolorosa, o nos sentamos a llorar y a compadecernos de nosotros mismos, o despertamos a la vida. Si despertamos a la vida, les puedo asegurar que comienza a abrirse el capullo y se despliegan las alas de una mariposa; una mariposa que luce los colores del amor, de la esperanza, de la paz.

Una mariposa que con su vuelo nos llevará de propósito en propósito, que nos hará descubrir el sentido de nuestra existencia. Lo importante es saber que podemos levantarnos una y otra vez y volar; y si nos permitimos volar, será la vida misma la que se encargue de sorprendernos a cada vuelta de la esquina. Los invito a que lo intenten, no se van a arrepentir.

Laura y su marido felices junto a sus tres hijas, en una foto familiar reciente.

* Laura es abogada, escritora y directora de Mujeres que dejan huellas.

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