11 de mayo de 2026
Ya es de noche en Barcelona. En la penumbra, el psicólogo, docente y conferencista David Corbera (35) se conecta a la videollamada de Sophia iluminado por la pantalla de la computadora. Sus ojos cansados dan cuenta de que ha sido un día largo: atendió pacientes, grabó contenido para sus redes sociales (donde cultiva cientos de miles de seguidores) y acaba de dar una clase en el Enric Corbera Institute, el centro de formación creado por su padre —el reconocido Enric Corbera— donde ambos trabajan desde la bioneuroemoción y del cual es director académico.
Acompañar a las personas en su crecimiento humano es, desde hace años, el motor de esas largas jornadas que David tanto agradece. Aunque reconoce que la verdadera razón de todo, el gran motor, es otra: compartir tiempo con su esposa y sus hijos Biel (6) y Max (3). “Hoy no he podido estar tanto con ellos, y esa es la parte difícil. Uno siempre tiene la sensación de hacer algo mal. Por eso hay que aprender a desatender algún aspecto de la vida y estar en paz con eso”, admite.
Testigo desde niño del trabajo de su padre —terapeuta y autor de renombre mundial— sabe que el camino de sostener a otros no es sencillo, aunque sí profundamente transformador. “Mi trabajo me alimenta y me permite aplicar aquello que digo o enseño. Cuando se produce esa chispa, que es ver cómo alguien se abre a ver las cosas de una manera distinta en ese intercambio humano que es el encuentro de un paciente con su terapeuta, se produce la alquimia, es la hostia”.
Sobre por qué actualmente tantas personas eligen vivir en piloto automático, sostiene que nunca es fácil soltar las máscaras del ego, formularse preguntas incómodas, revisar creencias y mandatos o reabrir las heridas del pasado para permitirse cambiar. “La angustia existencial no es nueva, ha acompañado desde siempre al ser humano. Y el denominador común de las crisis tiene que ver con la dificultad de reconocer lo que uno siente”, describe y explica que, algunas veces, el síntoma físico expresado a través del cuerpo puede convertirse en un aliado para el despertar de la consciencia.
—¿De qué manera se expresa hoy esa angustia existencial?
—Es sentir que la vida no termina de tener un sentido, O una utilidad con la que proveer algo al mundo que sea necesario y ayude a la gente. Creo que hay un punto donde uno siempre termina instalándose, que es una especie de inercia vital que cada vez nos aleja más de nosotros mismos. Sumado al acelere de las nuevas tecnologías, ese sigue siendo el núcleo de muchos cuadros de angustia y ansiedad: la desconexión cada vez más acentuada entre lo que pensamos y lo que verdaderamente sentimos.
—Algo así como una batalla…
—Sí, una batalla entre lo que debemos ser, cómo debemos comportarnos y todo lo que obedece a las expectativas y exigencias sociales, y lo que realmente emana de nuestro interior, incluso nuestro lado más instintivo. Lo que normalmente sucede es que silenciamos esa voz propia y, cuando intenta recuperar su espacio, nos resistimos a su regreso.
—La sensación, sin embargo, es que estamos empezando a ver un despertar. ¿Lo sentís así?
—Sí creo que hay una especie de despertar o de interés por una dimensión intangible, que va un poco de la mano de la necesidad de ya no estar tan fijados en los estímulos externos que, a la velocidad a la que va el mundo, nos sirven para disimular el vacío interior. El regreso de la espiritualidad viene un poco a frenar esa inercia y a demostrarnos que precisamos recuperar una conexión que sentimos que hemos perdido.
—¿Cómo se traduce esa conexión?
—Alguno lo traducirá en un interés por Dios. Otro sencillamente buscará libros de autoconocimiento o se hará preguntas. En todos los casos, es un movimiento hacia adentro, y eso es positivo, porque cuando uno deja de mirar afuera y empieza a reflexionar sobre el tipo de vida que lleva, las decisiones que toma o hacia dónde conduce sus acciones, aparecen muchas respuestas.
—¿Cuándo aparece la necesidad de cambiar?
—Soren Kierkegaard decía que “la angustia es el vértigo de la libertad”. Cuando te das cuenta de que estás eligiendo un poco el tipo de vida que llevas y no haces nada al respecto, aparece la angustia de la responsabilidad. Muchos se dan cuenta de que su vida sentimental, familiar o laboral no está como debe, pero luego hay que elegir hacer o no algún movimiento con esa información. Si uno quiere realmente cambiar, tiene que quitarse la máscara que todos nos ponemos para ser amados. Abandonar el personaje que interpretamos puede dar vértigo, puede hacernos perder espacios y vínculos, pero, como decía Nietzche, ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.

—En uno de tus contenidos dijiste que “es urgente rescatar lo femenino”. ¿Qué te interesa reflejar con esa afirmación?
—Haciendo una clasificación arquetípica, lo masculino es tangible y visible, y lo femenino intangible e invisible, como la espiritualidad. Estamos en un mundo constituido por la productividad, los resultados, la competencia y por enaltecer el ego. En contrapartida, se deja de lado una visión de lo colectivo, el interés genuino, la generosidad, el cobijo y el estar a disposición del otro. Y cuando se pierden esos atributos psicológicos de lo femenino, lo humano es lo primero que se dilapida.
—¿Cómo se traduce eso en los vínculos?
—Recuperar lo femenino, no importa si uno es hombre o mujer, es abrirse a las relaciones a largo plazo, al compromiso, a la unión familiar, porque son ritmos diferentes a los estamentos socioeconómicos y productivos bajo los que impera el arquetipo masculino, que se traduce en exigencias. Las familias pasan cada vez menos tiempo de calidad y las relaciones son cada vez menos comprometidas. Al perder lo femenino, hay menos interés por profundizar en la verdad del otro, porque lo que se busca es imponer la propia verdad.
—¿Por eso hay tantas dificultades para estar en pareja?
—La pareja es el regreso a la infancia, el escenario donde se reabren las heridas. Pero también puede ser el territorio de la alquimia donde, a partir del vínculo, puede producirse algo transformador. Amar implica discutir, enfadarse, tener miedo; una complejidad emocional muy bestia. Pero a la vez es el espacio adecuado para que afloren las cosas que tienen que resolverse en mí, para que haga autocrítica.
—¿A qué nos desafía el ejercicio de amar?
—A no huir sino a quedarte, a buscar y preguntar. Ahondar en el amor implica valentía, coraje y fortaleza. Y ese proceso no lo puede hacer una persona débil, sino alguien que con empeño y afirmación tome la decisión de construir algo significativo para sí mismo y para el otro. Es difícil y esa es la razón por la que se lo rechaza: porque una pareja no es “yo” ni es “ya”. Pasa lo mismo con los hijos: educar es complejo. O sea, tú terminas un día de trabajo y puedes llegar a sentir la productividad en ciertos resultados, hay una devolución de tu esfuerzo. Pero con los hijos no: lo que estás entregando recién se verá, con suerte, al cabo de muchos años. Quizá cuando sean mayores sabrás si hiciste un buen trabajo. Hasta entonces no lo sabes, solo entregas…
—Ya que traés el tema de los hijos ¿qué hacer con los adolescentes, que están en una situación tan difícil?
—El hijo que sale al mundo con una necesidad absoluta de validación por parte de su entorno social va con hambre, porque no tiene la mochila afectiva llena. No ser aceptado socialmente se puede llevar fatal si uno no siente que será aceptado cuando vuelva a casa. Por eso, para mí, lo más importante es volver a cuidar lo básico: la familia. Porque sin ella el individuo está solo, aislado, tiene miedo y es mucho más manipulable. Si los vínculos base están bien, la forma en que tú respondes a los problemas será diferente.
—¿Cuál es la diferencia entre quienes se pierden en las crisis y quienes salen transformados de ellas?
—Para cambiar es muy importante renunciar a las verdades que uno tiene en su cabeza, a los discursos que suele repetirse acerca de cómo son las cosas. Carl Jung decía que si llevas estancado demasiado tiempo en una mala situación, pues cuidado con que la historia que te cuentas no te seduzca. Cambiar pone en jaque tus creencias, tu forma de ver el mundo. El ego te dice que sigas protegiéndote, pero tu alma te pide: “Oye, prueba algo distinto”. Y puede ser que te encuentres con una realidad diferente, o no. Pero tú ya te transformaste.
—¿Te imaginabas este recorrido para tu vida? Y por otro lado ¿cómo hacés para lidiar con tanto sufrimiento?
—En verdad, yo quería dedicarme al deporte. Pero ver desde niño a mi padre sobre los escenario me llenaba el corazón, así que elegí este camino. Me considero un afortunado, porque en este mundo lleno de máscaras que alguien elija quitársela para hablar honestamente conmigo es un tesoro. Es cierto que, de vez en cuando, necesito refugiarme. Alfred Adler hablaba de la biblioterapia, la terapia a través de la lectura. Pues ese es mi refugio: leer para entenderme y sanar mis “cositas”.
—Si pudieras crear un bálsamo para aliviar los dolores humanos, ¿qué tendría?
—Te puedo decir lo que no tendría: prisa. Vivimos reaccionando compulsivamente en vez de ejercer el acto sereno, reflexivo, con consciencia, algo que es, justamente, del universo de lo femenino. Luego, lo que sí tendría es la capacidad de pedir perdón y de renunciar al orgullo de la propia verdad. Otro ingrediente fundamental sería elegir salir del automático, porque no hacerlo es lo que nos hace sufrir. Por eso es tan conmovedor que alguien se anime a hacerse preguntas: porque, como dijo Sócrates, «una vida sin examen no merece ser vivida».
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«Pues ese es mi refugio: leer para entenderme y sanar mis “cositas”. comparto tus palabras gracias.
La frase, mal atribuida a F. Nietzsche: ‘ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo’ es en realidad de Rudyard Kipling’:
‘To be your own man is a hard business. If you try it, you’ll be lonely often, and sometimes frightened. But no price is too high to pay for the privilege of owning yourself’.
¡Buena nota! Gracias.
Hoy creo inclusive que estas exigencias también se trasladaron a las mujeres…. Y cuando hablamos de “lo femenino” es importante entender que es territorio del ser humano, no encasillarlo en un género como se pensaba antes!
Me encantó esto de HACERSE PREGUNTAS… si no, no hay posibilidades de cambio y crecimiento❣️
Gracias!!!!