12 de diciembre de 2025
En la planta baja de un edificio en Santiago de Chile, con vista a la cordillera de los Andes, Guadalupe Valdés (46) armó su lugar de trabajo. “Un poco desordenado siempre, pero así son los talleres”, dice la artista visual. Restos de telas, pinceles despeluchados, paletas de pintura que finalmente quedan transformadas en obras; “una suciedad que también es linda”.
Le interesa mostrar el proceso más que la obra terminada. Considera que ahí existe una riqueza invisible que merece valoración. Los resultados, son mera consecuencia.

El taller de la artista chilena con vista a la cordillera de los Andes, su fuente de inspiración. (Foto: La cocinita agencia)
Creció muy cerca del arte. Su abuelo materno, polaco, perdió toda una colección de pinturas europeas de estilo romántico, cuando su país fue invadido por Rusia. Llegó a Chile junto a su familia “prácticamente con lo puesto” y la única pieza artística que había logrado conservar. Logró venderla y gracias a ello pudo adquirir un campo donde empezó a trabajar la tierra. “Mi mamá recuerda que incluso le compraron un segundo par de zapatos —comparte Valdés—. Estoy convencida de que el arte transforma. Y en la historia de mi familia, la pintura nos cambió la vida”.
La artista nació en Santiago, donde todos los días la rodeaba el abrazo de la cordillera andina. La presencia, grandeza y fuerza de las montañas la conmovió desde siempre. “Desde muy pequeña siento una conexión con Dios”, dice. Un Dios que se presenta en la abundancia de la naturaleza, en sus colores y texturas; un Dios al cual intenta traer a sus obras.
Sobre su escritorio, mantiene encendida una vela. En un estante, un sahumerio deja un halo de humo blanco. Hay también un cuadro de la Virgen de Guadalupe: “Mi patrona, me acompaña a todos lados”. Antes de encarar una tarea, medita un rato para alinearse y, desde ahí, “poder ser”: crear, hablar, pintar, maternar, “lo que me toque”, dice Valdés, que es madre de cinco hijos.

«Las rocas tienen la forma de los cerros, o en sus pliegues tienen capas de color que dejan ver, en un pequeño trozo, a la cordillera». (Foto: Cristóbal Correa)
Busca respetar su “biorritmo”, algo que aprendió durante la pandemia, y expresa que muchas veces estamos más preocupados por el hacer que el ser. Toma de referencia al filósofo alemán Martin Heidegger para explicar que no le gusta imponer su voluntad a la hora de pintar, sino que busca que la obra se revele. “Puede sonar extraño, pero aprendí a trabajar conectada con una fuerza superior que está siempre ahí en el proceso, susurrándome formas, colores, ideas, aunque yo no entienda”.
Lo más importante es, ante todo, despojarse; de esta manera el trabajo se vuelve más asertivo, dice, e insiste en la sensación de que no está sola, porque algo mayor la sostiene.
Para su obra AlpesAndes, Valdés recorrió su propio pasado, rastreando el arduo camino de sus ancestros europeos y encontrando un fuerte punto de conexión con el continente latinoamericano en las montañas.

Guadalupe Valdés en comunión con las montañas. (Foto: Lorenzo Moya)
“Mi mamá nació en plena segunda Guerra Mundial, de refugiada, en mitad de Hamburgo, y sentí la necesidad de traer esas raíces perdidas, incorporando a los Alpes en mi trabajo”, comparte.
Tuvo la suerte de participar de una residencia artística de tres semanas en Tyrol, Austria, una experiencia que describe como mística, visceral y enriquecedora. “Era como si hubiese extrañado esos paisajes y sus verdes toda mi vida. Fue reconocer la raíz materna, abrazar el dolor e integrarlo todo”.

Izq.: Misiva desde el SUR – Tawantinsuyu (Foto: Victoria Jensen). Der.: Fuerza vital y escultora (Foto: Cristobal Correa)
El proceso de creación de la serie AlpesAndes —compuesta por diez pinturas de casi tres metros de alto y cerca de dos metros de ancho cada una, con la intención de que el espectador se sienta “inmerso en la naturaleza”—, duró siete años. “Pinto óleo sobre tela. Me encanta porque tiene que ver con otro ritmo. Tiene su tiempo de secado, y cada capa va siendo un ritual”.
En el taller hay fósiles y piedras que la ayudaron no solo a descifrar el pantone de colores a utilizar, sino a comprender el alma de la montaña. “En una sola roca pequeña, se muestra el universo completo”, dice la artista.

Luz que se abre en la montaña (Foto: Cristóbal Correa)
“La idea de la obra es volver a generar esa conexión con el territorio que habitamos; me urge comunicar que somos naturaleza, una sola unidad, y desde ahí transformar nuestro caminar por la tierra; el cuidado, la conexión, la preservación de ella”.
Para Valdés, el arte es un puente que une el corazón y la razón, “algo tan necesario hoy en día”. Existe para comunicar y crear un cambio en la manera en que, para seguir con Heidegger, habitamos la existencia.
Cuando pinta, la artista dialoga con la naturaleza. Y a través de sus cuadros, nos invita, también, a participar de esa conversación.

Historia de un glaciar alpino (Foto: Ale Araya)
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