Sophia - Despliega el Alma

Hijos

18 noviembre, 2010

Cuando pasan los años


Cuando “los viejos” se ponen viejos, comienza un tiempo de encontrarnos de otra manera. Por Gabriela Picasso.

A veces, los signos son casi imperceptibles. Pequeñas lucecitas rojas, advirtiéndonos lo que inevitablemente sucederá. Otras, el golpe es contundente, tanto que nos deja en un primer momento sin el aire suficiente para poder procesarlo. La vejez de nuestros padres se hace evidente; no es esa arruga o esa cana que no estaba la que nos hace caer en la cuenta de que tienen limitaciones, es ese olvido reiterado, es el paso cansado, son los reflejos que ya no son los mismos, los achaques o las enfermedades. Es ver cómo esos seres que creíamos indestructibles, siempre listos para protegernos y cuidarnos, se vuelven frágiles y a veces dependientes.

¿Cuándo comenzamos a verlos viejos? ¿Fue cuando se jubilaron, cuando enviudaron, cuando se convirtieron en abuelos, cuando ya no pudieron salir solos a la calle o cuando dejaron de recordarnos? De chicos, esperábamos que nuestros padres siempre estuvieran ahí para cuando los necesitáramos y ahora descubrimos que ya no pueden hacerlo siempre. Llega un momento en que las cosas cambian y de “hijos cuidados” pasamos a “hijos cuidadores”.

Pero también llega un tiempo de encontrarnos de una manera distinta, más sincera, más profunda. Ya no los vemos súper poderosos, siempre saludables, independientes. Ahora tal vez necesitan más de nosotros para ir al médico, para salir un fin de semana o para arreglar algo en su casa, pero esto no significa que necesariamente se transformen en personas dependientes que, como “nuevos niños”, requieran la presencia de sus padres para sobrevivir. Ellos ya fueron criados. El árbol genealógico no se altera.

“El punto es entender que el proceso de la vejez de nuestros padres, con sus desgastes y su dependencia física, no implica necesariamente la pérdida de la autonomía. Sustraerles la identidad que todavía poseen y quitarles la posibilidad de decisión es acelerar su muerte”, dice Graciela Zarebski, doctora en Psicología y especialista en Gerontología, autora del libro Padre de mis hijos. ¿Padre de mis padres?

La vejez no es una muerte anticipada, sino una nueva etapa de la vida en la que nos relacionamos de otra manera. Las personas disponen de más tiempo, ya no viven a las corridas, tienen más experiencia, pueden dar mejores consejos o acompañar a sus hijos desde otro lugar. “Mamá siempre fue súper elegante –cuenta Isabel, de 47 años–. De joven tenía la figura de una modelo y un look increíble, y, a pesar de que en esos últimos tiempos perdió un poco la vista y ya no tiene ganas de mirar vidrieras, jamás se me ocurriría decirle cómo se tiene que vestir. Está grande, pero sigue teniendo el mismo buen gusto de siempre. ¡Soy yo quien le pide consejos cada vez que tengo que una reunión o una salida! Es más, cuando dudo de si una pollera combina con una camisa, mis hijas me dicen: ‘¡Llamá a la abuela!’”.

Es que por más sanos o enfermos que estén, según Zarebski, nunca dejamos de ser hijos de nuestros padres: “Ellos nos anteceden en el camino de la vida. Los roles familiares no son intercambiables. Lo que sí se pueden cambiar en la familia son las expectativas que tenemos sobre cómo funcionan ahora esos vínculos familiares Pero ellos seguirán siendo nuestros padres hasta el fin, a pesar de que no estén físicamente bien. Lo que necesitan es nuestra presencia a mayor o menor distancia, nuestra colaboración y nuestro compromiso. Es una devolución amorosa”, dice Zarebski.

“Los años de vejez podrían superar los años de trabajo, por lo que ya no pueden considerarse un período de preparación para la muerte, explica la licenciada Eva Muchinik, docente de la Universidad de Belgrano y la de Buenos Aires, y autora de Envejecer en el siglo XXI. En 2005, en la Argentina había 2.650.000 personas mayores de 70 años y un tercio de ellas superaba los 80; hoy la cifra de los septuagenarios sobrepasa los tres millones y se mantiene la tendencia en aumento. Por esta razón, muchas personas llevan una vida activa por mucho tiempo, con todas las cosas buenas que trae el paso de los años.

La generación sándwich

“El otro día, mi hija Sofía me pidió que le explicara algo sobre la Segunda Guerra Mundial. Corta de tiempo y sin mucho conocimiento, le tiré cuatro líneas y le sugerí que viera las enciclopedias o lo buscara en Internet –cuenta Cristina, de 45 años–. Al rato la vi colgada del teléfono y me hizo callar cuando intenté preguntarle con quién estaba hablando. Una hora más tarde, cuando por fin cortó, me dijo: ‘¡El abuelo sí que sabe de historia!’”.

Cuando nuestros padres empiezan a necesitar nuestra ayuda, nosotros solemos estar criando a nuestros hijos. Estamos en el medio, con poco tiempo y tironeadas por varias personas que nos demandan; pero así como nuestro papá o nuestra mamá pueden necesitarnos para algunas cosas, también pueden ayudarnos en otras. Ellos ahora tienen el tiempo del que nosotras no disponemos, así como la sabiduría y las ganas de conectarse con sus nietos y disfrutar de su compañía, quizás incluso más de lo que pudieron disfrutar de sus hijos. Y de disfrutar también con nosotras, sus hijas, que ya somos grandes y podemos compartir con ellos gustos o intereses, tener conversaciones más maduras y un entendimiento que no hubiésemos logrado a los 20 años.

Como contrapartida, es posible que en algunas situaciones nos sintamos sobrecargadas por tantas responsabilidades. El sociólogo estadounidense Russell Ward dice que somos “una generación sándwich, atrapada entre las necesidades de sus hijos dependientes y las demandas de cuidados que necesitan sus padres”. Cuidadoras por naturaleza y por designio cultural, son las mujeres de mediana edad quienes suelen tener que encargarse de responder a estas necesidades. Pero ellas también tienen otras preocupaciones: la llegada de la menopausia, su relación matrimonial, el crecimiento de sus hijos, su desarrollo profesional, sus intereses, sus deseos personales.

“Esta necesidad de multiplicarse se complica más en aquellas mujeres de personalidad sobreadaptada, que vivieron toda su vida para los demás y que se olvidaron de sus propias necesidades, deseos y limitaciones. Esto se verá reflejado no sólo en trastornos psicosomáticos manifiestos, como insomnio, contracturas y agotamiento, sino también en sus emociones, ya que pueden estar irritables, resentidas o con problemas en el seno de la familia”, asegura Zarebski.

La psicóloga estadounidense Susan Newman, especialista en relaciones familiares, dice que el cuidado de los padres recae, por lo general, sobre la mujer: “Si es hija única, será algo ineludible. Su sostén provendrá de su pareja y de la red que se haya hecho a lo largo de su vida, ya sean amigas u otros parientes. Si está sola, debe evitar caer en una telaraña de la que es difícil salir. Sobre todo, si el vínculo con sus padres es absorbente. Hay que poner límites, porque la pérdida del tiempo y el espacio propio acarrean conflictos en la familia”. Si hay hermanos, lo ideal sería que se puedan compartir las tareas y hacer el esfuerzo por colaborar según las posibilidades de cada uno: desde lo económico, desde el tiempo disponible, desde el carácter para tomar ciertas decisiones y también desde la mayor cercanía en la relación con ese padre o esa madre al que hay que cuidar.

¿Cómo le digo que ya no puede?

“Volvíamos del campo y papá insistió en manejar. Mi mujer me miró aterrada, pero no hubo forma de sacarlo del asiento del conductor. Con el registro al día –a pesar de sus 81– y su auto de caja automática, encaró la ruta. Debo reconocer que jamás hizo una maniobra brusca, ni hubo ninguna frenada intempestiva. Pero, claro, ¡si no pasaba de los 60 kilómetros por hora! El viaje fue un suplicio. Tardamos tres veces más de lo normal y recibimos una catarata de insultos de todos los autos que hacían cola detrás de nosotros y que se volvían locos por pasarnos –recuerda Mariano, de 53 años–. Cuando llegamos, mi mujer estaba descompuesta y me juró que nunca más se iba a subir a su auto. ¡No sabés lo que fue explicarle a papá que no da que siga manejando!”.

Una caída, dejar la plancha encedida o el gas abierto son algunos de los riesgos que comienzan a aparecer en su vida. El tema es cómo decírselo sin ofenderlos. Nos podemos meter en situaciones disparatadas, como ir a escondidas chequeando las llaves de gas, o “dibujar el asunto”, como hacerles creer que pasamos “un minutito” a visitarlos cuando en realidad queremos asegurarnos de que tengan comida en la heladera. O podemos tratar de sentarnos a hablar y explicarles, de la manera más amorosa, que hay ciertas cosas que ya no pueden hacer.

“Marcarles sus limitaciones es un tema delicado. Muchos se ofenden, sienten que desestimamos sus capacidades, que los disminuimos y que pensamos en ellos como seres vulnerables. Ellos sienten que nosotros somos ahora quienes les ponemos los límites y no les gusta –dice Zarebski–. Por eso, hay que intentar convencerlos, sin tomar decisiones bruscas. A veces, es útil solicitar el apoyo de su médico o de otros profesionales para hacerlos entrar en razón. O buscar ejemplos entre sus amigos, que están pasando por el mismo proceso. Decirles que no sólo es por su propio bien, sino también por el de las demás personas que los quieren. Siempre se debe tener en cuenta que ellos son dueños de su propia vida y que estas medidas o resguardos son para protegerlos y no para quitarles autonomía”.

Luisa, de 50 años y madre de dos chicos de 18 y 20 años, cuenta que su padre fue cambiando poco a poco, con el tiempo, y que a los 80 años la vida lo encuentra lleno de luz, paz y serenidad: “Papá era un tipo durísimo. Tuvo una infancia difícil y quizá por eso siempre fue muy exigente con todos y también un poco agnóstico. Decía que Dios siempre le había puesto palos en la rueda. Que era quién era gracias a él mismo, que no le debía nada a nadie. El año pasado fue al entierro de un amigo y se quedó impactado: el cura que daba el responso decía que debemos dar gracias por haber podido sacar cosas buenas de aquello que parecía malo. A partir de entonces se puso más paciente, más agradecido. Fue como si se fijara en lo que había logrado en la vida, más que en el esfuerzo que le había costado. Dejó de pelearse con Dios para agradecerle. Está tan dulce, tan comprensivo, tan amoroso…”.

Es cierto que la vejez de nuestros padres nos exige más cuidados, pero también que es un momento tan precioso como los primeros pasos que le dieron inicio a nuestra vida juntos. Es un momento para rescatar todo el camino que recorrimos, para reparar, para valorar, para atesorar, para sanar. Es la ocasión perfecta para ayudarlos y acompañarlos. Y también es el tiempo indicado para que nosotros podamos aprender de ellos, como modelos perfectibles, y para poder anticipar cómo queremos que sea nuestro propio camino hacia la vejez y la sabiduría. Y en esto, nuestros padres pueden ser nuestros mejores maestros.

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