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Conectar con hijos adolescentes: el desafío de seguir siendo refugio cuando crecen

¿Cómo sostener el lazo cuando el amor ya no se expresa en abrazos públicos ni en confidencias espontáneas? Claves para cultivar la cercanía sin invadirlos.

POR Flavia Tomaello

Cercanía. Esa es la palabra que definió tu forma de criar durante la infancia. En aquel entonces todo pasaba por vos. Fue la época del cuerpo a cuerpo: lavarle el pelo, cruzar la calle de la mano, darse abrazos y besos antes de dormir. A veces también hacerle upa aunque te doliera la espalda. 

Cada detalle de su mundo, cada necesidad —desde un mapa planisferio hasta ir al pediatra o quedarse durante horas en la plaza— te tenía como referente principal. No había secretos: te contaba cómo había sido su día, con quién había jugado, qué cosas le daban risa y qué le gustaría ser de grande. A veces ni siquiera hacía falta hablar: era casi como si le leyeras el pensamiento. 

Y aunque en ocasiones el cansancio te hacía suspirar, deseando un poco más de espacio personal, sabías que esa intensidad, esa demanda, sería pasajera. “Ya va a crecer”, pensabas. Porque sabías que el tiempo vuela. 

Así fue como un día se volvió adolescente.

Entonces, la escena cambió: apareció el silencio, la puerta cerrada, los nuevos referentes. Su vida empezó, poco a poco, a desplegarse un poco más allá de tu mirada. El “vos no entendés”, que un día le dijiste a tus padres, pasó a ser su frase de cabecera. Y lo que antes era presencia pareció volverse distancia.

Pero no se trataba de una ruptura. Había comenzado la transformación.

Un vínculo que cambia de forma

Desde el nacimiento, el lazo se fue tejiendo con paciencia: aprendiste a decodificar necesidades biológicas y emocionales, a estar disponible. Ese entramado construyó el apego, esa base segura desde la cual un niño puede abrirse a explorar el mundo.

El psiquiatra británico John Bowlby, creador de la teoría del apego, escribió: “La necesidad de estar cerca de figuras protectoras es una parte permanente de la naturaleza humana”. Porque, aunque parezca lo contrario, la adolescencia no elimina esa necesidad, sino que la resignifica.

Alejarse es parte del movimiento natural para construir identidad. “Lo normal es que se distancien para empezar a construir su propio ser —explica la psicóloga y educadora española Rocío Ramos-Paul, conductora del programa Supernanny y coautora del libro Un extraño en casa—. La adolescencia revoluciona todo. El niño obediente ahora es rebelde, no quiere hablar, se encierra en su habitación… Muchos padres se asustan y tienden a evitar el vínculo o a exacerbar el control”.

Para el neuropsiquiatra estadounidense Daniel J. Siegel, autor de Brainstorm, el error es mirar esta etapa solo desde el miedo: “La adolescencia no es una enfermedad ni una fase que haya que sobrevivir; es una etapa vital que impulsa la creatividad, la pasión y la conexión social”. Porque lo que vemos como caos es, simplemente, reorganización.

Juntos, pero no amontonados

Si en la infancia el reto era poner límites, en la adolescencia el aprendizaje es más sutil: enseñar a sostener valores sin invadir.

“Cuanto más insistimos o perseguimos, más se distancian”, advierte la licenciada en Educación Julieta López. Según explica, la clave no es intensificar el control, sino regular nuestra propia ansiedad. Cuando logramos calmarnos, comprendemos que la disminución visible de nuestra influencia no equivale a irrelevancia. La clave es tener presente que seguimos siendo importantes.

Quizás ya no quieran contar todo, pero podemos cuidar ciertos rituales compartidos: desayunos, cenas sin celulares, pequeños espacios donde la presencia no sea interrogatorio sino compañía. Interesarnos genuinamente por sus hobbies, su música, sus códigos. Entrar en su mundo hasta donde nos dejen entrar, sin intentar traspasar los bordes de su intimidad. Eso también es respeto.

Para Ramos-Paul, la adolescencia está atravesada por una paradoja: sienten que los padres les hacen la vida imposible, que están en su contra, pero al mismo tiempo necesitan que estén pendientes de sus actividades y emociones. Rechazan el límite, al tiempo que lo exigen de un modo silencioso. Protestan, pero si uno no aparece, se sienten a la intemperie.

Detrás del dragón, lo que hay es una persona joven, en desarrollo, que está cambiando físicamente y que, para asomarse al mundo, todavía busca estabilidad. 

Paula Prevé, psicóloga de Fundación Aiglé, subraya algo esencial: el exceso de crítica es lo que erosiona el vínculo. Si alguien solo recibe correcciones y descrédito, deja de sentirse digno de amor. Lo que verdaderamente necesitan es apoyo sin juicio, escucha sin sentencia. 

El decir que acerca

Muchos padres quieren compartir tiempo, pero no saben cómo iniciar el puente.

La docente y psicopedagoga Sonia López, autora de El privilegio de vivir con un adolescente, lo sintetiza en una actitud: mostrar interés sin juzgar. Es que cuando un adolescente se siente convocado desde la escucha empática, se acerca.

Pero no siempre es sencillo. Y cuando la respuesta que recibimos es rechazo, es importante saber que no se trata de algo personal. Durante la adolescencia el cerebro atraviesa un estado de hiperreactividad emocional. Las explosiones o los silencios no son ataques deliberados, sino que forman parte de un proceso biológico interno.

Por esa razón, las conversaciones no deberían convertirse en un campo de batalla ni en un tribunal. En lugar de reproches que activan defensas, introducir reconocimiento abre aquellas puertas que, por el contrario, se cierran con la desaprobación. “Valoro tu esfuerzo”, “admiro tu sensibilidad”, “me gustó cómo resolviste esto”, “tenés talento para muchas cosas”, son algunas de las frases que favorecen el intercambio, en lugar de entorpecerlo.

Aquí aparece otro importante aprendizaje para los adultos: animarnos a mostrarnos vulnerables crea cercanía. La investigadora estadounidense Brené Brown sostiene que “la vulnerabilidad no es debilidad; es la medida más precisa de nuestro coraje”. Cuando dejamos de ocupar el lugar de héroes infalibles y compartimos nuestras dudas, errores y frustraciones, habilitamos con nuestros hijos una conexión más real, sin máscaras.

La diferencia entre comunicación y conexión es sutil pero profunda. Comunicación es intercambio de palabras. Conexión es intercambio de humanidad.

Siempre hay tiempo

Si hoy te sentís un poquito lejos de tu adolescente, no te preocupes: nunca es tarde para cultivar la presencia. Estamos biológicamente diseñados para vincularnos y el deseo de apego no desaparece con la edad. Puede quedar cubierto por capas de orgullo, miedo o enojo, pero permanece a través de los años. 

Reconectar no exige grandes discursos sino pequeños gestos consistentes: bajar el juicio, abandonar el sermón, abrir espacio para el diálogo genuino y sin distracciones (es fundamental dejar nuestro teléfono a un lado, algo que les exigimos tantas veces a ellos). Porque estar disponibles, incluso cuando no nos buscan, es la clave del arte de seguir siendo refugio.

La adolescencia no es el fin de la intimidad. Es una metamorfosis que puede llegar a doler, pero que, como le sucede a la mariposa, algún día le dará alas a la relación. Alas para que vuelen, para que experimenten, para que se sientan libres sabiendo que siempre nos encontrarpan cuando regresen.

Tal vez tu adolescente ya no te cuente todo lo que piensa o lo que siente. Quizás no le hagan falta tantos abrazos como antes, mucho menos en público. Pero, aunque no lo diga, sigue necesitando saber que, si tropieza, hay un lugar donde podrá caer sin romperse, porque alguien estará ahí para sostenerlo. Sin duda, de eso se trata crecer: de tener claro que aunque cambiarán las formas de encontrarse, el lenguaje del alma seguirá intacto.

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