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Reflexiones

6 enero, 2020

¿Te preguntás por el sentido de tu vida?

Empieza el año y, frente al comienzo de una nueva etapa, aparecen esas preguntas profundas que nos movilizan: cuál es el sentido de nuestras vidas y hacia dónde vamos. En esta nota de nuestro archivo, Claudio García Pintos, uno de los psicólogos y logoterapeutas más reconocidos de la Argentina, nos ayuda a reflexionar y a plantearnos cómo vivir cada día mejor.


Foto: Pexels.

 

Por Isabel Martínez de Campos.  

“Podemos sentir el frío del vacío o la experiencia turbadora del sinsentido, pero nunca dudamos de que el sentido existe”, reflexiona Claudio García Pintos, uno de los referentes más reconocidos del país en logoterapia. Con más de dieciséis libros publicados sobre el tema en la Argentina, Brasil, México y Barcelona, el reconocido conferencista y director del Centro de Logoterapia y Análisis Existencial de la Universidad Católica Argentina propone preguntarse cada día para qué vivimos la vida, cuál es el sentido del hoy. Según él, solo así podremos encontrar significado a nuestra existencia.

–Estamos comenzando el año y muchas veces nos hacemos esas preguntas existenciales de hoy y de siempre: ¿Qué es vivir? ¿Cómo hacer para empezar esta nueva etapa?

–Si me preguntaras cómo definir la vida, te respondería que es muy sencillo hacerlo. Solo se trata de unir dos puntos: uno de ellos es “nuestro ser actual” (es decir, dónde estamos ahora) y el otro es “nuestro deber ser” (entendido como la mejor versión posible de nosotros mismos). Si bien es así de sencillo explicar cómo es vivir, no resulta tan fácil ponerlo en práctica. Desde el colegio sabemos que la mejor manera de unir dos puntos es la recta, pero en la vida existen, en cambio, tantas formas de unirlos como individuos conforman la humanidad.

“La persona humana es un ‘siendo’, es decir, siempre en tránsito. En ese permanente transitar, vamos buscando puntos de referencia que nos permitan ir armando el recorrido o itinerario”. 

–Entonces, ¿cómo hacemos en la vida para unir el punto de “nuestro ser actual” con el otro, que usted llama “nuestro deber ser”, o sea, la mejor versión de uno mismo?

–No es fácil. Tenemos una multiplicidad de formas válidas de hacerlo. Lo importante es nunca perder de vista dónde estamos (conciencia de nuestro aquí y ahora) y cuál es nuestro destino. Por eso, decimos que la persona humana es un “siendo”, es decir, siempre en tránsito. En ese permanente transitar, vamos buscando puntos de referencia que nos permitan ir armando el recorrido o itinerario. A principio de año, tenemos ocasión de renovar impulsos, expectativas, intenciones, con el envión  anímico de un nuevo ciclo que comenzamos. Dejamos atrás lo que no salió y nos motivamos con el nuevo horizonte por conquistar.

Foto: Pexels.

–En este transitar, ¿cómo hacemos para dar significado a la vida cotidiana?

–En realidad, la vida tiene sentido, no hay que “dárselo”. La tarea es, precisamente, descubrirlo. Por eso, la vida es valiosa, siempre. Como  “tiene” sentido en sí misma, las circunstancias que van apareciendo, por adversas que sean, no se lo quitan.  Aunque resulte trillada, vale la analogía con el sol: cuando está nublado no dudamos de la presencia del sol, aunque no lo veamos. Lamentamos las nubes, sufrimos las nubes, hasta podríamos maldecir las nubes, pero nunca dudaríamos sobre la existencia y la presencia del sol. Sentimos frío por la incidencia de las nubes, pero no porque el sol se apagó. Con el sentido es igual. Podemos sentir el frío del vacío o la experiencia turbadora del sinsentido, pero nunca dudamos de que el sentido exista.

“Podemos sentir el frío del vacío o la experiencia turbadora del sinsentido, pero nunca dudamos de que el sentido exista”.

–Según sus palabras, la vida tiene sentido en sí misma, pero ¿cómo hacemos para descubrir ese sentido?

–Viktor Frankl nos ha marcado la existencia de una “vía regia” para descubrirlo, a través de la realización de tres categorías de valor. La primera sería la de los valores de creación, es decir, tratar de poner algo de nosotros para que el mundo sea mejor. Por ejemplo, cuando la cajera del supermercado nos atiende con simpatía y diligentemente, hace que nuestro mundo sea mejor que si nos atendiera con antipatía y dejadez. Es decir, por el solo hecho de realizar nuestro trabajo de manera responsable, ya hacemos un aporte al mundo. De allí para arriba, los actos solidarios, colaborar con un vecino, ayudar a alguien, comprometernos con una causa (el ambientalismo o, simplemente, recoger la suciedad del perro en  la calle, etc.), son todas manifestaciones de estos valores. La segunda categoría es la de los valores de experiencia o vivenciales. Estos son contrarios a los anteriores, es decir, cuando tomamos algo del mundo para nuestro enriquecimiento personal. El mundo dispone para nosotros un abanico gratuito y generoso de circunstancias para enriquecernos. Por ejemplo, esa música que suena en la radio, nuestra mujer diciendo que nos ama o el beso de nuestros hijos. Es decir, nadie está obligado a querernos, de modo que el amor es gratuito, generoso, y nos enriquece. La tercera categoría son los valores de actitud. Cuando vivimos una circunstancia que no podemos modificar o eludir, que no es placentera ni querida, esa circunstancia nos apela a tomar una posición ante ella y transformarla en un triunfo personal. Se trata de hacer uso de la imperdible libertad para dar una respuesta tomando posición ante lo inevitable. De este modo, transitando estos tres canales de valor, es posible descubrir el sentido, reconectarse con él si lo sentimos perdido, plenificarlo en el acto cotidiano de vivir.

Claudio García Pintos es psicólogo y logoterapeuta. (Foto: Martín Pisotti).

–¿Este argumento nos ayuda a transformar también la rutina que a veces resulta tediosa, sin sorpresas ni capacidad de asombro?

–En muchos aspectos, nuestra vida y nuestra rutina no son optadas, sino que son como son. A veces, de imposible modificación. Pero siempre conservamos la libertad para decidir, optar, cómo vamos a vivirla. Esa es la imperdible libertad a la que me refería antes. De este modo, se trata de una decisión, de un compromiso con nosotros mismos: vivir cada día según la idea de hacerlo dando “lo mejor, posible, hoy”. No menos que lo mejor, no más que lo posible, en las circunstancias actuales.

“Se trata de hacer uso de la imperdible libertad para dar una respuesta tomando posición ante lo inevitable”. 

–Viktor Frankl, creador de la logoterapia, dio sentido a su vida más allá de la adversidad. ¿Cómo lo hizo?

–Como muchos saben, Viktor Frankl pasó tres años como prisionero de cuatro campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial (Terezín, Auschwitz, Kaufering, Dachau). Antes había sufrido, cuando era niño, los avatares de la Primera Guerra. Perdió todo una y otra vez; perdió a su familia. Pero pudo sobrevivir y terminó teniendo una larga y próspera vida. Por cierto, la pregunta es cómo lo hizo y, más aún, cómo pudo sostener y desarrollar una teoría que afirma el sentido de la vida a pesar de todo. ¿Cómo? Creo que podemos señalar, de manera muy resumida, tres claves. La primera es su compromiso afectivo con alguien. Él le había prometido a su joven esposa que lucharía por sobrevivir, con la ilusión de reencontrarse con ella después de la guerra. Lamentablemente, no pudieron reencontrarse porque ella no superó el cautiverio, pero esa frustración no le quita sentido al hecho de haber mantenido su compromiso, y fue clave para que Frankl pudiera sostenerse en el sufrimiento del campo. La segunda clave, su compromiso con algo (una misión en la vida). Su segunda esposa comentó que él asumió, durante su estadía en el campo, la misión de seguir siendo médico y acompañar el sufrimiento de sus camaradas, y que eso terminó siendo un motivo suficiente para sostenerlo. Asimismo, le había prometido a su primera esposa salir del campo, para escribir un libro que ella confiaba iba a serle de gran utilidad a la gente. La última clave es la turbación del sufrimiento: nunca dejar de resistir, vivir siempre hasta el final y confiar en que la hora esperada llegará. Todos podemos vivir nuestros propios campos de concentración, no marcados por alambres de púas sino por circunstancias de vida no elegidas, impuestas, inevitables. De ese modo, las experiencias del prisionero Frankl pueden también servirnos a cada uno de nosotros.

–¿Qué papel cumple la espiritualidad en nuestra vida?

–Para responderlo, primero debemos ajustar qué decimos cuando decimos “espiritualidad”.  La gente asocia espiritualidad con religiosidad y es incorrecto. La espiritualidad es una característica de la naturaleza humana (no se da en los animales y es lo que nos distingue de ellos) y consiste en la posibilidad de captar intuitivamente valores, poder elegir uno o unos de entre todos ellos y decidir vivir nuestra vida realizándolos. Por ejemplo, al captar valores, optamos por el valor “fidelidad” y decidimos vivir nuestra vida de esposos siendo consecuentes con eso. O bien optamos por el valor “honestidad”, y decidimos vivir nuestra vida como personas honestas. Y así en todos los casos. Eso es ser espiritual. Si optamos por el valor “Dios”, nuestra espiritualidad es religiosa, pero puedo no optar por eso y seguir siendo espiritual. Porque la espiritualidad es nota de nuestra naturaleza, y no consecuencia de nuestras opciones. De ahí la importancia de la espiritualidad: ordena, orienta, permite la realización personal. En lo cotidiano, nos vamos a cruzar con todos los problemas y con todas las dudas, pero en los valores vamos a encontrar todas las respuestas. Cuando circulamos por la calle, en cada cruce hay un semáforo que nos orienta sobre qué hacer (detenernos o seguir) y nosotros decidimos. Eso nos permite circular. Esos semáforos son los valores. En cada “cruce” de la vida, ellos nos orientan sobre qué hacer y nosotros decidimos. Así nos hacemos responsables del tránsito tanto como de los choques que tengamos.

“La espiritualidad es una característica de la naturaleza humana y consiste en la posibilidad de captar intuitivamente valores, poder elegir uno o unos de entre todos ellos y decidir vivir nuestra vida realizándolos”.

–¿Cómo hacemos para ayudar a nuestros hijos o nietos a encontrar un sentido para sus vidas?

–Básicamente, educándolos en la posibilidad de ayudarlos a “afinar su conciencia”. Esto significa permitirles desarrollar un espíritu crítico, autónomo, responsable y comprometido.  Educándolos en la posibilidad de asumir compromisos afectivos con alguien y compromisos efectivos (responsabilidad) con algo. La vida solo tiene sentido si se la vive para algo y para alguien. Un día más para nada, un día más para nadie… ¿para qué vivir ese día?  Pero un día más para hacer algo, o para hacerlo para alguien, vale la pena todos los esfuerzos que hagamos para vivirlo. Frankl solía recordar un pensamiento del sabio Hillel (reconocido dentro de la tradición judía ancestral), quien decía esto: “Si no lo hago yo, ¿quién?; si no lo hago ahora, ¿cuándo?; si lo hago solo pensando en mí, ¿quién soy?”. Creo que esto resume muy bien la idea. Por otro lado, “afinar la conciencia” (autonomía, espíritu crítico, compromiso, responsabilidad) permitirá a nuestros hijos, agrega Frankl, no ser víctimas ni del conformismo ni del totalitarismo. Es decir, no abdicar el yo al imperio de hacer “solo lo que tengo ganas” ni abdicar ante “la corriente”. Viktor Frankl hizo esta afirmación en los años sesenta y sigue teniendo una vigencia absoluta.

Esta entrevista fue publicada en el número 146 de la edición impresa de Sophia, en enero de 2014.

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