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Viajes

9 noviembre, 2021

Crónica de una meditación andante

Te invitamos a hacer una pausa para conocer cómo es la rutina diaria de un templo budista ubicado al norte de Tailandia, que recibe a visitantes de todas partes del mundo y los introduce a las técnicas de meditación Vipassana.


Por Bea Vilá Bertrán

UN LUGAR RETIRADO LLAMADO “WAT TAM WUA FOREST MONASTERY”

Es en Laos, el país vecino, donde escucho por primera vez a alguien mencionar este sitio. Mi marido y yo decidimos tomarnos un año sabático para viajar por el mundo durante nuestra luna de miel. Llevamos más de tres meses recorriendo el Sudeste Asiático con nuestras mochilas al hombro y nos invaden las ganas de apartarnos del bullicio de las grandes ciudades para asentarnos y tomarnos unos días de descanso. Por esas casualidades, mientras compartimos una típica charla de viajeros en un puesto de comida callejera en Luang Prabang, le comentamos a Anne, una chica francesa que está viajando sola, que estamos interesados en aprender técnicas de meditación y ella no duda en señalarnos cómo llegar hasta este lugar mágico. Nos asegura que no hay que reservar sitio con antelación, que no es necesario tener experiencia previa y que funciona a base de donaciones.

SALIENDO DE NUESTRA ZONA DE CONFORT

Una vez llegados a Pai, un pueblito rural al Norte de Tailandia, alquilamos una moto y partimos rumbo a Mae Hong Son, por la sinuosa ruta 1095 que surca una de las zonas más montañosas del país. Un cartel rodeado de banderines tailandeses y budistas nos dan la bienvenida al Monasterio desde la ruta. A simple vista nos llaman la atención la atmósfera, el cuidado y el amor que desprende el lugar. En lo que parece ser la sala principal, nos encontramos con un monje envuelto en una túnica anaranjada. Se presenta como Ajahn Luangta, el abad de la comunidad. Con una cálida sonrisa nos da la bienvenida y nos invita a participar plenamente en la vida del monasterio, asistiendo a todas las sesiones programadas y a ayudar con los quehaceres diarios.

“El verdadero milagro no es volar
por el aire o pasar sobre las aguas,
sino caminar sobre la tierra”.
Thich Nhat Hanh

“Consideren a Wat Tam Wua un hogar lejos de casa”, convida. Con el fin de respetar a la comunidad durante nuestra estadía, nos brinda información y directrices. Nos invita a alojarnos el tiempo que queramos y asegura que para que las prácticas resulten beneficiosas, es recomendable que nos quedemos como mínimo una semana. Luego insta a que nos sintamos cómodos y a que nos acomodemos cada uno en su “kuti” o cabaña de madera asignada y nos preparemos para la última meditación del día, que incluye cantos. Una mujer joven que se ocupa de la limpieza nos da ropa blanca y holgada para que usemos durante nuestra estadía. Al cambiarnos se produce el primer quiebre con nuestra realidad cotidiana. Y es que la cultura budista tradicional promueve la homogeneidad: todos los practicantes llevan este estilo de ropa para fomentar la práctica y desalentar la languidez. El blanco, a su vez, representa la pureza. Y contrasta con el anaranjado o más precisamente “azafrán” de los monjes, que es el color de la iluminación, el estado de perfección más elevado. 

El alojamiento es individual en una de las treinta cabañas de madera o “kutis” que rodean al monasterio.
Las mujeres se alojan por un lado y los hombres por otro.

NUESTRA PRIMERA LECCIÓN: EL LEGADO DE BUDDA

Al introducirnos en la primera meditación nocturna, guiada a través de cantos, nos notamos algo tensos debido a que nos asaltan muchas dudas e inseguridades. Si bien los cantos están traducidos al inglés, para que los practicantes occidentales logremos entender lo que estamos cantando, creo que nos perturba la idea de estar contradiciendo alguna de nuestras creencias católicas y cristianas. Al finalizar la práctica, decidimos consultar esto con uno de los monjes, quien nos explica que para ellos la función de Budda no se opone al cristianismo: “Budda no es un dios, sino un referente, el primer iluminado. Después de él hubo muchos más y hay uno latente en cada uno de nosotros”, señala.

Luego, agrega: “Buda enseñó un camino para eliminar por completo el sufrimiento mediante el desarrollo de una profunda comprensión de la realidad. La meditación permite, en primer lugar, que la mente se asiente y se calme. Uno aprende a descansar en la atención, la conciencia desnuda del presente, mientras se dejan de lado los patrones habituales de pensamiento y emociones. Con una mente abierta, tranquila, libre de ideas preconcebidas, creencias, opiniones o deseos, es posible ver profundamente la naturaleza de las cosas y entender la relación entre nuestras experiencias de felicidad y las causas del sufrimiento”.

Algunos de los 12 monjes que viven en el monasterio, durante una sesión de cantos nocturnos y meditación sentada en la sala principal de Dhamma.

APRENDIENDO A LLEVAR UNA VIDA MONÁSTICA

Antes de retirarnos a nuestro kuti, aprovechamos el momento para hablar con otros occidentales. Cristina, una mujer de Brasil que lleva varias semanas alojada en el templo, nos recomienda hacer un buen uso del tiempo y estar plenamente conscientes del aquí y ahora en las actividades diarias. “Los horarios permiten tiempo para la meditación individual, relajarse o simplemente pasear y disfrutar de la belleza del Wat y sus alrededores”. Empezamos a intuir que esta experiencia va a resultar más gratificante de lo que creíamos, porque tenemos una oportunidad única: la de ser testigos del día a día de un monje budista

Con el fin de calmar la mente y poder meditar, en el monasterio se busca simplificar la vida ocupada, atendiendo a las necesidades básicas y minimizando las distracciones. Se recomienda que la lectura sea limitada y que todo esté orientado hacia la práctica. Asimismo, la dieta alimentaria es vegetariana y se come únicamente por la mañana, siendo el almuerzo la última comida del día. El comer menos hace que el cuerpo descanse y procese mejor la digestión: es importante que esté liviano el resto del día, ya que esto favorece también la claridad de la mente. Además, nos recomiendan practicar una moderación tranquila y respetuosa del habla, y utilizarla únicamente para las necesidades mínimas y funcionales. 

Esta es la rutina que marca el reloj del Monasterio:
5.30 Hora de levantarse para practicar meditación
individual en nuestro kuti.
7.00 Ofrenda de arroz a los monjes en la sala principal.
7.30 Desayuno junto al resto de la comunidad.
8.00 Primera sesión de meditación grupal en la sala
secundaria.
9.30 Tiempo libre.
10.30 Ofrenda de comida a los monjes.
11.00. Almuerzo junto al resto de la comunidad.
13.30 Segunda meditación grupal en la sala secundaria.
16.00 Tareas comunitarias alrededor del monasterio.
17.00 Tiempo de relax, café o té.
18.00 Cantos nocturnos y meditación sentada en la sala
principal de Dhamma.
20.00 Meditación individual en el kuti.
20.30 Se apagan las luces.
22.00 Horario estimado para dormir.

La ofrenda de comida es una oportunidad para que los laicos se conecten con el monje y lo que él representa, honrarlo y agradecerle por su labor.

INTRODUCCIÓN A LA PRÁCTICA EN TRES POSTURAS

La mayoría de las sesiones de meditación en el monasterio son guiadas por el abad, Ajahn Luangta. Habla inglés y es un meditador experimentado y muy respetado en la tradición tailandesa del bosque. Cuando nos enseñan a meditar, nos orientan a través de varias herramientas. El objetivo es encontrar el modo de estar presentes en el famoso aquí y ahora. Para eso, dicen que lo fundamental es dejar pasar todos esos pensamientos que surgen cuando uno está quieto. Para concentrarse en una sola cosa que no requiera argumentación mental ni demasiado funcionamiento de la lógica, el abad nos sugiere que percibamos cómo oscila nuestra respiración al inhalar y al exhalar, o que repitamos un mantra personal.

Vipassana significa ver las cosas tal como son. Es una de las técnicas de meditación más antiguas de la India. Se enseñaba hace más de 2500 años como una cura para problemas universales, es decir, como un arte, el arte de vivir.

En Psicología, el término mindfulness se utiliza para referirse a una cualidad de nuestra mente que implica estar plenamente presentes en un instante determinado, como si no importara nada más fuera de ese momento. No obstante, se trata de una práctica milenaria que tiene sus raíces en la filosofía budista y que se enfoca en la experiencia como una fuente inagotable de conocimiento.

Se cree que Budda meditaba en cuatro posiciones diferentes. En el monasterio, por lo general, se medita en tres de esas posturas: caminando, sentados y acostados. 

La meditación andante o walking meditation es todo un descubrimiento para nosotros ya que consiste en conectar la respiración con nuestro andar. Al practicarla, uno se vuelve consciente de que la forma de caminar transmite cómo es el estado de nuestra alma. A diario solemos ir apurados, a contra ritmo, sin prestar la más mínima atención a nuestro cuerpo, ya que respiramos de manera mecánica. Caminar es, rara vez, un fin en sí mismo, salvo para quiénes están habituados a dar paseos y salir a hacer footing. Pero una vez más, la respiración resulta ser nuestra mayor aliada para entrar en un estado meditativo. En cada práctica se utiliza como objeto de atención plena. Uno se siente maravillado de que un fenómeno tan simple y natural, al volverse consciente, pueda inclinar la mente hacia la calma y alejar la emoción y las distracciones.

Los colores azafrán de las túnicas que usan los monjes fueron definidos por el mismo Buda y sus seguidores en el siglo V.

PASO A PASO, AL ENCUENTRO DE NUESTRO PROPIO RITMO

El primer esfuerzo consiste en encontrar la respiración adecuada, la que creamos que nos define mejor a cada uno y dedicar un rato a sentir cómo entra y cómo sale el aire de nuestro cuerpo. Una vez que la encontramos debemos pensar cómo esa respiración puede mover nuestros pies y piernas. Respiración y movimiento están totalmente relacionados y, poco a poco, empezamos a encontrar nuestro andar. Es un andar nuevo, distinto al que estamos acostumbrados, un andar potenciado por una forma de inhalar y exhalar. Es un andar tan diferente que no nos reconoceríamos si nos viésemos frente a un espejo, tan extraño que sentiríamos que no somos nosotros los que andamos, sino otros. Y al andar diferente, al tocar de un modo distinto nuestros pies al suelo, algo nuevo surge en nosotros, una especie de sensación de alegría.

Se requiere de un esfuerzo enorme para dominar nuestra mente, pero produce una satisfacción también enorme conseguirlo. No hay garantías de éxito: los monjes mismos, a pesar de tener años de experiencia, deben luchar contra las distracciones y el dolor corporal. Lo cierto es que la experiencia lo vuelve a uno más sabio, y así uno aprende a despegarse de todo.

Genera fascinación observar a un monje mientras realiza este tipo de meditación; su paso es lento pero firme como el de un elefante. Parece que se mueva en cámara lenta, todo su cuerpo acompaña cada movimiento y está presente en cada pisada con un aplomo y una seguridad que conmueven. El movimiento es pausado pero rítmico y siempre constante. Pura poesía.

En Wat Tam Wua las meditaciones se practican en comunidad, yendo todos en fila para seguir al monje, pero cada uno respetando su ritmo.

El aplomo del andar de un monje que lidera la meditación andante con un movimiento pausado pero rítmico, siempre constante.

DESPEDIDA Y BENDICIÓN FINAL

Entre práctica y práctica también realizamos tareas comunitarias alrededor del monasterio. Barrer los jardines, limpiar la sala, realizar la lavandería, alimentar a los peces de los estanques. Cada actividad, que debe ser realizada con consciencia, es una oportunidad para producir méritos y para practicar la atención. A medida que pasan los días, profundizamos más y más en los fundamentos del método de meditación Vipassana y practicamos lo suficiente para experimentar sus resultados beneficiosos.

Pienso en cuánto tenemos que aprender nosotros, occidentales, de este tipo de experiencias. En nuestra sociedad de consumo cuántas veces nos vemos amenazados por la inmediatez, la ansiedad, el miedo, el pertenecer, el tener, la dispersión y el entretenimiento cortoplacista… Alejados de esa realidad, fue fácil tomar distancia de las tensiones cotidianas y la impulsividad, para disfrutar plenamente. El esfuerzo cotidiano ayuda a profundizar en la vida misma, a consolidar hábitos sanos, a no funcionar tan mecánicamente, a conectar más con uno mismo y con las emociones del presente. 

Llevamos más de tres meses recorriendo el Sudeste Asiático con nuestras mochilas al hombro y nos invaden las ganas de apartarnos del bullicio de las grandes ciudades para asentarnos y tomarnos unos días de descanso“.

“Cómo lograr el milagro de vivir despierto”, es un libro del maestro vietnamita Thich Nhat Hanh que siempre despertó mi interés. A través de esta obra busca invitarnos a vivir cada instante de nuestra vida con una mente nueva y abierta, haciéndonos más receptivos y lúcidos, enfocándonos en el hoy. “El verdadero milagro no es volar por el aire o pasar sobre las aguas sino caminar sobre la tierra, para apreciar la belleza y la paz de la que se dispone ahora”, dice este sabio monje. Vivir en el presente no sólo significa dejar de pensar en el pasado o en el futuro, sino también aprender a disfrutar del aquí y del ahora, ser plenamente conscientes. Cuando nos concentramos en cada detalle, por ínfimo que nos pueda parecer, aprendemos a disfrutar de las situaciones, nos implicamos en cuerpo y alma, e incluso cambia la percepción que tenemos del mundo que nos rodea.

A lo largo de esta semana logramos desarrollar la confianza necesaria para seguir la vida de los monjes, aprendiendo de la observación directa y de nuestra propia experiencia. Entre todas esas llaves para entrar en ese estado de quietud, sin duda rescatamos el estar imbuidos en un entorno tan natural. La belleza del lugar es indescriptible, uno se puede sentir en paz apenas llega. Sin duda, todo es gracias a la calidad de la gente que vive aquí y las relaciones que establecen con el entorno que los rodea. 

Un agradecimiento especial a Abbott Luangta, a los monjes, a los tailandeses y a todos los practicantes que conocimos allí que hicieron que nuestra experiencia sea inolvidable.

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