28 de mayo de 2026
“No doy más. Tengo hambre. Necesito ir al baño. Cuando en las reuniones alguien dice eso, respondo: andá a Control, Panel, Unsetting y ya está”, contó con ironía lapidaria un participante de un taller que apuntaba a “deconstruir la mirada sobre el trabajo”. Como si tuviéramos un tablero interno y pudiéramos desactivar las necesidades del cuerpo con la misma facilidad con la que tipeamos. Fue en chiste, pero es serio. ¿Por qué aspiramos a gestionarnos con clics?
El aire de época conserva un tinte metálico. Vivimos días fríos, precisos, calibrados. Hablamos de mecanismos, de motorizar cambios, reprogramar reuniones, resetearnos. De cuerpos funcionando como un relojito; estar en automático. Más que modismos, son formas de pensar y de pensarnos: un paradigma.
Este paradigma mecanicista se basa en entender la realidad, la naturaleza y a nosotros mismos como máquinas: sistemas compuestos por partes separadas, predecibles y optimizables. En el siglo XVII, durante la Revolución Científica, pensadores como Kepler, Descartes y Newton imaginaban el universo como un gran reloj. Siglos después, la computadora pasó a ocupar ese lugar y hoy la inteligencia artificial se convirtió en la nueva metáfora dominante. Tecnologías distintas; misma lógica de fondo.
Aunque sea inconsciente, entendernos de esta manera tiene implicancias concretas: desacraliza la vida. La reduce, la confunde. La vuelve dato, código. Como señala Richard Dawkins, autor del bestseller El gen egoísta: “la vida no es más que bytes y bytes de información digital”.
Esto configura los mensajes tácitos que recibimos en el trabajo:
Sos una pieza de este engranaje.
Sé lo que quieras, siempre que seas lo que necesitamos (pulí tu ser para encajar).
Rendí a máxima potencia: hay premios.
No te rompas ni te fundas (enfermarte está mal visto).
Si no, te reemplazamos por otra pieza.
Recordalo hasta el fin de tu “vida útil” (jubilación).
Espeso y real, ¿cómo poner luz sobre esta realidad que necesita ser transformada?
En el libro Indirect Work, Carol Sanford, consultora especializada en pensamiento sistémico en organizaciones, propone despertar la conciencia; ver dónde pisamos las baldosas grises del mecanicismo y practicar una mirada regenerativa en el ámbito laboral que esté en mayor sintonía con la vida. ¿Qué implica en la práctica?
Volver a ser un todo
La expresión Work-life balance es un buen ejemplo de la fragmentación que experimentamos. El guión separa el trabajo de la vida. Pero, ¿no son lo mismo? ¿Acaso el trabajo no está dentro de la vida? Verlas por separado favorece la disociación y normaliza que vayamos creando mundos paralelos.
La serie Severance lo muestra con brutalidad: una corporación implanta un chip que divide los recuerdos de sus empleados. Al entrar al trabajo, olvidan su vida personal; al salir, no saben qué hicieron durante el día. Funciona para la empresa y también para el protagonista, un varón herido.
Pero no hace falta la ciencia ficción. Hace poco, un hombre inició un proceso de mentoría laboral para que repensemos su trabajo juntos. A las pocas semanas, su mejor amiga recibió un diagnóstico terminal y él entró en duelo.
Si abordáramos esta situación desde el mecanicismo, consideraríamos que cada cosa va por carriles distintos. Se le exigiría (y se esperaría de él) que sostuviera las sesiones de mentoría siguiendo la marcha estipulada. Un “lo siento mucho” y a seguir.
Sin embargo, decidimos posponer el proceso porque su vida está inundada. No puede pensar con claridad. Necesita sentir, llorar: que las lágrimas baldeen su patio interno.
Verlo como un todo —y no en fragmentos— es comprender que, más allá de los roles (ejecutivo/amigo), es una misma persona. Como sostiene Carol Sanford: “El todo es real, los fragmentos son abstracciones. Nuestros corazones simplemente aceptan la unidad”.
Recuperar la esencia
En la escuela nos clasificamos por edad; en la oficina por categorías: top performers, low performers, high potentials; usamos perfiles y tests para simplificar la complejidad.
Pero “los seres vivos han evolucionado para crear y trabajar con la complejidad”, advierte la autora.
Bill Plotkin se refiere a la esencia como “la misteriosa chispa del cosmos que vinimos a expresar”; eso que, si se lo quitáramos a cada persona, equipo o comunidad, dejarían de ser ellos mismos; es lo que los hace singulares a la vez que los une de forma particular a su entorno.
Un día, una mujer mexicana recordó una escena de su infancia: Su papá había invitado a su jefe a cenar. Cuando terminó de comer, ella se puso a jugar a un costado y escuchó que el extraño preguntó: “¿Qué le pasa a esta nena?”. Su padre, avergonzado por el señalamiento, respondió: “Es un poco lenta”.
Pasó 50 años sintiéndose inadecuada. En un proceso de resignificación de la escena, se hizo evidente que “ser lenta” le permitía niveles expandidos de presencia y de cuidado. Esa era su esencia. Fue entonces cuando pudo dejar de esconderla y la convirtió en su propuesta de valor como emprendedora.
Hoy, como psicóloga y apasionada por la panadería, ofrece talleres para adultos apurados donde se aprende a gestionar las emociones haciendo pan. Con las manos en la masa, los invita a descubrir un nuevo lujo: ir despacio.
Ver el potencial
El mecanicismo nos vuelve detectives de problemas: aspectos de la realidad que, según nuestros parámetros, no son como deberían ser.
Un ejemplo habitual. Un líder empieza un trabajo y, al conocer a su equipo, percibe que están desinflados. Explica que son poco innovadores (categoría fija) y no están alcanzando los objetivos (problema). Pide buenas prácticas para motivarlos (solución).
Eso aprendimos: a diagnosticar desvíos, corregir comportamientos y aplicar soluciones genéricas para cumplir con un ideal. A hacer foco en lo que es y, sobre todo, en lo que está mal.
Pero hay otra forma de mirar: la del potencial, la de lo que podría ser, que viene con preguntas como: ¿Cuál es la esencia de este equipo? ¿Qué condiciones permitirían que se exprese su creatividad? ¿Cómo podría aportar valor de formas nuevas a esa organización?
Pensar desde dónde miramos importa porque la forma de observar cambia lo observado. Si vemos problemas por todos lados, allí estarán, haciendo una ronda con nosotros dentro. Pero si —como dice Kierkegaard— despertamos “el ojo siempre joven y ardiente que ve lo posible”, lo que encontraremos serán, sobre todo, oportunidades.
Soltar el control
La idea de la realidad-máquina es determinista. Es creer que si identificamos todas las variables podemos predecir y controlar lo que va a pasar.
Pero la vida se ríe de nuestros planes. Como en el caso de una abogada, mejor promedio en la UBA, que llegó a ser jueza de paz en una carrera meteórica.
Paradójicamente, no sentía paz alguna. Vivía con una soga de doble nudo en la garganta. El sistema judicial no era de película; sentía culpa por trabajar lejos de su familia y el reconocimiento social era la base tambaleante que la sostenía.
Un tumor en la garganta la sacó del ejercicio de su profesión con la misma velocidad con la que había entrado.“¿Por qué estoy viviendo esto si hice todo lo que se suponía que tenía que hacer?”, se preguntaba con desconcierto abrumador. Se sentía estafada.
Había seguido las reglas de la sociedad mecanicista: sobrecumplir objetivos, no cometer errores y trazar una línea con precisión de dibujo técnico del presente al futuro ideal.
Al dedicarse tiempo y mucho trabajo interior, pudo ver que estaba viva y era creativa, en un mundo vivo y creativo; que su camino profesional no estaba cerrado ni predeterminado: podía elegir por dónde seguir.
Hoy es docente de ética y ciudadanía en un colegio y trabaja en la empresa de su familia. La esencia protectora que la llevó a estudiar derecho sigue intacta, ahora expresándose en el sistema familiar y educativo.
El mecanicismo no solo moldea nuestra mirada: la enturbia hasta sumirnos en una confusión ontológica. ¿Quiénes somos en verdad?
No somos máquinas accionables desde afuera. Somos Inteligencia Natural, animada desde adentro. Indómita. Disponible para que el ojo humano —esa tecnología ancestral— vuelva a ver en círculos, en esencias, en potencial; a captar la complejidad y la belleza de estar vivos, también en el trabajo.
La perfección no es posible ni interesante. Somos seres atravesados por el caos y la entropía, necesitados del error. No hay skip que pueda ahorrar el proceso de aprendizaje.
Y no vinimos a funcionar arrastrando los pies: vinimos a vivir despiertos.
¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
La referente de proyecto Ánkyra comparte un testimonio sobre la crisis de soledad que enfrentan los adolescentes y la necesidad de crear espacios para sanar.
Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.
Necesitás registrarte para disfrutar contenidos en audio
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
Muy buena y necesaria esta nota sobre el ¿trabajo? No. Sobre la vida. Esa que se nos escapa entre contar los objetivos alcanzados y las horas invertidas, entre responder al mercado y el ser productivos. Admiro a la gente joven que hace un parate y se pregunta cómo abordar el camino de trabajar y vivir en concordancia consigo mismo. Sería la dimensión ética del trabajo, tan olvidada en la mecánica diaria. Gracias, Maite, por esta reflexión tan profunda