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Educación

10 marzo, 2023 | Por

¿Cómo consolidar una cultura de la no violencia entre todos?

Abracemos las figuras de Fernando Báez Sosa y Lucio Dupuy como símbolos de paz, para que nos ayuden a asumir la responsabilidad de trabajar de forma conjunta para construir relaciones de convivencia más sanas, armónicas y amorosas. La tarea nos convoca en comunidad.


Foto: Pexels

Por Bea Vilá Bertrán

Fernando Baez Sosa (18) ya no está, pero su crimen nos interpela a todos. De igual manera, Lucio Dupuy (5) era de todos, pero no fue de nadie. Las sentencias les permitieron a sus familiares sentir, por fin, un poco de paz. Claro que el camino será largo y nada aliviará el dolor por sus muertes. Que la justicia haya podido trabajar en tiempo y forma, libremente, y se haya encargado de defender los derechos de los más débiles es, sin duda, una señal de reparación. Pero los medios de comunicación, y especialmente las redes sociales, lograron multiplicar la vehemencia del repudio generalizado hacia los acusados. A cualquiera le resulta fácil apuntar a los culpables con el dedo acusador y rechazar la violencia y la prepotencia que ejercieron. Pero lo cierto es que lo sucedido no los señala únicamente a ellos, sino a todos. Desde Sophia creemos que vale la pena que nos detengamos a reflexionar en cómo fue que llegamos hasta acá.

¿De qué manera nos convocan Fernando y Lucio a hacer una autocrítica como sociedad? ¿En qué nos equivocamos todos cuando la agresividad entre adolescentes es naturalizada y llega al extremo de la muerte de un inocente? ¿En qué falló el Estado —la jueza, los médicos, las maestras— y los vecinos que no supieron alertar sobre el maltrato infantil? ¿Por qué nadie anticipó las señales ni intervino para impedir estos homicidios? ¿Podrá la ausencia eterna de ambos abrirnos los ojos e iluminarnos individual y colectivamente para que nunca más vuelvan a fallar las alarmas? Para conseguirlo, todavía tenemos una tarea pendiente: aprender a vivir y a educar en la no violencia. 

Iniciar un trabajo de sanación personal

En su libro Varones Violentos y varones valiosos, Patricia Ruiz Moreno, marca un punto de inflexión en su tarea de valorizar y defender la dignidad de todo ser humano. Con osadía asegura que, para sanar algo, lo primero que se necesita es asumirlo, ya que no se puede redimir lo que no se asume. “Apreciar la herida es un desafío inquietante, sin embargo no solo es posible, sino que es la única manera de no ser más víctimas y de ser libres definitivamente». Hay que saber atravesar el dolor y no esquivarlo.

Todo juicio sienta un precedente y el impacto social no hace más que señalar a qué temas tenemos que dar más espacio, para dejar de pensarlos de manera aislada y puntualizar sobre algunos aspectos poco advertidos para fomentar una responsabilidad común. En este sentido, Patricia asegura que es muy importante tener en claro la diferencia entre agresividad y violencia. “La agresividad es un momento fugaz, que pasa y que no deja heridas. La violencia es cuando una persona ataca o golpea a otra en su debilidad y deja heridas difíciles de cicatrizar. La violencia es obstructora de las emociones que serenan la mente y el espíritu, condenando a los seres humanos a sentir que pueden perder su identidad”.

La violencia es un rasgo preponderante de esta época que implica considerar al otro como objeto y no como persona. Estos hechos agravantes demuestran el peligro de naturalizar esta idea. “Yo creo que vamos acomodando nuestra conciencia por comodidad, por facilismo, por estar encerrados en nuestros propios problemas, porque hay un gran individualismo y eso nos va endureciendo el corazón. Entonces la violencia aumenta sin que nos demos cuenta y únicamente cuando llega a un grado extremo hay una reacción”, lamenta Patricia. “Siempre insisto en que cada uno tiene que ubicarse en el lugar donde está con las personas que la rodean y empezar desde allí a desarrollar la virtud de la amabilidad. Si logramos ser amables unos con otros —con nuestras familias, nuestros amigos, nuestros vecinos o compañeros de trabajo— lentamente vamos creando caminos que buscan la paz”. La amabilidad no es solamente un sentimiento, es una decisión que predispone al otro a ser amable también y va forjando un clima que nos aleja de la violencia».  

Varones violentos y varones valiosos, reflexiones para una pacificación, el libro de Patricia Ruiz Moreno.

El hogar como punto de partida  

El psicoanalista estadounidense Lloyd de Mause afirma que cada abandono, cada traición, cada acto hostil hacia los niños, vuelve multiplicado por diez algunas décadas después, mientras que cada expresión de amor o acto empático que ayuda a un niño a convertirse en lo que quiere convertirse, sana a la sociedad y la mueve en maravillosas direcciones. Florencia Basaldúa, orientadora familiar, especialista en apego, parentalidad y desarrollo infantil, asegura que este es el marco para entender lo dañino que puede resultar que la crianza de nuestros hijos en años tempranos esté atravesada por la hostilidad. “Cuando pienso en violencia no sólo me refiero a una crianza basada en abuso físico o golpes, sino en todas aquellas prácticas que de algún modo invisibilizan la subjetividad del niño o atentan contra su dignidad, que no lo toman en cuenta, que no lo escuchan, que están basadas en el castigo como forma de indiferencia o de penitencia».

Existe una relación directa, y absolutamente documentada, entre las experiencias tempranas de la vida y el desarrollo de la empatía en los años posteriores. Que la violencia engendra violencia es indiscutible, pero todavía vivimos en una cultura que no comprende del todo la importancia de los buenos tratos en la infancia o reconoce a esta etapa como el origen de toda paz social. “El camino más corto hacia la paz es el de la paz en los hogares, en la familia. Hay que entender que hay un montón de casos como el de Lucio y Fernando que ocurren todos los días, a puertas cerradas. La violencia sigue inmiscuida en la realidad doméstica de cada casa, de cada familia, de cada vínculo y la forma de sanar todo esto es empezar por las bases, criando para un mundo de paz”, agrega Florencia.

“Es verdad que existen personas violentas, pero la intención no es solamente señalarlas con el dedo acusador sino, además de hacer justicia, invitarlas a la civilización y a la cultura, haciéndoles comprender que la falsa cultura es la que excita y exacerba. La verdadera cultura atrae e invita a situaciones cada vez mejores”, concluye Patricia Ruiz Moreno.

Somos los padres quienes, utilizando una crianza empática, podemos acompañar a nuestros hijos para que devengan en adultos incapaces de violentar a otro ser humano. Pero aunque seamos los principales agentes de pacificación de la sociedad, la responsabilidad no debe recaer únicamente en nosotros. Necesitamos que la educación escolar, los medios de comunicación, las redes sociales y el Estado cooperen con determinación en la construcción de un mundo de valores. La educación empieza por casa y con el ejemplo, pero no puede haber una discontinuidad cuando se sale afuera, porque así es como se producen los quiebres. 

Un esfuerzo educativo profundo

Educar para la paz es uno de los retos fundamentales de la educación actual. En el año 1993, la UNESCO reconoció un Día Escolar de la No Violencia y la Paz. En esta fecha se recuerda la necesidad de educar a los niños en la tolerancia, la solidaridad y el respeto hacia los demás, valores que toda escuela tiene la responsabilidad de transmitir a sus estudiantes. Pero la realidad es que todos los días surgen oportunidades de sensibilización para trabajar valores fundamentales a lo largo del ciclo escolar. La violencia tiene lugar de muchas formas y los alumnos deben ser conscientes de ellas. 

Está claro que no hay mayor motor de transformación que la educación. Desde el ciclo inicial de primaria hasta el último año de bachillerato, cada etapa educativa requiere un tratamiento diferente para educar en la no violencia, estimulando la participación de todos, aprendiendo a gestionar los conflictos en el aula y diseñando normas de convivencia. Hay conflictos en todos los ámbitos de la vida. Casi a diario nos encontramos con situaciones que tenemos que resolver y es importante que los niños cuenten con las herramientas necesarias para solventarlas y que entiendan que el diálogo es la única forma de solucionar los problemas. 

Para Florencia Basaldúa, orientadora familiar, especialista en apego, parentalidad y desarrollo infantil, existen dos vínculos primordiales, el de la crianza y el de la pareja. Cuando dejamos que la violencia se perpetúe en estos vínculos, aunque sea silenciosamente, estamos permitiendo que la cultura siga legitimando la violencia.

El rechazo de la violencia en todas sus formas es clave para prevenir situaciones de bullying en las que puedan verse involucrados. Debemos fomentar una enseñanza no violenta para que ellos mismos aprendan cómo deben ser tratados, tanto por sus iguales como por los adultos, y a su vez, cómo deben tratar ellos a los demás. Enseñarles a ser asertivos contribuye a que sean capaces de resolver mejor los conflictos del día a día.

La adolescencia, una etapa desafiante

La no violencia no es algo que se pueda transmitir de un día para el otro, sino un trabajo diario desde que son pequeños, basado en el amor hacia nuestros hijos y en el deseo de que sean personas que fomenten la paz. ¿Qué enseñanzas deberíamos transmitirles para conseguirlo? Somos el espejo en el que nuestros hijos se miran y de poco sirven las palabras si nuestros actos no son congruentes con ellas. No podemos pedirles que practiquen la paz y la no violencia, que no peguen y que resuelvan los problemas a través del diálogo, si nosotros no lo hacemos con ellos y con el resto de la sociedad.  

«Como adultos a cargo de las nuevas generaciones, tenemos que hacer una transmutación difícil, porque hemos sido criados de un modo y muchos estamos optando por criar de otro. Para esto hay que sanar lo que han hecho con nosotros, quizás con las mejores de las intenciones, pero desde otro paradigma”, afirma Lucía Schumacher, psicóloga clínica infanto juvenil. “Tenemos que olvidar la idea de que para que los niños se porten bien, primero necesitamos hacerlos sentir mal. Es una creencia tan profundamente instalada que nos lleva a utilizar métodos basados en el miedo, la culpa, la vergüenza y el dolor para educar, y eso tiene un impacto en la seguridad y el desarrollo emocional de nuestros hijos”, agrega.

Criar de una manera positiva, sin malos tratos, sin ir en detrimento del vínculo y la dignidad de nuestros hijos y, sobre todo, educar con el ejemplo. Este sería el paso más importante en esta etapa delicada. Si en nuestras relaciones con otros adultos demostramos respeto hacia las ideas, actitudes y opiniones de los demás, les estamos dando una enseñanza para toda la vida. Los niños son muy abiertos a la aceptación, pero en algunas ocasiones somos los adultos quiénes, a través de los prejuicios, los condicionamos a ellos. Es importante hacerles saber que todos somos iguales y que cada persona, con sus diferencias culturales y sus creencias, aunque no sean las mismas que las nuestras, tiene algo bueno que aportarnos.

El papel de la mujer en esta transformación

Florencia Basaldúa asegura que “la mujer, con su capacidad biológica de concebir, gestar y dar a luz a niños, está de algún modo equipada con alarmas muy sofisticadas para proteger a su cría». Al tener una sensibilidad aumentada en el momento perinatal y de la crianza de la primera infancia, es quien tiene la conciencia más clara con respecto a lo que necesita un niño para estar bien y ser bien tratado, es decir, mirado, tenido en cuenta y bien amado. 

“Todos somos vulnerables ante la violencia, pero la saña de estos casos puso sobre la mesa la cuestión de la violencia juvenil. Veníamos hablando de la violencia ejercida hacia las mujeres, ese tema ya estaba en agenda, pero también teníamos que hablar de las otras violencias como las ejercidas hacia los niños y la violencia entre los jóvenes«, afirma Lucía Schumacher, psicóloga clínica infanto juvenil.

Patricia Ruiz Moreno coincide con esta idea de que “la mujer tiene una esencia que la define como tal y es la condición invalorable de poder ofrecer su cuerpo y su alma como si fueran una casa donde otro ser humano se cobija y es feliz». De esta manera, la mujer concibe la vida dentro de sí misma. Y no es necesario tener hijos biológicos o adoptivos para ser madre. Madre es toda mujer que, en su propio cuerpo, ofrece con todo su corazón, una casa. “Si no puede ser en las entrañas, será en los brazos, en la piel. Una mujer abraza distinto a como lo hace un hombre. Una mujer aplasta su pecho y acerca su corazón en un abrazo». 

Bastaría para una transformación extraordinaria del mundo que cada mujer, desde su lugar, comprenda definitivamente que dejarse habitar no es pasividad, ni sojuzgamiento, ni limitación, sino una exaltación y una manera bien profunda de iluminar con amor el corazón de la sociedad. La paz podrá irradiarse al resto del mundo únicamente desde la paz que reine dentro nuestro. La pregunta del qué y el cómo estamos dispuestas a lograrlo, queda abierta a cada mujer. Pero hay una realidad ineludible: la capacidad de maternar que poseemos, nos lleva a forjar vínculos amorosos fuertes y nos aleja de la violencia

Consideraciones para una pacificación

La eminente doctora en Psicología, Edith Eger, autora de la novela La bailarina de Auschwitz, asegura que “tal vez curar no consiste en borrar la cicatriz, sino apreciar la herida». Esta reflexión luminosa nos orienta hacia una forma contundente de sanación del sufrimiento que nos provocan las heridas producidas por la violencia. “Podemos cicatrizar y no sentir más dolor si esas heridas, en lugar de recordarnos el motivo que las produjeron, nos recuerdan lo valiosos que somos en el trayecto para superarlas».

Nos queda un largo camino por recorrer. Tenemos que aprender a mirarnos enteros: de nada sirve fragmentarnos, porque las sombras se vuelven más grandes así. Cuando nuestras sombras sean integradas por nuestra luz, sólo quedará la luz. Ojalá que las trágicas muertes de Fernando y Lucio nos sirvan para despertar la conciencia, examinar nuestra realidad, determinar cuáles son los gérmenes de violencia que sufrimos y poseemos, y evaluar en qué medida somos agentes de paz en nuestras casas y en nuestros vínculos. Ojalá así podamos animarnos a reparar lo que sea necesario y tener la predisposición de recordar, sentir y anclar día a día un mundo en paz, factor clave para una buena convivencia.

ETIQUETAS paz sociedad violencia

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