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Reflexiones

10 septiembre, 2020

Con las emociones a flor de piel

En tiempos difíciles necesitamos poner en marcha nuestra inteligencia emocional para hacer de las emociones verdaderas maestras de un recorrido que implica, necesariamente, la integración de nuestras luces y sombras.


Por Sergio Sinay

Somos seres emocionales que razonan, afirma en su libro Pensar rápido, pensar despacio el psicólogo israelí Daniel Kahneman, quien ganó el premio Nobel de Economía en 2002 (fue el primer no economista en hacerlo) por sus investigaciones acerca de cómo tomamos decisiones en momentos de incertidumbre. Acaso durante estos largos meses de pandemia y cuarentenas se haya verificado como pocas veces la primera parte de su frase. Somos, sin duda, seres emocionales. En una situación inédita, de la cual no teníamos registro de una experiencia propia, las emociones emergieron hasta quedar a flor de piel.

El miedo, la tristeza, la esperanza, la añoranza, el amor, la ira han sido compañeros habituales, cotidianos en estos interminables días. Acaso puedan incluirse el hastío, la ansiedad, el hartazgo y ciertas manifestaciones de la depresión. El campo de las emociones es amplio y sus límites no siempre son estrictos. Suelen lindar con los instintos y también con los sentimientos. En realidad, podríamos describirlas como una expresión intensa y a menudo extrema de los sentimientos. O definirlas como energías que brotan de nuestro interior, de nuestro inconsciente más profundo, como salta el petróleo cuando un pozo es descubierto.

La voluntad no alcanza

“El miedo, la tristeza, la esperanza, la añoranza, el amor, la ira han sido compañeros habituales, cotidianos en estos interminables días. Acaso puedan incluirse el hastío, la ansiedad, el hartazgo y ciertas manifestaciones de la depresión. El campo de las emociones es amplio y sus límites no siempre son estrictos”.

La comparación con el petróleo no es azarosa. Las emociones son, en cierto modo, un combustible que nos pone en marcha e impulsa nuestras acciones. El médico y psicólogo suizo Carl Jung (1875-1961), padre de la psicología arquetípica, que estudia el inconsciente colectivo de la humanidad y el modo en que los símbolos y los mitos viven y actúan en él, decía que “no puede haber transformación de la oscuridad en luz ni de la apatía en movimiento sin emoción”. Incluso, señalaba, “la palabra felicidad perdería su sentido si no se equilibra con tristeza”.

Jung consideraba que solo podemos conocer y nombrar aquello de lo cual conocemos su opuesto. En ese aspecto, las emociones podrían ser también una vía de conocimiento, porque su expresión inicial es siempre extrema. Y en el otro polo de su manifestación se encuentra aquello que permite nombrarlas y conocerlas. La alegría como opuesto complementario de la tristeza, el coraje como complemento del miedo, la serenidad ante la furia, y así cada par.

Nadie elige sus emociones ni el momento en que estas se presentan. Simplemente surgen. Son detonadas por un hecho, una palabra, una circunstancia, una vivencia, un recuerdo. Es inútil decirnos a nosotros o aconsejar a otros con frases como “No tengas miedo”, o “No te enojes”, o “Confiá”, o “Arriba ese ánimo”. No hay una conexión infalible e inmediata entre la voluntad y la emoción. Si al enojo que algo o alguien me provoca le agrego el enojo conmigo mismo por haber fracasado en el propósito de no enojarme, no solo no habré solucionado el primer problema, sino que le habré agregado un segundo. Doble ración de enojo. Doble dosis de miedo cuando tema no poder luchar contra mis temores. Doble tristeza cuando falle en eliminar el abatimiento con una alegría postiza. Las emociones, cabe repetirlo, no se doman con la voluntad.

¿Somos, entonces, prisioneros de ellas?

Aquí entra en juego la segunda parte de la frase Daniel Kahneman conque comienza este texto. Somos seres emocionales que razonan. Así como las emociones son un atributo natural en nosotros, la razón viene también de fábrica. Un sesgo, una creencia cultural, ha llevado a enfrentarlas, como si alguna de ellas estuviera de más, como si se tratara de una anomalía. Y entonces tenemos a la humanidad dividida en dos grandes bandos. Los “emocionales” que, en nombre de la espontaneidad, dan vía libre a todo lo que surja y, por destructivo que esto pueda ser para ellos y otros, lo justifican llamándose “sinceros”. Y los “racionales”, que se jactan de silenciar a las emociones convirtiendo a la vida en un juego del ajedrez en donde los vínculos parecen darse entre piezas dispuestas en un tablero y no entre seres humanos ligados por complejos afectos.

Los del segundo grupo oponen su capacidad de control a lo que ven como un desprolijo descontrol de sus opuestos. Lo cierto es que unos y otros terminan mutilándose a sí mismos como seres humanos. Porque, efectivamente, los humanos somos seres emocionales que razonan. Habita en nosotros un potro brioso y vital (las emociones) y también el jinete capaz de montarlas y dar una orientación y un destino a su galope (la razón). Si se quitara a cualquiera de ellas se produciría en nuestra psiquis un desequilibrio patológico y acaso terminal. Se trata de tomar ambos atributos y convertirlos en socios. Cuando esto se plasma emerge y se consagra la inteligencia emocional.

“Somos seres emocionales que razonan. Así como las emociones son un atributo natural en nosotros, la razón viene también de fábrica. Un sesgo, una creencia cultural, ha llevado a enfrentarlas, como si alguna de ellas estuviera de más, como si se tratara de una anomalía”.

Al activarse esta inteligencia podemos comprender que no hay emociones negativas, por mucho que se las pretenda encasillar así y, además, eliminarlas. La idea de “vencer” al miedo, o a la ira, o a la vergüenza, o a la tristeza en nosotros es como un llamado a una guerra civil, en la que una parte de nosotros (la represora) se pone en marcha contra otra (la reprimida). Como en toda guerra, también en esta solo puede haber perdedores. O victorias pírricas, en las que quien gana pierde, porque comprende cuando ya es tarde cuánto necesitaba de su “enemigo”.

Aprendiendo a escuchar

No hay emociones negativas, entonces. Sí hay, en cambio, una manera negativa de gestionarlas, al no comprenderlas o aceptarlas. Todas tienen una función en nuestro mundo interno y todas traen un mensaje. El miedo y el enojo, por ejemplo, nacen para eliminar o transformar aquello que los provocó. Nos preguntan cómo abordaremos esa situación que los motivó, e inquieren si contamos con recursos para ese abordaje o si necesitamos desarrollarlos, aprender algo que ignorábamos. La tristeza nos pide que la respetemos mientras cumple su ciclo, que limpiará muchos rincones oscuros antes de conectarnos con el aprendizaje de la aceptación.  La alegría será más clara e iluminará mejor nuestra alma si la valoramos porque conocemos la congoja, su opuesto complementario. Alegría continua, sin espacio para la tristeza, es simplemente manía.

Estos procesos de escucha y reconocimiento de la función y el lenguaje de las emociones solo pueden darse cuando somos capaces de introducirnos en ellos con la luz de la razón. El Dalai Lama lo expresó alguna vez con claridad: “Como las emociones son estados mentales, el método para manejarlas debe venir de adentro nuestro. No existe otra alternativa. No pueden ser liberadas por técnicas externas.”

En estas particulares circunstancias que atravesamos hoy, las que nos recuerdan que la incertidumbre es materia prima de la vida y que lo aleatorio y lo imponderable escapan a toda previsión y todo control, las emociones están a flor de piel y se nos ofrecen como maestras para el aprendizaje acerca de nosotros mismos, de los otros, de los vínculos que nos unen y de la destreza emocional (valga la redundancia) conque damos cuenta del menú existencial que se nos sirvió. Acaso no se trate del que hubiéramos elegido, pero es el que puede enriquecer nuestra inteligencia emocional.

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