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Literatura infantil: un puente para abrazar las diferencias

Libros que fortalecen el respeto por la diversidad, la inclusión, la tolerancia y la amistad entre niños, en oposición al mundo del bullying y el acoso que amenaza a los chicos desde la infancia. Hablamos con la autora María Martín Schcolnik para descubrir ese mágico poder que tienen las palabras.

Los libros abren mundos, por eso es tan importante cultivar la lectura de historias significativas desde que los niños son pequeños.

Por Luz Martí

Esta es la historia de un grano de arena, el que sumó María Martín Schcolnik a la playa del mundo para concientizar a los chicos acerca de la importancia de una convivencia pacífica, tolerante y amistosa entre distintas culturas. Hija de una argentina y de un español, María nació en Madrid en 1981. Se educó en su país y en Bélgica y, una vez casada, armó su hogar en Ginebra y en Londres. Mientras estudiaba su Licenciatura de Traducción e Interpretación en inglés, francés y alemán, trabajó como voluntaria para distintas ONGs, e hizo un postgrado en Cooperación Internacional y Ayuda Humanitaria.

Curiosa y movediza, María no puede estar sin inventar cosas que hacer todo el tiempo, y para eso cuenta con el apoyo de su marido, Charles, un portugués criado en USA, tan inquieto como ella. En cada lugar en donde vivieron, nunca dejó de trabajar, pero con tres hijos chiquitos y una pandemia de por medio, el manejo del tiempo se complicaba y los momentos de soledad y de silencio creativo se diluían en un loop de convivencia ininterrumpida. Tantas horas de encierro obligado la volcaron a rescatar una de las cosas que más le gustan: escribir. 

«Desde niña me encantó leer. De pequeña leía una colección de libros llamados Barco de Vapor de la editorial SM, y mi sueño era publicar algo con ellos. Entre mis primeras lecturas están también las que guardaba mi madre de su infancia en Buenos Aires: una colección preciosa de tapas color naranja, los cuentos de animales de Constancio Vigil con títulos inspiradores como La hormiguita viajera o El mono relojero. De mi influencia argentina, Mafalda estuvo siempre muy presente. Aún hoy conservo Toda Mafalda, un libro enorme de Quino que ha viajado conmigo de Madrid a Ginebra y a Londres. ¡Y siempre me acuerdo de que la madre de Libertad era traductora, como yo!», comparte en esta charla con Sophia.

¿Habías fantaseado con escribir? 

—Siempre me gustó escribir, lo hacía por placer, pero eran cosas que en realidad no mostraba a nadie.

La escritora María Martín Schcolnik crea historias que fortalecen el respeto por la diversidad cultural, la inclusión, la tolerancia y la amistad.

De todo lo escrito en sus momentos de libertad, aparecieron cosas muy interesantes, como cuentos para niños que se fueron acumulando en el disco rígido de su computadora. Durante el confinamiento de 2020, al verla tan entusiasmada con la escritura, su marido le hizo un regalo de cumpleaños muy especial: una Master Class de Neil Gaiman, un reconocido autor británico de género fantástico, autor de novelas, cómics, teatro de audio y hasta historietas.

¿Qué pasó con ese regalo?

—En la clase, una de las cosas que Gaiman decía era que había que sentarse a escribir, acabar el trabajo y luego enviarlo a editoriales o a distintos medios. Nadie lo iba a encontrar en tu ordenador o en tu cajón. Eso me hizo pensar, elegí un cuento y comencé a mandarlo a editoriales españolas, entre ellas a la editorial SM.

La editorial SM pertenece a la Fundación SM, creada por la Compañía de María (Marianistas), en 1977. Interesada en temáticas que ayuden a las familias mejorar su calidad de vida a través de una reflexión humanística y de una propuesta de convivencia armónica con los demás y con el entorno, SM se dedica a la formación educativa y al fomento de la lectura y escritura en niños y jóvenes, en especial en aquellos que atraviesan situaciones socioeconómicas difíciles.

Fue SM, entre todos los que recibieron su manuscrito, la que decidió no sólo publicarlo sino también, tiempo después, publicar Daniel y los niños de otras religiones, su segundo libro, y presentarlo al premio que convoca la Asociación Colegial de Escritores en colaboración con el Grupo de Investigación Educación Literaria y Literatura Infantil de la Universidad Complutense de Madrid. «¡El día que me mandaron el primer contrato a mi correo electrónico, caí de rodillas en mi salón riendo de felicidad! ¡Todo muy dramático! ¡Un sueño cumplido!», cuenta recordando la escena con esa gracia española que la caracteriza.

Daniel y el niño de otro país fue tu primer cuento publicado y, a la vez, el primer libro. ¿Cómo nace esa historia?

—Para unas vacaciones de Navidad, fui a Madrid a ver a la familia con mi hijo mayor, que tendría unos cuatro años. Mi familia comenzó a reírse con cariño de cómo hablaba castellano: de su acento, de sus ocurrencias. Mi marido es portugués, y durante los ocho años que vivió en Madrid, aunque habla castellano perfecto, tenía que escuchar a diario bromas sobre su acento. Después de tanto tiempo, lo que al principio le hacía gracia, le enfadaba muchísimo. Pero en los países donde vivimos como extranjeros, cuando hablábamos inglés o francés con acento, nadie se rio nunca de nuestra forma de hablar. Si alguien hacía alguna vez un comentario era positivo y halagador. Al ver que en España no había tantos extranjeros hablando castellano como en otras ciudades donde he vivido y pensar que mi hijo iba a tener que vivir lo mismo que su padre, se me ocurrió escribir algo para mostrar a los niños desde pequeños lo positivo de conocer gente de otros países y así nació Daniel y el niño de otro país. El cuento quedó escrito e ilustrado por una conocida, y abandonado en mi ordenador.

Los libros siempre nos regalan momentos de conexión profunda para compartir con los chicos y permiten reflexionar sobre temas diversos.

¿Te sigue interesando ahondar en temas de integración para los chicos? 

—En mi caso fue algo personal, lo que viví con mi marido y mi hijo. Había algo que quería cambiar, aunque sólo fuera aportando mi pequeño granito de arena. Con el segundo cuento, Daniel y los niños de otras religiones, sentía que aún tenía algo para decirle a los niños —y a los padres— partiendo de mi propia vivencia. España sigue siendo un país con mayoría católica y es la religión de la que más se conocen sus tradiciones y costumbres. Y, lo creamos que no, se mira a las demás con recelo. Aunque soy católica, tuve la suerte de tener en Londres amigos de muchas religiones y creencias diferentes a la mía. Mis hijos han ido a una guardería judía y hemos compartido sus tradiciones durante seis años. Cierta vez, un muy buen amigo hizo un comentario uniendo a los musulmanes con terroristas islámicos y fue entonces cuando me senté a escribir el segundo libro: quería compartir con los niños y sus familias las tradiciones y celebraciones de otros credos. Al final, todas las religiones son mucho más parecidas de lo que pensamos. Y en el centro está el celebrar con amor junto a la familia y los amigos, mientras tratamos de ser buenas personas.

María junto a Daniel, el personaje que creó para ayudar a cambiar una realidad que tantas veces duele: la ridiculización de lo distinto.

El amor en las palabras 

Leer los libros de María es toparse con historias que no están inspiradas en la mera fantasía. Cuentos que, usando experiencias cotidianas de los chicos, celebran la tolerancia y la inclusión, y enseñan con entusiasmo a convivir en armonía, a tener buenos amigos y a descubrir y disfrutar de lo que cada uno aporte desde su cultura.

Existe en ella una capacidad muy valiosa para la literatura infantil: no se va por las ramas y en pocas palabras plantea lo que quiere decir a través de una historia sencilla y fácil de comprender para niños a partir de los cuatro años, apoyada por las coloridas y atractivas ilustraciones de Sandra de la Prada. En sus cuentos no existe el conflicto manifiesto, más bien expresan la curiosidad de los chicos y las preguntas que puedan hacerse en el día a día, respondiéndolas de manera simple y concreta sin abundar en informaciones largas y complicadas. El tipo de respuesta que satisface las dudas de un niño: lo suficiente.

Cuando tocó el momento de escolarizar a sus hijos, estaban ya instalados en Londres. La oferta era enorme. En el colegio elegido se encontró con una multitud de razas y religiones distintas, donde todos se hacían amigos sin problema, conviviendo en armonía mientras la sensación se “ser diferente” se desdibujaba. 

—¿Por qué elegiste un jardín de infantes de la comunidad judía?

—Simplemente porque, entre todos los que visitamos, fue el que más nos gustó. El que más encajó con nuestra familia. Todas las profesoras llevaban ahí muchos años, varias amigas me lo recomendaban muchísimo. Sentía que allí estarían felices y seguros. Celebramos Shabbat como comunidad todos los viernes y me gusta que mis hijos respeten otras religiones, tanto como la suya. Ellos no ven diferencia. Lo mismo con los nombres: si mis hijos mencionan los de sus amigos a mi familia española, quizás alguien comente “¡Qué nombre raro!”. Pero dentro de la multiculturalidad no hay nombres raros. Sólo hay nombres que aprendes a decir. Fue en Londres donde me di cuenta de que, aunque me consideraba una persona abierta y respetuosa, quizás no lo era como debía. Ginebra, donde viví cuatro años, también era una ciudad multicultural, pero nada me preparó para la vivencia de Londres. Ya no se trata de religión, cultura o tono de la piel. Da igual como te vistas, lo que hagas, nadie te mira dos veces. ¡Me encanta!

A partir de que empezaste a escribir, ¿te fijás más en lo que se vende para niños?

—Realmente no me fijo tanto en lo que se vende para niños o en la moda del momento, sino en los cuentos que mis hijos me piden que les lea una y otra vez, o en los que yo amaba de pequeña. También me fijo en lo que a mí me gusta leerles. ¡Quisiera que los padres no recibieran en sus manos un cuento mío con horror y, si sus hijos les piden, leerlo y releerlo! 

¿Hay un tercer libro en camino? 

—Espero publicar otro cuento este verano. ¡Os contaré más en cuanto salga! Este me hace mucha ilusión. Con mis dos primeros, había cosas que he aprendido viviendo fuera que quería contar a las nuevas generaciones. Pero este último es simplemente para entretener y que la imaginación de los más pequeños vuele. 

¿Escribís y publicás sólo en español?

—Por ahora sólo escribo en español. No siento que hable otro idioma como para escribir en él. Aunque el primero, Daniel y el niño de otro país, me lo tradujeron en verano de 2022 al euskera, que me hizo muchísima ilusión. 

¿Qué es lo que más satisfacción te ha dado: haber logrado el sueño de publicar o sentir que aportás algo para mejorar la convivencia entre los seres humanos desde pequeños? 

—Las dos cosas. Cuando vi por primera vez mi cuento en El Corte Inglés me dio una gran alegría, por un lado, pero por otro, al ver la cantidad de libros que hay ahí te preguntas cómo nadie va a elegir el tuyo. ¡Fui una vez y no volví! Pero me encanta saber que se venden en muchos sitios y ver las fotos que mis amigas me mandan con él desde distintos puntos de España. Sobre todo, lo que más satisfacción me da es haber trabajado para cumplir este sueño. Desde que escribí el primer cuento pasaron años pero, al final, con el empujoncito de Neil Gaiman, conseguí encontrar mi camino para que viera la luz y sentir que, con eso, de alguna manera, puedo ayudar a los niños construir un mejor mañana. 

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