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Hijos

11 agosto, 2021

Cuando el asombro despierta

“Originalidad significa volver al Origen”, decía el artista catalán Antoni Gaudí. ¿Y si el origen está del otro lado de una ventana? ¿Y si mirar crecer una flor bastara para entender tantísimas verdades? Sobre si conectar con la naturaleza desde niños puede ser una herramienta eterna de bienestar físico, emocional y espiritual.


Fotos: Unsplash

Por Victoria Llorente

Se levantaba cada mañana y, antes de cambiarse, salía a la galería para comprobar que, una vez más, el milagro ocurría: la amapola que de noche era pimpollo, amanecía transformada en flor. “¿En qué momento pasa esto, mamá?”, me preguntó con los ojos grandes y sus 6 años recién cumplidos. “Cuando dormimos”, le respondí y le propuse que dejáramos el teléfono encendido durante la noche y pusiéramos una luz para alumbrar. Quizás teníamos la suerte de ver cómo esa semilla que habíamos tirado en la maceta meses atrás, se transformaba finalmente en flor.

Todavía no puedo descifrar quién estaba más emocionada con lo que vimos en la pantalla del celular al día siguiente. En microsegundos filmados en time lapse, el pimpollo se fue irguiendo y, como si fuera un cascarón, empezó a romperse hasta sacar pétalos rosas y violetas. La luz del amanecer reflejada en aquella imagen daba cuenta de que, en pocos minutos, la niña iba a abrir la puerta del fondo para asombrarse, una vez más, con el milagro silencioso de la Vida.

La primera ventana

No hay fórmulas mágicas para lograr que un niño esté atento a las maravillas cotidianas que ofrece la naturaleza. Nadie lo puede obligar a asombrarse, a descubrir lo que sucede después de la lluvia o a mirar las mil formas que pueden tener las nubes. Sí hay padres atentos y tutores responsables que, sabiendo todas las bondades que les puede brindar este vínculo, dan espacio y tiempo a que crezca este nexo irrompible entre un niño y el milagro de la Vida. El periodista estadounidense Richard Louv, autor de los libros El último niño en el bosque (2005) y The Nature Principle (2011), entre otros, fue el primero en utilizar el término “trastorno de déficit de naturaleza” para describir la pérdida de conexión que los niños sienten, cada vez más, con el mundo natural. Si bien no es una enfermedad clínicamente reconocida, el fundador de Children and Nature argumenta, a partir de sus investigaciones, que esta desconexión puede afectar la salud, el bienestar espiritual y la capacidad de la persona de sentirse viva.

“La naturaleza es una de las primeras ventanas de asombro del niño, y es ciertamente la ventana que puede ayudar a recuperar el sentido del asombro a quien lo haya perdido”, asegura la canadiense Catherine L’Ecuyer, doctora en Psicología, en su bestseller Educar en el asombro. “Como sugiere Rachel Carson: ‘Muchos niños, quizás porque ellos mismos son pequeños y están más cerca del suelo que nosotros, se dan cuenta y disfrutan con lo pequeño y que pasa desapercibido. Quizás por esto es fácil compartir con ellos la belleza que solemos perdernos porque miramos demasiado de prisa, viendo el todo y no las partes. Algunas de las más exquisitas obras de la naturaleza están a una escala de miniatura, como sabe quien haya mirado un copo de nieve a través de una lupa’”, se puede leer en la página 58 de este ensayo, donde naturaleza y niñez se funden en una sola palabra que las congrega: asombro.

Agudizar las ganas y el ingenio

Pero vivo en un departamento. Pero no tengo plantas. Pero mi hijo es un bicho de ciudad. Vero Farías reside en el barrio porteño de Monserrat desde hace más de 25 años y es mamá de Emi, de 11. “No podría imaginar educar a mi hija sin estar en contacto con la naturaleza. Es la manera de hacerle ver que la vida depende de un complejo sistema, que somos parte de un todo que está relacionado y una manera de ejercitar el asombro. Al vivir en el centro porteño cuesta un poco, pero no es imposible: hay que agudizar el ingenio. Tanto en la terraza como en el balcón tengo plantas y la involucro en el riego; sembramos semillas y observamos el crecimiento y cambios según la estación. Hacemos caminatas urbanas por diferentes barrios porteños y observamos qué arboles hay, recolectamos hojas, piedras, palitos, tesoros. Sacamos fotos de las nubes en diferentes momentos del día y también desde la terraza vemos la puesta del sol. Me parece imprescindible, para todas las edades, habilitar experiencias para hacer contacto con la naturaleza”, cuenta Vero, que nació en Huinca Renancó, una ciudad ubicada en la provincia de Córdoba.

“La naturaleza es una de las primeras ventanas de asombro del niño, y es ciertamente la ventana que puede ayudar a recuperar el sentido del asombro a quien lo haya perdido”, Catherine L’Ecuyer, doctora en Psicología.

Jimena Ll. tiene 3 hijas de 8, 6 y 3 años y también vive en la Ciudad de Buenos Aires. Ella asegura que las chicas “juegan diferente” cuando están afuera. “No sé qes lo que se les despierta, pero se vuelven más creativas. No están esperando un juguete ni un dispositivo. Juegan con lo que hay, todo les sale más natural”, cuenta. En 2020, en plena pandemia, pudieron pasar la cuarentena en familia en las afueras de ciudad y, preocupados porque una de las chiquitas no quería conectarse a los Zooms de la escuela, hicieron una consulta a la maestra. “Me dijeron que no me pusiera mal porque ella ya estaba aprendiendo con el solo hecho de estar en contacto con el verde”, destaca Jimena y cuenta que además de tener plantas en la ventana de su departamento, siempre que puede, intenta buscar plazas un poco más alejadas y con más espacios verdes para que jueguen.

Gisela Arcando es docente, madre de 6 hijos y vive en La Plata. “Yo creo que un niño que tiene este vínculo sano con la naturaleza puede afrontar la vida de otra manera. Lo digo desde mi observación y desde mi experiencia, trabajo con niños. Es una marca a fuego. Lo que no quiere decir que quien no haya tenido esta experiencia desde niño no pueda generarlo”, explica la docente y dice que lo importante es darse cuenta, porque siempre hay maneras de revertirlo. “Con mi marido vivíamos en un ritmo citadino muy intenso, hasta que un día nos dimos cuenta de que no queríamos eso para nuestros hijos. Nos mudamos no solo para que los chicos, que en ese momento eran dos, tuvieran más contacto con la naturaleza, sino para que pudieran crecer en ella. Fue un despertar para toda la familia”, asegura.

La realidad delante de la mirada

En un mundo donde la realidad virtual, las redes sociales y lo digital están al alcance de chicos cada vez más chicos, lo que se va perdiendo en el camino es el contacto con la realidad palpable. Esa que es tan original como la propia Vida. “Nuestros hijos deben oler el musgo, escuchar los grillos, contar las estrellas, tocar la piel de los melocotones, perderse en la mirada de sus padres, saber leer la tristeza en el rostro de un amigo y sentir compasión haciéndolo, apreciar el reflejo de la luz de las gotas de la lluvia y sentir el tacto de la hierba que pica”, escribe Catherine L’ Ecuyer en su libro Educar en la realidad, citando al pedagogo e ilustrador italiano, Francesco Tonucci.

Vivir en el campo es, indiscutiblemente, una manera de que este vínculo se genere de una manera casi orgánica y sin esfuerzo. La naturaleza está ahí todo el tiempo. La realidad está ahí mostrándose a cada rato. Difícilmente pase desapercibida para un niño. El entorno entra casi sin permiso en la vida del chico y eso, a su vez, es un esfuerzo menos que los padres tienen que hacer para generarlo.

Milagros Rodríguez es psicóloga y mamá de tres varones: Hilario (6), Toribio (4) y Conrado (6 meses), y desde hace 7 años vive con su familia en el campo, cerca de Tandil. “Donde vivimos hay mucho viento y lastima a los pájaros más de una vez. Cuando encontramos pajaritos muertos después de las tormentas, tenemos el hábito de enterrarlos. Y cuando encontramos pichones de liebres abandonados, los criamos. Es algo que se ha vuelto espontáneo. No hay planteos ni consignas. Se hace y después se sigue como siempre. No hay historia. No hay mentiras ni cuentos. Todos nos vamos a morir, el cuerpo se entierra y el alma se va al cielo. Los chicos aprenden a hacer un montón de preguntas y con mi marido respondemos hasta donde ellos quieren saber”, cuenta. Y agrega: “Cuando son muy chiquitos, uno les muestra el mundo, los estimula, les abre el panorama, los intenta educar en el asombro. Creo que en el campo es más fácil. Está todo ahí afuera y es genuino y espontáneo porque yo misma me asombro con ellos y delante de ellos”.

Guadalupe Pereyra Iraola coincide con Milagros en que muchos aprendizajes se van dando de manera muy natural cuando se vive en el campo. “El año pasado se empezaron a alzar las yeguas del campo, y sin preguntar mucho, las chicas entendieron cómo era el proceso de reproducción. Sin libros, entendieron todo”, cuenta. Ella vive desde hace 9 años con su marido y sus 4 hijos (de 7, 5, 4 y un bebé de un mes), en el partido de Hipólito Irigoyen, provincia de Buenos Aires. “En casa, las estaciones del año las ayudan muchísimo a dimensionar el paso del tiempo. Las flores y las características propias de cada época les dan una idea de proximidad o lejanía. Lo abstracto se vuelve concreto. Se vuelve real”, señala.

Abrir la puerta (para ir a jugar)

En 2018, en una nota para el diario El País, de España, Richard Louv habló sobre los efectos negativos que puede tener este alejamiento de las personas (no solo de los niños) con el entorno natural. “Se da una merma de la creatividad, de la capacidad de asombro, de los estímulos físicos, de la facultad de aprender mediante la experiencia directa. Estos se complementan con la ausencia de los efectos positivos que tiene el contacto con el medio, de los que hay un cuerpo creciente de evidencias. Diversas investigaciones lo relacionan con una reducción de los trastornos por déficit de atención, del estrés y de la depresión. Incluso con un mejor desarrollo cognitivo”, describe el periodista y científico estadounidense.

Cosas que podés hacer aunque no vivas afuera
-Todos tenemos una ventana en su casa: mirar las estrellas, observar los ciclos en la naturaleza, las fases de la luna, cómo se ve el cielo en los distintos momentos del año y las hojas de los árboles cuando cambian de color. Ponerle comida a las aves para que se acerquen y observarlas. Buscar qué especies de aves se ven desde un balcón o patio. Observar los insectos, las telas de araña, las formas de las nubes.
-Aprender los nombres de los árboles, las formas de la hojas.
-Conocer las flores y ver cómo son sus partes.
-Cortar una semilla y observarla por dentro.
-Organizar alguna visita a un campo o a pescar.
-Armar un picnic, como cuando éramos chicos.

Mercedes Gallardo, mamá de Enrique, de 8 años, comparte. “Él vive en el campo desde que nació. Sabe cuándo viene una tormenta y que la ruta va a estar complicada si hay mucha niebla. Aunque no es tan fanático del contacto con los animales, los respeta y los cuida incondicionalmente. Ovejas, liebres, perros, pollitos, tienen lugar y comida en casa si su madre los abandona. Ni hablar de retarlos o dejarlos afuera si hace frío. ‘Pobrecitos, están solos sin su mamá’, me dice”, cuenta Mercedes, que desde hace 10 años vive con familia en las afueras de Tandil.     

 Amalia Locícero también tiene cuatro hijos, de entre 11 y 4 años. “En este mundo que les toca, que es tan virtual y tan desconectado a la vez, estar en la naturaleza los vuelve a conectar con lo primitivo. Siempre viví en departamento y me di cuenta que para todos es un refugio estar afuera. ¿De qué manera los incentivo a salir? Abriendo la puerta siempre. A veces cuesta, porque se cuelgan con la tele o se quedan mirando algo. A veces se va la mejor hora del día y no salieron. Pero siempre intento que salgan. Y si no lo hacen porque se los pido, lo hacen por ellos, porque lo necesitan”.

Crecieron las amapolas, luego llegó el verano, y más tarde el otoño, que trajo nuevos colores y algunas nueces al suelo. El invierno llegó frío, se llevó las hojas y también a su perra, que solo tenía 6 años. La despidió entre lágrimas, pero confiando, una vez más, en que el Misterio de la Vida la va a volver a sorprender. Porque, así como en el silencio de la noche crecieron las semillas que alguna vez sembró, la luz del día siempre trae nuevos milagros para descubrir.

Si te quedaste con ganas de más…

🖱´En la web

  • Catherinelecuyer.com: Ahí encontrás, también, información sobre sus dos maravillosos libros (Educar en el asombro, Educar en la realidad).
  • Richardlouv.com: Además de sus trabajos y de sus ensayos, encontrás información sobre sus libros.
  • Childrenandnature.org: Fundación creada por Louv, cuenta con material para fomentar el vínculo de los niños con la naturaleza en casa y en la escuela.
  • Charlottemasonespanol.org: Si querés saber más sobre la pedagogía Charlotte Mason, esta es una buena página.

📚 Libros para tener a mano

  • Nativas, flores argentinas, de Loreto Salinas, Paula Fernández y Adriana Burgos. Bellísimo libro de tapa dura editado por @ojoreja, que reúne material sobre flores argentinas. Pensado (y explicado) para todas las edades y con ilustraciones en acuarelas que dan ganas de enmarcar.
  • La naturaleza del juego, de Delfina Benítez Aguilar. El libro propone actividades y juegos para disfrutar en la naturaleza partiendo de la premisa que el vínculo niño-naturaleza es esencial para el desarrollo saludable de la persona.
  • Vivir en el asombro, prácticas para cultivar lo sagrado en la vida cotidiana, de Fabiana Fondevila. Una invitación a retomar y reavivar algunas “llamas” que quedaron en el camino, y despabilar la mirada.

🎵 Música

  • Soymusic1.bandcamp.com. ¿Conocen la música de Tefi Skoufaulos (@tefita.soy)? Tiene dos discos soñados pensado para que los más chicos -y los grandes también- vuelvan a conectar con las cosas más simples de la vida. También pueden encontrar sus listas en Spotify.

NIÑOS Y PANTALLAS
El uso de las pantallas siempre estuvo en tela de juicio. No es su uso sino su abuso o exceso de exposición lo que se pone en discusión, más en este contexto de pandemia donde muchos niños permanecieron durante meses encerrados en sus casas y, en algunos casos, con poco o escaso vínculo con el entorno natural. “…lo Bello para un niño sería todo aquello que respeta la verdad de su naturaleza, su orden interior, sus ritmos, su inocencia, su proceso verdadero de aprendizaje, etc. El amor y el consuelo de su madre le llegan a través de su sonrisa, de su mirada cariñosa. El ritmo que le conviene le llega a través de la observación de la naturaleza. Descubre los colores a través de la Belleza de las flores del campo… Es importante que el niño experimente a través de lo cotidiano, de la verdad de las cosas, de la realidad, no de la virtualidad”, escribe L’Ecuyer. Gisela Arcando comparte esta mirada cuando dice que es necesario que el niño perciba la vida misma con todos sus sentidos antes de ser expuesto a una representación de esa vida. “Hoy, muchas veces, un niño de 3 años conoce el sonido de una vaca por La granja de Zenón, desde el celular de los padres. Es necesario que sea a la inversa: que vea una vaca, la escuche, la toque, la mire y recién después, darle lugar, si se quiere, a esa otra representación”, dice la docente.

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