Cuando el sentido está fuera del horario laboral: una historia de reparación en el fin del mundo - Sophia Online

Vida laboral

Cuando el sentido está fuera del horario laboral: una historia de reparación en el fin del mundo

¿Y si el propósito estuviera más allá del trabajo? Verónica Mastronardi, voluntaria, cuenta cómo ayudó a recuperar la memoria de un pueblo ancestral.

POR Maite Moreno Ugartemendía

La Península Mitre es uno de los territorios más prístinos de Argentina. Está ubicado en Ushuaia, un lugar donde el viento, de tan severo, parece alado. 

Hace dos años, Verónica Mastronardi, fundadora de la agencia de traducciones Exégesis y amante del Bosque Andino Patagónico, viajó a ese destino para hacer un trekking. 

Cuando el cansancio se cruzó, se detuvo a comer frutillas silvestres.

En el suelo, vio un semicírculo violeta hecho con restos de conchas de moluscos.

—¿Qué es esto?— preguntó.

—Un indicador de que acá existió una choza yámana— respondió la guía de la expedición.

Los yámanas fueron uno de los pueblos originarios que habitaron ese territorio, se presume, durante 6.000 años, hasta que hace poco más de un siglo llegaron colonizadores europeos a desarrollar la industria lanera en la zona. 

Verónica quedó desconcertada ante el relato. 

—¿Cómo? ¡A mí me enseñaron que la historia de Ushuaia había empezado con una cárcel!

A horas de tomar el vuelo de regreso a Buenos Aires, decidió visitar el Museo del Fin del Mundo. Allí encontró a Víctor Vargas Filgueira, un descendiente de la cultura yagán. Un yámana.

Otra vez perpleja, preguntó:

—Pero… ¿no era que no había más yámanas?

Aunque el genocidio existió y sus consecuencias siguen vivas, Víctor también lo está. Y escribió Mi sangre Yagán, un libro que reconstruye la memoria de su pueblo a partir de relatos orales transmitidos por su bisabuelo Asenewensis.

A comienzos de este año, Verónica y Víctor acordaron que ella traduciría el libro al inglés. En Ushuaia llegan cruceros con extranjeros rumbo a la Antártida y editarlo en ese idioma es una oportunidad para difundirlo a nivel internacional.

En los ratos libres de su trabajo formal y remunerado, Verónica fue traduciendo el libro página a página. En esos mismos meses, pasó algo muy esperado: logró la adopción de una niña de dos años. 

Con la vida felizmente dada vuelta, le escribió a Víctor disculpándose por no avanzar tan rápido como había previsto. «Las voces de nuestros ancestros saben que van a ser escuchadas y también que tienen que esperar un poco», respondió él.

Sintió su apoyo. Comprendió la relevancia de lo que estaba haciendo. Y entre mamaderas, juguetes y cambios de pañales, terminó la tarea. 

Traducir para no olvidar

Varios fueron los motivos que llevaron a Verónica a involucrarse.

En primer lugar, la fascinación por el vínculo de los yámanas con la naturaleza. 

“Me resulta increíble que sobrevivieran al invierno en un clima tan hostil. Me preguntaba cómo repartían el alimento: cuando quedaba varada una ballena, hacían humo para convocar y compartirla. Aprovechaban lo que el territorio les ofrecía. Hacían canastos tejidos con coirones, una planta de la zona, para recolectar frutas y hongos”, cuenta.

También la conmovió su riqueza simbólica y espiritual. 

“Crearon la palabra ‘akuerum’ para nombrar la época del año en la que la corteza de los coihues se desprende fácilmente. Con ella hacían canoas para navegar el Canal Beagle. Tienen leyendas sobre dos arcoíris distintos que aparecen en el cielo austral”, resalta en la entrevista.

Hoy siente asombro y admiración.

“Más allá de todo lo que aprendí, para mí es un honor estar en contacto con Víctor. Y es primordial conocer la historia. No de manera naïf: no pienso que hayan sido perfectos; ningún pueblo lo es. Pero me parece inadmisible que se los omita de la narrativa oficial. Hice este trabajo para construir una mirada más cercana a lo que realmente fue”. 

Con sus saberes, aguja e hilo, Verónica dio puntadas lingüísticas a la trama de relatos de su país. No hizo falta que se dedicara full time, ni que se mudara de provincia. Simplemente, se topó con una realidad inaceptable y decidió implicarse. 

El otro trabajo, tan común como silencioso

La historia de Verónica es excepcional, pero no es la excepción. 

Lo que conocemos como voluntariado es, en realidad, un tipo de trabajo no remunerado muy común: todos los meses 1 de cada 3 adultos lo hace en algún lugar del mundo (OIT, 2026). 

Los varones participan más a través de organizaciones en voluntariados formales (que cuentan con mayor apoyo material y reconocimiento), mientras que las mujeres prefieren brindar ayuda directa e informal en la comunidad (casi siempre a pulmón y de una manera que permanece ausente en las estadísticas) (SWVR, 2022) 

“Recibo más de lo que doy” 

Es la frase de los voluntarios. 

Hacer trabajo voluntario se siente bien porque hace bien. 

Según la Universidad de Cambridge, disminuye los síntomas de depresión y eleva la satisfacción de vida, la autoestima, la autoeficacia y el sentido de propósito, además de prevenir el aislamiento social (Voluntas, 2026). 

Al parecer, la intención importa. Si lo hacemos por motivos altruistas, el impacto en nuestro bienestar es más contundente que si lo hacemos pensando en nosotros mismos, ya sea porque es un requisito para graduarnos del colegio, ingresar a la universidad o aplicar a una beca. Yeung (2018)

En el ámbito profesional se lo mira con buenos ojos porque mejora la empleabilidad. 

Imaginemos a una persona que está dando sus primeros pasos en el mundo laboral o alguien senior que baraja un cambio radical. Ser voluntario permite espiar ámbitos que nos interesan, probarnos en distintas tareas, sumar habilidades y experiencias, y conocer personas que nos pueden abrir puertas.

Más allá de los beneficios individuales, múltiples y ciertos, el trabajo voluntario tiene valor colectivo. Atiende asuntos que no son mainstream y llega a poblaciones en los márgenes de la sociedad, donde ni el Estado ni el mercado llegan o les interesa llegar. Como en el caso de los yámanas.

Cuando el empleo no llena

Hoy, el 80% de las personas no está comprometida con su trabajo (Gallup, 2026). Van, cumplen, se quedan por necesidad económica, pero en el fondo les da un poco lo mismo. 

En este escenario, el trabajo voluntario aparece como un tubo de oxígeno. 

Ya sea que colaboremos con alguna causa unas horas por semana y fuera del horario laboral, o bien que nos involucremos en el voluntariado corporativo ofrecido por la empresa que nos emplea.

Respecto a este último caso, hay quienes le ven un alcance limitado. Como la directora de una corporación, quien confesó: 

“Sumarme a los programas de mentoreo y a las jornadas de plantación de árboles me encanta. Me devuelven el sentido. Pero no me engaño. Sería tapar el sol con el dedo. Es, con suerte, un 10% de mi tiempo. Estoy cansada de contarme el cuento para convencerme. Al final del día sé que mi esfuerzo hace que personas ya ricas sean más ricas y eso no me mueve. Yo quiero trabajar con propósito: saber que aporto al bienestar de la sociedad y del planeta”. 

Como ella, cada vez más personas sienten que su empleo no está alineado con sus valores y, en algunos casos, hasta va en contra de ellos. Sostener la contradicción interna tiene un costo alto. Pero muchas veces el contexto y el modelo de éxito que aprendimos, hacen que saquemos la billetera y lo paguemos sin chistar. 

Ir al fondo de la cuestión

¿Hasta cuándo pagar ese costo? Y, sobre todo, ¿cómo vivir con mayor libertad?

Si anhelamos cambios profundos, es hora de indagar profundamente.

¿Qué está dañando el tejido social y ambiental que hace que voluntarios corran a remendarlo? ¿Por qué cuesta tanto financiar proyectos que cuidan la vida y no las guerras, que la quitan? ¿Es acaso la popularidad del trabajo voluntario un indicador de un sistema laboral vacío de sentido? 

Mientras cuestionamos las causas sistémicas y creamos alternativas juntos, podemos  celebrar la voluntad.

Hoy existen ONGs que se sostienen gracias a sus voluntarios, hay parejas que acompañan a otras en procesos de adopción, hay brigadistas forestales en las sierras, hay padres que se ponen al hombro la cooperadora de la escuela y llevan estufas a las aulas, hay docentes jubiladas que venden rifas para pagar mamografías.

Hay personas que, fuera del sistema de empleo formal, se organizan para sostener lo que importa. Lo hacen contra todo pronóstico, incluso en este escenario de condiciones laborales y de jubilación precarizadas. A veces con alegría y otras con la garganta trabada. Pero siempre con algo entre manos. 

Porque, como dice la canción, “¿quién dijo que todo está perdido? / yo vengo a ofrecer mi corazón”.

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