Sophia - Despliega el Alma

Artes

8 septiembre, 2008

Con la fuerza de las pequeñas cosas


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Ana María Bovo

Creció entre un padre romántico y una madre pragmática, y a los 36 años descubrió su vocación en un pueblo perdido de Andalucía, adonde viajó en busca de sus raíces. Sabe cómo crear un mundo a partir de un detalle y transmitir el afecto que hay detrás de él. Es el arte de contar. Por Agustina Rabaini. Fotos: Pilar Bustelo.

El 22 de septiembre de 1986, Ana María conoció a Ana María. El encuentro iluminó la casa de la contadora de cuentos de Alboloduy, en la cálida Andalucía, y esa luz acompañó de por vida a su sobrina Ana María. Ella había viajado lejos de su hogar en San Francisco, Córdoba, para conocer más sobre la familia de su madre. Buscaba sus raíces y se topó con su vocación. Fue Ana María, la andaluza, la que se convirtió en su espejo. La misma que en ese pueblo perdido encantaba a chicos y grandes. Lo hacía con sus narraciones, esas que atraían a los pobladores hasta la reja de su casa y los mantenía hechizados hasta que terminaba sus relatos. Su sobrina sucumbió al hechizo y esa magia con la que Ana María Gómez Soriano la embrujó en Andalucía se cuela en las historias con las que Ana María Bovo Gómez fascina en estas tierras.

Ese encuentro fue el último empujón, el que necesitaba para afirmar la vocación que venía creciendo dentro de ella, alimentándose de los cuentos que le contaba su padre, Walter; su cómplice en los sueños.

Hoy, a veintidós años de aquel encuentro, en la casa de San Telmo en la que vive Ana María Bovo, todavía se respira cierto aire de provincia y pueden verse decenas de objetos queridos, paredes coloridas, flores y fotos familiares entre las que brilla una imagen de la dueña de casa con la tía Anica; sí, la tía andaluza, sentada junto a ella en la cocina de su casa de Alboloduy ese 22 de septiembre en el que se conocieron.

Ana María tenía 36 años en ese entonces; a esa edad pudo por fin encauzar su talento natural para escuchar, leer y compartir historias a través del oficio de narradora. Cualquiera que la haya visto en sus clases o en sus espectáculos sabe que es capaz de convertir un pequeño detalle en un mundo entero; abrevar con sencillez en las cosas importantes de la vida y contar situaciones que vivió, soñó o inventó hasta hacer reír o llorar. Y eso ocurre porque es ella misma quien se sigue conmoviendo con esas historias, aunque las haya contado ya mil y una vez. Antes de dar ese giro que cambió su vida, trabajó como maestra jardinera, estudió teatro y, sobre todo, se refugió en la belleza de los libros que cayeron en sus manos, a los que devoró. Con el tiempo se casó y tuvo a su hija Laura.

–Ana, ¿tu padre llegó a ver la narradora en la que te convertiste?

–Sí. Él falleció hace muchos años, pero siempre recuerdo su sonrisa el día que le dije que contaba historias para vivir. Cuando venía a visitarme a Buenos Aires, no podía creer que me pagaran por hacer eso mismo que él me había enseñado tan intuitivamente en mi niñez, para la diversión familiar. “Pero qué changa preciosa te conseguiste”, me decía. Sólo cuando faltó, llegué a comprender un gran consejo que me daba: “No cuentes sólo textos literarios; contá lo que te pasa”. Después de su muerte, mi repertorio fue virando desde los textos literarios a otros textos propios, más personales. Y cuando pasó suficiente tiempo desde que empecé a escribir textos para el teatro, me atreví a la escritura de mi primera novela.

–¿Qué lugar ocupa tu madre en esta historia?

–Así como con papá fuimos socios en las ilusiones, mi mamá era más racional. Muchas veces venía con el látigo (se ríe) y decía una frase demoledora respecto de gente que a papá y a mí nos enamoraba. Nos advertía que atrás podía haber un mentiroso o una persona poco fiable… Los años pasaron y sigo siendo socia de mi papá a la hora de comprar ilusiones. Pero espero haber adquirido algo del sentido común de mi mamá. Me ha costado esfuerzo y dolor sumar ambas partes.

–¿Qué compartís hoy con tu madre?

–Mi madre tiene 82 años y sigue viviendo en la vieja casa de San Francisco. Su presencia también me conmueve, y la visito cada vez que puedo. Ahora está esperando que en el jardín crezcan unas amapolas, una flor silvestre que me encanta, y lucha contra las hormigas con fuerza… Tiene un deseo profundo puesto en su jardín y eso es muy inspirador. Hay algo que me contó que también me gusta mucho: las noches en las que no puede dormir, sale al jardín. Como sufre de vértigo, se toma con una mano del alambre de la ropa y mira hacia arriba, busca una estrella y le habla a su mamá. Me conmueve que a su edad conserve algún rasgo de niña huérfana. del cuento a la novela Todo lo que Ana María encontró y vivió a lo largo de la vida se ve reflejado de una u otra manera en las descripciones cándidas o agudas de Rosas colombianas, su primera novela. Allí, la protagonista, llamada Inés, viaja a España para bucear en sus raíces y, en medio de una crisis matrimonial, termina encontrando una nueva identidad.

–¿Hay mucho de tu vida en el libro?

–Bueno, Inés tiene 50 años, algunos menos que yo, pero vivimos experiencias en común. Por empezar, le presté la vivencia de haber llevado a mi plomero de 73 años al Piamonte, para que se reencontara con su madre después de treinta años. También reflejé la oportunidad preciosa de haber conocido a las tías andaluzas. Y aunque crecí en San Francisco, Córdoba, pasé gran parte de mi infancia en el pueblo de Zenón Pereira, en la provincia de Santa Fe. La protagonista vive en un pueblo similar. La casa de mis abuelos ha sido una fuente de inspiración constante en mi vida. Un paraíso perdido. Recuerdo la luz que entraba en esa casa por la mañana, el sol al atardecer, la parra, el patio generoso, el cariño recibido… Tengo la ilusión de conservar esa casa para escribir allí cuando sea mayor.

–¿También tuviste una prima Elena, como tiene Inés?

–No, la prima de Inés no existió en mi vida, pero tuve primas mayores que tomé como modelos y tuvieron la generosidad de jugar conmigo. Quería vestirme y pintarme como ellas, y acelerar mi crecimiento para ir a las fiestas. Por lo general, parto de hechos reales y los sumerjo en otro contexto para ficcionalizarlos. Conté el divorcio de Inés a través de cuatro viajes a Andalucía y yo también me separé, pero no ocurrió como en la ficción. Hay mucho de mi mirada y de mi voz en Inés, pero no todo es autobiográfico.

–¿Qué más atesorás de la infancia?

–En la casa de San Francisco empecé a entusiasmarme con las palabras. Me encantaba escuchar las conversaciones de los adultos. Mi padre sabía identificar bien a los buenos conversadores, y desde chica advertí que los buenos narradores eran aquellos que sabían interesarse por la experiencia ajena y tenían capacidad de observación: podían recortar un hecho pequeño y volverlo importante. Hasta el día de hoy me enamoran las personas con curiosidad genuina y candor para abrazar las cosas de la vida.

–Leyendo la novela se adivina el placer que te da hilvanar pequeños cosas cotidianas …

–Sí. Me fascina armar todo con mucho detalle y quise privilegiar la narración de acontecimientos, porque en el quehacer es donde se conoce a las personas. Me interesaba explorar la conducta de los personajes a través de la vida cotidiana y de ciertas actitudes sorpresivas o inesperadas. Sí, las cosas mínimas me interesan muchísimo. Detrás de ellas siempre hay un significado poderoso. Creo que atender a las pequeñas cosas de la vida es estar hablando de las grandes. El otro día leí una frase muy bella: “Cada brizna de pasto tiene un ángel que se inclina y le susurra: crece, crece”. Eso mismo intento hacer yo con los textos: me aferro a las cosas pequeñas y trato de soplarlas y soplarlas para que crezcan.

–¿Las telenovelas te producen fascinación como a los personajes de tu novela?

–Sí, en la novela, Inés está deslumbrada con Café con aroma de mujer y ésa fue una telenovela que también me apasionó. Recuerdo el pudor que sentía a veces al contar que estaba enamorada de ese mundo, pero me tenía atrapada. Hay otras novelas que resultan muy artificiosas, pero ese universo colombiano me conmovió. En el sopor de los cafetales y en la cadencia de ese lenguaje, me enamoré de la protagonista, Gaviota, y de la relación con su madre. Cuando terminó el último capítulo, sentí una especie de vacío y de pérdida. No me he vuelto a enamorar de una telenovela de la misma manera.

–¿De qué otro personaje de la literatura te enamoraste para siempre?

–De Emma Bovary, a quien llevé a escena en uno de mis espectáculos, y de algunos personajes de Katherine Mansfield. Otro personaje que me ha conmovido es el de Colometa, en La mujer de la plaza del diamante, de Mercé Rodoreda. Y el primer personaje que me marcó, a los 12 años, fue el de Anne, la de los tejados verdes, de L. M. Montgomery. Hasta entonces no sabía que uno pudiera reír y llorar con un libro.

–¿Por qué preferís a Emma Bovary o a Colometa?

–Son totalmente diferentes. A Madame Bovary prefiero llamarla Emma Bovary, para dejarle al menos su nombre de soltera. Esa mujer llena de ambiciones y de sueños, poseída por las novelas que había leído en su primera juventud, añoraba con desesperación lograr que sus botitas no pisaran el barro sino el piso de los palacios. Y quedó atrapada en el abismo entre una cosa y otra. Emma refleja esa desesperación por lo inalcanzable. Colometa, en cambio, vive su vida durante la guerra civil española y está atropellada por los acontecimientos. Su voz es de una sencillez y una hondura conmovedoras. Con calidez e ingenuidad, cuenta el modo en que las cosas le suceden sin que pueda detenerlas. Me encantaría llevarla a escena alguna vez, como hice con Emma Bovary.

–¿La sencillez es un objetivo que perseguís desde siempre?

–Sí. Pero la sencillez es muy trabajosa, se alcanza con muchísimo esfuerzo. Si yo quisiera librarme a cierta espontaneidad para que la sencillez brote, podría escribir de un modo un poco rudimentario o artificioso. Hay que luchar contra cierta vanidad o deseo de demostrar que uno puede escribir mejor de lo que puede expresarse el personaje. Dejar de lado el ego para contar lo que él necesita. A veces, es tentador mostrarse más “inteligente” o sofisticada, pero en esa lucha yo dejé que me ganara la voz de Inés. Ella igual tiene una mirada aguda sobre las cosas. Mi mamá es así: sólo terminó la escuela primaria y jamás ha escrito, pero ha ido escribiendo su propia vida y la lee de un modo que me resulta cada vez más interesante.

–Tu madre, Emma Bovary y tu tía andaluza parecen haberte marcado fuertemente. Con los años, el perfil de las mujeres cambió mucho y se han ido conquistando nuevos roles y espacios. ¿Qué ganamos y qué perdimos?

–La mujer actual está aún más exigida que nuestras madres y abuelas. Pero hemos ganado la posibilidad de poder planificar qué tipo de familia queremos tener a la hora de ser madres y hemos conquistado la independencia económica. Antes, cuando la mujer tenía la posibilidad de ser mamá, tal vez le tocaba tener dieciséis hijos cuando sólo podía criar a cuatro o cinco, ya sea por su situación económica o por sus condiciones de salud. Hoy la mujer puede elegir lo que quiere ser y tiene la posibilidad de consensuar más con su pareja. Salir a trabajar nos permite pararnos en otro lugar, defender nuestros deseos. Claro que también se suman los deberes de antes a los de ahora.

–¿Cuán difícil fue conciliar la maternidad y el trabajo?

–Fue difícil, porque mi trabajo a veces no me permitía estar con mi hija a la noche, pero a la vez me daba la ventaja de ir y volver varias veces al día. Me hubiese costado soportar muchas horas de ausencia corridas. Necesitaba el contacto con mi hija y siempre me las arreglaba para venir a verla y llamarla por teléfono o buscarla en el Jardín. También tuve la suerte de que otras mujeres solidarias y cariñosas que trabajaban en mi casa pudieran compensar mi ausencia. Ahora creció, tiene 20 años y está formándose como artista plástica.

–¿Qué compartís con ella?

–Con Laura me encanta intercambiar ideas o impresiones sobre cuestiones artísticas y compartir salidas. Conversar con esta mujer en la que se ha convertido mi hija me emociona mucho. A los 20 años, ya sabe que tiene una fuerte pasión por el arte, y yo admiro eso, porque yo empecé a hacer lo que realmente deseaba a los 36 años. A veces, hay cierta resistencia por parte de los jóvenes ante cualquier cosa sensata que digas, eso mismo que hacía yo con mi mamá.

–¿Tu vida es un cuento o una novela?

–Cada vida es un cuento o, más bien, una novela. En mi caso, hay una trama que se ha ido tejiendo, mezclando los hilos de mi intención personal con los del azar. Me gusta estar atenta a esos guiños. Y confío en que el destino mueva sus hilos con delicadeza. En una madrugada en que volví de un viaje, el taxi se detuvo cerca del edificio donde puse a vivir a dos personajes de Rosas colombianas. De pronto, mientras miraba ese balcón, a las seis de la mañana, se encendió una luz…

La charla va concluyendo y, aunque en su compañía den ganas de demorarse y dejar que el tiempo quede suspendido en el aire, André Gide, el escritor francés, ayuda desde su memoria a cerrar el encuentro. “Gide decía que a la vida hay que narrarla como deseamos vivirla”, recuerda. Ella, que se animó a hacer realidad esas palabras y a compartir con otros la vida que soñó, va a seguir buscando en las pequeñas grandes cosas para hacer que la belleza adquiera formas diversas y la vida no sean sólo sueños. “Cada brizna de pasto tiene un ángel que se inclina y le susurra: crece, crece”, se escucha otra vez, desde algún lugar, en el aire.

ETIQUETAS literatura mujer y trabajo narración oral

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