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Cuando los roles se invierten: palabras de un hijo que debe cuidar a su papá

En una fecha tan especial, el autor de esta nota reflexiona sobre la nueva realidad que le toca vivir de cara al Día del Padre: la enfermedad de su papá y el regalo de poder estar cerca para abrazarlo en silencio.

Por Mauricio Koch

El Día del Padre suele coincidir con mi cumpleaños, o caer en esos días, y además siempre hay posibilidad de fin de semana largo porque está cerca el Día de la Bandera, así que cuando podemos, viajamos en familia a Entre Ríos a compartir esa fecha con mi papá. Este año cumplo 50, no es un número cualquiera, y tampoco es un Día del Padre más porque mi papá está enfermo. Y esto, que podría parecer, y de hecho es, la más humana y común de las situaciones, en el caso de él es excepcional. Tan excepcional que fuera de una operación de vesícula por la que ni siquiera quedó un día internado, y algún esporádico resfrío, ha sido un hombre que puede contar con los dedos de una mano las veces que en su vida tuvo fiebre y se vio obligado a pisar un consultorio médico. Sufrió algunas cuestiones menores, cómo no, un infección bacteriana en el ojo derecho que se complicó y dejó secuelas, un dolor en el nervio ciático que lo tuvo a maltraer durante meses, pero nada tan grave como para hacerlo tambalear en su condición de roble. Y ahora, el roble está enfermo. Ahora, por primera vez, lo veo frágil. Esto lo tiene confundido. Y también es nuevo y desconcertante para mí.

Pedro, así se llama, enviudó a los 55. Y después de haber superado la tristeza por la muerte de mi madre, su compañera de tantos años, decidió que iba a vivir solo, y que si en algún momento volvía a formar pareja, cosa que ocurrió, no habría convivencia. Mi padre hizo de la soledad una bandera, un lugar preciado e innegociable, y siempre que pudo reivindicó esa posición; en reuniones familiares, en cenas con amigos, se lo podía escuchar diciendo: “a mí déjenme solo”, “yo manejo mis horarios”, “no tengo que rendir cuentas a nadie” y todas esas frases comunes que los amantes de la vida en soledad sueltan no sin cierta jactancia. Aunque hay que decir que le hizo honor y fue consecuente con su postura, eso no impidió que nos recibiera con alegría, que su casa y su tiempo estuvieran disponibles para nosotros cada vez que quisiéramos ir y quedarnos el tiempo que nos diera la gana. Todo esto fue así hasta que, hace apenas unos meses, su salud se quebró. Como escribió Christopher Hitchens, “uno vive como si siempre fuera a estar en el país de los sanos, pero un día, sin previo aviso, es deportado sin piedad a la frontera inhóspita del territorio de la enfermedad”.

Esto cambió drásticamente su vida de jubilado feliz hecha de frecuentes salidas nocturnas y siestas prolongadas, conversaciones sin prisa con vecinos y minuciosas tareas de jardinería o coquetería personal por visitas diarias a médicos y centros de diagnóstico; su dieta vacuna y despreocupada por una dieta avícola y descremada; su nula ingesta de medicación por una rutina pautada por horarios de tomas de comprimidos e inyectables; su desconfianza hacia el sistema médico por un agradecimiento sincero al equipo de profesionales que lo acompañan y socorren en medio de esta incertidumbre. Y, sobre todo, sus espacios y hábitos de hombre solitario por una vida compartida con la familia de mi hermana Julieta, que no dudó en ponerse la situación al hombro y llevarlo a vivir con ella.

Hace unos días estuve con él, lo acompañé a las primeras sesiones del tratamiento, conversamos cuando se sentía con ganas, miramos algunos partidos, hicimos silencio juntos –mejor dicho, el silencio se impuso. Estaba ahí, como una presencia entre nosotros–. Le preparé el desayuno y la merienda. Lo llevé del brazo por primera vez; me sorprendió lo ligero que estaba, él que siempre fue macizo. Es la primera vez que el rol de cuidado se invirtió. Pero no por mucho tiempo, ni bien se sintió un poco mejor ya me volvió a reprender por algún descuido, una cosa que interpreté mal o hice a destiempo. Le guiñé el ojo a mi hermana, “volvió a ser el papá de siempre, es evidente que se siente mejor”.

En una de esas pocas conversaciones que pudimos tener, una mañana en que nos quedamos solos me dijo que estaba muy agradecido a mi hermana por lo que estaba haciendo por él. Con orgullo me lo dijo, se le notaba. Que la razón de que siguiera adelante se la debía a ella y a la compañía de su familia. Que cada paso que estaba dando era gracias a la fuerza que ellos le dan. Y acá lo cito textual: “Si no fuera por Juli y por ustedes, hace rato que ya habría partido”. Por muchos años que uno tenga, nunca se está preparado para escuchar palabras como esas. Al menos yo no lo estaba.

Me gustaría ser el último en escribir una nota de padre idealizado, puesto arriba de un pedestal. No quisiera caer en eso, creo que mi viejo no se merece semejante tontería: él está muy por arriba y muy por debajo de esas pavadas sublimes. Pero hay un par de historias que siempre tengo presentes y me gustaría compartir.

En los años 80, cuando yo estaba en el secundario, hubo un momento en que me quise hacer el rebelde –era buen alumno yo– y se me había puesto en la cabeza la idea de llevarme materias a diciembre porque quería saber qué se sentía cursar en verano. Una estupidez total, pero bueno, tenía quince años. Mi viejo, que pagaba con esfuerzo mi escolaridad –yo iba a una escuela técnica que estaba lejos de mi pueblo y vivía en una pensión con otros chicos–, no mostró enojo ni nada ante mi ocurrencia, simplemente me preguntó qué día terminaban las clases. “El 30 de noviembre”, le dije. “Bueno, yo te pago hasta ese día –me respondió–. Si querés ir en diciembre, te lo pagás vos”. Santo remedio.

Más tarde, en los primeros 90, yo estudiaba una carrera en Santa Fe. Compartía el alquiler de una casa con amigos, y a eso había que sumarle el gasto de los viajes, alimentos, dinero para los trabajos prácticos y demás extras. Mi viejo laburaba en la fábrica de botas de cuero donde siempre trabajó mientras vivió en Hernández, Entre Ríos, es decir prácticamente toda su vida; mi mamá tenía una pequeña peluquería instalada en casa. Mucho tiempo después, cuando todo eso había quedado atrás y yo ya vivía en Buenos Aires, un día me contó que durante mis años de estudiante, ellos se arreglaron básicamente con el ingreso de mamá porque todo lo que él ganaba era para mis estudios. No sé si alcancé a responder algo, no recuerdo, pero sí sus palabras. No lo dijo con dolor ni como un pase de factura, sino para que entendiera que él había hecho su parte en el asunto.

La vida es puro misterio y nunca sabré por qué me tocó este padre en suerte. Cada uno tendrá sus ideas, religiosas o realistas, trascendentalistas o terrenales. Lo cierto es que nada nos asegura el cariño, y menos en un mundo donde tantos hombres –y las condiciones están dadas para que eso suceda sin mayores consecuencias– se desentienden sin culpa de la crianza, del afecto, de la responsabilidad que implica tener hijos. El mío siempre ha estado ahí, con su tozudez proverbial, pero también con su amor sincero y justo. No es poco. Y por eso, porque estoy agradecido para siempre, es que este Día del Padre quiero estar con él, darle un abrazo y después quedarnos callados un ratito juntos, buscando ese silencio, mirando cómo la luz tibia del otoño llega hasta nuestra ventana y sabiendo que así las cosas están bien. Mientras él esté ahí y yo acá, cerca, las cosas estarán bien.

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