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Reflexiones

28 diciembre, 2021

De finales y nuevos comienzos

Frente a la llegada de cada ciclo que se renueva, nos asomamos a través de un umbral en el que lo vivido finalmente queda atrás y lo que está por venir nos desafía a estar más conscientes, más despiertos...


Por Daniela Roldán

Me gusta imaginar, y en lo posible vivir, esta época del año como un umbral donde el dios romano Jano acude desde el fondo de la historia (y tal vez desde algún lugar recóndito de nosotros mismos), a presidir con su cara bicéfala esta transición entre un año que se va y otro que comienza.

Jano, Janus en latín, era en la mitología romana el dios de los finales y los nuevos comienzos. Poseía la capacidad de ver el pasado, el presente y el futuro y es por eso que se lo representaba con dos caras que miraban en sentidos opuestos, una mirando hacia lo vivido y la otra hacia lo que está por venir. Dios de puertas y portales, presidía las entradas, las salidas y su recorrido, simbolizando así su acompañamiento en todas las formas de transición: de lo viejo a lo nuevo, de lo conocido a lo desconocido, de la guerra a la paz

La importancia que le daban a Jano nos da cuenta de la gran comprensión psicológica de los cambios, los finales y de los nuevos comienzos que poseían en la antigüedad. Y de la necesidad de acompañamiento en estos procesos. Toda la riquísima simbología que acompaña a esta figura da cuenta de ello. En el año 46 AC., Julio Cesar dedica en su honor el primer mes del nuevo calendario, Ianuarius, derivado de Janus, de quien deriva a su vez ianua que significa puerta. Jano presidia la puerta de entrada al nuevo año.

Bienvenir los cambios

“Año nuevo, vida nueva” dice el dicho popular, resumiendo en cuatro palabras esta necesidad que, en diferentes momentos y etapas de nuestra vida, nos lleva a buscar nuevos comienzos. Y pareciera que muchas de estas necesidades se hacen más patentes, más imperiosas, más urgentes en esta época del año. Como si el final del año nos quisiera “empujar” a buscar en ese sentido.

«Tiempo de balances personales, de invitación a cerrar ciclos, se impone una especie de revisión de los hechos ocurridos durante el año. Pero para que esta revisión no sea una mera lista cuantitativa, una sumatoria de hechos buenos o malos, de éxitos y fracasos, de logros y pendientes, sino que nos permita resignificar lo vivido, deberemos contar con una mirada, con una conciencia más amplia».

Es que vivir es estar sumergidos en una corriente de cambio permanente. Cambios físicos, biológicos, cambios de ciclos vitales: niñez, adolescencia, juventud, adultez; cada etapa implica transformarnos. Hay cambios que son buscados, anhelados y son pura alegría y otros que, a pesar de que implican un sacrificio, son necesarios para nuestro crecimiento. Cambios que nunca hubiéramos querido que ocurrieran, esos que entran en nuestra casa sin previo aviso y la ponen “patas para arriba”, que arrasan nuestro pequeño mundo y nos llevan a un lugar desconocido y desolado, dejándonos con el corazón dolorido, con el alma apretada. De pronto, nos encontramos en el territorio del sinsentido, como nos ocurrió con la pandemia, con sus múltiples facetas y sus innumerables consecuencias.

Ya sean que estos cambios provengan de acontecimientos internos o externos, buscados o impuestos por la vida, todos ellos precipitan un cierre de etapas que permiten iniciar nuevos comienzos. Y si bien para esto no hay una única fecha en el calendario, hay algo hacia el final del año que nos mueve a llevarlo a cabo.

Año nuevo, ¿vida nueva?

Tiempo de balances personales, de invitación a cerrar ciclos, se impone una especie de revisión de los hechos ocurridos durante el año. Pero para que esta revisión no sea una mera lista cuantitativa, una sumatoria de hechos buenos o malos, de éxitos y fracasos, de logros y pendientes, sino que nos permita resignificar lo vivido, deberemos contar con una mirada, con una conciencia más amplia. Creo que Jano podría significar esa conciencia más elevada que la conciencia cotidiana, tan afectada por nuestra forma habitual de mirar, un lugar donde podemos dejar, aunque sea un poquito, nuestros prejuicios y proyecciones de lado. Y abrirnos a una captación diferente que nos permita poner en medida lo vivido durante el año.

Esa conciencia más elevada, la más alta que podamos tener, podrá traernos una nueva mirada, un poco más calma, un poco más desapegada de las emociones conflictivas, exigencias y formas habituales de responder. “La mirada de Jano” observa sin juzgar, intentando ver lo que no pudimos en el momento, para ver más profundo. Este trabajo pide de parte nuestra compromiso, la intención de querer comprender. Entonces nuestro balance no serán dos columnas, la del debe y el haber. Tendremos la posibilidad de asomarnos, de atisbar, tal vez, sentido allí donde no lo había, encontrar paz, verdadero consuelo, ese que brota de lo profundo del corazón. 

Por eso, si queremos dar cierre a un ciclo para que comience uno nuevo y no perdernos en el intento, la clave es y será siempre la conciencia. Sin esto es difícil que nuestro barco cargado de deseos y buenos propósitos para el nuevo año llegue a buen puerto. Lo más probable es que naufrague en las aguas de nuestros automatismos y resistencias inconscientes, las de las influencias colectivas –a cuyo influjo todos estamos expuestos– o simplemente encalle en las aguas barrosas de la rutina diaria. En cambio, si frecuentamos el umbral, si intentamos practicar esa mirada más amplia, si nos sostenemos en nuestro propósito, con firmeza y ternura, más tarde o más temprano comenzaremos a ver los frutos. La frase de Soren Kierkegaard “la vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante”, es un hermosa invitación para hacer este trabajo.  

Una vez más, estamos transitando un umbral entre un año que se va y otro que llega. Depende de nosotros ser conscientes para habitarlo despiertos y abiertos a lo que llega. Jano, nuestra conciencia mas alta, nos acompaña.

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