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Cuando la adicción a la mirada del otro nos lleva a perder la libertad

La especialista Sonia Abadi, psicoanalista y escritora, explica cómo la adicción al reconocimiento nos convierte en presos y comparte consejos para ganar en amor propio y autocuidado.

Por Mariana Rolandi Perandones

En las últimas semanas, varias mujeres de la escena pública se encontraron ante la necesidad de desactivar mensajes de odio e intolerancia en las redes sociales. Laura Esquivel, cantante y actriz, hizo un video que se viralizó en muy poco tiempo, realizando un descargo contra decenas de comentarios que, como respuesta a uno de sus posteos, cuestionaban su cuerpo, su apariencia, sus sueños y su trabajo.

Pocos días después, María Inti, influencer de nutrición y vida saludable muy activa, al punto de publicar un libro de recetas e historias de vida llamado Veggies al Poder, hizo algo impensado para alguien que trabaja en las redes sociales: le puso candado a su cuenta de Instagram y la dejó privada, harta de no poder decir nada sin pensar en la mirada del otro y en su permanente juicio. “Renuncio a ser influencer”, gritó minutos antes de cerrar la cuenta y quedarse solo con sus seguidores más fieles. 

Lo mismo le pasó a la periodista deportiva y relatora Lola del Carril, que debió enfrentar duros mensajes, en su mayoría por parte de hombres, tan solo por el hecho de hablar de fútbol siendo mujer. “Es muy angustiante porque uno pone su voz, su energía, su todo, para que te puteen siempre. Van a lograr que deje de hacerlo”, sentenció con intención de dar un portazo a su trabajo en ESPN, aunque luego, ya más tranquila, publicó: “Lo más importante es que hay una gran red de contención. ¡Seguiremos relatando fútbol!”. 

Laura, María y Lola enfrentaron la mirada de los otros y decidieron ponerla en jaque. Pero cuántas personas quedan atrapadas en ese lugar de sojuzgamiento. Cuántas, dentro o fuera de las redes sociales, se arman un fuerte de almohadones y mantas, y revisan mentalmente cada paso que dieron, en vez de salir a decir “quereme así como soy”. 

Sonia Abadi, médica, psicoanalista, creadora del modelo “Pensamiento en red” y autora del libro La prodigiosa trama, explica que estamos pendientes de esa otra mirada “cuando nuestra identidad, la seguridad en nosotros mismos, todo el mundo interior de ideas, emociones y deseos se vuelcan en el otro dejándonos vacíos y empobrecidos”. 

Según dice, en ese vacío también perdemos la libertad, que es el derecho más básico que los seres humanos tenemos en la vida. “Cuando nos falta la autoestima necesaria y nos sometemos al juicio permanente de alguien más nos volvemos presos. La libertad colapsa porque ya no somos dueños de nuestros gestos y acciones, hasta del modo en que nos vestimos o hablamos. Es otro el que está tomando decisiones”, dice Abadi. 

Es esa libertad la que se encuentra en peligro cuando una persona espera que su pareja o su familia aprueben de forma constante su aspecto, o que sus amigos más íntimos den el sí o desestimen lo que le gusta, lo que le preocupa o lo que teme. Es ese jefe que tiene la última palabra siempre, no solo en el resultado final de un trabajo, sino en lo buena que es o en lo capacitada que está incluso en tareas que le apasionan o para las que se preparó toda la vida. 

“Esta falta de libertad y esta necesidad de que otro nos apruebe suele manifestarse como un estado de confusión, de perplejidad, en el que la persona nunca sabe si lo que hace es adecuado. Porque cada palabra que diga, cada acto que lleve a cabo, estará al servicio de ser aceptado por su entorno”, explica la psicoanalista y menciona distintos espacios en los que esta dinámica tiene lugar.

“Querer parecernos a lo que el otro espera de nosotros se puede dar en la familia, en la que se busca gustar, reconocer y querer por los padres. También en la pareja, cuando una de las partes es hipercrítica y exigente y tiene ciertos aires de superioridad al tratar a su igual. Y, claro, en situaciones laborales, donde se espera responder a las expectativas y, ante el temor de no encajar en el sistema, se busca copiar, imitar, casi clonar a los que nos parecen exitosos”, agrega Abadi. 

Cuatro consejos para salir de la adicción al reconocimiento 

“Estas inseguridades pueden ser producto de una falta de afecto en la niñez. Sin dudas, es algo que viene de lejos, de una mirada distraída de los padres, de ciertas comparaciones que se hacen con los hermanos o los primos, de expectativas inalcanzables que ponen en esos niños que desde muy temprana edad están buscando su aprobación”, cuenta la especialista. 

Los terapeutas hablan en estos tiempos de una «adicción al reconocimiento». Y parece ser algo que se ha visto exacerbado por las redes, por esa exposición continua y ese like o no like que genera una extrema avidez por tener la empatía, la sonrisa, el “me gusta” del entorno. Y aunque esto suena a recreo del colegio secundario, se da mucho también en la adultez. 

Aunque Abadi reconoce que no hay datos estadísticos de por qué esta necesidad de aceptación social en las personas va en aumento, o en qué medida alguien se ve afectado en su vida real por la mirada del otro, los movimientos de las redes sí se encuentran en constante estudio. Instagram tiene un promedio de 4,5 millones de likes diarios, en cada jornada se suben a Tik Tok más de 11 millones de vídeos y el récord de “aprobación” en esta red lo tiene una cantante filipina de 27 años que se hace llamar Bella Poarch y suma 2.3 billones de likes y 94.1 millones de followers, una cifra a la que otros miles de usuarios aspiran. Todos estos números podrían ser solo los datos de una industria, si no fueran también parte de un problema social real. 

“En esos momentos de adicción buscamos torpe y desesperadamente ser valorados, comprendidos por el otro, y este reconocimiento forzado se provoca de diferentes maneras, cada una con sus previsibles consecuencias. Algunos se muestran débiles o atormentados, contando sus dramas y miserias. Y muchas veces no encuentran una empatía genuina sino el morbo o chusmerío de un grupo”, dice Abadi y explica que en muchos casos, luego de exponerse de esta forma, las personas pueden sentir más angustia, decepción y vergüenza. 

Para ayudarnos en esta búsqueda, la autora de La prodigiosa trama comparte cuatro consejos clave para lograr esa ansiada libertad: 

  1. Tomarse el tiempo y la práctica de tener una mirada reflexiva sobre uno mismo, un conocimiento real de por qué se desarrolló esta adicción a la mirada del otro. Aprender a aceptarse, apostar a la mejor versión, aunque no sea perfecta ni ideal, siempre será más saludable que andar disfrazado por la vida. 
  2. Evitar a las personas que nos hacen sentir menos y nos deslumbran, cuando en realidad están lidiando con sus propias inseguridades. 
  3. Darse cuenta de que la vida no es una carrera para ser el mejor ni el más exitoso sin entender bien lo que implica el éxito, sino verla como una oportunidad para ser una persona única. 
  4. Entender que, al igual que si se tratara de un objeto de lujo, lo original de cada persona siempre es lo más valioso.

No hay dudas de que el reconocimiento de lo propio, la mirada amorosa que se tenga sobre uno mismo, es una tarea de autocuidado que se puede desarrollar y se debe trabajar a diario hasta lograr que la persona que nos devuelve el espejo nos importe más que la mirada ajena. A medida que uno se trata con ese nivel de amorosidad, logra un entorno que lo acompañe en esta aventura. Porque nadie que se ama se queda con personas que lo ponen en jaque, que le devuelven miedo o torpeza en la acción.

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"Hay mucha belleza, verdad y amor a nuestro alrededor, pero pocas veces nos tomamos las cosas con la suficiente calma para apreciarlos".

Brian Weiss