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De lo espiritual en el arte: unas palabras sobre el film Días perfectos

Ilusionada con volver a encontrarse con la obra de Wim Wenders, el director alemán, una cronista de Sophia entró a una sala a recibir su film, regalo maravilloso. Un permiso para entrar en otra vida y otros mundos, y recordar que hay otros modos de vivir.

Un momento de soledad y poder respirar profundo en medio del verde de un parque urbano, un encuentro casual con un extraño o un momento compartido sin que medien palabras, solo algunas de las escenas del film de Wenders (o lo preciosos que pueden ser los días).

Por Agustina Rabaini

¿Qué hacemos con el tiempo en la vida de todos los días, qué hacemos con nuestros días y nuestras noches, mientras los días pasan? ¿La vida nos lleva, o tomamos decisiones? ¿Cómo se vive una vida con sentido y qué es lo que hace a una existencia especial, única, singular, integrada? 

Todo esto parece preguntarnos, desde los primeros minutos, la película Días perfectos, del cineasta alemán Wim Wenders.

En primerísimo plano, Hirayama (Kôji Yakusho) un hombre maduro que vive en la Tokio actual, dice, por ejemplo: “El mundo está hecho de muchos mundos” y su sobrina, que llegó de imprevisto a pasar unos días, le responde: “¿Y cuál es el mío?”.

“Ahora es ahora”, repiten juntos minutos después, antes de subirse a una bicicleta para regresar haciendo zigzag por la calle a la casa de él, un hombre solitario que recibe a esta chica de visita, pero que el resto del tiempo pasa sus días casi en silencio, aferrado a rituales que repite y que esconden un alma apasionada, atenta a lo pequeño y real, a las insinuaciones de las cosas, a todo eso tanto más significativo que otras más grandes y estridentes.

Lo vemos despertarse, salir a trabajar y dedicarse con esmero a su labor: limpiar baños públicos de la ciudad. Luego toma un almuerzo frugal en el parque y, al terminar, rumbea a un baño comunitario para asearse y terminar sus días con un plato de comida casera y la lectura de un libro en su departamento con cocina y una ventana. En ese espacio, Hirayama cuida y ve crecer a sus plantas y guarda fotografías que captura a diario con su vieja cámara automática.   

A los 78 años, Wim Wenders, que filmó durante cinco décadas y dejó su huella en la historia del cine, parece venir a recordarnos o despertarnos con su protagonista entrañable, y todo eso que debemos valorar si no queremos marchitarnos, “acostumbrarnos”, envejecer.

Cuando su sobrina era apenas una niña, él mismo le regaló una cámara fotográfica. Ahora, tío y sobrina, unidos de manera inesperada, en dos breves días, alzan la vista hacia la luz y capturan algo de ese milagro cotidiano, recorren la ciudad y esos movimientos le sirven a Wenders para celebrar eso mismo que ya recordaba cuando estrenó Las alas del deseo, en 1987. 

“¡Mirá! El goce de alzar la cabeza hacia la luz, al aire libre, el goce de los colores iluminados por el sol, en los ojos de las personas”, decía uno de los ángeles de aquel film que quedó inscripto en la historia del cine, con guión de Peter Handke. 

En Días perfectos Nico (Nakano Arisa), la sobrina, tiene toda la vida por delante, y no será la única joven con la que se cruce el protagonista: Hirayama se dejará “tocar” y sonreirá o se sentirá cerca de varios niños y jóvenes mientras trabaja y en esas rutinas tan suyas y el ritmo frenético de esa ciudad quedará fuera de campo, porque Hirayama escucha música en cassettes y prefiere buscar refugios de buena comida por las noches, en vez de conformarse con una sopa de ramen “instantánea”, de esas que se hacen y devoran en minutos.  

La luz atraviesa las ramas, la lluvia cae en medio del día y, en todo momento, suenan canciones muy queridas por el director, Wenders, o desfilan autores de libros como Patricia Highsmith, Faulkner o la japonesa Aya Koda, y el sabor de un sake helado o una letra interpretada con emoción no dan lo mismo, sino que llegan a la audiencia y hacen toda una diferencia. 

Está claro que al protagonista y a su director, Wim Wenders, le encantan las canciones de la película y que eso es contagioso. Hay temas musicales de The Velvet Underground, Patti Smith, The Kinks, Van Morrison, los Stones y Lou Reed, entre otros.

¿Y qué será lo que el apuro y el consumo desorbitado y la tecnología nos fueron quitando en los últimos tiempos? ¿Y qué será que, desde Occidente, podemos aprender al observar la rutina de un hombre japonés que viene del siglo XX, pero que está dispuesto a vivir el presente, la mente de un hombre que vivió, sufrió y ya no quiere vivir sin registrar y celebrar el cielo sobre su cabeza?  

Wim Wenders comenzó este proyecto tras ser convocado por un hombre de negocios japonés, que le pidió que filmara una serie de cortometrajes sobre los baños públicos de Tokio, con sus diseños y tecnología espectacular. Wenders accedió, pero vio que había una historia “más grande” por contar y el resultado es esta película conmovedora, llena de hallazgos, golpes de belleza, empatía, deslumbramientos

Días perfectos recuerda y homenajea, también, al maestro de todos, el cineasta Jasujiro Ozu, y viene despertando al mundo con su mensaje cargado de humanidad, con un protagonista que mira a cámara con los ojos vidriosos, conmovido; con una vida entera vivida, de carne y hueso, con sus contradicciones, dolores e historia personal (no siempre trabajó limpiando baños; ¿está solo en el mundo o hay una familia detrás? ¿hay lugar para el amor de una mujer en su vida?).  

En una línea de Perfect Days, la canción de Lou Reed, que da nombre al el film, se escucha, sobre el final, “vas a cosechar justo lo que siembras»… «Vas a cosechar justo lo que siembras”, repito, y esas palabras quedan resonando en mis oídos, también, a modo de residuo, todo eso que deja el arte en nuestros días, una arenilla, un fondo, oro en polvo, una huella y esta certeza o decisión de que los días pueden ser más ricos, menos rutinarios y pasajeros, plenos de sentido.

En palabras de Wenders, el protagonista de Días perfectos es un personaje “simple pero feliz, alguien que vive en el presente y siente orgullo de ser útil a los otros”.

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"La mente que se abre a una nueva idea jamás volverá al tamaño original". 

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