Sophia - Despliega el Alma

Psicología

11 noviembre, 2009

Cuerpos en corte y confección


Vivimos en una cultura en donde la preocupación por cómo nos vemos se ha convertido en un aspecto crucial de la experiencia femenina. La psicoterapeuta británica Susie Orbach alerta que en este mundo se celebra un único tipo de belleza, creado artificialmente por imágenes digitalizadas, y dice que el “armado” de cuerpos se ha convertido en una ley social de la que ninguna mujer puede escapar. Por Gabriela Picasso. Fotos: Getty Images.

 

No nos gusta la imagen que nos devuelve el espejo. Siempre hay algo que sobra, algo que falta, algo que no es como debería ser. Estamos obsesionadas con nuestro cuerpo. O, mejor dicho, con “ese otro cuerpo”, el que nos impone un mundo que ha hecho un culto a la perfección. Vivimos pendientes de la balanza, de las arrugas, de las canas.

Coleccionamos dietas milagrosas, estamos atentas a las últimas pociones rejuvenecedoras o nos recortamos con un bisturí. Desde Londres, durante una charla con Sophia, la psicoterapeuta Susie Orbach nos explica por qué día a día sucumbimos a esta tiranía que nos lleva a querer convertirnos esa mujer idealizada, a imagen y semajanza. En Inglaterra, la doctora Orbach es una reconocida psicoterapeuta que lucha contra la búsqueda enfermiza por la uniformidad del cuerpo femenino. En su último libro, Bodies (Cuerpos), llama la atención sobre los peligros de buscar una imagen irreal.

Fundadora del Centro de Terapia de la Mujer y profesora de la Universidad de Estudios Económicos de Londres, sus postulados sobre la imagen corporal y nuestra patológica relación con la comida se vieron plasmados en su best seller Fat is a feminist issue (La gordura es una cuestión feminista), donde nos advertía sobre el atentado visual y psicológico que sufrimos las mujeres frente el modelo de belleza que cultivan los avisos publicitarios, el cine, la televisión y la moda: “El cuerpo femenino dejó de ser una fuente de alegría y paz. Ahora no es más que una carga y un dolor para la mayoría de quienes no alcanzan los cánones estéticos impuestos desde afuera”.

–¿Por qué no estamos felices con nuestro cuerpo?

–Somos infelices porque nos han estimulado a ver a nuestro cuerpo como un lugar para ser trabajado, perfeccionado, puesto a punto según una imagen idealizada, en vez de ser un lugar para habitar, desde el cual vivir. Cada parte del cuerpo, desde las pestañas hasta los pies, son una ofrenda para un tratamiento. Aunque muchas veces estos “tratamientos de belleza” nos pueden resultar agradables o reconfortantes, también crean una sensación de que algo no está bien, de que algo debe ser corregido o perfeccionado.

–En su libro Bodies dice que la obsesión por la perfección corporal se ha vuelto una epidemia mundial…

–La globalización nos hizo entrar en un frenesí por tener un cuerpo determinado. El problema es que, desde el siglo veinte, dejamos de tratar a nuestro cuerpo como un lugar para habitar, y tanto hombres como mujeres lo convertimos en un lugar que debe ser trabajado, reformado. Gastamos tiempo y esfuerzo en llevarlo al gimnasio, hacerlo transpirar, amarrarlo con bypasses gástricos, ir al quirófano. Como si fuera una vieja cocina que necesita remodelación.

–¿Es esto una tendencia mundial irrefrenable?

–El estereotipo de la figura occidental del odio por el propio cuerpo se ha extendido como una plaga por todo el planeta. En mi último libro, he registrado no sólo estudios sobre los hábitos alimenticios en todo el mundo, sino sobre las fatídicas consecuencias de este publicitado modelo en diferentes culturas y etnias. Sobran los ejemplos: el 12% de las adolescentes en la isla de Fidji sufrieron bulimia tres años después de la llegada de la televisión en 1995; casi la mitad de las mujeres en Corea del Sur hacen consultas de cirugía plástica para operarse los párpados y tener ojos “occidentales”; cientos de jóvenes chinas se someten al tremendo dolor que significa insertarse implantes de hueso en las piernas para aumentar su altura, y en Japón las quinceañeras piden una pasada por el quirófano para aumentar sus pechos como regalo de cumpleaños. Y así en cada rincón del planeta.

–Nadie parece estar conforme con el cuerpo que le tocó…

–No. Todos queremos asemejarnos a esa imagen perfecta que parece que puede tenerlo todo. El “corte y confección” de cuerpos se ha convertido en una ley social de la que ninguna mujer puede escapar.

–¿Cómo fue que llegamos a este punto?

–Vivimos en una cultura en donde la preocupación por cómo se ve nuestro cuerpo se ha convertido en un aspecto crucial de la experiencia femenina. Somos como un bebé desatendido que se piensa culpable por la falta de afecto y crea una imagen artificial de sí mismo para poder recuperar la atención del otro. En estas últimas décadas, hemos entrado a una nueva era: la de las celebridades. Nuestro mundo está plagado de imágenes digitalizadas y corregidas. Se celebra un único tipo de belleza. Así, asumimos que la discrepancia que existe entre lo que nos muestra el espejo y esta figura prefabricada digitalmente es culpa nuestra. Hacer lo que sea por corregirlo no sólo se convierte en una necesidad, sino en algo moralmente virtuoso. Hay mercaderes que lucran con este odio que tenemos por nuestro cuerpo. Ellos fomentan la cultura de la belleza a cualquier costo y nos vuelven sus esclavos. Creo que el capitalismo se enriquece al hacernos sentir mal con el cuerpo que tenemos. Las compañías de productos dietéticos basan su negocio en el altísimo porcentaje de personas que recaen, tarde o temprano, luego de haberse embarcado en una hambruna forzada. La publicidad, las empresas de belleza, de moda y de cirugía nos invitan a creer que podemos ser hermosas.

–¿Cuáles son las consecuencias de esto?

–El capitalismo moderno está catapultando al hombre fuera de un cuerpo que por siglos fue su morada, su instrumento de procreación, y cuyas necesidades vitales eran sólo el alimento y el abrigo. Las diferentes etapas del ciclo de la vida hoy pueden alterarse, retardarse o adelantarse a voluntad, mediante la manipulación de los avances médicos. Nuestro cuerpo se ha vuelto una especie de producto individual. Quizás algunas de nosotras pertenezcamos a la última generación que no haya sufrido algún retoque quirúrgico. Este culto por la belleza extrema y la cultura visual y mercantilista nos enseña que el sexo es sinónimo de cuerpo. Ésta es una enseñanza dañina para niños y adolescentes, que se ven incitados a crear una imagen para ser sexy.

–Los chicos se ven afectados y usted dice que esto es culpa de las madres que vestimos a nuestras hijas como adultas, que miramos la balanza a cada instante…

–La imagen corporal es un problema que se transmite de padres a hijos a través de las “neuronas espejo”. Éstas crean un camino en el cerebro, basado en los comportamientos que mimetizamos y adquirimos de nuestros padres. Una madre que trata a la comida como si fuese un enemigo, seguramente criará hijas que pensarán que hacer dieta es una norma de vida. Si no, miremos lo que dicen los estudios científicos. Una madre excesivamente delgada será más proclive a dar a luz a un bebé con bajo peso. Y ese chico, a su vez, tendrá más posibilidades de sufrir diabetes o ser obeso.

–¿Habrá alguna luz de esperanza que nos permita salir de este espiral destructivo?

–Hoy nuestra misión personal es adiestrar y perfeccionar nuestros cuerpos. Llevará por lo menos tres generaciones lograr cambiar esas estructuras internas que nos llevan a querer ser lo que no somos. Es responsabilidades de todos luchar contra ese mundo de fantasía que supimos crear. Sólo así podremos retomar una relación sana con nuestro cuerpo y convertirnos en personas que parezcan reales, y no por eso, menos maravillosas. Una de las capacidades del ser humano es crear estilos. Estilos diversos, diferentes, distintivos. Por eso, la monoimagen, el único cuerpo aceptado, se vuelve tan perturbador, anacrónico e irreal.

 

Las argentinas y las lolas

  • La Argentina ocupa el quinto lugar en el ranking mundial de cirugías estéticas, después de Estados Unidos, México, Brasil y Canadá. (Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética).
  • Cada día se colocan en nuestro país unos 100 implantes de mama. Hace diez años, sólo se hacían 25 implantes diarios.
  • “El tamaño de los implantes aumentó de 160 cm3 y 180 cm3 a medidas más grandes que 300 cm3”. (Dr. José Juri).
  • “En los años setenta, el tamaño de los implantes era, en promedio, la mitad que en la actualidad”. (Dr. Jorge Patané).
  • Las firmas de ropa interior crearon un modelo de corpiño para el posoperatorio y agregaron a sus stocks más cantidad de talles 100, mientras que el promedio histórico era 85/90.
  • Las mujeres que más se colocan implantes de siliconas tienen entre 25 y 30 años.
  • En la Argentina, las cirugías de mamas van parejas con la lipoaspiración.
  • La consulta por estas cirugías se incrementó entre las mujeres de entre 18 y 21 años.
  • “Entre los 22 y 30 años, en el 2004 las mujeres con implante mamario representaban el 31%, en 2008 el 45%. Entre los 31 y los 40 años el porcentaje se mantuvo igual”. (Clínica Van Thienen).
  • Cada vez más chicas de 15 años piden “las lolas” en lugar de la fiesta.
  • Algunos boliches llegaron a rifar una cirugía de lolas gratis para atraer más clientas. Más tarde, las autoridades se lo prohibieron. Especialistas consultados: doctores Francisco Jorge Famá, José Juri, Oscar Zimman, Jorge Patané, Carlos Van Thienen y Manuel Sarrabayrouse.

 

Dime de dónde eres…

“En Estados Unidos la operación de lolas es muy frecuente y, sobre todo, la de prótesis muy grandes. Los estudios sostienen que esto se debe a que la mujer americana es muy inmadura sexualmente y lo compensa con el tamaño del busto. Las investigaciones dicen que en Estados Unidos los senos tienen muchísimo valor en el plano de las relaciones. En Francia, lo que importan son las piernas; en Italia, las caderas. En la Argentina, hasta hace un tiempo, la importancia estaba puesta en la cola”. Dr. José Juri

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