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De la competencia a la cooperación: lecciones de la naturaleza para un nuevo mundo

Con sus ejemplos de abundancia, el entorno nos muestra que cooperar es mucho más valioso que competir, en un camino para cultivar una actitud de gratitud y reciprocidad para las personas y el planeta.

POR Noel Álvarez

Desde una perspectiva habitual —las ciudades que habitamos, los roles que ocupamos en nuestros trabajos, la forma en que nos vinculamos—, es bastante usual encontrarnos insertos en paradigmas de escasez. Pareciera que los problemas del mundo, hasta de nuestras propias vidas, sólo pueden resolverse mediante soluciones asociadas al mercado: más consumo, más producción, más extracción. Un camino que puede resultar insatisfactorio y pone sobre la mesa una serie de problemáticas que, como humanidad, parecemos no lograr remediar. 

La botánica y escritora norteamericana Robin Wall Kimmerer presenta en su libro The Serviceberry. Abundance and Reciprocity in the Natural World, algunas lecciones que nos ofrece la naturaleza, a partir de fenómenos basados en la colaboración y la abundancia. Su punto de partida es modesto, casi imperceptible. La contemplación de un arbusto, el amelanchier (serviceberry), nativo de Norteamérica, y sus bayas, que cada verano son “regaladas” a los animales silvestres, las aves y las personas, abundantemente. El mismo nombre de esta especie en inglés alude a la noción de servicio, en un sentido de entrega. “Este arbusto nos muestra un modelo basado en la reciprocidad, en el cual la riqueza proviene de la calidad de las relaciones, no de la ilusión de autosuficiencia”, explica la autora.

A lo largo de su carrera como botánica, Robin Wall Kimmerer ha intentado integrar diferentes aspectos que en ocasiones, son pensados de forma separada: el interés científico con la búsqueda de belleza, el conocimiento occidental con la sabiduría de los pueblos originarios. Ella misma proviene de una familia Potawatomi (un pueblo originario norteamericano), pero creció alejada de esas raíces culturales, sobre las que tuvo que indagar en su vida adulta. Esta exploración la ha llevado a pensar en la naturaleza no como un recurso, sino como un regalo y, de allí, a una nueva definición de economía, ya no basada en la extracción, sino en la reciprocidad. 

Economía del regalo

¿Qué es exactamente eso de “economía del regalo”? Wall Kimmerer propone dejar de pensar en el mundo como algo que poseemos, para concebir a la naturaleza como un regalo sobre el que tenemos una responsabilidad moral. El calor del sol una mañana de invierno. La lluvia que riega los suelos. El canto de los pájaros. El alimento que una madre brinda a su bebé. Son todos ejemplos de regalos de la naturaleza: no se espera, a cambio de estos “servicios”, una retribución económica. Pero sí podemos, como plantea Wall Kimmerer, cultivar una actitud de gratitud y de reciprocidad. “Si pensamos a la naturaleza como un regalo, somos más tiernos, nos llenamos de gratitud, y queremos dar un regalo de regreso. Esta actitud cultiva mutua responsabilidad”. 

Pero….  ¿Qué podemos devolver a la naturaleza que nos regala tanta abundancia? Para esta autora, todos podemos desarrollar esta actitud de reciprocidad hacia la naturaleza, y hay formas directas e indirectas de hacerlo, sin cambiar radicalmente nuestras vidas. No se trata de dejar de consumir bienes y servicios en el mercado tal como lo conocemos, ya que el consumo es parte esencial de nuestra vida, necesitamos consumir para subsistir. Pero podemos devolver ese regalo cuidando los entornos naturales, nutriendo los espacios comunes, protegiendo, e incluso “actuando políticamente apoyando los proyectos de protección ambiental”. 

La reconocida botánica Robin Wall Kimmerer une conocimientos científicos con sabiduría ancestral. Foto: growbilliontrees.com

De lo lineal a lo circular

Lo que Wall Kimmerer propone no es inédito, y cada vez aparecen nuevas investigaciones que desde diferentes ramas del conocimiento, conducen a rediseñar nuestro sistema desde una economía lineal a una circular. Como expuso en 1997 Janine Benyus en su libro Biomímesis: Innovación inspirada en la naturaleza, podemos imitar los diseños de la naturaleza para crear soluciones sostenibles. Por ejemplo, ante la crisis climática, se están desarrollando soluciones en arquitectura que imitan mecanismos de regulación de la temperatura de los seres vivos, para aplicarlo al rediseño de los edificios. Otro aporte clave ha sido el de la economista Kate Raworth, quien en 2012 publicó: Donut Economics: Seven Ways to Think Like a 21st-Century Economist. Lo que Raworth y otros han planteado son alternativas productivas para transicionar de una economía lineal —extractiva y que genera residuos— a una circular, en la que todo lo que se toma de la naturaleza, es regenerado, y nada se desperdicia, todo se reutiliza. 

Como explica Wall Kimmerer al observar los arbustos de amelanchier: el arbusto regala sabrosas bayas a las aves; a cambio, estas especies transportan sus semillas, asegurando su reproducción. A su vez, los frutos que no son consumidos y caen a la tierra, no son desechos, porque nutren el suelo. La lección es clara: generar circuitos productivos y de consumo virtuosos, en los que no solo extraemos, sino que también devolvemos algo a cambio, regeneramos y reducimos al máximo cualquier daño.   

Tandil: un caso de cooperación basada en la abundancia

La ciudad argentina de Tandil ha sido reconocida como ejemplo de cómo la cooperación, en lugar de la competencia, representa un modelo beneficioso. Gracias a la colaboración entre sector público, privado y académico, esta ciudad de 140.000 habitantes ha impulsado un polo de economía del conocimiento con más de 60 empresas. Se trata de iniciativas privadas que se dedican a actividades vinculadas a la tecnología y la innovación para generar valor y ofrecer productos y servicios, como desarrollo de software, biotecnología, nanotecnología e inteligencia artificial. 

En los últimos 20 años, Tandil creció un 36% en su población, y multiplicó por cuatro la matrícula en carreras universitarias vinculadas a la ciencia y tecnología en la UNICEN (Universidad Nacional del Centro). Este crecimiento no hubiera sido posible sin un impulso cooperativo. “Las empresas, las universidades y el municipio íbamos por caminos separados. La pregunta entonces fue, ¿cómo podemos trabajar juntos?”, planteó Mauricio Salvatierra, gerente de desarrollo de talento en Globant, una de las empresas instaladas en Tandil, en un panel moderado por la periodista Silvia Naishtat en el último encuentro de ACDE (Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas).

Salvatierra explicó que Globant no hubiera podido prosperar en esta ciudad si no hubiera sido por la colaboración de la Universidad, que aporta recursos humanos calificados a la industria. A su vez, Diego Dalponte (UNICEN), explicó que la clave de esa sinergia fue un mindset colaborativo: en lugar de competir, por ejemplo, por las personas calificadas, se buscó integrar estrategias para el beneficio de todos los actores involucrados. 

De este cluster colaborativo ya han surgido importantes innovaciones. Por ejemplo, un equipo científico del CONICET, la UNICEN y la empresa Bio Nirs desarrolló el prototipo de un mamógrafo óptico que no usa rayos X, y por lo tanto, no expone a las mujeres a radiación. Otro equipo trabaja en un sistema de inteligencia artificial para la detección temprana de ceguera por motivo de diabetes, que ya se puso a prueba en 600 pacientes en el hospital público de Tandil. Por estos avances, este año Tandil fue distinguida como Ciudad del Conocimiento por la Red de Innovación Local (RIL). 

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