Sophia - Despliega el Alma

Artes

14 junio, 2013

Con la emoción en la voz


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La soprano argentina Virginia Tola lleva a todas partes su talento, su voz inspirada y la convicción de que vale la pena perseguir sueños. Así, con personalidad, les da carácter a las heroínas más célebres de la ópera. Por Agustina Rabaini. Fotos: Sol Levinas.

Hace tiempo que Virginia Tola dejó de ser una joven promesa para convertirse en una de las grandes voces de la ópera mundial. Pasaron doce años desde que debutó en el Teatro Colón, en la piel de Antonia, en Los cuentos de Hoffmann, y ha vuelto a lucirse en este prestigioso escenario incontables veces. Entre ellas, el día de la reapertura del coliseo en 2010, cuando interpretó a una grandiosa Mimí en La Bohème, la ópera de Puccini.

Sentada sobre las butacas de la sala principal del teatro, Virginia se prepara para la producción de fotos con Sophia y cuenta que supo que quería ser cantante muy temprano, a los 4 años. Más tarde, a los 15, descubrió que existía “el teatro cantado”, y no dudó en prepararse para entrar al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, donde se formó en los años noventa.

Le bastaron cuatro años de estudio y la instancia de ganar dos importantes concursos para proyectarse internacionalmente de la mano de un grande, Plácido Domingo, el maestro que le dio un lugar como prima donna y partenaire, y la invitó a recorrer los teatros del mundo. Cuando lo recuerda, Virginia sonríe, porque ella es la misma que a los 17 años viajaba en micro desde su Santo Tomé natal –una pequeña ciudad al lado de Santa Fe– en el día, para tomar clases con su maestra de canto en Buenos Aires, y después, ya en el teatro, pedía que se alargaran las esperas entre clase y clase para ver a los grandes artistas que ensayaban en la sala grande del Colón.

Veinte años después, “la Tola”, como la conocen en el mundo de la lírica, ya no viaja en colectivo, no para de subirse a aviones y ha llegado a acostumbrarse a su vida itinerante. Durante el año, viaja para cumplir con giras y presentaciones, cambia de casa seguido (prefiere los departamentos a los hoteles) y acepta las reglas del juego con la certeza de estar haciendo lo que siempre soñó: “Con la vida que llevamos los cantantes, si no estás centrado en vos mismo, llega un momento en qué decís: ‘¿Dónde estoy, quién soy?’. Todo cambia constantemente y la sensación de no pertenencia a algunos lugares puede ser difícil. Con los años te vas acostumbrando, y ya no me asusto más. Hoy mi lugar en el mundo es donde puedo hacer lo que más me gusta: cantar”.

Abrazar la vocación

A los 37 años, Virginia está en pareja con un barítono italiano y se enorgullece al contar que, en estos años, también ha logrado armar tres casas –en Parma, en Madrid y en Santa Fe–. A su ciudad natal regresa al menos una vez por año, y en ese lugar, sus padres, sus amigas de la infancia y sus fans la esperan para volver a verla cantar y encarnar con cada vez más carácter los papeles de La Traviata, Carmen o El barbero de Sevilla, por mencionar solo algunas de las óperas más populares.

Durante la charla con Sophia, Virginia cuenta que con “las chicas” también tienen “una peña” en Whatsapp, que las mantiene al tanto de todas las novedades cotidianas. Y mientras cuenta eso, vuelve de un salto a sus inicios en Santo Tomé, su ciudad, el lugar donde, cuando era chica, reunía a amigos y primos y armaba coros, “cantaniños” y todo tipo de juegos cantados.

El llamado: 

“Descubrí muy temprano que quería cantar, pero todo cambió cuando en la adolescencia le pedí a mi mamá que me anotara en un coro; ahí se me reveló un mundo. En un momento hicimos el coro de niños de Carmen y me pareció tan lindo poder cantar una historia a través de los personajes que más tarde vi la ópera en un video y supe que eso era lo que quería hacer en mi vida. Mis padres me decían: “Querés cantar, ¿pero qué vas a estudiar?”. Les dije que haría lo posible por entrar al Teatro Colón y así empecé a viajar a Buenos Aires, donde preparé siete pruebas muy difíciles, todas eliminatorias. De sesenta, entré número uno. A partir de ahí, mi familia se tranquilizó un poco; se dieron cuenta de que la cosa iba en serio”.

Un atleta del canto:

“Es posible comparar a un cantante lírico con un atleta porque, para tener salud vocal y mantener el ritmo de trabajo, hay que cuidar mucho el cuerpo. La adrenalina que tenés sobre el escenario cuenta con ese sostén como base, y si tu estado físico está bien, la voz suena bien también. Después están las emociones y, como la voz está muy ligada a ellas, también hay que cuidar ese aspecto. El canto está muy asociado a los sentimientos”.

Los grandes papeles:

“Termino siempre enamorada de los personajes que me toca interpretar. Durante un tiempo, me mimetizo un poco con ellos. Ahora vengo de hacer a Lina en la ópera Stiffelio, en Montecarlo. Antes me puse en la piel de una muy joven Desdémona en Otelo. Y este año, en el Colón, haré a Amelia de Un ballo in maschera, un personaje que adoro. Pongo mucho de Virginia en cada rol. Cada una de estas mujeres me ayuda a conocerme más a mí misma”.

Los ensayos:

“Cuando entro en una nueva producción, paso muchas horas en el teatro y la convivencia con el equipo es intensa. Durante el proceso hay una primera etapa de mucha alegría y energía, y luego, cuando se acerca el estreno, paso por un momento de catarsis donde aparecen los nervios y se empieza a mezclar todo lo que hice. Hasta que en un momento, todo se acomoda y explota totalmente. Para el ensayo general, ya estoy bastante asentada y feliz”.

El amor:

“Con mi pareja nos conocimos cantando. Tenemos nuestra casa en Parma y, con tantas presentaciones, para estar juntos a veces tenemos que hacer malabares y saltos mortales. Hasta conocerlo a él decía que nunca iba a estar con un cantante lírico, porque todo iba a volverse muy monotemático, pero hoy estoy muy feliz. En nuestra profesión te das por entero, no podés desconectarte mucho, y al estar con una persona que hace lo mismo, te acompañás y entendés mejor”.

Con voz propia:

 “Una vez visité a la famosa Antonieta Stella, que me dijo: “Hija, no tienes que aprender a cantar sino aprender a luchar, exigir respeto y respetar; estar alerta para que no se negocie con tu salud vocal y conservar el amor por la música”. Siempre recuerdo sus palabras porque, con los años, te das cuenta de que hay que luchar para poder mantenerte en tu eje y que nada te haga cambiar. Es muy importante respetarte, tener firmeza para no dejarte llevar por los vientos del momento”.

El futuro de la ópera:

 “Me gustaría que las nuevas tecnologías ayuden a acercar al público más joven a este mundo emocionante. Para eso, entiendo que a veces es difícil entender algunas óperas y hay que prepararse un poco antes. En Parma, Italia, hay un grupo que se ocupa de llevar la ópera de Verdi a las escuelas y los jóvenes vienen cada vez más a las funciones”.

A los que vienen atrás:

 “Es tanto lo que hay que dar para permanecer en esta carrera que, a veces, en el momento en el que no podés más, es cuando más hay que insistir, seguir probando, hacer audiciones y continuar estudiando. La experiencia me indica que ese es el momento en el que todo puede pasar. En esta profesión, en la que aspirás a la perfección, hay situaciones que son difíciles de procesar y a veces las cosas no salen como uno espera, pero en el camino se aprende mucho. Estoy contenta y agradecida con lo que pude dar con mi voz y mi arte en el último tiempo. Siento que todo va estar bien mientras pueda seguir cantando”. 

ETIQUETAS música

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