Sophia - Despliega el Alma

Punto de Vista

9 mayo, 2008 | Por

¿Con o sin Dios?

El amor de pareja es siempre posible, pero antes de comprometernos con esa otra persona, es necesario que recorramos un camino de introspección y de espiritualidad: que nos encontremos con nosotras mismas y con Dios.


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Casarse… Separarse… Casarse…

Hace unos días me trajeron los testimonios de varias mujeres que se habían separado y que se publican en este número. La verdad es que me resultó muy fuerte leerlos, porque me reconozco en muchas, muchísimas partes de sus relatos. Ya lo saben: me separé no una sino dos veces, lamentablemente. La primera a los 33, la segunda a los 46, hace ahora once años. Y hace casi seis, en septiembre de 2002, escribí mis reflexiones al respecto en Sophia. Transcribo textualmente esa columna, cuyo título era “Aceptación”:

“¿Mamá, qué se siente después de dos fracasos matrimoniales?”. Así, a quemarropa, como corresponde a una adolescente, que todavía no ha prostituido esa virtud de hablar la verdad. Me llevó un tiempo poder contestarle a mi hija (del segundo matrimonio, porque tengo de ambos) y hoy, varios años después, se me replantea casi la misma pregunta: ¿qué decir de la pareja después de dos fracasos matrimoniales? O más aún, ¿con qué “autoridad” si tengo este currículum? Sin embargo, acepto el desafío: de algo tiene que servir la experiencia ajena y especialmente si fue dolorosa. Y a las escépticas, desengañadas, con “moretones en el alma”, les voy avisando que no cuenten conmigo: a pesar de todo, sigo creyendo en la pareja. El gran poeta francés Víctor Hugo decía (la traducción es mía):

“El hombre es un aprendiz y el dolor es su maestro y nadie se conoce hasta que no ha sufrido”.

Puedo decir con él que el dolor de dos fracasos matrimoniales me llevó a aprender y a conocerme más. También, a analizar y entender parejas de amigas mías. Las enseñanzas han sido muchas, pero podrían resumirse en algunos conceptos que se repiten bastante:

1. Tenemos que asumir nuestra parte de responsabilidad individual: la pareja que tenemos la elegimos nosotros y nadie más. No cayó como un rayo ni fue fruto del destino. Si algo anda o anduvo mal, somos siempre “corresponsables”.

2. Las mujeres tenemos tendencia a ser “sobreadaptadas”. Jung lo define bien cuando habla del tipo “extrovertido” como una tendencia femenina a acomodarse al mundo exterior, especialmente al varón. Robin Norwood, en su excelente libro Las mujeres que aman demasiado, explica también este mecanismo, por el cual amamos al otro con la oculta esperanza de que por amor a nosotras o con el tiempo “él va a cambiar”.

3. Esto en general no sólo es falso, sino además injusto. Toda persona merece ser amada y aceptada como es ahora, en el presente, con todos sus defectos y virtudes. De lo contrario, no estamos amando a esa persona, sino al proyecto o idea que tenemos en nuestra cabeza como ideal. Y esa no es la persona que tenemos hoy delante de nosotros. Frente a esta realidad se puede optar entre aceptarlo tal cual es o esperar a que cambie antes de comprometernos en un vínculo.

4. Si una ya está comprometida en una pareja difícil, frustrante, tal vez dolorosa, pero aun así quiere llevarla adelante (por él, por la familia o por creencias), es una opción. Yo comprendí tardíamente que era más importante y más honesto (¡y mucho más difícil!) intentar cambiar una misma que pedirle al otro que cambie. Cambiar, no para adaptarse a la otra persona, sino para renunciar a expectativas que lo involucran. Soltar nuestras exigencias. Aceptar al otro como es o, mejor dicho, como puede ser. Dejarlo ser lo que es. La libertad es un prerrequisito para el verdadero amor y, por eso, la aceptación es muy distinta de la resignación.

Llegado este punto tal vez se entienda mi incurable fe en la pareja. Sí, sigo creyendo en el amor entre dos personas libres que se quieren y se aceptan como son, casi incondicionalmente, y que se acompañan en este maravilloso peregrinaje que es la vida. Y creo esto porque fundamentalmente creo en un Dios que es ese Amor incondicional que, si bien todo lo espera, todo lo acepta. Y si ese Amor existe y es nuestro modelo, ¿por qué no va a existir una expresión humana, un reflejo de ese Amor, con quien pueda formar una pareja?

Seis años después…

Releo este texto y me emociono. Me conmueve releer lo que escribí en aquel momento, cuando apenas asomaba la cabeza después de la crisis de mi segundo divorcio… cómo expresaba tan convencida mi confianza en Dios, y mi “incurable fe” en el amor y en la pareja. Han pasado casi seis años desde que la escribí, y hoy tengo esa pareja que en aquel entonces era pura ilusión y acto de fe… Llegó a mi vida muy despacito, como una brisa, después de muchos años de estar sola, de llorar, de crecer, de hacerme cargo de mis errores… pero, sobre todo, llegó a mi vida cuando yo ya me había encontrado conmigo misma y con Dios, en el fondo de mi alma.

Pero no es sólo por esto que me emociono. Hace sólo cuatro días que se casó mi primera hija, la mayor. Sí, sólo cuatro días: iglesia, traje de novia, flores, música, amigos, fiesta….

¿Justo ahora me vienen en la redacción con este tema de la separación, las pérdidas, los fracasos? ¿Justo ahora, cuando acabo de salir del brazo de mi primer ex en la ceremonia, y cuando en la iglesia y en la fiesta estaba, además de mi novio, también mi segundo ex, el padre de mi hija menor?

¿Justo ahora hablar de rupturas, cuando todavía estoy inmersa en el clima festivo y alegre del casamiento, inundada del perfume de nardos y rosas en casa, recibiendo regalos y llamados de amigos, y con el vestido de novia esperando la tintorería? Muy fuerte el contraste. Como si los fantasmas del pasado, de mis dos fracasos matrimoniales, quisieran volver para estropearlo todo.

Pero no. Nada es casual. Elijo pensar que esta “coincidencia” es porque hoy mi mensaje para todas las lectoras, de cualquier estado civil y emocional, debe ser más que nunca el de la esperanza. Tanta esperanza como la que creo haberles podido transmitir a mi hija y mi flamante yerno. Y de tanta alegría como la que tuvimos todos ese día. El amor de pareja es siempre posible, aunque no sea indispensable.

Las conclusiones podrían ser casi las mismas que las que escribí hace seis años, o las que escriben en la nota las lectoras separadas, o aun los especialistas en el tema. Pero hay algo más, y es posiblemente el único consejo necesario: encontrarse con una misma y con Dios, antes de casarse con nadie.

Es que casi todas las separadas hemos llegado, después de muchas lágrimas, casi a lo mismo: a la necesidad que teníamos de conocernos mejor, y de confiar más en nosotras mismas y en el amor de nuestros vínculos (amigos, padres, hermanos, hijos). Y a la sabiduría de no poner todas nuestras expectativas y seguridades
–afectivas, económicas, sociales– en el marido o la pareja. Recorrer ese camino de introspección y de espiritualidad antes de comprometernos con otra persona. O bien, en lo posible, hacerlo antes de la crisis y no como el resultado del dolor y la pérdida. Algo así como “divorciarse del marido antes de casarse”, o incluso “divorciarse estando casada”.

¿No se entiende? Lo digo de otra forma: no poner en nadie esa necesidad de incondicionalidad y de Absoluto que tiene el alma, y que sólo Dios puede satisfacer. Si tenemos tanta “necesidad” de otro, tanta dependencia emocional, económica, o de cualquier otro orden, el amor no puede prosperar, porque no hay libertad. Y nadie puede dar lo que no tiene. Sólo cuando somos libres internamente, podemos resignar por amor parte de nuestra libertad, para constituir una pareja y una familia.

André Louf, un sacerdote trapense que conocí una vez en Francia, repetía: “Hay un solo pecado: quitarle a Dios el lugar de Dios”. Cuánta razón encierra en tan pocas palabras. Es que el ser humano no puede vivir sin Dios, y si no tenemos Dios, casi seguro que alguien o algo termina ocupando su lugar: el marido, el trabajo, el dinero, el éxito…

Y la idolatría no es sólo un pecado: es vivir en el error.

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