Sophia - Despliega el Alma

Cultura

29 agosto, 2019

Cómo sacar a mi hijo de la Play para llevarlo al teatro

Una periodista de Sophia decidió que ya era hora de desconectar a su niño de la pantalla, para invitarlo a vivir juntos una de esas grandes aventuras de la infancia: zambullirse en un mundo imaginario.


Peter, el protagonista de una inquietante historia para chicos… ¡y grandes!

Por María Eugenia Sidoti. Fotos: Ailén Gairelli.

Espero que no me juzguen por haberle comprado la Play Station a mi hijo antes de cumplir 8 años. No era algo que hubiera querido hacer. Pero me pareció una buena opción cuando, luego de fracturarse una pierna jugando en la plaza, tuvo que permanecer enyesado durante dos meses con indicación de reposo total… ¡sin moverse de la cama!

Tanto quería la Play que, cuando llegó el chiche nuevo, el dolor por la fractura cedió rápido ante la novedad. Y de pronto, como en la película Toy Story, los juguetes quedaron a un costado. Así fue como llegaron los juegos digitales. Avengers, Bat Man, Harry Potter, ¡hasta el Pac Man de mi infancia! Muy fuerte.

A mi favor puedo decir que, durante su recuperación, también leímos infinidad de cuentos y vimos (y volvimos a ver) la saga completa inspirada en los libros de J. K. Rowling, además de Crónicas de Narnia 1,2 y 3, Mary Poppins (¡la primera!), La historia sin fin y tantas otras.

Pero desde que la bendita PS4 se coló en nuestras vidas, aquella accidentada tarde de marzo, todo cambió. Comenzaron las pugnas por mayor tiempo de conexión, los berrinches por comprar nuevos juegos, los campeonatos de fútbol a grito limpio (¡le cuesta tanto perder!) y las malas posturas cervicales de rigor.

¿Cómo sacarlo de esa caja llena de espejitos de colores virtuales? Una tarea difícil, pero no imposible para una madre bien dispuesta, como yo.

La gesta del plan

¡Dale, apagá la Play que nos vamos al teatro!“, le dije decidida. Me miró. “¿Al teatro? ¿A ver qué?“, preguntó con un gesto de duda y tanta reticencia a entregar joystick como lo habría hecho con su pistola un vaquero del far west. De pronto, recordé la vez en que, junto a dos amigas, tuvimos la gran idea de llevar a nuestros hijos a ver una obra en vacaciones de invierno: nos retiramos en medio de la función, agachándonos entre las butacas, cuando nuestros chiquilines empezaron a cantar al unísono “¡Abu-rri-dooo, abu-rri-doooo!“.

Hubo instancia de reto (“¡Chicos, eso estuvo muy mal!“) y de autocrítica maternal. ¿Por qué no les divertía ni un poco la movida teatral? Además de un gran sentimiento de culpa por haberles hecho pasar semejante mal momento a los actores, con el desplante de nuestra horda de pequeños inadaptados.

El Hombre de Gris llega a escena para quitarle la sombra a Peter a cambio de riquezas.

Conclusión, había que volver a intentar. Pero cambiar el método. No a la salida grupal; sí al plan íntimo madre-hijo. ¿La obra elegida? El hombre que perdió su sombra, en el Teatro Cervantes, un espacio magnífico, declarado Monumento Histórico Nacional. No había garantías, pero el combo resultaba prometedor. Aunque sí, claro, podía fallar.

Empezamos bien: compramos chocolates antes de entrar y mi hijo, intrigado, me hizo muchas preguntas. ¿De qué se trataba? ¿Dónde había perdido su sombra el protagonista? ¿Cuánto duraba la obra? ¿Podía jugar a la Play al volver a casa?

¡Y dale! Otra vez con el asunto del aparato maldito.

Le dije que no sabía mucho de la historia que estábamos por ver y que en la vida lo mejor era vivir el momento y dejarse sorprender.Pero si es aburrida nos vamos, como la otra vez, ¿eh?”, me avisó.

Sin sombra. ¿A quién le gustaría andar por la vida así?

¿De qué se trata la obra que fuimos a ver? En la novela La maravillosa historia de Peter Schlemihl (1814) de Adelbert von Chamisso, el protagonista, a cambio de una caja con inagotable dinero, le vende su sombra a un personaje misterioso, el Hombre de Gris. Peter se convierte en un hombre rico pero ahora, al no tener sombra, es rechazado por el resto de las personas y debe refugiarse en la penumbra de su mansión. Así, el protagonista pierde la posibilidad de amar y de ser amado por Fanny, una bella bailarina. Sin embargo, a pesar de los obstáculos, Peter se enfrentará a una serie de desafíos para recuperar su sombra perdida… Mejor no te la spoileo: podés verla hasta octubre, todos los sábados y domingos a las 15 en el Teatro Nacional Cervantes. Más info: www.teatrocervantes.gob.ar

Temí lo peor. ¡Tenía tantas ganas de que se conectara con esa vivencia! Recordaba mi propia infancia, yendo a ver espectáculos infantiles, orquestas, ballet; experiencias que forjaron para siempre mi fascinación por eso que solo puede ocurrir dentro una sala: dejar la realidad a un costado y despegar hacia otros mundos.

Entonces se abrió el telón. Sobre el escenario, el despliegue era espectacular: músicos en vivo y actores (de los buenos) interactuaban con proyecciones animadas, mientras la historia hablaba sobre el valor de sabernos seres únicos, dotados de luces y sombras, y de no perder nunca nuestra esencia, nuestra alma. Todo en un clima de misterio, humor y mucha emoción.

¿Y saben qué?

El plan funcionó. Sus ojitos brillaron todo el tiempo, se rió a carcajadas y, al terminar la función, aplaudió a rabiar. Ni siquiera quiso perderse la oportunidad de saludar a los protagonistas a la salida y, de paso, sacarse una foto con cada uno de ellos. ¡Maravillado ante la evidencia de que de verdad fueran personas de carne y hueso!

Bailar la vida, a pesar de los dolores y las tristezas: ese eterno resplandor del alma.

Así nos fuimos, contentos, distintos, de la mano, andando despacio por Avenida Córdoba.

Camino a casa, me pareció más niño que nunca: saltando para no pisar las líneas de las baldosas; haciendo equilibrio por los maceteros; desafiándome a correr carreras; jugando a las escondidas en cada entrada de edificio. Era tan fácil ejercer la niñez cuando se tomaba por fin la decisión de apagar un rato la cabeza… y, por supuesto, la Play.

Por eso, ese partido sin joystick lo ganamos lo dos: el recuerdo de un día feliz no se compra, no caduca ni necesita actualización. ¡Y dura para toda la vida!

Una tarde para inmortalizar en un cuadrito. ¡Que viva el teatro!

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