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Reflexiones

29 septiembre, 2022

Damas de ayer y de hoy

A través de una historia donde las mujeres son protagonistas, Sergio Sinay nos propone ahondar en la necesidad de hacer a un lado las contiendas para crear espacios más fecundos.


Por Sergio Sinay

Según cómo se la aborde, la historia puede ofrecer muy interesantes puntos de vista sobre el presente. Y si, además, se le quita la solemnidad y el almidón con el que a menudo se reviste a los próceres impidiendo reconocer sus aspectos humanos, es posible acceder a una perspectiva más cercana, cálida y comprensible de sus actos. Una obra de teatro actualmente en cartelera permite comprobar estas posibilidades. Se trata de Damas bravas, escrita y dirigida por Alfredo Allende, que además de dramaturgo es guionista y actor. La pieza transcurre durante el día y la noche del 24 de diciembre de 1817, en Mendoza. Cuatro mujeres se reúnen en una casa para confeccionar la bandera que el ejército del general José de San Martín llevará en su inminente cruce de la cordillera de Los Andes para liberar a Chile y Perú. Una de esas mujeres es una monja española, otra es la viuda de un militar chileno, otra es la esposa de un oficial argentino y la cuarta una mapuche que sirve en la casa de la argentina. A ellas se sumará en un determinado momento nada más y nada menos que Remedios de Escalada, la jovencísima esposa de San Martín, quien llega con su beba Merceditas.

Durante la hora y cuarto que dura la obra no habrá un solo hombre en el escenario. Y en esos días tampoco los hay en la vida cotidiana de las damas mendocinas. Todo varón en edad de combatir ha sido convocado al ejército libertador y está absorbido por las faenas previas a la partida. La elaboración de la mítica bandera será la excusa para que, a lo largo de las horas de su convivencia, esas mujeres expresen sus deseos, esperanzas, ilusiones, temores, sospechas, pensamientos, habilidades, intuiciones, envidias, afectos y aspiraciones. A través de los diálogos y los actos de ellas, los hombres, aun los más ilustres, estarán presentes, pero no tal como nos los suelen presentar los libros de historia (valientes, leales, inmaculados e intachables), sino como tanto varón respetable de la actualidad es en su intimidad, y tal como las mujeres de sus vidas, sean novias, esposas, hijas o amantes, llegan a conocerlos, a adivinarlos, a amarlos y, sí, también a padecerlos. Y, en este caso en particular, ni el propio San Martín escapa a esta perspectiva.

Ecos lejanos y cercanos

Los diálogos entre estas mujeres, interpretadas con versatilidad y gracia por las actrices Mirna Cabrera, Julia Nardozza, Flor Orce, Florencia Patiño y Florencia Pineda, son ingeniosos, ricos en información, abundantes en réplicas filosas, y transparentan sus almas, sus deseos y la poderosa energía encerrada en esa mixtura de perfiles femeninos. No sabemos si aquella reunión existió y si transcurrió de la manera en que se nos la muestra, pero mientras la acción avanza eso pasa a segundo plano. Estamos atentos a cada paso de la trama, nos divertimos con lo que vemos y escuchamos, y, sin embargo los ecos de esas acciones se extienden y resuenan en situaciones de hoy. 

Esas entrañables damas son bravas de verdad, y en el mejor sentido de la palabra. No se contentan con el simple y casi anónimo papel de cosedoras de la bandera. Aspiran a más. A la libertad, como la sirvienta, al amor que los hombres de sus vidas les retacean por motivos diferentes, y que es en todos los tiempos una necesidad del alma, y también al protagonismo en aquel momento decisivo para el porvenir de la nación recién nacida y del continente. Quieren formar parte de las tropas que cruzarán la cordillera, no les basta ser observadoras pasivas, desean mucho más que preservar la retaguardia de los hombres, que ser las simples amas de llaves del hogar de los guerreros. No hacen discursos acerca de esto, no hay en sus bocas parlamentos ideológicos, lo dicen con el calor de sus palabras de cada día y con la naturalidad de sus acciones. 

Pero ocurre que, en ese ejército, que pasará a la historia por sus logros, solo hay lugar para una mujer. Así como se requirió la presencia, a gusto o disgusto, de todos los hombres, hasta vaciar a la ciudad de cualquier presencia masculina, se admite la presencia de una sola mujer. Las demás deberán quedarse en Mendoza a cargo de los hogares, de los hijos, de los alimentos y las reservas, y acaso, quién lo sabe, a la espera de una súbita viudez. El protagonismo será de los hombres, ellos pasarán a la historia. Desde nuestras butacas, mientras asistimos a una acción que transcurre 225 años atrás podemos ver, más allá de las risas y sonrisas producidas por lo que ocurre allí, que han cambiado las modas, quizás el lenguaje y muchas cuestiones exteriores, pero que algo se mantiene por encima de los discursos, las proclamas, la corrección política o los estudios académicos. Los espacios públicos (política, economía, negocios, ciencia, tecnología, etcétera) siguen siendo dominio masculino, y la que campea en ellos es una masculinidad rígida, tóxica. 

Cupos tóxicos

Según nos cuenta la obra de Alfredo Allende, en aquel ejército había plaza para una sola mujer. Una. Ese número tiene hoy un poder simbólico. En las actuales corporaciones empresariales, políticas, económicas, culturales, científicas, e incluso en las deportivas, sobran los espacios protagónicos para varones y son muy pocos los reservados a mujeres. Para acceder a ellos hay que demostrar cualidades “masculinas”: tenacidad, capacidad competitiva despojada de sentimentalismo, espíritu guerrero, fuerza, asertividad inflexible.

Dicho así suena duro, y como los tiempos han cambiado y en estos días no paga exhibir desvergonzadamente los aspectos tóxicos de la masculinidad, se recubren esos requisitos con un discurso más “moderno” y “flexible” (inclusión, diversidad, igualdad, etcétera) pero siguen vigentes para acceder a los “ejércitos” de hoy. Aspirar a esos cupos reducidos exige, como Damas bravas muestra con lúcida ironía, poner en riesgo afectos y solidaridades con otras mujeres, cerrar los corazones, actuar “a lo macho”.

Hay mucho que recorrer todavía para que damas bravas y varones portadores de una virilidad empática, nutricia y amorosa, podamos encontrarnos no para consolidar ejércitos (no olvidar que ejércitos y corporaciones tienen organigramas similares) y desatar guerras, sino para crear fecundos espacios de cooperación en lugar de campos de confrontación. Ahí, si habrá lugar, sin cupos, para todas las mujeres y los hombres que lo deseen. Estas adorables Damas bravas de 1817 invitan a eso desde el fondo de la historia. 

ETIQUETAS arte cultura mujeres reflexiones

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