Sophia - Despliega el Alma

Sociedad

13 agosto, 2018 | Por

Crónica desde la cárcel: estar donde nadie quiere estar

Un grupo de voluntarias visita el Complejo Penitenciario del partido de San Martín, con la misión de tender un puente entre la libertad y el encierro. Y en cada encuentro comparten tiempo, brindan escucha, contención y un abrazo. Estos son los testimonios, tan difíciles como conmovedores, que Sophia pudo retratar al otro lado del muro.


Por María Eugenia Sidoti. Fotos: Gustavo Sancricca. 

“Nadie duerme el día antes de entrar por primera vez”, me dice Pabla Miño, la voluntaria de la Pastoral Carcelaria que al día siguiente me dará acceso al penal. Dice que es una ley que funciona en la mayoría de los casos, porque el encierro genera algunos fantasmas y muchos miedos. “Vamos sin maquillaje, sin bijouterie, sin escotes ni tacos. Te conviene llevar una cartera pequeña, pocas cosas. Fundamental el DNI”, detalla. Anoto todo y dejo a mano, para no olvidarme, una bolsa con galletitas, yerba y caramelos para compartir. La visita será bien temprano. Y es como dice Pabla: esa noche resultará casi imposible dormir.

El intenso olor a basura del Ceamse indica que el Complejo Penitenciario Conurbano Bonaerense Norte está cerca. Enseguida, la construcción se impone entre el verde, rodeada por un perímetro de rejas y remolinos de alambres de púa. Una rata avanza pesadamente a la par nuestro hasta la entrada. “Somos el equipo de capellanía”, dice Pabla y entrega los documentos. Entramos. Personas en fila esperan el ingreso para ver a sus familiares. Es el día de las visitas para los violadores y abusadores, que se encuentran en un pabellón separado. Quienes mataron a sus hijos también están alejados del resto de la población carcelaria. La mayoría de las visitantes son mujeres que llevan bolsas con insumos y a sus hijos de la mano.

Pabla avanza dando pequeños saltos, sus rulos grises se agitan. “¡Hola!”, dice con alegría y le da un abrazo al guardia. Su saludo se repite con la misma energía para cada uno de los trabajadores penitenciarios que cruzamos mientras avanzamos a través de las puertas y candados que cada uno de ellos abre y cierra enseguida a nuestro paso.

Una brisa con aroma a pasto recién cortado va y viene trayendo postales de la libertad. Del otro lado quedó la calle: el carenciado barrio que linda con el camino del Buen Ayre y esa tienda improvisada donde se venden souvenires para quienes entran de visita: imágenes religiosas, peluches, facturas, cremonas, pastafrola…

Una de las primeras puertas que aparecen al encuentro tiene pintada la palabra “Sum”. Es el salón de usos múltiples, un espacio similar al del comedor de un centro de fomento o de un club, donde los presos reciben a sus familiares y se sientan a compartir una hora, tal vez dos si todo transcurre en paz. Y aunque la cumbia suena al mango y hay pastelitos y mates en casi todas las mesas, el clima no es festivo. Al contrario: está oscuro, hay olor a algo rancio y todos se ven encorvados.

Estar realmente con los otros

En 1995 la película Mientras estés conmigo marcó un antes y un después en el debate acerca de la pena de muerte en Estados Unidos, y consagró la carrera de la actriz Susan Sarandon como la monja católica que visita hasta el final al convicto interpretado por Sean Pean. Tomándolo del hombro, leyéndole la Biblia, ella camina junto a él. Y es extraño cómo Sarandon supo captar el espíritu de estas mujeres. La mirada serena, el abrazo. La certeza de que, aunque culpables, los presos deben ser tratados humanamente. 

A pocos metros está la puerta de entrada a la escuela donde estudian solo algunos presos; no hay lugar físico para todos. Las paredes están llenas de murales. En uno se lee “Memoria, verdad y justicia” junto al dibujo de una mujer de ojos vendados que sostiene su balanza. “Estos son los únicos baños más o menos limpios del lugar”, señala Pabla hacia la derecha y me invita a pasar al que dice “Damas” en la puerta. Eso es antes de visitar el pabellón 11 de la unidad 48, la de máxima seguridad. Allí nos quedaremos varias horas para compartir tiempo, ese tesoro que adquiere otra dimensión tras las rejas.

La cárcel, ese lugar en el mundo  

Conocí a Pabla una semana antes de entrar por primera vez a la cárcel. Me habían contado de su enorme entrega como voluntaria del equipo de mujeres de la Pastoral Carcelaria de la Diócesis de San Isidro. El día del encuentro acababa de volver del penal. La charla fue intensa y se la veía frágil, quebrada. “Yo veo ahí a mis hermanos y sé que Dios está en cada uno de ellos; ese es mi concepto de resurrección. Por eso me gustaría que se sepa cuál es la realidad carcelaria. Quisiera algún día sentarme con la gobernadora María Eugenia Vidal para contarle; ella es mujer, me va a entender…”.

Al momento de la charla Pabla tiene 52 años y está casada con Enrique. Dice que su decisión fue no tener hijos. “Ahora veo que mi maternidad estaba en otro lugar: en cuidar del otro”, explica y se refiere a los pibes del pabellón 11, los presos peligrosos. “Sí, sé que defiendo lo indefendible. No digo que no tengan que pagar por lo que hicieron, pero ¿alguien cree que pueden salir de la cárcel rehabilitados? También pienso mucho en las víctimas, rezo mucho por ellas y sus familias. Creo que el Estado debería darles contención”, murmura mientras sorbe de una taza de café, y piensa un instante, para agregar luego: “Siento que soy un puente entre la sociedad y los presos. ¿Y sabés qué? Ellos van a salir un día y, como están dadas las cosas, no van a haber aprendido nada. Por eso nosotras trabajamos para darles un abrazo, una escucha atenta, consejos de vida y los valores que la mayoría de ellos jamás recibieron. No saben lo que es la cultura del trabajo, nunca lo vieron en sus padres ni en sus abuelos. No terminaron la escuela, muchos sufrieron abusos o cayeron en las drogas de chicos, o vieron morir a sus familiares y amigos por adicciones o en enfrentamientos con la policía. Su mirada acerca del valor de la vida está inscripta en esa realidad”. En eso trabaja sin descanso, sin cobrar un centavo: en contarles a los presos que ese otro, esa persona a la que violentaron, es un ser humano valioso, lleno de sueños, de ganas de vivir y de ayudar.

Le pregunto por qué lo hace. Pabla cuenta que, luego de trabajar durante dieciocho años en el servicio de diagnóstico por imágenes, un día sintió que algo en su vida estaba perdiendo el brillo. Así fue como llegaron los ataques de angustia. Entonces decidió que su búsqueda debía ir por otro lado: se recibió de counselor y volvió a la Iglesia católica, de la que tiempo antes había decidido partir. Y un día, mientras realizaba un retiro de oración ignaciana, sintió el llamado. “Jesús me pidió que lo visitara en la cárcel. Le pregunté por qué, intenté hacerme la tonta. Pero al tiempo fui. ¿Qué me pasó la primera vez? Nunca me sentí tan triste y tan feliz en un mismo lugar”, describe entre lágrimas.

“Es acá”, dice Pabla. Dos guardias abren el candado de una puerta de chapa y nos miran en silencio. Ella va primero. “¡Buen día chicos! ¿Están todos dormidos?”, dice con voz fuerte y alegre, mientras da palmadas con sus manos. Doce hombres muy jóvenes se acercan despacio para abrazarla. No parece la misma Pabla que conocí días atrás. Ahora se la ve radiante, enérgica. “Ella viene para escribir acerca de lo que hacemos juntos”, les cuenta acerca de mi presencia. Los pibes asienten, después me besan. Preguntan qué le pasó a aquella señora mayor, también voluntaria, que los visitaba y les daba un taller de escritura. Pabla les cuenta que días atrás le robaron en la calle, la empujaron y, al caer, se quebró la cadera. Algunos se toman la cara con una mueca de horror, otros clavan la vista en el suelo.

La mayoría viste equipos deportivos y zapatillas, si no nuevas, limpias y coloridas, de marca. Llevan el mismo corte de pelo: rapado a ambos lados, largo y con un jopo arriba. Algunos tienen tatuajes, otros aros, unos pocos gorras con visera. Entre todos extienden un mantel con motivos navideños y buscan las frazadas de sus celdas para que nos sentemos sobre ellas en los largos bancos de madera del comedor, que están helados. “Es su ceremonia, jamás permiten que comencemos hasta que no esté todo listo”, comparte con una sonrisa cómplice Amalia, la más nueva del equipo de capellanía.

Hay mates de todos los tamaños, tres termos. Es el día en que el couch Bernado Bárcena brinda –de la mano de las voluntarias– su taller de empoderamiento; encuentros donde los presos comparten sus miedos y frustraciones y ofrecen sus corazones con la generosidad de los niños. No pasa mucho tiempo de charla cuando, de pronto, aflora su peor temor: salir de la cárcel, seguir en la misma, volver a delinquir. “Afuera me espera mi abuela, le prometí que cuando salga la voy a acompañar a misa”, dice Yoni, que está punto de ser libre otra vez: luego de purgar una condena de diez años, con 30 recién cumplidos, volverá a la calle. “No tengo mucha familia. Mi papá y mi abuelo murieron en enfrentamientos con la policía. Mi vieja trabaja por horas, vive lejos, no le alcanza para venir a visitarme”, explica.

Bernardo, el couch, habla con ganas. Les dice que, aun ante el peor de los escenarios, ellos deben salir de la queja y de la autocompasión; elegir dejar de ser víctimas para convertirse en protagonistas de sus propias historias. “Sí, es cierto que no hay que quejarse, pero acá por ejemplo el agua está contaminada con plomo y nadie hace nada”, interrumpe Osvaldo mientras ceba y toma apunte de todo, prolijamente, en su cuaderno de espiral. “¡Uy! Ahora no van a querer tomar mate con nosotros”, dice Yoni y se agarra de su gorra con ambas manos, preocupado. Mientras las cucarachas van y vienen por la pared donde apoya su espalda, Pabla bromea: “¿Y qué me va a hacer el agua con plomo a mí? ¡Si ustedes saben que yo ya soy un plomo!”. Y es así como, de pronto, aparecen por primera vez las sonrisas de los presos. Dentaduras postergadas, llenas de huecos, que ya no los hacen ver tan jóvenes.

Fragmento de la charla entre Bernardo, Pabla y Amalia con los presos del pabellón 11:

Osvaldo: Tenemos suerte porque ustedes se preocupan por darnos otra visual de la vida.

Pabla: Ustedes van a aprender muchas cosas. La vida no termina acá en la cárcel.

Guillermo: No es fácil cuando salís y no te abren las puertas. Un amigo que delinquía conmigo y consiguió un buen puesto me negó su ayuda. Y yo volví a la misma, acá voy a morir.

Pabla: Todo cambio parte de uno mismo, Guille.

Yoni: Yo te escucho y te agradezco, pero no entiendo cómo voy a llegar a tener algo el día de mañana. ¿Cuánto voy a ganar? Yo quisiera progresar, no subsistir.

Pabla: Ojo con las trampas mentales. Yo te escucho y digo “pobre”, él cree que no va a poder. Y yo sí creo que vas a poder. Y no te lo digo porque te quiero, te lo digo porque sé que va a ser así, Yoni. A ustedes les falta creer en ustedes y entender que todo cuesta, que no hay nada mágico.

Osvaldo: ¡Porque nosotros queríamos vivir bien estando errados! Mirá, yo no tengo nada pero soy rico, porque tengo a mi mujer y a mis tres hijos. Pero antes no me daba cuenta. Hoy tengo 36 años y cumplí condena por todo tipo de delitos. Solo me faltó secuestrar y matar, el resto lo hice: robé desde una cartera hasta un quiosco. Ya no, quiero ser otra persona. Quiero que mis hijos me vean de otra manera.

Amalia: Como Pirincho, que estuvo ocho años y medio preso y hoy vive con su familia, trabaja y pudo hacer una vida nueva. Él podría haberse olvidado de ustedes ahora que está libre. Pero en cambio los llama y viene a visitarlos para contarles que se puede renacer.

Todos: ¡Uh, sí, qué capo, Pirincho!

Bernardo: Es que, como él, ustedes acá están de paso hacia una nueva vida. ¿Cómo les gustaría ser en esa nueva vida? ¿Cómo sería la felicidad?

Christian: Yo creo que la felicidad son los momentos. Porque podés tener las mejores zapatillas y no ser feliz.

Yoni: A mí, que soy muy negativo, me gusta que ustedes vengan y me digan que estoy equivocado. Que tomemos unos mates y no me vean como a un delincuente…

Pabla: Nosotros vemos el enorme valor que tienen ustedes. Aunque a veces me hagan enojar, sé que van a cambiar, que pueden hacerlo.

Todos: ¡Gracias, Pabla, nunca dejes de visitarnos!

Aplausos generales.  

Hay equipo: María Patricia Ribaya, Claudia Amaya, Antonieta Juárez, Julieta Ayllon, Teresa Burión, Gisella Terracini, padre Lucas, Dolores Gioiosa, Dolores Gestoso, Mechi Miguens, Cristina Albornoz, Clara Rojas, Elida Beretta, Alicia y Pabla.

Ellas van y creen

El equipo de capellanía está integrado por voluntarias de la Diócesis de San Isidro. Son mujeres que creen y hacen de su espiritualidad una ceremonia de encuentro con el prójimo. Amparadas en el amor, acompañan a los presos enseñándoles desde huerta hasta tejido, rezando y encontrándole otro sentido a la vida. De la mano de los capellanes, el padre Jorge García Cuerva y la hermana Cristina Albornoz, van y vienen por el penal como en una procesión. Hay varones también: como Enrique, el marido de Pabla, quien brinda un taller de cerámica, y los maridos de otras de las voluntarias, que entrenan a los presos del equipo de rugby llamado Los Espartanos. Pero “las mujeres son siempre mayoría”, como dicen ellas mismas cuando cuentan que, a la larga, quienes más visitan a los presos son las madres, las abuelas, las hermanas, las esposas, las novias, las hijas…

En la segunda visita al penal está el resto de las mujeres del equipo que trabaja en los anexos masculinos y femeninos de la unidad 47. Bien temprano, a pesar del frío, las voluntarias llegan con sus bolsas llenas de cosas para poner manos a la obra en los quehaceres: lana, agujas, hilos, telas. La hermana Cristina Albornoz va al frente. Trabaja allí desde 1996 y, aunque ser la capellana de la unidad le da autoridad adentro de la cárcel, elige el bajo perfil: la voz suave, la mirada serena y un gesto amoroso con quien sea que esté enfrente.

“Me metí en la cárcel a través de las mujeres de los presos. Comencé a trabajar con esposas, madres, abuelas, hijas, hermanas… Estaban muy desprotegidas. Mi misión es estar donde nadie quiere estar. Costó mucho; antes no nos dejaban ingresar a pabellones por cuestiones de seguridad. Pero nosotras no queríamos capillas ni oficinas, sino estar adentro con ellos. Y también acompañar y ayudar al servicio penitenciario, que muchas veces es tan marginado como el preso”, señala Cristina.

El equipo se fue agrandando poco a poco. Al tiempo, los guardias se dieron cuenta de que ellas lograban algo que valía la pena apoyar: cada vez que venían trayendo Evangelio, contención y labores, los presos mejoraban su conducta y la forma en que se vinculaban entre ellos. Todo cambiaba.

“Los chicos tienen la mejor con nosotras y aceptaron gustosos realizar bufandas con telar de cartón, nada fácil. Dos son para donar, la otra se la quedan”, cuenta Claudia. “Ellos nos esperan porque, además de tejer, charlamos de la vida, de los sueños”, agrega Mechi.

Cuál es el mayor sueño que tienen, les pregunto a los pibes, mientras tejen. “Y… la libertad. Salir de acá. Salir y tener paciencia para no volver a bardear. Tejer te calma los nervios y ayuda, porque nos tenemos que rehabilitar de muchas cosas. Y queremos salir mejores personas para no volver a caer al precipicio”, dice el más locuaz de la de la 47, mientras juega con la lana. Otro pide: “Vuelvan. Nos hace bien que vean que no somos animales. Nos sacan un poco de todo lo que pasa acá adentro”.

Ya en el anexo femenino, una mujer que fue víctima de violencia de género y purga su pena por defenderse con un arma de ese marido cruel, nos recibe sonriente mientras confecciona las hostias para la comunión. Sus compañeras enhebran cuentas para armar pequeños rosarios. Cuentan los guardias que cada vez que las presas se ponen a hacer manualidades salen un rato de la tristeza. Pero las actividades son pocas y por lo general triunfan el letargo, la ansiedad, las lágrimas, la bronca… “Yo las quiero ayudar para que estén tranquilas y para que nosotras podamos trabajar en paz”, dice la encargada de la seguridad del anexo, una mujer joven que lamenta no tener más y mejores herramientas para ellas.

En la oscuridad del pabellón, Lorena, Ana y Mabel cortan telas con una tijera y conversan con “Córdoba” y Loli, como llaman cariñosamente a las voluntarias. Charlan de la vida, cosen. Reconocen que muchas veces se pelean, pero justo esta mañana, por el contrario, se abrazan. “Compartimos mucho”, explica Lorena, emocionada.

Pasado el mediodía, llega la hora de partir para quienes tenemos la posibilidad de volver al “afuera”. Adentro, en cambio, los presos deben volver a sus celdas para el recuento; el “engome”, en la jerga carcelaria. Hay abrazos de despedida, palabras de aliento. Ellos quedan observando nuestra salida con los ojos fijos. Y es difícil escuchar cómo, al cerrarse cada puerta, el ruido seco marca un compás que divide con un muro la vida de unos y otros. “La mitad de mí se queda adentro con ellos”, confiesa con los labios apretados Pabla.

–¿Viste resurrecciones en la cárcel? –le pregunto.

–A veces sí; la mayoría de las veces no. Pero no quiero pensar en resultados; solo entro a dejar mi semilla. Y las semillas también crecen de noche.

El equipo de Sophia visitó el Complejo Penitenciario Conurbano Bonaerense Norte, que comprende las unidades penitenciarias 46, 47 y 48. Allí habitan alrededor de 1550 presos (el número varía por las entradas y salidas). Ubicado en la bajada del Camino del Buen Ayre y Debenedetti, en la localidad de José León Suárez, fue edificado sobre un relleno sanitario del Ceamse, a pocos metros del río Reconquista. La unidad 46, la primera en crearse, se inauguró en marzo de 2006 con la idea de crear una cárcel “modelo”.

*Nota publicada en edición impresa #161.

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