Sophia - Despliega el Alma

14 julio, 2012

«¿Cuánto de lo que muestra Tinelli hay en nuestra sociedad?”


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Adriana Amado Suárez

La especialista en medios de comunicación nos invita a sincerarnos y a preguntarnos si somos víctimas o cómplices de la televisión actual. Por Marta García Terán. Foto de Sol Levinas.

Si Simone de Beauvoir estuviese viva, ¿qué pensaría de la televisión de este momento? A mediados de 2003, Adriana Amado Suárez estaba terminando de cursar un seminario de Filosofía que la había llevado a conocer en profundidad el pensamiento de la escritora francesa, y esa pregunta, que no dejaba de rondar su cabeza, la impulsó a llevar adelante una investigación. Adriana terminó publicando ese estudio como La mujer del medio, un libro en el que intentaba develar por qué la publicidad y los medios de comunicación mostraban a la “mujer virtuosa” como esa que se movía en un espacio doméstico, en el que su máxima preocupación era tener los platos limpios, el pelo lacio y una eterna sonrisa para atender a su marido y sus hijos.

Ya pasaron casi diez años de esa investigación y desde Sophia quisimos juntarnos a charlar con Adriana para preguntarle si cree que las cosas han cambiado y de qué manera. Lejos de señalar con el dedo acusador a la televisión, ella prefiere hacer un análisis más profundo que le permita entender el vínculo que existe entre los medios y la sociedad. Capacidad para hacerlo no le falta, y experiencia tampoco. Adriana estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires, se doctoró en Ciencias Sociales en Flacso, cursó un máster en Ciencias de la Comunicación y trabajó durante años como docente universitaria hasta llegar a ser directora de carrera en la UCES. Hoy se dedica por completo a la investigación en la Universidad de la Matanza, está terminando un libro académico, es presidenta del Centro para la Información Ciudadana y viaja con regularidad a Quito para dar clases en una maestría en la Universidad Andina. Y para cortar un poco con tanta “cosa seria”, está escribiendo una novela que le permite una suerte de recreo frente a toda esa investigación científica.

Aunque Adriana no para un segundo, se hace un tiempo para hablar con Sophia de un tema que la apasiona, y mientras algunos responsabilizan a los reality shows, a los programas de chimentos o a la troupe de Marcelo Tinelli por los modelos sociales y culturales que hoy imperan, Adriana propone invertir la ecuación y preguntarse: “¿No será que es la sociedad la que tiene estos modelos y, en realidad, lo que los publicistas hacen es vender sus profanas mercancías con un mensaje que saben que la sociedad va a aceptar? ¿Y no será que lo mismo hacen los productores de ciertos programas, que montan sus shows en torno a estas cosas?”.

La pregunta es interesante e invita a un debate complejo; un debate que hay que dar en tiempos de “prosumidores”, en los que la línea divisoria entre productores y consumidores de información y entretenimiento no está tan clara. Las redes sociales, los blogs, los comentarios en los diarios on-line o los mensajes en la radio le dan cada vez más protagonismo a una audiencia que hace rato dejó de ser pasiva.

Hay una idea del sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman que plantea que, en lugar de preguntarnos qué le hacen los medios de comunicación a la sociedad, tenemos que preguntarnos qué sociedad hace posible que esos medios estén ahí. Es decir, qué reflejan de nosotros. Y aprovechando que esa idea es para Adriana como un leitmotiv que la guía en sus investigaciones, empezamos esta charla profundizando ese concepto.

–Adriana, ¿qué es lo que creés que los medios argentinos dicen hoy de nosotros como sociedad?

–Creo que en los últimos años la sociedad argentina se está yendo para otro lugar, se esta latinoamericanizando. Antes había un grupo quizá más culto, que tenía una mirada más europea, y eso va desapareciendo; no del todo, pero sí va dejando lugar a otra cosa. De hecho, las pirámides sociales se van ampliando en las bases y empieza a haber más sectores populares, pero esos sectores tienen menos acceso a bienes culturales de calidad… Entonces, creo que el desafío es que los medios de hoy tengan calidad.

–Calidad y encendido…

–Sí, ese es otro problema: hoy nos encontramos con programas que pueden ser insultantes o reñidos con el buen gusto y los ve mucha gente; y, por otro lado, tenés programas de buen gusto con un contenido cultural que se hace inaccesible para la mayoría de la gente. Tenemos un canal cultural buenísimo que no ve casi nadie, porque lo ve aquel que no necesita ver Encuentro para mejorar su cultura. Al que le vendría bien verlo, no lo hace, porque está muy lejos suyo. Se muestra como la “aspiración máxima” para que la gente “suba”; pero la gente está tan lejos de eso que ni siquiera hay una posibilidad de construir un puente. Eso tiene que ver con la relación que mantienen con la televisión.

–En tu caso, en que además de consumidora sos estudiosa de los medios, ¿cómo es tu relación con la televisión?

–Me gusta mucho ver televisión, soy de alguna manera lo que algunos denominan una “videoniña”; me he criado con la tele, mucha de mi cultura vino de la televisión, y eso no me impidió tener inquietudes para terminar mi doctorando. Miraba Utilísima, los programas de chimentos, las telenovelas… Disfruto mucho de las telenovelas. Así que han pasado los años y no me he enojado con la televisión; la veo, la padezco pero, sobre todo, la disfruto. Entonces, creo que tengo una mirada que va por fuera de la mirada académica y desde esa mirada me hago las preguntas.

–¿Qué preguntas te hiciste hace diez años, cuando escribiste La mujer del medio, y cuáles te hacés ahora?

–Lo que me preguntaba era: ¿Cuánto habla mí esta mujer que está en la telenovela? ¿Cuánto habla de mí la señora que veo lavando la ropa en la publicidad? ¿Qué tiene que ver conmigo la mujer que muestra este champú? ¿Yo compro el champú por la publicidad que me lo vende o lo compro por otra cosa? ¿Qué mujer me están mostrando? ¿Qué mensajes me están dando?

–¿Cuáles eran esos mensajes? ¿Cómo era la mujer virtuosa hace diez años y cómo es ahora?

–Esos mensajes no cambiaron demasiado. El rol de la mujer sigue anclado en el servicio doméstico y sigue habiendo mucho de cosificación y de una gran exigencia con la belleza. Hace años, la mujer virtuosa era la mujer doméstica y sigue siéndolo hoy; es  la que tiene su cocina impecable y limpia feliz unos platos llenos de grasa, toda maquillada, espléndida, y siempre sonriente… Llegan los chicos todos sucios y ella sonríe. O sea, el drama existencial de esa mujer es tener la ropa limpia, los platos brillantes y la sonrisa a flor de piel. En cambio, al hombre se le permiten ciertas licencias poéticas, como tomarse unas cervezas, salir de fiesta… La mujer que aparece en las publicidades más festivas ya no es una mujer modélica, es una mujer… digamos… ligera (risas), medio atorrantona para decirlo rápidamente.

–Se trabaja mucho con ciertos estereotipos. La pregunta es quién los avala.

–Sí, es cierto. Creo que en lugar de enojarnos con los medios y decir: “Nos manipulan y nos hacen comprar esto y aquello”, lo interesante sería preguntarnos: “¿Cuánto de eso lo tenemos tan interiorizado que hasta no es políticamente correcto confesarlo?”.

–¿Por ejemplo?

–Por ejemplo, todos dicen: “Sí, claro, yo creo en la igualdad entre hombres y mujeres. Ellas tienen derecho al mismo salario por el mismo trabajo”. Y repiten ese tipo de frases que se refieren a ciertas conquistas que parecen indiscutibles. Pero hay algo que no es tan así, algo no confesado ni confesable, que es la televisión de las once de la noche, la televisión que ven los mismos que dicen estas frases, en la que vemos que los modelos femeninos que se muestran y que se consumen son otros.

–Ahí estás marcando la contradicción del que consume ese mensaje. ¿Y qué hay del que lo genera, lo produce?

–No creo que sea (Marcelo) Tinelli el que cosifica a la mujer; lo que creo es que es la sociedad la que de alguna manera la cosifica, y Tinelli hace su show alrededor de esa cuestión. Entonces, en la sociedad cosificamos a la mujer, pero como no podemos confesarlo en la oficina, vamos a nuestra casa y en la intimidad nos quedamos viendo el show de la manera en que lo vemos.

–¿Crees que esto pasa más en la Argentina que en otras partes del mundo?

–Creo que pasa más acá; porque si comparás los concursos de baile o los realities de nuestro país con los de otros países del mundo, vas a ver que los de acá tienen una cuota de exceso de sexo o de picardía que escandalizaría a la gente en otros países y acá no. Entonces, lo que creo es que en lugar de culpar y señalar a Tinelli, lo que deberíamos hacer es preguntarnos cuánto de todo lo que él muestra está presente en nuestra sociedad, de manera que él pueda hacer su show sin que nadie diga nada… Y que además tenga mucho rating, que lo vea mucha gente. Lo mismo pasa con muchas publicidades.

–Entonces, de alguna manera, tenemos que asumir que a veces somos espectadores complacientes de estos shows, o cómplices de una publicidad que nos ubica en lugares que no nos convencen.

–Somos en la televisión las destinatarias principales del consumo, porque el hecho de que nosotras no solo compremos los productos de belleza, sino también las cosas del hogar, hace que la mayor parte de los contenidos publicitarios vayan dirigidos a la mujer. El hecho de que nosotras compremos un producto que nos insulta nos hace cómplices. Si ese jabón para lavar la ropa está haciendo una publicidad en la que me hace parecer una tonta, la mejor manera de decirle al señor que hace el jabón que no me gusta el lugar en el que me pone es no comprárselo.

–En otros países, los consumidores están un poco más maduros y castigan bastante más a las marcas de lo que se las castiga acá.

–Sí, claro; hay asociaciones de consumidores que no piensan solo en el valor del abono del celular, sino que también entienden que la venta de esos productos es un compromiso de esos fabricantes con la sociedad. Si el fabricante no te trata con respeto, vos tenés el poder para no comprarle eso que te ofrece y es ahí donde más le va a doler. Por eso, hay que preguntarse qué hacemos nosotros frente a la televisión de hoy; porque si nos quedamos en una actitud de señalar con el dedo a los medios, solo estamos castigando al mensajero.

–Hace poco leí una nota en la que unos publicitarios decían que en general no les iba bien cuando se les daba por innovar, por salirse de los estereotipos; pero rescataban como excepción la publicidad de mamá Lucchetti, en la que se muestra a una mujer que hace la sopa sin tacos ni sonrisa dibujada, sino más bien cansada y hasta de mal humor…

–Sí, en esta cosa que tienen los publicitarios de ir a lo seguro, al estereotipo, a veces atrasan veinte años. Entonces, lo de Lucchetti tiene actualidad, porque es una mirada que no es el feminismo a ultranza, de decir: “Las mujeres no lavamos los platos”, sino que más bien lo que dice es: “¿Saben? Mamá está cansada y no tiene ganas de sonreír mientras cocina”. El solo hecho de poner en la pantalla a una madre que dice: “Hoy estoy fastidiada” refleja mucho más nuestra situación, la de las mujeres de hoy, que poner a una mujer en tacos altos revolviendo la olla como si fuera la felicidad suprema preparar una sopa después de laburar todos los días.

–Este año hubo un par de comerciales que tuvieron problemas; por ejemplo, el de la cerveza que planteaba como una suerte de batalla entre “machismo” y “feminismo”.

–Sí, esa publicidad hizo mucho ruido. Pero a mí me cayó mucho peor otra publicidad de la que nadie dijo nada, que es una de la misma marca pero de su cerveza sin alcohol, en la que el hombre se lo pasa en la oficina de joda mientras que la mujer está en la peluquería charlando con una amiga, diciéndole que su marido o su novio es un santo… Me parece un modelo de pareja espantoso: ella, engañada, una tonta y una frívola, en la peluquería; él, un atorrante que le miente, un tipo poco responsable, que se lo pasa de joda. Eso me parece mas insultante que la del “igualismo”, que, sin embargo, generó más ruido; de la otra no se quejó nadie.

–Es que hay muchas de estas cosas en la sociedad, pero no todos lo ven o lo quieren ver…

–Aunque no quieran verlas, ciertas cosas están. Creo que en muchos aspectos las mujeres están mejor, pero todavía falta. Por ejemplo, si mirás en los foros o en las mesas de expositores, son todos varones… O sea que todavía la palabra de autoridad está en manos de los hombres, incluso en las instituciones académicas, donde se supone que tenemos más clara la necesidad de igualdad. En las universidades, por mencionar otro ejemplo, se da una gran paradoja: la mayoría de la matrícula es femenina, las mejores notas son de las mujeres y las mejor preparadas también somos las mujeres (porque tenemos que trabajar el doble que un hombre para llegar al mismo puesto) pero, sin embargo, la mayoría de los titulares de cátedra de la Universidad de Buenos Aires o del Conicet son hombres.

–Vos llegaste a ser titular de cátedra, pero en una universidad privada. ¿Te costó mucho?

–Sí, y durante años trabajé en una universidad donde cobraba muchísimo menos que los hombres que tenían mis mismos puestos, y preguntaba por qué. Incluso tenía un grado de formación académica mayor que muchísimos de mis colegas. No quería que ellos ganaran menos que yo; quería al menos ganar lo mismo que ellos. Sé que tengo el privilegio de haber conseguido buenos lugares en las instituciones, y que mis colegas me respeten y me traten con cariño, pero también me queda muy claro que fue con muchísimo más esfuerzo que mis colegas.

–¿En qué otras cosas deberíamos seguir trabajando? ¿Qué tipo de mensajes deberíamos cambiar?

–Hay mucho todavía… Por ejemplo, si una ministra tiene un problema, es porque es mujer, no porque es un ser humano como todos, que tenemos problemas. Se nos descalifica por cuestiones por las que no se descalifica al hombre; o sea, lo emocional, lo hormonal, la situación familiar o la pareja. Las mujeres tenemos que dar muchas explicaciones que al hombre no se le piden… Todavía debemos dar explicaciones de cómo manejamos, aunque todas las estadísticas dicen que manejamos mucho mejor que los hombres. Los hombres se matan al volante; los menores de 28 años se suicidan en los autos. Sin embargo, en las familias, es más confiable darle el auto al nene que a la nena.

–Igual, vos rescatás que las cosas están cambiando.

–Sí, creo más bien que estamos en una etapa de transición, porque si bien es cierto que trabajamos y demás, también es cierto que nos seguimos ocupando de la casa y que los chicos todavía están en su mayoría al cuidado de las mujeres. Solo por darte un ejemplo, no hay aún políticas que garanticen guarderías donde las madres puedan dejar a sus hijos para trabajar o estudiar y continuar con su formación. Entonces, estamos a caballo de un cambio cultural muy profundo, que va mas allá del lugar de la mujer, porque tiene que ver con la redefinición del lugar del hombre o del cuidado de los niños, entre muchos otros aspectos. Tenemos que entender que los cambios sociales se dan muy lentamente y hay que tener paciencia para ir acompañándolos. Lo interesante será ver cuántos de esos cambios se pueden ver reflejados en los medios de comunicación y de qué manera.  

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