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Crear caminos donde todavía no los hay: historia de una pionera de la horticultura en Tierra del Fuego

En la provincia más austral del país, Cristina Goodall lleva adelante Quinta pionera, un emprendimiento hortícola con sello propio donde se entremezclan los sabores locales, la historia de sus antepasados, la de los pueblos originarios y las fuerzas de la naturaleza.

Por Catalina Castro Almeyra

Transformar la tierra y su entorno, mientras se modifica el alma. Abrir nuevos senderos hasta que se funden y ya no puede entenderse una transformación sin la otra. La historia de Estancia Viamonte es la historia de un viaje, de una familia y de un proyecto en el sur del mundo. Es, también, la historia de Cristina Goodall: “Nosotros somos la quinta generación”, comenta detrás de un flamante par de anteojos por donde asoma su mirada clara y franca. Cristina está a cargo de Quinta pionera, un emprendimiento hortícola que incluye una huerta orgánica con especialidades como el ajo negro y las caléndulas y una planta de procesamiento de alimentos. Y también de la casa de huéspedes, la histórica Sea View, donde recibe a turistas que llegan de visita. 

A las huertas, allá por su zona, cerca de Río Grande, se les dice quintas. Y, como si el inconsciente hubiera jugado con las palabras, con esa referencia nombró al proyecto que lleva adelante. Toda una condensación de sentidos en un solo nombre. Porque pioneros fueron quienes empezaron a crear lo que hoy es Estancia Viamonte y Harberton, los dos campos de la familia. 

Los días de Cristina empiezan entre las cinco y las seis de la mañana y terminan casi quince horas después. Ella se despliega entre el trabajo manual e intelectual, entre la casa y los múltiples proyectos que hilvana con entusiasmo, sin temor al clima de Tierra del Fuego, ni a los desafíos que le plantea. “En la horticultura y en todo lo que tenga que ver con la naturaleza, uno de los socios principales es el clima, y no hay que pelearse con los socios”. 

Ella sabe de pérdidas, de volver a empezar, de respeto y de adaptación. Sabe que hay caminos que hay que crear. Es parte de una historia que se remonta al 1900, cuando llegó por primera vez su tatarabuelo Thomas Bridges, hijo adoptivo de una familia inglesa que se trasladó al archipiélago de Malvinas. Thomas, al igual que sus padres, fue un misionero anglicano que, muy joven, se asentó en Tierra del Fuego y forjó las bases de una descendencia que hasta hoy desarrolla y trabaja las tierras de sus campos.

Cristina creció en Viamonte, entre el horizonte amplio del mar y los contornos del campo. “Hice homeschooling, tuvimos una gobernanta hasta primer grado y cuando estaba en segundo grado, mamá se mudó a la ciudad, a Río Grande, e hicimos el colegio ahí”, cuenta. Hasta que tuvo que viajar a Buenos Aires, con su hermano Simón, para continuar la escolaridad como alumna pupila.  Lo que más extrañó en aquellos años fue la vastedad, los cielos, la costa. “Era muy triste el momento de irse y volver era un goce”, recuerda. Terminado el secundario, estudió economía agraria, conoció a su marido, Tomás Ayerza y se quedó a trabajar.  Pero, “acá en Viamonte necesitaban ayuda y decidimos venirnos. Tomás vino primero, y después vine yo, nos casamos acá en 1996. Y ya nos quedamos. Yo trabajé hasta mi cuarto hijo, pero mis embarazos eran muy complicados, y con meses de reposo. Cuando volvía tenía una acumulación de trabajo y muchos chicos, era muy complejo”. 

Cristina y Tomás tuvieron siete hijos, “el último en el cielo”, que van de los 26 a los 18 años: Estanislao, Lorenzo, Joaquín, José, los mellizos Lázaro y Matías, y Teodoro, que nació en 2010. Cuando los chicos crecieron, Cristina se fue a Río Grande, a 45 kilómetros del campo, para que completaran la escolaridad. 

Quinta Pionera

Inquieta, curiosa e innovadora, en 2016 se animó a probar con el cultivo del ajo, hasta que alguien le comentó sobre el ajo negro, y luego de investigar y probar, fue entrando de a poco en el mundo de los alimentos elaborados. “La primera particularidad del ajo negro es que no huele como el ajo y tiene un gusto totalmente distinto, y las propiedades que tiene de por sí, se multiplican en la cocción. Es delicioso, tiene un sabor muy dulce y suave y muchos usos”. En Quinta Pionera seleccionan los ajos y luego se cocinan en unos hornos especiales con temperatura y humedad específicos. “En esa cocción se va transformando en negro” y con eso hacen pasta, o lo venden en dientes o enteros. La idea es poder llegar a Buenos Aires con el producto. 

“Ahora terminamos una planta de agregado de valor para productos hortícolas. Estamos investigando el mundo de las caléndulas. En el código alimentario está solo como infusión o como suplemento dietario. Hicimos talleres de pastelería con flores y estamos trabajando con el gobierno de la provincia para sumarla a las especies de hortalizas como flor comestible, eso implicaría que pueda después comercializarse deshidratada o disecada para alimento. En paralelo estamos haciendo los análisis para registrar un producto de la caléndula para infusión. Vamos por donde podemos ir y creamos caminos por donde todavía no los hay”.  

En Quinta Pionera cultivan hortalizas orgánicas surtidas como kale, rutabaga, nabos, zanahorias, remolachas, ajos, ruibarbo y levístico, más conocido como apio de monte o hierba maggi, y también algunas hierbas como cilantro, hierbabuena y menta, entre otras, que envían a los restaurantes de Ushuaia. Su marca es parte de un sello de calidad de Tierra del Fuego implementado por la provincia. “Es un sello que tiene certificación de calidad de procesos y todos los emprendimientos que tenemos el sello estamos en el mismo tren de sacar nuestros productos a otros destinos. El camino va a salir, no tengo miedo”. Como Ushuaia tiene un flujo constante de turistas diarios, toda su producción al momento se vende en esa plaza. “No hay muchos productos comestibles de origen local, entonces a los restaurantes les sirve mucho tener esto”. 

Hacia adelante, Cristina imagina a Quinta Pionera como una marca de productos locales, hortícolas o de recolección, con agregado de valor, “que rescate tradiciones de acá, que sean embajadores de sabores del lugar” y a la casa Sea View, como un rincón para hacer pie en esta zona norte de la provincia, y vivir un poco esta historia, en una cuya trama se entretejen las vidas de sus antepasados europeos, con las de Onas, los Selknams y los Yámanas, habitantes originarios del lugar. 

Recuerdos de familia

“Mi papá conoció a mi mamá, que vino a Sudamérica con una tía, ella es alemana”. La invitaron a conocer Tierra del Fuego y el encargado de buscarla en el aeropuerto fue el papá de Cristina, Adrián. “Mamá se dedicó a la familia, plantó árboles, mantuvo este casco, cuidó a sus suegros y parientes en la misma casa. Hoy tiene 93 años y vive acá”.

Mientras conversamos, Cristina siente frío, aproximadamente a 2500 kilómetros desde donde yo estoy. La conversación se corta y, al despedirnos, me la imagino abrigada, mirando por la ventana, en un campo con horizontes de pasto y mar, empezando a preparar la cena en una casa habitada por la historia de sus orígenes, donde todavía comparte los días junto a sus padres. Y como si fuera un manifiesto de identidad y propósito, esta quinta generación también va abriendo caminos como una pionera. 

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"Hay mucha belleza, verdad y amor a nuestro alrededor, pero pocas veces nos tomamos las cosas con la suficiente calma para apreciarlos".

Brian Weiss