Sophia - Despliega el Alma

Género

21 febrero, 2020

¿Cuándo dejamos de ser aquellas mujercitas?

Little women, ese clásico de todos los tiempos escrito por Louisa May Alcott, vuelve desde la pantalla grande para mostrarnos que, aunque el mundo cambie a nuestro alrededor, hay algo que nunca debemos perder: el valor de lo femenino.


El cálido abrazo de las cuatro Mujercitas, en vísperas de una Navidad con sentido.

Por María Eugenia Sidoti. Fotos: Sony Pictures.

El silencio de la sala es total. Pero, de tanto en tanto, hay quienes se suenan la nariz. Debo confesar que soy parte de esos ruidos: me entrego al llanto, generosa, sin importarme que se trata de una película, que ya soy grande, que hay gente a mi alrededor y que sé de la enfermedad de Beth. ¿Qué caso tendría no dejarme conmover por las mujercitas? Alerta spoiler: de nada vale intentar contener las lágrimas, igual salen. 

De chica pensaba que el libro escrito por Louisa May Alcott era mucho más que una historia de ficción. Esas chicas me reflejaban y, a su vez, había algo de cada una en mí. Hoy, que acabo de ver esta magnífica versión de la guionista y directora estadounidense Greta Gerwig, sigo sintiendo lo mismo. La emoción, sin embargo, es tan grande como una duda: ¿cuándo dejé de sentirme una más de esas hermanas?

Luminosas, vivaces, unidas: Meg, Amy, Jo y Beth, juntas para salir al mundo.

Cualquier mujer nacida y construida como sujeto en esta época puede sentirse extrañada frente a la bucólica vida de mañanas campestres, amores románticos y vestidos abultados. Han pasado frente a nuestros ojos infinidad de retazos simbólicos compuestos por modelos y mandatos. Brujas, madres, esposas, amas de casa, profesionales exitosas y muchos otros estereotipos vigentes y en desuso. Y todas hemos tenido que pasar, alguna vez, por el difícil momento de hacer frente a una realidad: el relato de nuestro mundo había sido construido por varones y, entonces, la conquista de ese horizonte difuso sería siempre descarnada.

Como advierte el papá de Mulan en el tráiler de Disney que antecede a la proyección principal, durante las colas: “Vivirás pretendiendo ser algo que no eres”, le dice a su hija, mientras ella toma la espada de sus ancestros y se hace pasar por un guerrero varón para salvar el honor de su familia, luchando en el ejército imperial. Luego será el turno del próximo estreno, la versión remozada de la Mujer Maravilla, esa bella heroína que supo hacer su camino a base de superpoderes, lazo mágico y patadas.  

Casadas… o muertas

Volviendo a Mujercitas: “Nadie hace su propio camino, mucho menos una mujer“, dice tía March cuando Jo le explica que ella no quiere convertirse en una esposa, sino en una escritora. Lo mismo ocurre cuando la joven le lleva sus primeros escritos al editor del diario local: “Asgúrate de que la protagonista esté casada para el final. Casada… o muerta“, señala él con total naturalidad.

Alcott es brillante a la hora de poner de manifiesto el escenario de la desigualdad vigente sin perder nunca la belleza. Gerwig, por su parte, recoge el guante de seda cada vez que puede y aprovecha los recursos de la actualidad, para mostrar a las mujeres en tomas luminosas, festivas, amorosas, en ronda. La contrapartida son los personajes masculinos, que en general se ven un poco melancólicos, serios y apagados.

Jo y Laurie, una mujer y un varón que no encajan en lo socialmente establecido.

Hay, de hecho, una escena muy tierna: las hermanas se esconden en la buhardilla de la casa para compartir confesiones “de chicas” y jugar, vestidas de varones, a interpretar en círculo los textos de Jo, cuando de repente ella les pregunta a las demás si dejarían entrar a la hermandad a un varón. No todas están convencidas. Sin embargo ocurre y, lejos de enojarse, reciben a su vecino Laurie con abrazos en un auténtico ejercicio integrador.

Las mujercitas también crecen

El universo de las March necesita por igual de esos cuatro puntos cardinales que cada una encarna, de mayor a menor: la dulce y femenina Margaret, la fuerte y valiente Josephine, la frágil y solidaria Elizabeth, la determinada y un poco frívola Amy. Condimentos necesarios que la escritora supo mezclar para que la novela se convirtiera en un clásico de todos los tiempos, y en un manifiesto de aquello que, de algún modo, fue en sus inicios la piedra angular del feminismo: sus protagonistas buscan entrar al mundo de los hombres sin dejar nunca de ser mujeres.

Habrá quienes digan que todo cambió y que el planteo es demasiado naíf para esta época; que las mujercitas de hoy deberían ser, antes que hermanas, guerreras implacables al estilo Mulan, siempre dispuestas a hacerse un lugar entre los varones por la fuerza, aunque deban enfrentar la dura realidad de pretender ser quienes no son en realidad.

Pero la sororidad, bandera de las nuevas generaciones feministas, precisa también de un compromiso mayor que la propia lucha de género. “La Diosa es la guardiana de la interioridad del ser humano”, escribe el psicoanalista junguiano austríaco Edward Whitmont en su libro Regreso a la Diosa, en referencia al enorme valor que tiene lo sagrado femenino a la hora de integrarnos en un mundo más grande, mejor.

El final, un nuevo comienzo

De pronto, al salir del cine, comprendo cuál fue la puerta que, al cerrarse, me dejó afuera de la casa de las March. Probablemente nevaba y debí ponerme una abrigada coraza, a prueba de dulzura, bondad, cuidado y empatía para pasar inadvertida a la hora de encajar en algún lugar. Pero, como escribió la antropóloga estadounidense Marija Gimbutas, “los ciclos nunca dejan de girar, y ahora encontramos a la Diosa que emerge de los bosques y montañas, nos trae esperanza para el futuro y nos devuelve a nuestras raíces humanas más antiguas”.

Desde el bosque, al ver la ventana iluminada por la estufa a leña del salón de las Mujercitas, no puedo contener las ganas de volver a entrar.

De la mano de Alcott, cualquier mujer puede retomar su danza ancestral frente al fuego sin chamuscarse el vestido (Jo no tiene algunas veces esa suerte). “He tenido muchos problemas, por eso escribo cuentos alegres”, comienza diciendo la película. Recuerdo, de niña, saborear las páginas finales del libro una y otra vez, para que no termine nunca.

Lo mismo ocurre con esta versión cinematográfica que es puro vértigo y saltos temporales, y donde queda de manifiesto cuánta sombra acarrea en la vida la pérdida de la inocencia y de la magia. Y que es tan cálida y reconfortante como un fuerte abrazo en casa, entre hermanas.

Todo lo transitorio / es solamente un símbolo / lo inalcanzable aquí / se encuentra realizado / lo Eterno-Femenino / nos atrae adelante”.

Fausto, de J. W. Goethe.

Ingenua y testaruda, Jo intenta “rescatar” a su hermana Meg de las garras del matrimonio.

Leé también: “Sí, las mujeres pensamos diferente”

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