Sophia - Despliega el Alma

Sociedad

23 julio, 2020

De la eternidad a la finitud

Un viaje a través de las percepciones del tiempo que el ser humano ha registrado desde épocas ancestrales hasta nuestra compleja contemporaneidad, de la mano de los mitos, el arte y la filosofía.


La Madeleine pénitente (1644), de Georges de La Tour.

Por María Evangelina Vázquez

Vivimos momentos en que el tiempo parece estar detenido, aunque, paradójicamente, podríamos pensar también en una aceleración vertiginosa del tiempo: algunos tenemos más ocupaciones que nunca y muchas madres y padres terminan por resolver cuestiones domésticas y escolares de sus hijos, mientras trabajan desde sus casas.

La percepción del tiempo es subjetiva y es uno de los grandes temas en la literatura, el arte, los mitos, la filosofía. Pintar el transcurrir del tiempo ha sido, desde siempre, uno de los grandes desafíos para los escritores y artistas. Tanto nos vemos consumidos por él que podemos medirlo en suspiros y en lágrimas, como se aprecia en este bello pasaje de Ricardo II, de William Shakespeare: “Perdí el tiempo, y ahora el tiempo me consume, ya que me he convertido en su reloj. Mis pensamientos son minutos; con suspiros marcan su andadura a la esfera de mis ojos […]Pues bien, señor, los sonidos que indican la hora son clamores que golpean mi corazón, que es la campana. Suspiros, lágrimas, clamores dan los minutos y las horas”.

El poeta romántico Percy Bysshe Shelley también reflexionó sobre cómo el tiempo despedaza las grandes pretensiones de eternidad que son producto de la soberbia humana, como ha ocurrido con los reyes de la antigüedad. En su poema Ozymandias, dedicado a Ramses II, se describen las ruinas de los monumentos del poderoso faraón que se desintegran y se funden con la arena.

El tiempo todo lo destruye, pero la memoria es esa llave que nos permite abrir las puertas del pasado, hacerlo presente. Mientras sigamos recordando a nuestros antepasados, ellos nunca morirán. El acto de nombrarlos es lo que prolonga su existencia en el reino de los vivos. Esta parece ser la idea tras un relato del escritor Miguel Ángel Silva, Coser el tiempo. En él, evoca una última experiencia con su padre, cuando él remienda los bolsillos rotos del sobretodo de su hijo, justo antes de morir:

Me doy cuenta de que tuve la oportunidad de haberme sentado enfrente de él y conversar un rato en esa tarde invernal. Aunque sea unos breves minutos. Pero la urgencia diaria de querer estar siempre en otro lado me hizo desistir de lo que hubiese sido la última conversación con mi padre.
Cada vez que me dejo llevar por el vértigo y la prisa por querer hacer muchas cosas a la vez, me acuerdo del remiendo, de la paciencia oriental con que mi padre realizó ese trabajo, del saber que para atesorar las cosas valiosas hay que detenerse, cada tanto, para que no se escabullan, irremediablemente, por la falta de una costura hecha a tiempo”.

Vanitas (1636), de Antonio de Pereda.

Asimismo, vale mencionar a Hans-Georg Gadamer quien en La actualidad de lo bello nos habla de ese tiempo que nos invita a demorarnos cuando admiramos una obra de arte, un tiempo en suspenso que es igual al que encontramos en las celebraciones y los rituales. Esta imagen del tiempo detenido es la que proponen artistas de la contemporaneidad como Jorge Macchi: en su obra Still Song se captura el impacto que producen los rayos de luz de una bola de boliche, que impregnan la pared de marcas inquietantes.

Para reflexionar sobre este tema que ha desvelado a los hombres de todos los tiempos, Sophia convocó a especialistas de distintas disciplinas (literatura, estética, historia) para pensar el tiempo, ese tesoro finito tras el cual corremos cotidianamente, pero que también nos da la posibilidad de conectarnos con la eternidad de lo sagrado. Ese tiempo que no podemos explicar, que constituye la esencia del devenir humano y, por eso, las expresiones del arte y del pensamiento son, más allá de lo científico, un camino posible para acercarnos al enigma de lo temporal, como intentos de asir lo inefable.

¿Cómo se refleja el tiempo en los mitos, en la literatura y en las tradiciones antiguas?

Responde: Gisela Colombo, Licenciada en Letras (UCA), escritora, investigadora y docente.

El tiempo ha sido desde eras remotas la gran preocupación humana. Uno de los mitos más difundidos y estudiados en la cultura griega fue el de Cronos. Ese era el nombre que recibía el dios luego denominado por los romanos como “Saturno”, quien representaba los límites de la vida, las imposiciones que la existencia misma pone ante cada quien. La finitud.

El mito cuenta que Cronos, como figura que destronó al padre y se quedó con su cetro y corona, temía especialmente el ser destronado por alguno de sus hijos. Rea, su esposa, daba a luz y entregaba a Cronos, entre pañales, al recién nacido. Así lo hizo con todos sus hijos. Él, celoso de su trono más que de sus herederos, los tragaba sin tardanza. Rea, ya cansada de haber perdido varios bebés en el pozo sin fondo del estómago de Cronos, decidió engañarlo al nacer el último, Zeus. Al llegar el dios a reclamar el bocadillo, Rea le entregó una piedra envuelta en pañales y él la tragó sin advertir que no era el bebé. A salvo ya, Zeus pudo crecer hasta ganar la fuerza y la valentía necesaria para liberar a sus hermanos y derrocar a su padre.

En lenguaje simbólico, el mito señala la afición de un padre gracias a quien nacemos (porque nacemos en la medida en que ingresamos al tiempo), pero a quien también debemos la finitud. La afición por fagocitar a sus hijos es el modo metafórico mediante el cual el mito elige decirlo. El tiempo que nos trajo, un segundo después ya trabaja para llevarnos. Traducido, el tiempo nos consume. Y de nada sirve esa metáfora por la cual llevamos algún entretenimiento a una sala de espera para “matar el tiempo”. Por el contrario, es el Tiempo quien nos mata a nosotros.

Pero junto con el tiempo fagocitador, la mitología griega también tenía una figura llamada “Aión” que retrataba otra faz de la temporalidad. La mirada trascendente que ve continuidad más allá de los cambios. Una realidad no sucesiva sino eterna en su sucesión.

El hombre, criatura de naturaleza mortal, está sometido permanentemente al agotamiento de sí mismo, como si de una vela se tratara. Camina hacia su propia extinción. Ahí se expresa Cronos o Saturno, que es el tiempo en la medida en que recorta, que pone límites. Pero Aión es el principio de mutación permanente de la vida, que el I Ching, texto oracular de la tradición china, considera la dinámica circular de la vida. Lo mismo señala Rodolfo Kusch en la concepción del devenir que tienen los pueblos precolombinos. Todo, aún lo más noble, está destinado a caer, a desgastarse, a morir y dar paso a otro nacimiento, desarrollo y muerte. En la sucesión de esas fases es que se da la eternidad. Los pueblos más apegados al contacto con la naturaleza tienen muy presente la dinámica siempre activa de las estaciones del año. De lo cual podemos inferir que, contrariamente a lo que imaginamos como eternidad, un sitio quieto, siempre idéntico a sí mismo, la eternidad parece ser sucesiva.

La intervención inexplicable del tiempo eterno en el tiempo ordinario se llama Kairós para el mundo griego. Y es a lo que nos referimos cuando hablamos, en la modernidad, de los “golpes de suerte”. ¿Existen? ¿Realmente acuden? Quizá los griegos hayan pensado lo suficiente el tema como para saber que Kairós era una deidad pequeñita. Su visita no sólo era un capricho, también se diluía tan rápido que, si llegara a encontrarnos muy sumergidos en las preocupaciones ordinarias, no notaríamos su presencia. Y si estuviéramos muy salidos del tiempo, enfrascados en la energía de Aión, algo evadidos de la realidad, tardaríamos tanto en reaccionar que no sabríamos aprovechar su irrupción.

¿Cómo se introduce la noción de tiempo en el arte y la filosofía?

Responde: Elena Oliveras, Doctora en Estética (Universidad de Paris). Fue Asociada de la cátedra Estética, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Es Profesora Emérita de la Universidad del Salvador.

A lo largo de la historia del arte se dan ejemplos de obras en las que el artista intenta capturar el tiempo a través de la representación del movimiento. Existen ejemplos tempranos, como el de las imágenes de animales y cazadores de las cavernas de Lascaux. Otros bien conocidos son el Discóbolo de Mirón, la Victoria de Samotracia, las pinturas de Géricault, Delacroix, Russolo, Balla, Degas (con su serie de bailarinas), las esculturas abstractas de Moholy-Nagy y Gabo o las futucubistas de Boccioni.

En todas estas representaciones, el tiempo pierde su característica esencial: el desplazamiento real en relación con un punto fijo. La superación de tal límite será logrado por los artistas cinéticos, tanto por aquellos que se sirven de fenómenos ópticos, como por los que incluyen el movimiento de máquinas u otros dispositivos. En el caso de Calder, el viento será el “motor” que impulsa los elementos de sus esculturas.

El arte cinético es un arte del espacio-tiempo, como la música o la danza. Ya no hay representación del movimiento, sino presentación del mismo.

Dado que somos tiempo, su aprehensión multiplicó las búsquedas en campos tan diversos como el arte, la literatura o la filosofía. Heidegger considera, en Ser y Tiempo, que la temporalidad es la base de lo humano. Lo que cuenta no es la esencia (algo fijado de una vez y para siempre) sino la existencia (algo que se va dando). Somos lo que devenimos, lo que llegamos a ser.

La realidad del ser-tiempo conlleva la dificultad de su conceptualización. Y así como en el movimiento representado por los artistas el tiempo pierde su característica principal de devenir en acto, lo mismo sucede en toda reflexión que intente fijarlo en un concepto. Decía San Agustín: “Si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé, pero si me lo preguntan y quiero explicarlo ya no lo sé” (Confesiones, XI).  Será tarea del artista y del filósofo encontrar las mejores equivalencias a través de imágenes, metáforas y símbolos.

Es preciso destacar que existe un tiempo neutro, espacializado (el del reloj), fácilmente aprehensible. Pero ese no es el tiempo real, vivencial. A este tiempo remite Marta Ares en Calendario (2003), una grilla en la que llega a repetirse un mismo número dentro de los treinta y un casilleros correspondientes a los días del mes. Muestra así que no todos los días tienen vivencialmente veinticuatro horas, algunos duran más mientras que otros se contraen o desaparecen según haya sido la experiencia íntima, lo subjetivamente vivido.

En estos días de confinamiento el tiempo parece no pasar. Es lo que muestra Todavía es martes, un video de La Joven Guarrior realizado en cuarentena en el que el tiempo se lentifica y los momentos se repiten, anuladas las “sorpresas” del mundo exterior. Corresponde a la vivencia de un mundo incierto, sin un futuro claro que mueva a la acción. Es la metáfora de la llama de un fósforo que, al consumirse, da cuenta de ese no-tiempo que muy lentamente se nos va

¿Cuál era la concepción del tiempo en el Antiguo Egipto?  

Responde: Rodrigo Cabrera Pertusatti, Doctorando en Historia (UBA). Becario Doctoral de CONICET.

Podemos establecer diferencias entre la manera de concebir el tiempo y también el espacio en las civilizaciones agrícolas y aquellas propiamente cazadoras-recolectoras, de la misma forma que entre las sociedades orales y aquellas con escritura. La dialéctica tiempo/espacio, sobre la que ha reflexionado toda la filosofía de Occidente, ya estaba presente en las sociedades orientales antiguas.

Por ejemplo, una manera de entender cómo las sociedades antiguas y también cómo los pueblos indígenas de América percibieron y dividieron el tiempo, es observar la recurrencia de la idea del “eterno retorno”, descripta inicialmente por el estoicismo y retomada por varios autores como Friedrich Nietzsche o Mircea Eliade. El eterno retorno plantea la existencia de un tiempo circular que se repite una y otra vez. En el mundo egipcio, esto se vinculó con el modo en cómo “leían” el propio paisaje a lo largo del Nilo de norte a sur y también de este a oeste. A su vez, esta última dualidad estaba vinculada a la noción del ciclo solar y, por tanto, con la muerte y el renacimiento.

De este modo, el ciclo solar también implicaba un nexo con la idea de devenir y muerte. Por otra parte, esta noción de devenir y resurgir se representó por medio de determinadas figuras divinas, como Ra, el dios solar, y Osiris, la divinidad que muere y renace y que se asoció a los faraones. Este tiempo cíclico se conectó con el concepto de neheh (el mundo de los vivos) y con otro término que se denominaba djet (el Más Allá), los cuales no pueden traducirse exactamente a concepciones actuales ni de tiempo ni de espacio. El otro término, que podría entenderse como un tiempo lineal, era el de duat, que literalmente se conectó también con una espacialidad específica, el inframundo. No obstante, para los egipcios, morir no significaba una aniquilación física definitiva y, si se quiere, inmaterial en el sentido moderno, sino que la idea de morir de manera completa era no ser recordado, es decir, quedar en el eterno olvido.

Rodrigo Cabrera advierte que ya en las lenguas de las culturas de la antigüedad, la noción del tiempo estaba presente en las estructuras gramaticales que utilizaban. Tanto en acadio como en sumerio, se daba una división entre las formas del tiempo pasado y las del presente y futuro. En Egipto, el valor que se otorgaba al pasado se evidencia en el sostenimiento de un orden inmutable, que era resultado de la creación de los dioses y que debía ser garantizado. “Las instituciones políticas y, en particular, la realeza fueron los instrumentos que debían asegurar ese orden inquebrantable desde el pasado hasta la eternidad”, explica.

Así, los muertos eran para los egipcios parte de su familia extendida. Según Cabrera, “una cuestión importante, en el universo de ideas egipcio, era la importancia otorgada a un corpus de textos vinculado al tránsito póstumo, denominado de forma moderna como Libro de los Muertos. El nombre corresponde a un corpus de textos empleados durante el Reino Nuevo, cuyo nombre original era Libro para Salir al Día, y que se colocaban junto al difunto, a modo de conjuros, en su derrotero hacia el Más Allá a fin de conseguir un veredicto favorable en el tribunal del inframundo. Asimismo, el nombre original del texto se debe a que se esperaba que los muertos, emulando el ciclo solar, resurgieran durante el día y luego regresaran a descansar en la tumba por la noche”.

Los Girasoles (1888), de Vincent Van Gogh.

LAS VANIDADES Y LA FINITUD EN EL ARTE
Por Elena Oliveras
Vanitas (vanidad) y memento mori (recuerda que morirás) son expresiones que designan géneros artísticos. Y, si bien están conectados, tienen diferencias. En un caso se muestran imágenes que refieren a la vacuidad de la vida mundana, mientras que en el otro se recuerda el hecho más general e inexorable de la muerte para todo ser vivo. Para contrastar los placeres de la vida mundana con la muerte, también las vanitas incorporan el memento mori. La iconografía de las vanitas está conformada por personajes y objetos que hablan del poder, de la riqueza, del orgullo, de la soberbia, de la fatuidad.
Si la vanitas retrata la banalidad, el memento mori representa la desaparición del ser humano que es definido por Heidegger como ser-para-la-muerte. Pero debemos observar que la muerte, no obstante su onmipresencia, no tiene una imagen propia. Existe imagen del cuerpo muerto o de sus restos (un cráneo, por ejemplo), pero no de “la muerte”.  Por eso, los artistas recurren al símbolo (una imagen que remite a algo que no tiene imagen). La vela que se va consumiendo es símbolo de muerte. Decimos entonces que la muerte es como una vela que se va gastando y así la representa George La Tour en La Madgalena penitente (1644). El rostro melancólico de Magdalena observa impasible cómo la vela se consume. Los Girasoles (1888) de Van Gogh también son símbolos de la muerte. Las flores, cortadas de la planta y dentro de un jarrón, anuncian su decadencia y desaparición. Algunas flores han perdido sus pétalos y hay tallos que se curvan y luchan para mantenerse erguidos, sugiriendo la lucha entre la vida y la muerte.

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